Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En algún lugar del actual sur de Baja California Sur, hacia mediados del siglo XVIII, un misionero europeo observaba con atención la vida cotidiana de los pueblos indígenas. No solo predicaba: dibujaba. Registraba plantas, animales, rituales y escenas domésticas con una sensibilidad poco común para su tiempo. Ese hombre era Ignacio Tirsch, jesuita originario de Bohemia, cuya vida y obra constituyen hoy una de las ventanas más singulares para comprender la Antigua California. Este reportaje reconstruye su trayectoria, exploraciones, relaciones con los pueblos originarios, su papel en el sistema misional y el significado de su legado a partir de fuentes históricas, académicas y documentales recientes.

Ignacio Tirsch nació en 1733 en Chomutov, en la región de Bohemia, en el seno de un imperio europeo profundamente marcado por la expansión del catolicismo tras La Reforma protestante. Como muchos jóvenes de su época, ingresó a la Compañía de Jesús, una orden que tenía entre sus principales misiones la evangelización global y la expansión cultural del catolicismo. Su llegada a la Nueva España no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia geopolítica más amplia. Durante los siglos XVII y XVIII, la Corona española utilizó a los jesuitas como agentes de colonización en territorios periféricos como California. Estos espacios eran considerados estratégicos, tanto por su posición geográfica como por la necesidad de consolidar la soberanía frente a otras potencias europeas.

También te podría interesar: El Faro Viejo de Cabo Falso: luz, territorio y disputa en el extremo Sur de México

En este contexto, Tirsch emprendió el largo viaje transatlántico desde Europa hasta América, completando su formación en centros jesuitas de Puebla, Tepotzotlán y la Ciudad de México antes de ser enviado en 1761 a la península de Baja California. Su destino: una región árida, aislada y profundamente compleja en términos culturales.

Cuando llegó a la Antigua California, el sistema misional jesuita llevaba ya varias décadas de funcionamiento. Desde finales del siglo XVII, las misiones habían sido establecidas como centros de evangelización, pero también como núcleos de organización social, económica y territorial. Estas misiones no solo buscaban convertir a los pueblos indígenas al cristianismo, también introducían nuevas formas de vida: agricultura sedentaria, ganadería, organización comunitaria bajo normas europeas y dependencia de la autoridad religiosa.

El propio Tirsch fue asignado inicialmente a la misión de Santiago de los Coras (Aiñiní), fundada en 1724, pero marcada por la violencia de la rebelión pericú de 1734, en la que el edificio fue destruido y el misionero asesinado. Décadas después, él participó en la reconstrucción del sitio, en un contexto donde los pueblos originarios ya habían sido profundamente afectados por epidemias, desplazamientos y conflictos. Según registros históricos, su labor se desarrolló entre 1762 y 1767 en distintas misiones del sur, incluyendo Santiago y San José del Cabo. En estos espacios, el misionero no solo administraba sacramentos, sino que también organizaba la producción agrícola, supervisaba la vida cotidiana y actuaba como intermediario entre la Corona y las comunidades indígenas.

Uno de los aspectos más complejos en la vida de Tirsch fue su relación con los pueblos indígenas, particularmente los pericúes y guaycuras, habitantes originarios del extremo sur de la península. Las fuentes coinciden en que para la época en que Tirsch llegó, muchas de estas comunidades ya estaban en proceso de desaparición. Las epidemias introducidas por los europeos, la desestructuración social y los conflictos armados habían reducido drásticamente su población. Sin embargo, a diferencia de otros misioneros cuya labor se documenta principalmente en textos religiosos o administrativos, Tirsch dejó un registro visual excepcional. Sus acuarelas muestran escenas de la vida indígena: familias, actividades de caza, rituales y paisajes. Estas imágenes ofrecen una mirada que, si bien está mediada por su perspectiva europea, conserva detalles etnográficos de gran valor.

Investigaciones recientes destacan que sus dibujos constituyen una forma de “historia natural” y cultural, donde se entrelazan observación científica, experiencia misionera y representación simbólica. En ellos se perciben tanto los procesos de transformación cultural como la persistencia de prácticas indígenas. Este material ha sido interpretado por especialistas como evidencia de una interacción compleja: ni completamente armónica ni exclusivamente violenta, sino marcada por negociaciones, adaptaciones y tensiones constantes.

Además de su labor religiosa, Tirsch participó en la exploración del territorio y en la generación de conocimiento sobre la región. Como otros jesuitas de su tiempo, formaba parte de una tradición intelectual que combinaba evangelización con observación científica. Los jesuitas eran, en muchos sentidos, “agentes culturales” que documentaban flora, fauna, geografía y costumbres locales como parte de su misión. En el caso de Tirsch, esta labor se materializó en un conjunto de aproximadamente 47 acuarelas que representan desde especies animales hasta escenas de la vida cotidiana. Estas obras, actualmente resguardadas en la Biblioteca Nacional de Praga, constituyen uno de los registros más completos de la Antigua California en el siglo XVIII. En ellas aparecen peces, aves, mamíferos, plantas y representaciones humanas que documentan un entorno hoy profundamente transformado.

