Culco | Cultura y Comunicación de B.C.S

Aventuras en origami: “Kubo y la búsqueda samurái”

15-Oct-2016

RESEÑA Por Marco A. Hernández Maciel
kubo_portada_original

“Kubo y la búsqueda samurái”. Foto: Internet.

COLABORACIÓN ESPECIAL

Por Marco A. Hernández Maciel.

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Esta es una película animada, pero no es solamente para niños. La sala número diez del complejo cinematográfico estaba a la mitad, y aunque no me extrañó, había pocos menores en ella. Una producción que ha recorrido muchos kilómetros para finalmente posarse con gracia fílmica en nuestra calurosa ciudad.

Desde el bulevar Forjadores, la marquesina solo anuncia a un tal “Kubo”. Aquellos amantes del género de horror pueden sentir sus vellos erizarse un poco, pero no, no se trata de ese “Cubo”. Nuestro Kubo es un joven japonés, con habilidad mágica para tocar el shamisen —instrumento tradicional nipón que un neófito como yo le llamaría “guitarrita” o “algo así como un ukulele”— mientras relata historias de monstruos vs. samuráis ante un público reducido pero entusiasta que todas las tardes se maravilla ante el espectáculo del protagonista, hasta que una noche se ve obligado a emprender su propia aventura.

Travis Knight, director debutante y además CEO de la productora cinematográfica Laika —que sólo por decir, debutó con aquella joyita llamada “Coraline y la puerta secreta”— nos ofrece una nueva producción en stop-motion que es visualmente impactante y ofrece una historia con personajes bien definidos y con los cuales te identificas desde el inicio de la cinta. Sí, el stop-motion, esa técnica artesanal donde tienen que filmar a los monitos cuadro por cuadro y que solo los más pacientes y perfeccionistas seres de este mundo podrían lograr, sigue vigente y se renueva con este proyecto que es una de las apuestas más audaces del año.

Durante el film, pasamos de un tradicional pueblito japonés, a un bosque con una Luna que parece va a comerse a la Tierra, a un mar embravecido y hasta a una tormenta de nieve, por mencionar algunos escenarios y todos desarrollados hasta el más mínimo detalle. Y por si eso fuera poco, las coreografías de pelea son tan reales y poderosas que algunas veces tuvimos que taparle los ojos al Cuyi (mi sobrino de tres años que nos acompañó) para evitar alguna incómoda pesadilla, aunque esto no signifique que sea una película violenta en extremo. Y sí, seguimos hablando de una producción en stop-motion.

Y es que es precisamente el poder artesanal y casi mágico de la técnica referida lo que provoca ese sentimiento de pertenencia a una historia que desafortunadamente tiene un guion predecible y se queda corto ante la majestuosidad de esa producción en miniatura; de cada detalle que fue esculpido a la perfección; de cada personaje delineado en sus múltiples facetas de manera admirable y con un rango de expresiones que actores como Stallone o Willis envidiarían. Pero a pesar de ello, la historia es disfrutable tanto para chicos y grandes y pronto quedamos enganchados con la aventura de Kubo y sus singulares acompañantes.

El doblaje es bueno, resaltando la labor de Cecilia Suárez,  pero que nos quiten el privilegio de escuchar las voces originales de Charlize Theron, Ralph Fiennes, Matthew McConaughey, Rooney Mara y la leyenda viviente, George Takei, es algo que se reprocha a la distribuidora. Habrá que esperar a la versión en Blu-Ray para poder escuchar la película en su idioma original.

Kubo y la búsqueda samurái es un espectáculo que debe verse en pantalla grande. Es cine artesanal que exuda amor y pasión por el trabajo realizado en cada uno de los 24 cuadros de cada uno de los 60 segundos de cada uno de los 101 minutos que dura la película. Es arte hasta en los créditos finales, que evitará que dejes tu asiento mientras las letritas nos develan el nombre de las manos milagrosas detrás de este espectáculo. Los adultos la disfrutamos como niños, y el niño de tres años que nos acompañó y que difícilmente se queda cinco minutos quieto en un solo lugar, no parpadeó hasta que las luces de la sala volvieron a encenderse. Y eso que no compramos palomitas.