La sudcaliforneidad, esa cosa amorfa más parecida a la xenofobia

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El librero

Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Esa cosa tan vacua como la identidad, de la que han escrito y hablado innumerables historiadores, investigadores, sociólogos, escritores y poetas, en realidad es la búsqueda exasperada del espejo donde podamos vernos, aunque ello implique que en él veamos imágenes de nosotros o de otros que no nos gusten. Esa identidad es un grupo de características que le son propias a una persona o a varias y que las hace distinguirse del resto, es decir, tener una propia cara o una creencia de lo que se es o no. Nuestro espacio vital se construye a partir de lo que pensamos o imaginamos de él y nos lo apropiamos para sentirnos seguros, que nos dé un sentido de pertenencia. La identidad creada, buscada, definida por académicos e intelectuales no tiene, bajo ninguna circunstancia, el propósito de dividir, excluir o marginar a nadie, sino que, muy al contrario, busca que en la diferencia individual y colectiva podamos reconocernos en la otredad.

En estos días se detonó un escándalo porque una intelectual nacionalizada mexicana, la activista de derechos humanos y doctora Mónica Jasis, de origen argentino, pero radicada en nuestro país desde hace casi cincuenta años y más de treinta en Baja California Sur, dio un discurso en el Congreso Estatal, invitada por diputados locales con motivo de la conversión de territorio a estado. De pronto se revivió, como un reguero de pólvora, la identidad sudcaliforniana para atacar a la doctora sin miramientos, bajo el lema de que no era de aquí y que había otros u otras que más lo merecían porque aquí nacieron y tienen arraigo y que son dueños hasta del aire que se respira.

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El origen de tal afrenta es eminentemente política y proviene de la oposición, sorprendentemente incluso de gente de izquierda. Quizá crean que con poner a la gente oriunda contra los foráneos van a conseguir votos electorales en un futuro. Nada más absurdo porque la mayoría en este estado ha venido de fuera a enriquecer nuestra cultura y a darle grandeza. Valerse de que sus apellidos son originarios o que nacieron aquí y que por lo tanto tienen más derechos que otros son en verdad pueril. Me imagino que todos ellos deben saber que ninguno es descendiente de guaycuras, pericús o cochimís, porque esos pueblos desaparecieron con la llegada de los españoles, esos de quienes sí somos descendientes… y que, si me apuran un poco, todos nosotros somos responsables de algún modo de ese genocidio cometido contra esas tribus. Para que más les guste.

Según ese libro de Pablo L. Martínez llamado Guía familiar de Baja California, mi familia, los Márquez, son de las primeras familias criollas —después de que desaparecieron los pueblos originarios— y que pertenecían a los elementos militares que iniciaron las primeras familias sin raíz indígena. Esas primeras tres familias fueron los Rodríguez, los Márquez y los Arce. Pablo L. Martínez menciona en su libro que el apellido Márquez fue originado por Nicolás Márquez, un soldado siciliano que arribó junto con Salvatierra allá en 1697 y que se encuentra muy difundido, aunque la mayor parte de sus descendientes son ya mestizos. Se trata, pues, de un apellido añejo que está ligado al general José Manuel María Márquez de León —de quien por cierto estoy escribiendo una novela—, nacido en San Antonio, B.C.S, de donde era mi madre y de donde es la mayor parte de mi familia materna. Mi familia paterna es otro asunto, pero que pertenece a la historia de Baja California Norte, de Tecate, específicamente.

¿Por qué hago mención de eso? Para demostrar que es inadmisible manejar el espacio geográfico, el apellido o las actividades humanas como privilegios que nos dan derecho a excluir, donde solo caben mis intereses, porque aquí solo mis chicharrones truenan y que por eso voy a salir a defender mi sudcaliforneidad basado en esos datos registrados por Pablo L. Martínez y por una fecha equis donde se le dio categoría de estado a un territorio habitado por foráneos después del asesinato y exterminio de sus pueblos nativos. Si nos ponemos radicales y exigentes los Márquez tienen más tiempo sobre esta tierra, más que muchos que no nacieron aquí pero que crecieron y se formaron en este semidesierto y que a ellos jamás se les ha cuestionado que no pertenezcan a la sucaliforneidad. Pura hipocresía, pues. Alegar identidad es hablarle al abismo. Argumentar así habla más de los miedos que de una sana convivencia.

