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A 33 años de la muerte de Carlos Olachea. Una semblanza de Aníbal Angulo.

22-Jul-2019

SEMBLANZA Por Aníbal Angulo

Carlos Olachea. FOTOS: Aníbal Angulo.

Colaboración Especial

Por Aníbal Angulo

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Desde niño supe que sabía dibujar. Más bien, oía que los maestros decían “ese niño dibuja muy bien”. Cuando terminé la Secundaria le dije a mi padre “quiero irme a estudiar pintura a México”, y me contestó “primero estudia algo de lo que puedas vivir”. Así que entré a la Escuela Normal Urbana de la Paz. Un poco frustrado me dediqué al teatro como director y actor, en la sala Ibo —ya desaparecida— y en la Casa de la Juventud, hoy CREE.

No recuerdo exactamente como se cruzaron en mi camino Manuel Ojeda y Carlos Olachea. Ellos estudiaban en México y venían de vacaciones. Sin duda, estos dos personajes fueron quienes —sin ellos saberlo— acentuaron en mí la pasión por el arte. Carlos siempre venía acompañado con amigos y maestros de San Carlos, donde estudiaba. Los repartía en casa de sus amigos. Así compartí mi casa con Javier Arévalo, Francisco Moreno Capdevila, Santos Balmori, Zalathiel Vargas, Fernando Curiel y otros. La sobremesa en casa y los ratos bajo una palapa con todos ellos me orillaron a tomar una decisión: tenía que irme a México a estudiar pintura.

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Carlos vivía en un departamento-estudio en la colonia Hipódromo Condesa, en la Ciudad de México, casado con Susana Campos, su compañera en San Carlos. En 1968 obtuvieron una beca para estudiar en Francia, y poco antes de partir, me dijo frente a un cuadro colgado en su sala “este lo voy a conservar para mí”. Era un óleo con el estilo expresionista, muy del estilo de su maestro Rodríguez Luna. A su regreso de Europa, el primer día me llamó y dijo “¿quieres el cuadro? Te lo regalo, ya no me gusta”. Temiendo que se arrepintiera, en segundos llegué al estudio. Era un cuadro de 140 x 110 que no cabía en ningún transporte, así que me lo llevé sobre mi cabeza hasta mi casa. En varias ocasiones estuvieron a punto de atropellarme al cruzar las calles.

Su recorrido por el viejo continente lo había cambiado. El contacto con la obra de artistas contemporáneos le habían abierto un nuevo horizonte. Sin embargo, Carlos era generoso, nunca se preocupó por hacer un nombre en galerías comerciales y consolidar un mercado. Su primera exposición a su regreso fue un rompimiento con la obra de sus maestros. La tituló Monocromática. Era una serie de acrílicos con mucha materia y de un solo color: amarillo.

A Carlos se le dificultaba iniciar un nuevo proyecto. Con frecuencia teníamos que empujarlo, y casi casi, ponerle los pinceles en la mano. Ésta no fue la excepción, y dos días antes de la inauguración, Gerardo Ruiz y yo le aplicábamos la textura y él le hacía el diseño. La expo sorprendió a todos por su propuesta novedosa. En otra ocasión, hizo una exposición en la galería de San Carlos utilizando puro cartón corrugado y algunas manchas de colores. Sus texturas las hacía utilizando arena blanca que recogía en la playa de Balandra cada vez que venía. En esa época los controles aduaneros eran más estrictos, y en más de una ocasión los oficiales se preguntaban si no había algún truco oculto, algo ilegal, pues no concebían que alguien llevara a México un saco de arena.

Vi nacer a sus hijos , atestigué sus cambios de pareja, y compartimos muchos proyectos de grabado y pintura. Fue él quien me enseñó a grabar en metal. Cosas del destino, a su muerte accidental, me nombraron Director del Taller de Experimentación Gráfica, que el había fundado en la ENAP. El mismo taller que ahora lleva su nombre.

Llevaba una amistad muy cercana con Alberto Alvarado, en ese entonces delegado de la Álvaro Obregón. Se reunían en una cantina de la avenida Revolución a jugar dominó, tomar tequila y comer carne tártara. Carlos murió meses antes de que Alberto, ya como gobernador de Baja california Sur, inaugurara la Unidad Cultural Jesús Castro Agúndez y decidió ponerle el nombre de Carlos Olachea Bouciéguez a la galería de arte de la Unidad Cultural.

Cuando el Instituto Sudcaliforniano de Cultura decidió publicar un libro para rescatar su obra, el principal problema fue conseguir las imágenes: su generosidad provocó una dispersión de su obra y no sabíamos dónde estaba, quién la tenía ni cuanta era. Busqué en mis archivos y me llevó mucho tiempo escanear los negativos de 35 milímetros en blanco y negro con imágenes cotidianas con su familia y de obra que documenté durante 20 años. Nunca pensé que esos registros, sin ningún valor, en ese entonces se convertirían en un documento valioso para rescatar su memoria.

Sin duda, Carlos fue uno de mis mejores amigos. En México pensaban que éramos parientes cercanos al ver nuestra amistad y empatía en el trabajo creativo. Murió en un accidente en su casa la misma noche de su regreso de Oaxaca a donde había ido a recibir el premio obtenido en la Bienal Rufino Tamayo, el encuentro de artes visuales más importante de México. No alcanzó a cobrar el cheque. Pero su obra no ha perdido vigencia, todo lo contrario, es actual y propositiva, un horizonte inagotable de ideas plásticas para todos los creadores de Sudcalifornia.

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