Algunas imágenes incluso muestran elementos que mezclan observación y simbolismo, como el llamado “pez mujer”, lo que ha generado debates entre historiadores sobre los métodos y fuentes de Tirsch. Más allá de su exactitud científica, estas ilustraciones tienen un valor incalculable como testimonio de un mundo en transición.

La trayectoria de Ignacio Tirsch en California se vio abruptamente interrumpida en 1767, cuando el rey Carlos III ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios españoles. Esta decisión respondió a múltiples factores: tensiones políticas, sospechas sobre el poder de la orden y reformas borbónicas orientadas a fortalecer el control estatal. En Baja California, la expulsión significó el fin de un sistema misional que había operado durante más de 70 años. Tirsch, al igual que otros misioneros, fue obligado a abandonar la península y regresar a Europa.

Este episodio no solo marcó el final de su labor en América, sino también una ruptura en el proceso de documentación del territorio. Muchas de las crónicas, dibujos y conocimientos generados por los jesuitas quedaron dispersos o fueron elaborados en el exilio. Tirsch regresó a Bohemia, donde pasó sus últimos años y falleció en 1781.

El principal legado de Ignacio Tirsch no radica únicamente en su labor como misionero, sino en su obra visual. Sus acuarelas han sido consideradas por especialistas como uno de los primeros registros pictóricos sistemáticos de la península de Baja California. A diferencia de otros documentos coloniales, centrados en la administración o la evangelización, sus dibujos capturan aspectos cotidianos y naturales con un nivel de detalle poco común. Representan, en palabras de investigadores contemporáneos, un “testimonio visual inédito” de la vida en las misiones y de los pueblos indígenas.

Este legado ha adquirido relevancia en el contexto actual, donde la historia de la Antigua California se reconstruye a partir de múltiples fuentes: crónicas, arqueología, tradición oral y registros visuales. Las obras de Tirsch permiten no solo conocer el pasado, sino también reflexionar sobre los procesos de colonización, transformación cultural y pérdida de diversidad que marcaron la región.

El análisis moderno de la figura de Tirsch no está exento de debate. Por un lado, se reconoce su aporte como observador y documentador de la realidad californiana. Por otro, su papel como misionero lo sitúa dentro de un sistema colonial que implicó la transformación profunda —y en muchos casos la desaparición— de culturas indígenas. Este doble carácter refleja una tensión central en la historia de las misiones: fueron espacios de intercambio cultural, pero también de imposición religiosa y reorganización social. Los estudios recientes insisten en la necesidad de contextualizar su obra. Sus dibujos no son neutrales: están atravesados por su formación europea, su misión evangelizadora y las condiciones de la época. Sin embargo, también ofrecen pistas sobre las experiencias indígenas, muchas veces ausentes en los registros escritos.

La relevancia de Tirsch puede entenderse a partir de varias causas estructurales:

  • La expansión jesuita: permitió la llegada de misioneros con formación intelectual y capacidad de documentación.
  • El aislamiento geográfico: convirtió a Baja California en un laboratorio de observación cultural y natural.
  • El contexto colonial: generó la necesidad de registrar territorios y poblaciones.

Las consecuencias de su obra son igualmente significativas:

  • Preservación de la memoria: sus dibujos son uno de los pocos testimonios visuales de pueblos casi desaparecidos.
  • Aporte científico: contribuyen al conocimiento de la biodiversidad histórica de la región.
  • Valor cultural: fortalecen la identidad histórica de Baja California Sur.

Hoy, más de dos siglos después, la figura de Ignacio Tirsch sigue despertando interés entre historiadores, antropólogos y estudiosos del arte. Su obra ha sido objeto de exposiciones, investigaciones académicas y publicaciones que buscan reinterpretar su legado. En un contexto donde se revaloran las historias locales y las voces marginadas, sus dibujos adquieren una nueva dimensión. No solo como documentos históricos, sino como herramientas para comprender las complejidades del encuentro entre culturas. Ignacio Tirsch fue, al mismo tiempo, misionero, explorador, cronista y artista. Su vida refleja las dinámicas de un mundo colonial en expansión, donde la religión, la ciencia y la política se entrelazaban.

Pero su obra trasciende su tiempo. En cada acuarela se conserva un fragmento de la Antigua California: sus paisajes, sus habitantes, sus transformaciones. En un territorio donde muchas voces fueron silenciadas, sus imágenes permanecen como una forma de memoria. Una memoria que no solo ilumina el pasado, sino que invita a cuestionarlo y comprenderlo en toda su complejidad.

