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El tzompantli: entre la sangre y las calaveritas de chocolate (I)

05-Oct-2021

ENSAYO Por Jorge Peredo y Modesto Peralta Delgado
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FOTOS: Internet

Colaboración Especial

Por Jorge Peredo y Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Esta historia hunde sus raíces en la oscuridad del tiempo. Sin embargo, comienza para nosotros de una forma simpática e inofensiva con dos empresarios amantes del chocolate: Agustín Otegui y Eddy Van Velle —el primero, mexicano; el segundo, de nacionalidad belga. Otegui maneja una cadena de panaderías en Michoacán; Van Velle, su socio, preside el Grupo Puratos, productor a nivel mundial para el sector pastelero; además, cuenta con museos del chocolate en Europa: en Brujas, París y Praga; luego inauguró el primero en México, en Uxmal. Es 2015.

A pesar de contar con una experiencia negativa con el Instituto Nacional de Arqueología e Historia (INAH), tras iniciar sin permiso el que sería su segundo museo en una zona arqueológica: Choco-Story Chichen, en Chichén-Itzá, a ambos les pareció buena idea dedicar otro museo a su golosina favorita en la Ciudad de México. En la tierra maya suspendieron la obra, pues se dictaminó que ponían en riesgo varios elementos arquitectónicos, pero en la calle República de Guatemala, número 24, en pleno Centro Histórico de la ciudad capitalina, aunque ya se imaginaban “que había algo” (Ferri, 2017), decidieron correr el riesgo. Su amor al chocolate, [1] los llevó al sitio justo donde comienza otra historia, una sangrienta: la de la conquista de Tenochtitlán.

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Debido a la cercanía con el Templo Mayor, fue necesario notificar al INAH para que realizaran una exploración del edificio antes de arrancar con los trabajos de remodelación. Nadie estaba preparado para ese algo que salió a la luz. Bajo el edificio, descubrieron una especie de altar de al menos trece metros de largo y seis de ancho, cuyo núcleo era una estructura circular formada por restos humanos unidos con una argamasa de cal, arena y grava de tezontle —una piedra volcánica de color rojo. Treinta y tres cráneos humanos —algunos de ellos, con perforaciones en los huesos parietales—, asomaban sus cuencas entre las piedras.

A raíz de esto, comienzan a notarse inquietantes coincidencias, como apuntó en una entrevista a El País Leonardo Luján, director del Proyecto Templo Mayor.  El periodista Pablo Ferri indicó que, para algunos arqueólogos —entre ellos Luján—, el mundo es “rematadamente cíclico” (2017).  El arqueólogo mencionó que la centenaria casa de empeños “Monte de Piedad, ubicada en contra esquina del inmueble en cuestión, se haya construido sobre la casa de Axayacátl, padre del emperador Moctezuma, donde se almacenaban los tesoros aztecas que despertaron la codicia de Hernán Cortés y sus hombres. Ahora, dijo, las personas acuden al edificio centenario para entregar sus propios tesoros. También le pareció divertido que sobre aquellos cientos —¿o miles?—, de cráneos humanos “¡en Día de Muertos van a vender calaveritas de chocolate!”.

Siguiendo esta serie de coincidencias, a Luján le pareció interesante que se tratara de un proyecto de un museo culinario, propiedad de un empresario que ya tiene varios en Europa; además de que no fue el primer intento de abrir sus negocios en zonas históricas en México, luego de haber sido cancelados. Esta insistencia los llevó una vez más a “chocar con pared”, pero una pared de restos óseos que llevaba quinientos años abajo. Se trataba de un tesoro arqueológico que, pese a todo, de no haber sido por ellos, tal vez hubiera permanecido bajo ruinas medio milenio más.