Por otro lado, no estoy de acuerdo en el uso de la xenofobia como pretexto para defender la identidad sudcaliforniana, esa cosa tan etérea y ambigua que han construido a base de prejuicios y afanes como si fuera una franquicia. Me hace pensar que debemos ser más grandes que nuestras reducidas y limitadas formas de ver la realidad, más allá de la cortina de la choya de la que hablaron los jóvenes de los setenta. Propongo que no lo hagamos, que nadie merece ser atacado/a por circunstancias extrageográficas porque todos tenemos derecho a la migración en nuestra patria y en nuestro planeta, a ser felices y a no tener miedo en el lugar donde vivimos, que es el sitio donde nos desarrollarnos en todos los sentidos. Demostremos nuestra grandeza en la solidaridad y la capacidad de madurar nuestras diferencias. Porque francamente esta actitud no ayuda, sino que nos regresa a varias décadas atrás.

Sí, con tristeza veo que existen fachoyeros/as xenofóbicos/as en BCS, porque de pronto el no nació aquí pasa como sentido identitario para descalificar a quien participa en la vida pública de BCS por no ser de este lugar, pero que, por derecho, como es el caso de Mónica Jasis, tiene su ciudadanía mexicana bien ganada y plantada. La actitud de quienes promueven y aluden a un sentido de sudcaliforneidad como apropiación identitaria es lamentable. Eso se llama, les guste o no, lo nieguen o no, XENOFOBIA. Todos los argumentos vertidos para defender su identidad y rechazar al otro, es xenofobia, término que viene del griego, compuesto por xénos (extranjero) y phóbos (miedo). Esa palabrita, retuérzanse, hace referencia al odio, recelo, hostilidad y rechazo hacia los extranjeros.

¿Por qué esa descalificación a Mónica Jasis por parte de connotados intelectuales locales y con arraigo? Si, como dicen, está legítimamente radicada en BCS, ¿por qué el cuestionamiento entonces?, ¿por qué el menosprecio? ¿No es acaso ella ciudadana libre y auténticamente mexicana y sudcaliforniana para ser invitada? ¿O BCS solo es para unos cuantos con sangre de nacimiento? ¿Alguno/a de ellos quería dar ese discurso o cómo? ¿No resulta injusto que se reclame a alguien que evidentemente no conocen ni su trayectoria ni su trabajo? ¿Entonces ser sudcaliforniano/a tiene un carácter de exclusividad, como en esos años oscuros en muchas partes del mundo donde solo se admitían a blancos pero no a negros o indígenas, o negar la ciudadanía y perseguirla por ser comunista o católico o musulmán o budista o boliviano o venezolano o aun argentino? ¿En serio quieren que los que no son de aquí sean relegados en un apartheid choyero, donde los verdaderos sudcalifornanos reinen como una aristocracia o una élite racial a la que no le importa el sentimiento ni la vida de los demás? ¿Ese es su nivel de análisis y capacidad para ser empáticos con el otro?

No es justo que para que seamos aceptados casi debamos traer el acta de nacimiento pegada al pecho, como en aquella novela de Nathaniel Hawthorne, La letra escarlata, publicada en 1850 y situada en la rígida Nueva Inglaterra a inicios del siglo XVII y que nos cuenta la historia de una mujer acusada de adulterio por tener una hija con un hombre con el que no se casó y que por ello es condenada a portar en el pecho la letra A, en rojo. Nadie tiene el arbitrio de pasar por encima de nuestros derechos, sean personas de afuera o de adentro. El discurso de yo no soy xenofóbico, pero… o yo reconozco la trayectoria de Jasis, pero hay otros que tienen más derecho solo demuestra que no hemos madurado socialmente, que estamos más movidos por nuestras emociones primarias —tan parecidas al fascismo o al fanatismo— que, por los altos principios, los razonamientos, nuestra cultura que nos hacen más humanos. Ninguna civilización se hizo sola, todas recibieron influencia de la inmigración y emigración de otras tantas y que gracias a eso pudimos conocer y heredar a los sumerios, a los egipcios, a los griegos y a los romanos, por mencionar unos cuantos. Tenochtitlan tampoco se hizo por generación espontánea. Tal vez habrá que escribir La letra escarlata choyera para señalar y describir el puritanismo de quienes se rasgan las vestiduras desde un pensamiento supuestamente de izquierda. De los conservadores ya ni hablamos: ellos gustosos nos quemarían con leña verde en el malecón.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

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Ramón Cuéllar Márquez

Nació en La Paz, en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente se desempeña en Comunicación del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Ha publicado los libros de poesía: “La prohibición del santo”, “Los cadáveres siguen allí”, “Observaciones y apuntes para desnudar la materia” y “Los poemas son para jugar”; las novelas “Volverá el silencio”, “Los cuerpos” e “Indagación a los cocodrilos”; de cuentos “Los círculos”; y de ensayos: “De varia estirpe”.

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