Referencias:

https://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Tirsch «Ignacio Tirsch»

https://es.wikipedia.org/wiki/Misi%C3%B3n_de_Santiago_de_los_Coras_Ai%C3%B1in%C3%AD «Misión de Santiago de los Coras Aiñiní»

https://journals.openedition.org/nuevomundo/76562 «Los dibujos de Ignacio Tirsch (1733-1781), tres cartas y una curiosa …»

https://www.iberoamericana-vervuert.es/capitulos/9783968697444_006.pdf «Entre bohemia y Nueva España: roles, costumbres y vida cotidiana en …»

https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/california/304a_04_12_IgnazTirsch.pdf «Las pinturas del Bohemio Ignaz Tirsch sobre México y California en el …»

https://mundonuestro.mx/index.php/secciones/historia/item/2638-los-pioneros-de-la-baja-california «Los pioneros de la Baja California – mundonuestro.mx»

https://www.culcobcs.com/cultura-entretenimiento/ignacio-tirsch-el-jesuita-que-dibujo-la-antigua-california/ «Ignacio Tirsch, el jesuita que dibujó la Antigua California»

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

FOTOS: IA | Google Maps | Facebook.

El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Baja California Sur debería llamarse sólo California, al ser la primera, la original. Sin embargo, la toponimia no es la mayor virtud de los gobiernos locales. El Estado tiene la particularidad de nombrar a sus calles, pueblos y mares con nombres de personajes polémicos de la historia; tanto lo son, que en toda la República Mexicana casi no abundan los homenajes a estos protagonistas del pasado, e incluso, en algunos sitios han descontinuado llamarles así.

Este reportaje no defiende la historia oficialista, aunque no se puede negar, que la educación pública ha influido en calificar de héroes o villanos a ciertos líderes del pasado; aquí se acude a la cultura popular y a la memoria colectiva, y por supuesto, a datos y hechos que hacen que estas figuras no se recuerden precisamente por sus hazañas, sino por la represión sangrienta que ejercieron. Estos son sus tributos en tierras sudcalifornianas.

También te podría interesar: Loreto, entre la marea y la protesta: crónica de un decreto que sacudió al puerto

El muy querido Hernán Cortés

En la cultura popular, el conquistador de México—cuya tumba se encuentra en CDMX y nadie la celebra— es asociado a las matanzas de los antiguos indígenas para sumar el hoy territorio mexicano a la entonces corona española; a sangre y fuego —como los 6 mil habitantes de Cholula masacrados sin armas, en un par de horas, en 1519— impuso el cristianismo, su gobierno y la visión occidental a los pueblos mexicanos. En la historia oficial mexicana no se le conmemora. Los dichos recientes de la presidente Claudia Sheinbaum denostándolo como “un asesino”, no son nuevos: es una figura maldita desde antaño.

Pero en Baja California Sur, es distinto; aquí se le quiere. Su nombre lo llevan bares y restaurantes en La Paz; la calle Hernán Cortés, en El Comitán, en la capital del Estado, donde también están la colonia Pedregal del Cortés y el complejo turístico Puerta Cortés; y los 200 mil kilómetros cuadrados del Golfo de California, también conocido como Mar de Cortés —que no, el Golfo de Cortés. Aparece en el himno del Estado. ¿Qué se pensaría hoy en día si se quisiera erigir una estatua en su honor?

La influencia tiene qué ver con que en las Fiestas de Fundación de La Paz —una tradición de hace varias décadas, organizadas por el Ayuntamiento de La Paz—, se le reconoce como el fundador de esta capital, por una expedición que realizó en algún punto de la bahía el 3 de mayo de 1535. Quien lo “decretó” de esta manera fue el historiador Pablo L. Martínez en la primera mitad del siglo XX. Por ello, este 2026 se ‘celebran’ los “491 años del puerto de La Paz”, una ciudad que tardaría casi 3 siglos después que Cortés anduvo por aquí y no fundó ni una piedra, en ser habitada; además, esta tradición borra en la memoria colectiva que, en realidad, el primer asentamiento de la Antigua California fue Loreto, fundado en 1697.

Las calles de Porfirio Díaz

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori nació en Oaxaca de Juárez en 1830 y murió desterrado en París, Francia, en 1915. En su ciudad natal —que lleva el apellido de Benito Juárez, contra el cual se opuso porque se estaba perpetuando en el poder, lo que más tarde hizo él—, todavía hay una calle que lleva su nombre; en el mismo Estado hay un municipio que le rinde homenaje.

Aunque Porfirio Díaz modernizó la infraestructura del país, su dictadura ha sido criticada precisamente por mantenerse 30 años en el poder, con mano dura, reprimiendo las posturas en su contra; sólo en las huelgas de Cananea, en 1906, y en Río Blanco, en 1907, el ejército ejecutó a casi un millar de manifestantes. Elecciones amañadas, despojo de tierras, una abismal desigualdad social y persecución de disidentes fueron algunos “sacrificios” para modernizar al país.