La antigua ciudad y su cosmogonía se han negado a permanecer ocultas. Emergen de formas tan espectaculares, que sus regresos son ya parte de la historia. En 1791, gracias a los trabajos de nivelación a un costado de la Plaza Mayor del Centro Histórico de la Ciudad de México, fue descubierto el monumento más importante de la civilización mexica: Piedra de Sol —comúnmente referido como Calendario Azteca. La Piedra de Sol había sido enterrada en 1559 por órdenes de Fray Alonso de Montúfar, pues mientras estaba a la vista se había convertido —según acusa Fray Diego Durán—, en lugar de juegos y otras atrocidades; además, esperaba que “se perdiese la memoria del antiguo sacrificio que allí se hacía” (Durán, 1984, Vol.1, p.100).  Un hallazgo igual de impresionante, ya en el siglo XX, fue el de la Coyolxauhqui, “la que se ornamenta las mejillas con cascabeles”; fue en 1978, cuando una cuadrilla de la compañía Luz y Fuerza laboraba a más de dos metros de profundidad en la esquina de las calles de Guatemala y Argentina (Rodríguez, 2007).

Vale recordar que el Templo Mayor yace bajo la catedral de la Ciudad de México y otros edificios. De acuerdo al arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma fue sistemática y masivamente destruido, pues Cortés comprendía su valor simbólico. El gran Teocali era el centro del universo mexica, donde vivían sus divinidades. Aquí hay otra vuelta de tuerca, irónica y trágica: en la década de 1990 comenzó un programa de arqueología urbana destinado a descubrir por qué la Catedral Metropolitana estaba sufriendo un resquebrajamiento que causaba daños irreparables. Los arqueólogos descubrieron, mediante la perforación de un pozo, que la catedral se estaba hundiendo y asentando en los edificios sobre la que fue construida.  ¿Alguna broma macabra entre los dioses? ¿Sincretismo arquitectónico involuntario? Matos Moctezuma no tuvo empacho en decir que se trataba de “la venganza de los dioses” (EFE, 2015). El extremo Noroeste de la gran estructura de huesos probablemente cruza la calle y alcance el subsuelo del atrio de la catedral —aunque aún no sabe hasta dónde llega, pero a nadie le pasaría por la mente tirar parte del templo católico para ver si hay otra torre de cráneos.

Al realizarse el descubrimiento que nos atañe, Raúl Barrera Rodríguez, director del Programa de Arqueología Urbana, narró cómo desde principios del siglo XX fueron emergiendo en plena urbe, esculturas en forma de cabeza de serpiente, un altar con almenas y restos de muros asociados fragmentos de cráneos humanos, vestigios que parecían apuntar al Huey Tzompantli, conocido hasta entonces por los códices y las crónicas de frailes y conquistadores. En 1914, excavaciones realizadas por Manuel Gamio revelaron restos que debieron ser parte de la misma plataforma. Barrera Rodríguez apuntó que “con las obras de construcción del Metro volvieron a surgir parte de estos muros, pero hasta ahora con las nuevas evidencias es posible afirmar que se trata del Gran Tzompantli de México-Tenochtitlán.” (2015). Para 2020, ya se habían contabilizado allí más de cuatrocientos cráneos.

Este trabajo surge de la curiosidad. Nos ha llamado la atención la aparente ligereza con la que Luján comenta el descubrimiento, específicamente la forma en la que aparecen estas rematadas coincidencias. Como espectadores casuales, nos sorprenden enunciados como éstos en referencia a un objeto que resulta, en primer lugar, tan siniestro. Así que iniciamos con candidez, pero avanzamos a martillazos. Nuestros esfuerzos se concentran en el hallazgo y en el discurso, en indagar en las capas históricas y culturales que sustentan lo dicho en este contexto en particular, y cuáles podrían ser sus significados.

