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Pruebas, valemadrismo sudcaliforniano y más pruebas

21-Dic-2020

OPINIÓN Por Roberto E. Galindo Domínguez
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La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El gobernador de Baja California Sur, Carlos Mendoza Davis, y el secretario de salud estatal, Víctor George Flores, nos han dicho desde mediados de año que ellos sí se preocupaban por la salud de los ciudadanos, que sí atendían a la ciencia y que, en consecuencia, aplicaban un gran número de pruebas para la detección del coronavirus. Hablaron de más de treinta y cinco mil de estas —las que para una población de ochocientas mil personas parecen insuficientes— que aplicaron estratégicamente para detectar a enfermos y asintomáticos para así localizar e interrumpir las cadenas de transmisión del letal virus. Lo que, según ellos, les permitía mantener una mayor reapertura económica, turística y en general social que en el resto del país.

El gobernador alardeó en su informe anual del enorme logro en la contención del virus, el gobierno pagó promocionales en radio que repitieron incansablemente que en BCS moría la mitad de los contagiados a diferencia del resto del país; hacía referencia a la tasa de letalidad, que es el número de muertes en relación al de los infectados. Al hacer pruebas se detectaron más casos y se redujo la tasa de letalidad; no así la de la mortalidad, que para octubre era más alta que la de la media nacional, y que para mediados de diciembre ha sobrepasado los noventa fallecidos por cada cien mil habitantes, ubicando a Sudcalifornia entre las 15 entidades con más defunciones en relación a su población total.

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El punto más alto de contagios lo tuvimos el 27 de julio con 168. En adelante, la contención del coronavirus pareció ser efectiva hasta finales de septiembre, el día 27 de ese mes se registraron 19 contagios. Hasta entonces, se observó un descenso en la cantidad de personas infectadas. Durante octubre, con todo y un ligero incremento en la transmisión del virus, que después disminuyó, la tasa de contagios se mantuvo en un nivel bajo, que promedió por día alrededor de 15 nuevos casos. Eso le permitió al gobierno estatal exponer en su informe anual que se había logrado contener al coronavirus. Pero antes de la llegada del invierno, apenas al inicio de noviembre, cuando el clima caluroso cambió a templado, comenzó de nuevo el incremento de los contagios.

Ahora, con la llegada del invierno, el gobierno estatal no puede hablar de su buen manejo de la crisis sanitaria. El error de Carlos Mendoza y su equipo de científicos de la salud es que generaron un semáforo de seis colores con dos tonalidades en el nivel amarillo y dos en el naranja, además del color verde y el rojo, alterno al de la federación que es de cuatro. Con el que, a pesar de que el Gobierno Federal nos ha ubicado en color naranja en dos ocasiones tras la etapa de confinamiento, ellos nos mantuvieron hasta el 18 de diciembre en color amarillo, con una holgada relajación de los protocolos de seguridad sanitaria y eliminando en muchos rubros la sana distancia.

Hoy, que el gobierno estatal reconoce el semáforo naranja, aunque en su nivel más relajado, parece ya demasiado tarde para contener el acelerado incremento de contagios y muertes que estamos viviendo en la entidad. Es previsible que conforme se incremente el frío y continúe el valemadrismo social de las reuniones, comidas y fiestas decembrinas, subamos al siguiente nivel de color naranja y para enero debamos regresar al confinamiento del color rojo.

La estrategia científica y depurada de las pruebas y más pruebas fue efectiva para la contención del virus lo que duró el verano. Al discurso del gobernador ya no lo apoya la temperatura, se fue el calor, llegó el frío y falló la contención.

 

Polilla política

Primero ellos no siguen las normas federales y relajan los protocolos de seguridad. Después, decretan multas de 8600 pesos y hasta pena de cárcel por no usar cubrebocas.

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