Tras La Revolución Mexicana, cambiaron muchas nomenclaturas de calles en todo México. Es posible, aunque no se encontró un registro oficial que, en La Paz, BCS, alguna calle se llamara Porfirio Díaz, pero con el paso del tiempo se quitara su nombre, como pasó en varias calles y sitios públicos de la República Mexicana. Donde el homenaje sigue vigente es en El Triunfo, al Sur del municipio de La Paz, donde la calle Porfirio Díaz abarca unas cinco cuadras del poblado, muy cerca del Museo del Vaquero y el Museo de la Plata.

Todo un pueblo llamado Gustavo Díaz Ordaz

Cuando se menciona al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz (1911-1979), a pesar del crecimiento económico y la baja inflación durante su administración, es casi imposible no recordarlo por la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 que tuvo un número incalculable de presos, muertos y desaparecidos; no fue el único, pero es, quizás, el que represente el régimen de mayor represión de los gobiernos del PRI.

¿Se merece un monumento? Al menos, en La Paz existe la Escuela Primaria Gustavo Díaz Ordaz, en la calle Arroyo San Cristóbal, entre Arroyo El Piojillo y Arroyo San Bartolo, en la colonia Márquez de León; por cierto, en Ensenada, Baja California, también un plantel de educación básica lleva su nombre y otro el de Porfirio Díaz.

Pero hay más: todo un pueblo. Gustavo Díaz Ordaz es una localidad del municipio de Mulegé, enclavado en el corazón del desierto de El Vizcaíno; es una importante comunidad agrícola de unos mil habitantes donde se cosecha higo de calidad de exportación; ahí hay una estación metereológica, siendo uno de los puntos más fríos de todo el Estado.

Un puerto de nombre lambiscón

Una persona muy letrada, oriunda de Puerto Adolfo López Mateos, municipio de Comondú, me contó que el origen del nombre de su pueblo no fue otra cosa que quedar bien: que el ex presidente de México había visitado esa comunidad pesquera, y solo por eso le pusieron así. Es cierto: hoy en día, ese dato se puede corroborar en Internet. Este amigo me dijo que su pueblo merecería tener otro nombre, él proponía Puerto Ballenas. Suena bien, pero como decíamos, la toponimia no es la mayor virtud de los gobiernos locales.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

FOTOS ILUSTRATIVAS: Canva.

Colaboración Especial

Por Pablo Chiw

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Llegó al Bancomer por un préstamo de 40 mil pesos, pero la convencieron de pedir medio millón. Esta es la historia de una mujer de la tercera edad, originaria de La Paz, Baja California Sur, quien inocentemente siguió el consejo de una ejecutiva bancaria. “Doña Susy” quería pintar su casa y hacer unos arreglitos menores; para eso quería el dinero. Al llegar con la ejecutiva, le hicieron entender que no podían prestarle 40 mil pesos, que la única opción para ella era la de medio millón de pesos.

Coincidí con ella en el banco. La doñita se veía angustiada; sus dedos parecían tocar las teclas de un piano invisible sobre su bolso, sus ojos cristalinos miraban para todas partes como buscando algo, como buscando a alguien, allí se encontraron con mi mirada y como si me conociera me comenzó a platicar:

También te podría interesar: El pitbull y el cardumen. Crónica de un ataque canino en La Paz

—Es que vengo a que me expliquen de nuevo, porque no les entiendo nada. Tengo un año pagando y mi deuda no baja. Ya no puedo dormir, ando siempre con la angustia y ahora me dicen que voy a terminar de pagar hasta el 2030. Yo solo quería 40 mil pesos y me dijeron que debía pedir medio millón.

Inmediatamente las cosas no me cuadraron, la vi tan vulnerable que temí hubieran tomado ventaja de ella, por lo tanto, le pedí que me explicara lo ocurrido.

—La muchacha me dijo que no podía prestarme los cuarenta mil, que debían ser 500 mil y yo le dije: “mijita, ¿yo para qué quiero tanto?”.

Entonces la muchacha me preguntó si tenía otras deudas. Sí, estaba pagando el carro con un financiamiento de aquí mismo y debía 40 mil pesos en la tarjeta de crédito. Entonces la muchacha me dijo que pagara esas deudas con el préstamo.

Inmediatamente le pregunté cuánto era el interés que pagaba por el auto y resultó ser del 10% anual a un plazo de 7 años, pero el préstamo del medio millón se lo dieron al 23.7% a un plazo de 5 años.

Me pareció un verdadero abuso de confianza, una canallada, un atropello. Indignado y solidario, acompañé a Susy con la agente, quien la saludó por su nombre y le dijo que venía otra vez a que le explicara por qué su deuda seguía tan alta si tenía más de un año pagando cada mes.

La señorita le imprimió una tabla de amortización donde decía que al mes pagaba alrededor de 9 mil pesos, de los cuales 5 mil se iban a intereses.

—¡Cinco mil pesos de puros intereses! —interrumpí yo con una mezcla de disgusto y asco.

