Literatura y transición: del libro impreso al digital

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Hay ciertas comodidades y ventajas que proveen las tabletas electrónicas para leer. Fotos: Internet.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hoy en día la humanidad vive una etapa importante, que dio inicio cuando se inventó la primera máquina que permitió el desarrollo de las civilizaciones. Esa primera invención lo cambió todo. A partir de ahí, comenzamos a evolucionar hacia diferentes rumbos y nos hicimos dependientes de los artefactos que poco a poco invadían la vida cotidiana, primero de las tribus, después de las familias y al final de los individuos. A partir de ese progreso, las cosas se tornaron tecnológicas, es decir, el estudio de mejores técnicas para facilitar la vida cultural y económica de los pueblos.

La tecnología surge como parte de la inteligencia: el pensamiento, la imaginación se vuelven concretas. De todas las actividades del quehacer humano, la que adquiere mayor relevancia es la militar, primero como un modo de defenderse contra otras tribus y después como elemento de sujeción y dominio sobre otros pueblos. Los nuevos inventos de inmediato debían tener una utilidad bélica, pues gracias a esas tecnologías, una sociedad podía crecer teniendo el control ejerciendo las guerras contra los débiles o contra los más fuertes, y con ello esclavizar, explotar y colonizar a quienes conquistaban. La tecnología se volvió la base de los imperios, puesto que con ella desplegaban su poder para sostenerse a través del tiempo. Ganadores y perdedores.

De ese modo la tecnología era soporte bélico, sí, pero también ha sido parte fundamental del proceso evolutivo que hoy conocemos. Digo, las cosas no han cambiado mucho, pues las guerras aún siguen sirviendo para lo mismo y su tecnología es más terrorífica. Pero, por otro lado, la tecnología incluso está al servicio de cuestiones más nobles, más humanas, sensibles, con capacidad de asombro que en efecto apoyan la cotidianidad. La ciencia, la artesanía, la agricultura, las telecomunicaciones, las artes en general, se han beneficiado para que la humanidad se vea a sí misma más allá de las guerras, que no son otra cosa más que negocios o empresas de sangre; ser una humanidad capaz de madurar y de dar el salto a lo nuevo, que sea su propio respaldo y no autodestrucción, hacer consciente su lugar en el universo.

En cada etapa se han dado esas mutaciones, transiciones en las que hemos dejado atrás viejos modos de producción, costumbres, tradiciones, manías, actitudes y por supuesto, artilugios que comenzaron a prosperar con más rapidez a partir de la Revolución Industrial, pero muy en especial a lo largo del siglo XX. El invento del automóvil supuso un cambio brusco, por ejemplo; el avión, el primer vuelo para desprendernos del ombligo del mundo; los cohetes espaciales, la pauta para buscarnos a nosotros mismos en las estrellas.

Así, la Literatura (con mayúscula) también ha sufrido sus propias transformaciones, que comenzó con el invento de la imprenta. A partir de ahí, los libros se convirtieron en parte esencial de las culturas. Por supuesto que hay antecedentes de siglos atrás, e incluso milenios, de la necesidad de dejar huella del conocimiento adquirido, que no se perdiera la información. Pero es hasta la llegada de los libros que el conocimiento humano toma una directriz por completo diferente y se vuelve la razón de ser de la enseñanza y de la preservación de información destacada, nuestra visión de las cosas se amplía y poco a poco despertamos de la ignorancia: quitarnos la venda de los ojos y que nos deja darnos cuenta que nos han administrado la vida unos cuantos en beneficio propio, quienes garantizan así su estabilidad y privilegios económicos, políticos y religiosos.

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El poder de un libro es mucho y a veces no somos muy conscientes de ello. O más bien, como dice un clásico, la información es poder. De ese modo, los libros llegaron para quedarse desde la creación de la primera imprenta en 1444, más o menos. De entonces a la fecha el florecimiento de las distintas ramas del saber permitió un impulso exponencial que llega a nuestros días. Un artilugio da paso a otro más novedoso, más sofisticado. No hablaré de cómo las industrias han ido haciendo los aparatos domésticos más endebles para que duren menos y de inmediato se adquieran. La cosa es la ganancia y el negocio. Tampoco hablaré de parte de quién debe estar la tecnología, de cómo muchos filósofos la ven como un peligro en el proceso evolutivo de la razón y el pensamiento humanos. Hablo de la transición, lo que ocurre cuando dejamos atrás lo que ya no sirve y que requiere ser renovado.

Y la Literatura también ha sido partícipe de esos cambios, que creció con los libros, maduró, se reprodujo y hoy está ante la disyuntiva de si morirá o se fortalecerá como instrumento del saber humano. Ahí están los nuevos dispositivos electrónicos que nos sirven para almacenar bibliotecas enteras sin que tengamos que ocupar edificios, pues todo se reduce a un pequeño aparato. Pienso en los jeroglíficos de la cultura egipcia inscritos en las paredes de sus edificios más memorables o en las tablas de arcilla de los sumerios y su escritura cuneiforme: el espacio que tenían que utilizar y lo que los libros sustituyeron a partir de su aparición. Eso ocurre hoy en día.

Hace unos meses compré un dispositivo que me permitió guardar 300 libros electrónicos. No lo niego: lo he disfrutado enormemente porque facilita la lectura, no es cansado y sobre todo tiene aditamentos que nos dejan buscar conceptos desconocidos con sólo tocar la palabra en cuestión. El asunto a final de cuentas es leer para gozo intelectual, pero quizá me resisto a creer que el libro en papel desaparecerá. ¿El libro está agónico? No lo sé, lo que sí, es que la transición se está dando sin que se detenga. Quizá no quiero aceptar que tarde o temprano ese cambio se dará sin dudas, porque se hace necesario un control ecológico de las maderas, que es el origen del papel con que se hacen los libros.

Un dispositivo electrónico economiza, sintetiza, no genera más desperdicio de papel (aunque a corto y largo plazo los productos se vuelven desechables y por tanto en más basura), es más cómodo utilizarlo en más de una manera, pero también debemos estar conscientes de que su durabilidad no es eterna, que corremos el riesgo de perder la información si no respaldamos, lo cual es una locura porque siempre hay que estar haciéndolo. Por otro lado, y aquí es donde pienso que el libro en papel lleva ventaja, si no hay energía eléctrica, no sirve de nada el artefacto, que es como si no existiera; en cambio un libro no necesita enchufarse ni cargarse. Tal vez sea necesaria la generación de un producto sintético que sustituya al papel de origen vegetal para que su supervivencia se garantice.

La transición se está dando irreversiblemente, tal y como sucede con la televisión, que poco a poco ha sido sustituida por el Internet, pues la gente ahora puede decidir lo que quiere ver y no lo que de manera unilateral la vieja TV nos imponía y a la que no le podíamos replicar nada. Al tiempo, todo al tiempo, que más temprano que tarde llegarán las respuestas, en especial en esta era moderna en que todo cambia de un día para otro. Renovarse o morir. La transición está en medio de esos dos puentes.

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Ramón Cuéllar Márquez

Nació en La Paz, en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente se desempeña como productor y guionista en Radio UABCS, donde dirige el programa “Letras Vivas, la voz de los escritores sudcalifornianos”. Ha publicado los libros de poesía: “La prohibición del santo”, “Los cadáveres siguen allí”, “Observaciones y apuntes para desnudar la materia” y “Los poemas son para jugar”; las novelas “Volverá el silencio”, “Los cuerpos” e “Indagación a los cocodrilos”; de cuentos “Los círculos”; y de ensayos: “De varia estirpe”.

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