Vemos, en las floraciones monolíticas del antiguo mundo en los espacios del nuevo tiempo, la posibilidad de que, con una mezcla de terror y veneración, los mitos vuelvan a entramarse con la historia. El pasado se traslada al presente o el presente se reencuentra con el pasado. Por más que lo neguemos y a pesar de nuestro deseo de vivir exclusivamente en el ahora, el pasado nos reclama y nos pide ser memoria, ser también parte de nuestra historia. Intentamos aquí realizar un análisis arqueológico, pero en un sentido más irónico que metafórico, para mostrar sobre cuáles bases y en qué medida es posible que se pueda sugerir medio en serio y medio en broma, que el hallazgo es evidencia de un tiempo cíclico y cuáles podrían ser sus alcances. Hay estratos de sentido bajo lo que se dijo, que se hunden en el tiempo y que al ser desenterrados nos permiten una interpretación que es, tanto una reversión de la ironía en lo enunciado por Luján, como la revelación de lo irónico en el discurso de Frausto, que mencionaremos más adelante.

Crónicas de la sangre

Cuentan las crónicas de la conquista que en el corazón de México, cuando era la Gran Tenochtitlán, paredes de cráneos humanos se levantaron bajo el sol sediento de sangre. Huey Tzompantli era el nombre de este monumento de poderío y muerte dedicado a la vida. Francisco Xavier Clavijero, en su Historia Antigua —basada en las crónicas y otros documentos—, escribió que en los alrededores del Templo Mayor había ciertos edificios en los que se “conservaban las calaberas de las víctimas” (Clavijero, 2011, p.296). Según su relato, los cráneos embutidos en los muros o enfilados en palos, formaban dibujos “no tan curiosos como horribles”. El historiador jesuita nos hace saber que eso es poco en comparación al “más espantoso de estos monumentos”, que se hallaba en las puertas del templo.  Se trataba de “un vasto terraplén cuadrilongo y medio piramidal” al cual se subía por una escalera de 30 escalones en los que, entre piedra y piedra, había un cráneo…

Hernán Cortés fue uno de los primeros europeos en atestiguar este espectáculo con sus propios ojos. Al entrar a la gran ciudad en 1521, año en que culminaría su conquista, encontró allí cabezas de soldados españoles acomodadas como cuentas de un ábaco. “Llegamos a una torre pequeña de sus ídolos, y en ella hallamos ciertas cabezas de los cristianos que nos habían matado, que nos pusieron harta lástima” (Cortés, 2013, p.197), dice en su Tercera Carta de Relación, escrita en 1522. Son otros religiosos como Fray Diego Durán y Fray Bernardino de Sahagún, quienes redactaron —de oídas— las crónicas de la conquista. El último es quien hace una descripción detallada de estos rituales. En el Libro Segundo de su Historia General de las Cosas en la Nueva España, hace una relación pormenorizada del calendario de ceremonias de los antiguos nahuas —que intitula De las fiestas y sacrificios con que estos naturales honraban a sus dioses en tiempos de su infidelidad. Hay diez menciones del tzompantli en su obra, descritos con la función de “espetar cabezas de los que mataban” (De Sahagún, 1829, p.55).

Con una tinta llena de asombro y horror, el religioso describió las distintas fiestas en las que imperaba el sacrificio humano: hombres, niños y mujeres a los que sacaban el corazón para ofrecerlo a los dioses; canibalismo; torturas a base de golpes hasta medio matarlos; o lanzarlos a las brasas, sacarlos y volverlos a meter al fuego para prolongar su agonía. El Toxcatl era la principal fiesta de todas, donde mataban a un mancebo preparado desde un año atrás para el sacrificio; el joven era llenado de lisonjas, ataviado con flores, bien alimentado; y el día que lo mataban, lo subían al cu, le sacaban el corazón y luego “le cortaban la cabeza y la espetaban en un palo que se llamaba tzompantli” (De Sahagún, 1829, p.57). Fray Toribio de Benavente, Motolinía, en similar tono, relata el gran valor que tenían las cabezas de los sacrificados. Escribe que: “las calaveras las ponían en unos palos que tenían levantados a un lado de los templos del demonio” (2021, p.58). Esta mención al diablo es sintomática del discurso de los cronistas que no veían en la religión de los antiguos pueblos, otra cosa que mentira, maldad y corrupción.