—Sí, eso fue lo que se le explicó a la señora Susy desde el principio.

—¿Pero por qué le dijiste que no le podías prestar los 40 mil pesos?

—No, sí podíamos prestárselos, yo solamente le ofrecí otra opción.

—No, mijita. Tú me dijiste que no me podías prestar los 40 mil. Yo no necesitaba tanto, te lo dije y tú me dijiste que pagara el carro y la tarjeta y regresara los 200 mil pesos restantes, y así lo hice. Todo lo que tú me dijiste, hice. Y ahora ya pagué 100 mil pesos, pero sigo debiendo lo mismo que debía el año pasado. ¡No lo entiendo!

La muchacha se puso defensiva, me levantó la voz y me dijo que ella no había hecho nada malo, que a la señora se le presentaron opciones y ella eligió la que pensó que era mejor para su situación.

¿Te parece que esa fue su mejor opción? ¿Cambiar un crédito al 10% por otro al 23.7% es la mejor opción para la señora?

—Eso lo decidió ella, no yo.

Pasamos a hablar con el director del banco. Le expliqué la situación. Me dijo que no podía hacer nada, que era un contrato que doña Susy debía cumplir, que no se podía refinanciar, que no podían disminuirle el interés porque ya era de por sí muy bajo y que recomendaba que liquidara la deuda inmediatamente para que no pagara los otros 100 mil pesos de intereses restantes.

Yo sí le dije sus verdades: que la engañaron, que la robaron, que abusaron de su confianza y que si algo debíamos aprender de esta experiencia es que el banco no está allí para ayudarnos. El joven asintió con la cabeza y nos fuimos, ella con tristeza y yo con coraje e indignación.

En esa entrada y salida del Bancomer ubicado justo a un lado del Palacio de Gobierno, doña Susy fue a pedir 40 mil pesos y le hicieron creer que solo podían darle medio millón. Así las cosas en nuestro bellísimo puerto de ilusión.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

FOTOS: Canva.

Ius et ratio

Arturo Rubio Ruiz

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Empeñarse en sostener la elección popular de jueces, pone en riesgo el orden jurídico mexicano.

En México, el derecho no es una abstracción: es el conjunto de reglas que permite que la vida en sociedad funcione, que los conflictos se resuelvan y que los derechos humanos de todos se respeten.

También te podría interesar: ¿Discurso de odio o delito de opinión? El delicado límite entre proteger y censurar

A este entramado se le conoce como orden jurídico mexicano: una estructura de normas, instituciones y principios que, organizados jerárquicamente, regulan la actuación del Estado y de las personas.

En términos sencillos, el orden jurídico es el “sistema de reglas” que define lo que podemos o no hacer, y cómo se resuelven los conflictos. Tiene su base en la Constitución de 1917, que es la ley suprema, y se complementa con leyes, reglamentos, jurisprudencia y costumbre.

Este sistema descansa en un principio fundamental: la división de poderes. El Poder Legislativo crea las leyes, el Ejecutivo las aplica y el Judicial las interpreta y resuelve controversias.

Sin un Poder Judicial fuerte e independiente, el orden jurídico pierde su equilibrio.

Por eso, históricamente, México ha apostado por un modelo profesional basado en la carrera judicial y concursos de oposición, donde el mérito técnico es el principal criterio para ser juez.

El marco convencional: una obligación internacional

México no está solo en este diseño. Forma parte de tratados internacionales de derechos humanos que obligan a garantizar un Poder Judicial independiente, imparcial y profesional.

Organismos internacionales han recordado que los jueces deben seleccionarse mediante procedimientos objetivos, transparentes y basados en mérito, precisamente para asegurar el derecho de todas las personas a un juicio justo.

La reforma judicial: de la técnica al voto popular

La reforma constitucional impulsada por Morena en 2024 cambió radicalmente este modelo. Por primera vez, jueces, magistrados y ministros son electos por voto popular.

México se convirtió así en el único país del mundo con este esquema generalizado.

La propuesta se justificó con el argumento de democratizar” la justicia. Sin embargo, el cambio sustituye un sistema basado en conocimiento técnico por uno regido por la lógica electoral.

El costo oculto: jueces populares, pero no necesariamente competentes.

Elegir jueces en las urnas implica trasladar decisiones altamente especializadas al terreno de la política. Pero juzgar no es hacer campaña: requiere formación jurídica profunda, experiencia y rigor técnico.

Diversos análisis han advertido que el voto popular no garantiza la idoneidad de los perfiles ni la calidad del sistema de justicia, debido a la ausencia de filtros técnicos robustos.

El riesgo es evidente:

Փ El electorado difícilmente puede evaluar trayectorias jurídicas complejas.

Փ Las campañas incentivan discursos simplistas o populistas.

Փ Se reduce el peso del mérito frente a la popularidad.

