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The Irishman: épica, íntima y superflua

03-Dic-2019

RESEÑA Por Alejandro Aguirre Riveros

FOTOS: Internet

Kinetoscopio

Por Alejandro Aguirre Riveros

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). The Irishman es la más reciente película de uno de los cineastas más influyentes del último siglo: una cinta épica e íntima a la vez, sutil y explícita que intenta mostrar el verdadero costo de la violencia. Scorsese toma como base la novela I Heard You Paint Houses para narrar un thriller biográfico sobre los crímenes de Frank El Irlandés Sheeran (Robert De Niro): un veterano de la segunda guerra mundial, que al volver del frente comienza a trabajar como camionero, antes de iniciarse como asesino a sueldo para la mafia italiana. Una prolífica línea de trabajo que habrá de llevarlo a convertirse en amigo cercano de uno de los líderes sindicales más prominentes de la historia: Jimmy Hoffa. Se trata de una figura histórica destacada dentro de la política norteamericana, por haber utilizado las pensiones de los camioneros de este país como fondo de inversión para la mafia. Situación que habrá de complicarse cuando Sheeran se descubra obligado a tomar partido en contra de su amigo y formar parte de uno de los más grandes misterios dentro de la opinión pública de Estados Unidos: la desaparición del mismo Jimmy Hoffa.

La cinta destaca el regreso de Scorsese al cine gangsteril: un género que él mismo acuñó y dio forma. Esta vez como pretexto para exponer uno de los rincones más oscuros en la historia reciente de Estados Unidos: la relación entre los grandes capos y la política. Un enfoque que marca distancia con sus cintas anteriores, al mantener una relación más alejada y crítica hacia la violencia y la crueldad inherente al crimen organizado.

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Esta lejanía da la sensación de ser el adiós de Scorsese hacia un tema que marcó por completo su cinematografía: la mafia italiana. Un adiós en el que es acompañado por dos de sus actores más emblemáticos: Joe Pesci, en una actuación en la que abandona gritos y batazos a cambio de gestos sutiles y miradas que lo dicen todo; y un Robert De Niro, cuyos artificiales ojos azules acompañan a una más de sus descomunales caracterizaciones. Actores a los que se une por primera vez Al Pacino, quien al no ser un extraño dentro del género — recordemos su excepcional trabajo en la trilogía de El Padrino y Caracortada —, resulta ser la expansión natural al universo de Scorsese.

El resultado es una cinta que da muestras de un lenguaje cinematográfico en toda su madurez: la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto toma voz con una cámara controlada y en movimiento, con momentos sutiles y matizados que sacan el máximo provecho de un casting de primer nivel. A esto se suma la tecnología digital que permite a De Niro, Pacino y Peci rejuvenecer para dar vida a sus personajes en las distintas décadas en las que sucede la historia. Evocando junto con la recreación a detalle de dichos años, una mezcla de nostalgia e intenso cuestionamiento, hacia esa América dorada a la que tanto evoca el discurso político actual.

El único gran problema es la hipocresía con que Scorsese intenta aleccionarnos sobre la dimensión real de la violencia, tras una cinematografía que en su gran mayoría resulta una apología de la misma. El Irlandés demuestra la actitud senil de un director que mira arrepentido hacia el costo moral de un cine que ha repetido hasta el cansancio desde Mean Streets. Una cine que incluso logra convertir en fórmula infalible: la esposa fría y distante de Casino; la insaciable codicia de GoodFellas; el marcado racismo de Raging Bull; la rivalidad étnica en Gangs of New York y The Departed; el costo de una vida enfocada al fraude en El lobo de Wall Street.

Un cine en el que resalta la figura de la mujer como elemento periférico: con personajes femeninos que deambulan entre la materialización del objeto del deseo — ya sea emocional o físico —, y la figura secundaria condenada a danzar entre las sombras de una visión empeñada en derrochar testosterona y actitudes machistas.

Al final, estamos ante tres horas y media de un cine repetitivo y autocomplaciente, con personajes estáticos y una historia carente de un vínculo emocional hacia el espectador. Se trata de un ejercicio más de ese cine yanqui que es impecable en su hechura, pero que no hace otra cosa que expandir la eterna obsesión gringa de usar el séptimo arte para mirarse al ombligo.

Scorsese se vuelve así ese viejito abandonado al fondo de un geriátrico, de voz ronca y altiva, al que apenas hace falta escuchar un par de minutos (o tres horas y media, si se prefiere), antes de decirle con todo el respeto del mundo: ya siéntese señor.

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