Wayang: versos río de lago aliento

IMÁGENES: Cortesía.

Colaboración Especial

Jorge Alberto Chaleco Ruiz

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hay libros de poesía que cuentan algo. Hay otros que buscan librar emociones: una pérdida o un amor. Y hay libros que, además de hablar de “algo”, convierten el propio lenguaje en materia prima. Wayang, de Christopher Amador Cervantes, pertenece a estos últimos.

Estamos ante un libro singular: un solo poema de largo aliento que se extiende, que se explaya como tsunami por todas sus páginas y que parece estar jugando con el lector. No es un poema que se deje leer de principio a fin como quien sigue una historia “bonita”. Más bien hay que entrar en él, avanzar, retroceder, detenerse en una palabra y, algunas veces, volver a leer un verso porque aquello que parecía decir una cosa de pronto empieza a decir otra. En mi caso, hice muchas pausas de lecturas, pausas largas para incluso, retroceder versos, páginas. Un juego en el que hay que detenerse si se quiere seguir jugando.

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El título ya ofrece una primera pista. Wayang es el nombre con el que se conoce una tradición de teatro de títeres y sombras de Indonesia. Y en el poema aparecen sombras, marionetas, voces, resonancias, ecos, personajes y referencias que entran y salen de escena. Pero aquí los títeres son también las palabras. El poeta las mueve, las separa, las junta, las deforma y las hace decir más de una cosa a la vez. Algo semejante ocurre con la imagen de la portada: el conocido triángulo de Penrose, una figura que parece posible a primera vista, pero que resulta imposible cuando intentamos comprenderla como un objeto real. Es una imagen muy apropiada para acercarse a Wayang. En este poema las palabras producen constantemente esa sensación: una frase puede tener un significado y, al mismo tiempo, esconder otro; una palabra puede convertirse en otra al separarla de determinada manera; un sonido puede llevarnos hacia una idea distinta de la que parecía plantear el verso. Por eso, una de las mayores peculiaridades del libro es que no siempre podemos estar seguros de haber entendido un verso en una sola lectura. Tal vez esa sea la intención.

Amador Cervantes juega con las palabras como otros juegan con las piezas de un rompecabezas. Cambia una letra, separa una palabra, une dos que normalmente estarían separadas, aprovecha una semejanza sonora o transforma una expresión conocida. Así aparecen juegos que pueden producir humor, sorpresa, ironía o incluso una segunda lectura tan diferente. En algunos momentos el procedimiento es muy evidente que el lector puede sonreír ante el descubrimiento. En otros, la escritura se vuelve mucho más difícil y exige detenerse. Hay versos que parecen, a propósitos torcidos, palabras incompletas o transformadas, frases que se interrumpen y expresiones que obligan a decidir cómo deben leerse.

Pero Wayang no juega sólo con sus propias palabras; también con lo que hemos leído antes. Por sus páginas desfilan escritores, poemas, obras y referencias de épocas muy distintas. Aparecen, entre otros, Walt Whitman, Sor Juana, José Gorostiza, Octavio Paz, César Vallejo, Borges, Quevedo, Rulfo, Duchamp y otros muchos nombres. El poeta no parece conformarse con citar a estos autores: los incorpora a su juego y los transforma. Palabras de un poeta pueden mezclarse con una expresión cotidiana; un verso famoso puede aparecer deformado; un nombre propio puede convertirse en materia para otro juego verbal. Hay, por ejemplo, una declaración reveladora: el poeta dice que va «tragando autores». Y eso es, en buena medida, lo que hace el poema: se alimenta de lo que otros han escrito para convertirlo en algo diferente. Por eso sería injusto leer Wayang como una colección de ocurrencias lingüísticas. Detrás del juego hay también una reflexión sobre el propio acto de escribir y de leer.