Como resultado, se corre el peligro de tener jueces más conocidos que preparados, lo cual deteriora la calidad de las resoluciones judiciales y genera incertidumbre jurídica.

La amenaza a la certeza y al Estado de derecho

La certeza jurídica —es decir, la confianza de que las leyes se aplicarán de forma coherente— depende de jueces capacitados e independientes.

Cuando la elección depende del voto, los jueces pueden verse tentados a resolver pensando en su permanencia política, y no en la legalidad del caso.

Expertos y organizaciones han advertido que este modelo puede:

◆ Politizar las decisiones judiciales, al responder a intereses electorales.

◆ Debilitar la independencia judicial, al introducir presiones externas.

◆ Afectar el equilibrio entre poderes, comprometiendo el Estado de derecho.

El verdadero costo: la pérdida de autonomía judicial

El mayor riesgo no es solo la inexperiencia, sino la pérdida de independencia.

La justicia debe ser contrapeso del poder político, no su extensión. Sin embargo, la reforma ha sido señalada como un mecanismo que podría capturar o someter al Poder Judicial a las lógicas del gobierno en turno.

Cuando los jueces dependen de procesos políticos para llegar o mantenerse en el cargo, la línea entre justicia y política se desdibuja peligrosamente.

¿Democratización o regresión?

La reforma responde a un diagnóstico real: la existencia de problemas de corrupción e ineficiencia en el sistema judicial, pero la experiencia reciente pone en evidencia en que la solución no era sustituir el mérito por el voto, sino fortalecer los mecanismos de selección y evaluación.

El cambio partió de una premisa equivocada, y la prueba es el meme nuestro de cada día, el bochornoso y grotesco espectáculo de ministros y magistrados exhibiendo su ignorancia e impericia, pero estamos a tiempo de revertir y reencausar el procedimiento de selección judicial: en las elecciones intermedias, a verificarse en el 2027, votemos por candidatos a diputados que se comprometan a revertir la reforma judicial, privilegiando la experiencia y el concurso por oposición, y no el voto popular para la elección de jueces, magistrados y ministros.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

FOTOS: Cortesía.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Sergio, tu obra ha sido difundida en múltiples medios, ¿Qué medio consideras más poderoso para transmitir el asombro por el universo? He tenido la oportunidad de comunicar mi trabajo en distintos espacios, pero hay plataformas que marcan un antes y un después. Una de ellas, sin duda, es Astronomy Picture of the Day (APOD) de la NASA. Desde 1996, esta ventana al universo publica diariamente una imagen —que puede ser fotografía, infografía, composición o video— seleccionada por su valor científico y visual. Estar ahí es entrar en una conversación global. Millones de personas, en todos los rincones del planeta, miran esa imagen. Y en ese instante, el cielo deja de ser local para convertirse en universal. Pero la visibilidad también se construye desde otros frentes. Capture the Atlas, por ejemplo, me incluyó entre los 25 mejores astrofotógrafos de la Vía Láctea en 2025, un reconocimiento que, más allá del prestigio, tiene un alcance viral que posiciona el trabajo en audiencias masivas.

Sin embargo, hay otro tipo de validación, más silenciosa pero profundamente significativa: la editorial. Cuando National Geographic decide publicar un reportaje sobre tu proyecto —no escrito por ti, sino sobre tu trabajo—, algo cambia. Lo mismo ocurre con Forbes, que ha dedicado dos artículos a lo que hago, o con Science, una de las revistas científicas más influyentes del mundo, que ilustró una investigación con mis imágenes sobre astronomía maya. Ahí entendí que mi trabajo no solo se ve: se estudia, se analiza, se integra en el conocimiento. Y eso lo transforma todo.

Lee la primera parte de la entrevista AQUÍ

En el 2018 fuiste invitado por la Agencia Espacial Europea, ¿cómo interpretaste el mensaje «Let’s go back to the moon and stay» desde tu perspectiva artística? Aceptar aquella invitación fue, sin exagerar, lanzarme al centro del escenario donde hablan los gigantes. Cuando me propusieron viajar a España para ofrecer una conferencia sobre por qué la humanidad debe regresar a la Luna —y quedarse— no dudé. Dije que sí. Pero también supe que no podía ser una charla más. Decidí contar una historia. Construí una producción audiovisual que no empezaba con cohetes, sino con imaginación. Con ese momento primitivo en el que el ser humano, por primera vez, levantó la mirada y soñó con alcanzar la Luna. El relato avanzaba entre hitos: la primera fotografía, los inicios de la comunicación, el cine mudo, los relatos de ficción, la icónica obra de Méliès… Hasta llegar al Apolo y ese instante en que dejamos de imaginar para tocar lo imposible. Pero el verdadero mensaje venía después. La exploración espacial no es un capricho tecnológico; es una extensión de lo que somos. Mirar al cielo nos ha obligado a innovar, a cuestionar, a evolucionar. Cada avance en las ciencias astronómicas ha tenido un eco directo en nuestra vida cotidiana: desde la medicina hasta la eficiencia energética, desde la alimentación hasta la sostenibilidad. Y ahí está la clave: ir a la Luna no es solo conquistar distancia, es aprender a sobrevivir mejor. En el espacio no hay margen para el desperdicio. Todo debe optimizarse: energía, agua, recursos. Es un laboratorio extremo de sostenibilidad. Por eso debemos volver. Porque al hacerlo, no solo exploramos el universo: nos reinventamos como humanidad.

