La oscuridad, a pesar de todo, tiene en la base la esperanza: algo a partir de una novela de Volpi

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El librero

Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de la humanidad está marcada por sus crímenes. Hay en ellos el germen oscuro de lo que somos como especie. Cada uno de esos crímenes parte de una creencia, de una ideología, de una fe religiosa o, aún más, de una palabra. Esa misma Historia nos lo cuenta de diversas formas: la visión de los vencedores y la visión de los vencidos; por supuesto, la que prevalece es la de los vencedores, quienes erigen un discurso alrededor de los crímenes cometidos para justificar sus ganancias y para retenerlos a costa de lo que sea, incluyendo nuevos crímenes.

Grandes grupos étnicos arrasados por otro grupo étnico tampoco es nuevo. Cada uno de esos asesinatos masivos, en diferentes tiempos, tienen un denominador común: la oscuridad de la naturaleza humana para lograr que un grupo étnico prevalezca sobre el otro. En algún lugar escuché la pregunta ¿qué anima a un ser humano a cometer crímenes?, y la respuesta fue el miedo.

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El miedo como motor de la civilización, como guía de todas las conductas, la razón por la que la cultura existe, el motivo por el que se buscan todas las preguntas con sus respuestas: el miedo busca al miedo para entenderse a sí mismo. Así, un crimen es perpetrado desde el miedo de su propia supervivencia, que lo que refleja es su condición primitiva, su condición animal, instintiva, brutal. El miedo se parece más a una bestia acorralada que a una bestia libre con lenguaje significativo.

Por eso el miedo es alimentado por los estados modernos, especialmente aquellos de corte fascista o conservadores extremistas, que promueven el temor y la mentira como una forma de control social. Un individuo atemorizado es un sujeto moldeable, controlable, manipulable: una persona con miedo es perfectamente condicionada a cualquier patrón. Siembra el miedo y la mentira, y obtendrás el poder total, es casi un silogismo: mientras más mientas, más ganas. Hoy como nunca en México la oposición política de derecha y ultraderecha ha sacado a relucir su desprecio al pueblo mostrando su clasismo y racismo.

Esto es más o menos lo que ocurre con la novela de Jorge Volpi, Oscuro bosque oscuro. Un breve viaje por los pasillos del terror para mostrarnos una de las caras horrendas de la Humanidad: su capacidad para destrozarse a sí misma, para devorarse a sí misma. Esta historia espeluznante de Volpi no es solo una narración que quiere ser contada o que pretenda ser una denuncia, sino que muestra nuestros más oscuros resortes emocionales, nuestras energías encauzadas a la decadencia. Valiéndose de la estructura y pasajes de algunos conocidos cuentos infantiles, Jorge Volpi va destruyendo la inocencia, la pureza, para ir descarnando las intenciones criminales del poder político y económico que desea su propia expansión. Debo decir que Volpi se centra más en lo político, pero omite lo económico, que es la verdadera razón de su existencia en un régimen de privilegios: son hermanos siameses, uno no existe sin el otro: son consustanciales.

Este rompimiento con la inocencia es el caldo de cultivo que sirve para enmarcar los crímenes que se habrán de cometer en un pueblo metáfora, en un pueblo alemán que tenía instaurada la cotidianidad sin reservas ni racismos, con vecinos viviendo su espacio y compartiendo sus muchos o pocos talentos, hasta que ese poder les ordenó transformarse sin desearlo. El poder político y económico es un animal al acecho que está dispuesto a lo que sea para mantener su régimen de privilegios, que igual se disfraza de izquierda, liberal o de derecha, da lo mismo, según la época y según los intereses que haya que defender, que usualmente son los de las minorías de grandes ganancias económicas; incluso es un animal que puede ser completamente invisible para su propia conveniencia.

Poco a poco Oscuro bosque oscuro va desnudando a través de un lenguaje sórdido, cercano a Poe, cercano a Lovecraft, cercano a Quiroga, pero con la diferencia de que pretende darnos una realidad avasallante, dolorosa, aterradora, donde solamente quepa la culpa, la duda, los razonamientos a medias, las justificaciones como escritor y como lectores. El tema de los judíos, del Holocausto, ha sido reiteradamente tocado después del término de la Segunda Guerra Mundial para no hacernos olvidar lo sucedido en esos años aciagos que tanto daño hicieron a millones de personas.

Al terminar de leer la novela resumimos todo en una frase: nunca debemos olvidar. Pero tampoco debemos olvidar los exterminios que se han hecho en los últimos siglos, como los grupos étnicos originarios del continente americano, por ejemplo los pieles rojas, quienes fueron relegados a reservaciones muy parecidos a los campos de concentración nazi, salvo que a éstos los tienen como un American curious. O los exterminios practicados por los españoles a su llegada al Nuevo Mundo o los exterminios a los pueblos mayas y yaquis durante el Porfiriato.

¿Cómo olvidar eso? o, más bien, ¿cómo hacer para que eso se vuelva un discurso exotérico y no oculto (retocado por los intelectuales europeos y los criollos americanos llamados vulgarmente “intelectuales orgánicos”), como el que se practica desde los estados modernos para no hablar de los pueblos indígenas y de sus derechos, prefiriendo dejar todo en silencio, pues se afectarían muchos intereses?

Después de leer Oscuro bosque oscuro nadie quedará indemne ante su propia humanidad y tendrá que afrontar y enfrentar, quiera o no, sus pesadillas más profundas. Esta novela de Volpi es más parecida a un poema épico en verso libre, de viaje dantesco a los infiernos de la condición humana, donde el poder político y económico puede transformar la mente de los ciudadanos hasta convertirnos en enemigos de nosotros mismos, instarnos al asesinato para mantener las ganancias.

El panorama parece desolador para algunos, más en esos tiempos en que un grupo instauró en México la violencia desde principios de siglo y milenio, creando un estado que sembró el terror igual que un estado fascista. El ciudadano de a pie con los procesos sociales ha aprendido a comprender, a tener fe, esperanza, a tener los ojos abiertos, a no retraerse ni esconderse como hasta hace poco debido a la abierta asociación delictuosa que padecimos entre crimen organizado y gobierno. Hemos aprendido que podemos ser, unidos, los héroes que nos saquen y nos salven del pozo en que nos metieron, que somos un Kaibil Kalam, un Jacinto Kanek, un guerrero águila o jaguar, un Gilgamesh, un Sansón, un Hércules, un David, cualquiera que se adentre en el Hades para destruir los demonios que se desataron desde 2006 en los Estados Unidos Mexicanos.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

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El librero

Ramón Cuéllar Márquez

Nació en La Paz, en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente se desempeña en Comunicación del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Ha publicado los libros de poesía: “La prohibición del santo”, “Los cadáveres siguen allí”, “Observaciones y apuntes para desnudar la materia” y “Los poemas son para jugar”; las novelas “Volverá el silencio”, “Los cuerpos” e “Indagación a los cocodrilos”; de cuentos “Los círculos”; y de ensayos: “De varia estirpe”.

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