Uno de los relatos más detallados y sobrecogedores es el que realiza el conquistador Andrés de Tapia: Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas hincadas desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal y piedra, y por las gradas de él muchas cabezas pegadas con cal, y los dientes hacia afuera. Estaban de un cabo y de otro de estas vigas dos torres hechas de cal y de cabezas de muerto, sin otras alguna piedra, y los dientes hacia afuera, en los que se podía parecer, y las vigas apartadas una de otra poco menos de una vara de medir, y desde lo alto de ellas hasta abajo puestos palos cuan espesos cabían, y en cada palo cinco cabezas de muerto ensartados por las sienes en el dicho palo. Y quien esto escribe y un Gonzalo de Umbría contaron los palos que había y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas sin las de las torres. (Tapia, 1988, pp.108-109).

No es de extrañar que, a los ojos de los hombres del Viejo Mundo, estas prácticas les parecieran poco menos que monstruosas. ¿A qué obedecían tales sacrificios? Se trataba de rituales que consistían en ofrecer el corazón y la sangre —mayormente de varones, prisioneros de guerras— a sus dioses, para que éstos hicieran permanecer el orden cósmico, para perpetuar la vida, para pedir agua para los cultivos. Formaba parte de su religión, su filosofía y sus mitos. La Leyenda de los Soles —expuesto en el Códice Chimalpopoca, escrito en 1558 —narra el nacimiento de la muerte de los nahuas. En su antropogénesis, Quetzalcóatl baja al Mictlán e intenta robar los huesos sagrados, pero el embrollo termina con su arrepentimiento; al final, para estabilizar la armonía rota, hace sangrar su miembro y así lo hacen otros dioses (Matos, 2015, p.253). De ahí surge la idea de verter la sangre para la continuidad del Sol, y así, que la vida reanudara su ciclo. Esta es una de las grandes antinomias religiosas que deben haber escandalizado a los misioneros, mientras que Jesucristo brindó su sangre —por medio de la transubstanciación—, y así alimentó a su pueblo, ritualmente, con ella y su carne, los mexicas alimentaban a los dioses con su propia sangre y devoraban carne humana para nutrir con su tonali (fuego interior) al Sol y al universo.

Otra diferencia importante es que para los aztecas, a diferencia de los católicos que llegaron a sus tierras, el paso a la muerte no era un lugar eterno al que se llega por el buen o mal comportamiento, sino el final del camino en esta vida. No era un conducto moral, sino la forma de morir lo que iba a depararle su suerte: el Tlalocan para los que fallecían jóvenes por enfermedad; el Mictlán, a donde pararían los que morían entrada la senectud; y El Sol a donde iban los sacrificados a acompañar al astro rey convertidos en aves después de morir. Aunque los antiguos cronistas intentaron traducir Mictlán como El Infierno, varios autores posteriores contradicen tal significado. Para los aztecas, El Infierno no existía. Pero su Cielo, era El Sol.

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[1] Para los pueblos originarios, el cacao fue más que una golosina, fue incluso moneda de cambio en todo el territorio mesoamericano (De Las Casas, 2017, 2017, p.274). Según su mitología, el árbol de cacao fue robado a los dioses y regalado a los hombres por Quetzalcóatl. El nombre científico del cacao tiene reminiscencias de esta leyenda: Theobroma Cacao, que significa “alimento de los dioses”. Bernal Díaz del Castillo narra cómo en la corte del emperador Moctezuma servían sendas copas de una bebida espumosa elaborada de cacao, de la cual se decía que “era para tener acceso con mujeres” (Díaz del Castillo, 1982, p.186). Al parecer, esta referencia al chocolate en una obra que puede ser considerada como “un bestseller de su tiempo”, provocó que se difundiera la idea de su poder afrodisíaco.

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