Has trabajado con formatos como FullDome y realidad virtual, ¿cómo cambia la experiencia del espectador cuando el arte y la ciencia se vuelven inmersivos? Entrar a una proyección FullDome no es simplemente ver imágenes: es atravesar un umbral. La primera sensación es física. El corazón se acelera, los sentidos se expanden. De pronto, ya no estás en una sala: estás dentro del universo. La pantalla te envuelve por completo, el sonido te rodea, y la experiencia se vuelve inmersiva en un nivel que trasciende lo visual. Es cine, sí, pero llevado al extremo: un cine que no se mira, se habita. Ahí ocurre algo difícil de explicar y fácil de recordar. El asombro se instala. La emoción crece. Y lo más importante: permanece. Porque una experiencia FullDome no se olvida, se queda grabada como una vivencia, no como un recuerdo distante. La realidad virtual, por su parte, también abre puertas fascinantes. Te permite viajar, explorar, desplazarte a otros espacios con una sensación muy cercana a estar ahí. La tecnología logra engañar a los sentidos con precisión, y la inmersión es real, aunque mediada por una pantalla individual. Pero hay una diferencia sutil y poderosa. Mientras la realidad virtual es un viaje personal, el planetario es una experiencia colectiva que amplifica la emoción. Compartir el asombro con otros, respirar al mismo ritmo del universo proyectado, genera una conexión más profunda. Ambas experiencias transportan. Pero el FullDome, de alguna manera, te transforma.

¿Qué papel juega el arte en la conservación del patrimonio astronómico? Todo comienza con un acto fundamental: registrar antes de que desaparezca. No se trata solo de observar, sino de documentar. De construir un archivo vivo de ese patrimonio que muchas veces no se ve, pero que sostiene la identidad de los pueblos. Ese primer paso —el registro— es, en esencia, una forma de resistencia: dejar constancia de lo que existe para que no se pierda en el olvido. Pero registrar no es suficiente.

El siguiente desafío es aún más complejo: ¿cómo difundir ese conocimiento sin traicionarlo? ¿Cómo contar una historia sin despojarla de su esencia? ¿Cómo compartir sin invadir? Aquí es donde el proceso se vuelve profundamente delicado. Porque cuando hablamos de patrimonio —y especialmente de patrimonio intangible— no estamos hablando de objetos, sino de saberes, de memorias, de cosmovisiones que han sido resguardadas durante generaciones. Y no todo está destinado a ser contado. Trabajar con comunidades implica algo más que investigar: implica escuchar, respetar y, sobre todo, pedir permiso. Son ellas quienes deciden qué puede registrarse, qué puede difundirse y qué debe permanecer en silencio. Porque hay conocimientos que no son públicos, que tienen un valor sagrado, que se protegen con celo. Ahí radica la verdadera responsabilidad.

No se trata de extraer información, sino de construir confianza. De entender que preservar también es saber callar. Revisé mi cuaderno de apuntes casi por inercia, como quien busca prolongar un instante que sabe que está por terminar. Ahí estaba, inevitable: la última pregunta. La línea final de una conversación que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. Sentí un leve peso, una incomodidad sutil, como si cerrar la libreta implicara también apagar algo más que una entrevista. Porque no estaba frente a un diálogo cualquiera. Había en las palabras de Sergio Emilio una mezcla poco común de conocimiento, pasión y claridad que hacía que el tiempo perdiera forma. Cada respuesta abría nuevas rutas, cada idea invitaba a quedarse un poco más.