El poema pregunta, de distintas maneras, qué es escribir poesía, qué diferencia hay entre prosa y verso, qué hace que una frase se convierta en un poema y qué papel desempeña el lector. En algún momento afirma que para conocer al autor hay que prestar atención a «las junturas del poema». Es decir, lo importante no está solamente en las palabras aisladas, sino en la manera en que unas palabras chocan con otras. Ahí está uno de los mayores atractivos del libro: el lector deja de ser un espectador pasivo. Tiene que completar, descubrir, separar, unir, recordar y volver a mirar. Algunas veces encontrará una referencia que reconoce; otras pasará por encima de ella sin advertirla. En una segunda lectura puede aparecer algo que antes no estaba, aunque en realidad siempre estuvo allí. El propio poema parece saberlo. Habla de volver a leer y de descubrir que un poema puede ser diferente cuando se lee de nuevo.

Esto explica también por qué Wayang puede resultar desconcertante para un lector que no esté acostumbrado a la poesía experimental. Hay momentos en los que uno puede preguntarse: «¿Qué demonios quiso decir aquí?». Y probablemente esa pregunta no siempre tenga una respuesta única. El libro parece aceptar —incluso provocar— esa incertidumbre. Sin embargo, esa libertad tiene también un riesgo. La acumulación de juegos de palabras, referencias, deformaciones y dobles sentidos puede llegar a saturar. Hay pasajes en los que el lector puede sentirse más entretenido intentando descifrar cómo está construido el verso que dejándose llevar por lo que el poema provoca. El juego verbal puede convertirse entonces en un obstáculo para la emoción. Puede que sea una de las apuestas de Christopher Amador Cervantes: hacer que pensemos con el oído, con los ojos y con la propia estructura de las palabras. En Wayang, el lenguaje no es el medio para decir algo: es también el espectáculo. Las palabras son actores, marionetas y sombras. Se disfrazan, se persiguen, se transforman y se contradicen. El poeta las pone a jugar frente a nosotros.

Entonces, la imagen del triángulo de Penrose resulta tan adecuada. Así como esa figura parece sencilla hasta que intentamos comprenderla por completo, Wayang puede parecer al principio una sucesión caótica de palabras, juegos y referencias. Pero cuando comenzamos a descubrir las conexiones, entendemos que detrás del aparente caos hay una construcción deliberada. No es, por tanto, un libro que necesariamente haya que «entender» de una sola manera. Es un libro que hay que experimentar.

Para quien no esté familiarizado con las vanguardias literarias, con la poesía experimental o con los autores que aparecen en sus páginas, Wayang puede ser desconcertante. Pero no es necesario reconocer todas sus referencias para disfrutarlo. Basta con aceptar las reglas del juego: leer despacio, escuchar las palabras, mirar cómo se transforman y no desesperarse cuando un verso parezca escapar de nuestros sentidos. Porque quizá ese sea el propósito de este extraño y juguetón poema: recordarnos que una palabra nunca está quieta y que, cuando creemos haber atrapado su significado, puede convertirse en otra cosa.

Christopher Alexter Amador Cervantes ha construido su propio Wayang, un artefacto verbal tan lúdico como exigente: un poema que no termina cuando llegamos a la última página, porque algunas de sus palabras continúan moviéndose con sus diferentes ángulos en la cabeza del lector.

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Colaboración Especial

Jorge Alberto Chaleco Ruiz

Es poeta, narrador, ensayista y docente nacido en Chiapas. Es egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) y realizó estudios en Derecho. Ha sido reconocido con el Premio Universitario de Poesía UABCS, el Premio Estatal de Poesía Joven de Baja California Sur, los Juegos Florales Nacionales Ciudad de La Paz y el Premio Estatal de Poesía Ciudad de La Paz. Ha sido beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) en creación literaria. Su obra ha obtenido reconocimientos en certámenes nacionales e internacionales y ha sido publicada en revistas y antologías. Es autor del libro de investigación histórica Bromas, picardías y chismes en el periodismo sudcaliforniano, siglos XIX y XX. Es docente de nivel medio superior y superior desde 2012 y ha impartido talleres de lectura, redacción y creación literaria.

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