Y, sin embargo, el oficio impone sus límites. Levanté la mirada, consciente de que estaba a punto de formular la última pregunta, pero también con la certeza de que, en realidad, la conversación apenas comenzaba a resonar. ¿Cuál ha sido el proyecto que más te ha desafiado, no técnicamente, sino a nivel humano o emocional? “Estrellas Ancestrales” comenzó como una idea clara y aparentemente sencilla: documentar los antiguos observatorios astronómicos de Guatemala, esos sitios arqueológicos que durante siglos han sido testigos silenciosos del diálogo entre el ser humano y el cielo. Pero muy pronto entendí que estaba equivocado. No eran ruinas. Nunca lo fueron. Eran espacios vivos. En el proceso descubrí algo que transformó por completo mi mirada: existen comunidades que aún habitan ese conocimiento, que siguen mirando el cielo no como objeto de estudio, sino como parte esencial de su vida cotidiana. Los sitios arqueológicos son, para ellos, monumentos sagrados. Y ese hallazgo me obligó a detenerme, a replantear todo, a escuchar antes de intentar registrar. Lo que vino después no fue fácil. Entrar a esas comunidades implicó romper una barrera histórica de desconfianza. Durante siglos, otros llegaron, tomaron conocimiento y desaparecieron, dejando libros, teorías… Pero no, necesariamente, respeto. Yo tenía que hacer algo distinto. Empecé poco a poco, con una persona, luego otra. Con el tiempo, construí una red de confianza que me permitió acceder a algo invaluable: testimonios vivos de una astronomía que nunca desapareció. Porque esa es una de las grandes verdades que este proyecto revela: los mayas no se extinguieron. Siguen aquí. Sus calendarios siguen vigentes, sus ceremonias continúan, su relación con el cosmos permanece intacta. A lo largo de más de ocho años, “Estrellas Ancestrales” se convirtió en algo mucho más grande de lo que imaginé: el primer proyecto de astronomía cultural de esta magnitud en el mundo. Un esfuerzo por documentar no solo el conocimiento del pasado, sino las voces del presente. Y en ese camino también entendí algo más profundo: las fronteras son construcciones recientes. México, Guatemala, Centroamérica… Compartimos raíces, historia, cosmovisión. Somos, en esencia, la misma cultura fragmentada por líneas políticas. Este proyecto no solo documenta el cielo. Nos obliga a mirarnos como sociedad. A cuestionar divisiones, a reconocer nuestra historia común y a entender que, al final, todos seguimos viviendo bajo el mismo cielo.

Finalmente, apelando más al deseo que al protocolo, regresé a la formalidad de la entrevista. Sabía que había llegado al final, pero no estaba listo para cerrar la conversación. Había algo en el diálogo —en su profundidad, en su ritmo— que invitaba a quedarse un poco más, a estirar el momento como quien se resiste a apagar una luz que aún ilumina. Así que hice lo único que podía hacer: abrir una última puerta. Le ofrecí a Sergio Emilio la posibilidad de agregar algo más. Un margen para que la conversación respirara por última vez, o quizás para que encontrara un nuevo comienzo. Él hizo una breve pausa y luego respondió:

Antes de cerrar, hay nombres que no pueden quedarse en silencio. Porque detrás de cada proyecto, de cada imagen, de cada paso dado, hay voluntades que sostienen el camino. Quiero empezar agradeciendo al cónsul Daniel Ruiz Isáis. Su apoyo no ha sido circunstancial, ha sido decisivo. Gracias a él, mi trabajo ha encontrado espacios para mostrarse en escenarios tan relevantes como la Ciudad de México, y hoy abre nuevas posibilidades con las exposiciones que estamos por desarrollar en Baja California Sur. Ese tipo de respaldo no solo impulsa trayectorias, también construye puentes entre culturas, entre territorios, entre formas de mirar el cielo. También quiero reconocer a Nacho Peláez, quien me invitó a explorar los cielos de Baja California Sur. Y no exagero al decir que lo que encontré ahí me marcó profundamente. En mi recorrido por distintas latitudes del mundo, pocos lugares me han ofrecido una combinación tan poderosa de paisajes y cielos. Hay algo en esa geografía —en su oscuridad, en su amplitud— que convierte cada noche en una experiencia casi primitiva, esencial. Estos encuentros no son casualidad. Son parte de una red invisible que hace posible que el conocimiento, la imagen y la emoción sigan viajando. Porque al final, nadie recorre el universo solo.

Apagué la grabadora, pero la conversación no terminó. Las palabras siguieron flotando en el aire, como esas últimas luces que permanecen en el cielo incluso después del atardecer. Intercambiamos saludos, despedidas… Aunque en el fondo sabía que no era un cierre, sino una pausa. Porque hay entrevistas que se olvidan en cuanto se guardan. Y hay otras —pocas— que dejan una huella. No por lo dicho únicamente, sino por quién lo dice. Hay personas que irradian algo difícil de nombrar: una claridad, una convicción, una manera de entender el mundo que trasciende el momento. Sergio Emilio Montúfar es una de ellas.

No es solo su conocimiento, ni su trayectoria. Es esa capacidad de encender ideas, de abrir horizontes, de recordarnos que todavía hay mucho por descubrir, allá arriba y aquí abajo. Su trabajo no se limita a capturar estrellas: construye puentes entre ciencia, cultura y conciencia. En Baja California Sur, donde el cielo aún resiste —aunque no intacto—, la astrofotografía es un camino que apenas comienza a trazarse. Pero con miradas como la suya, ese camino ya no es incierto: es prometedor. Porque cuando alguien logra ver más allá de la luz artificial y nos enseña a hacerlo también, algo cambia. Y quizás, solo quizás, el verdadero futuro no esté en la tierra que pisamos… Sino en el cielo que decidamos volver a mirar.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

Compartir
Compartir