CCXCVI Aniversario luctuoso del jesuita Francisco María Píccolo. Pasos en el polvo de California

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los hombres del siglo XVIII gustaban de escribir cartas largas. Cartas que hablaban de sequías, de hambre y de luces que se apagaban en las vetas rocosas del desierto. Francisco María Píccolo escribió muchas de esas cartas. Las escribió desde lugares donde el sol caía a plomo y donde el mar quedaba lejos, como si se hubiera detenido mucho antes de completar su giro hacia el Norte. Él sabía de geografías pedregosas, de olores a polvo y a salitre que no siempre se captaban en las habitaciones con puerta y ventanas. Ese pedazo de mundo con él mismo cambió, se transformó, y quedó en papeles que viajan aún en bibliotecas y archivos.

Píccolo nació un 25 de marzo de 1654 en Palermo, Sicilia. De joven entró a la Compañía de Jesús y en 1684 llegó a la Nueva España con más ganas de caminar que de descansar. Fueron 13 años entre montañas abruptas y poblados remotos, trabajando entre los tarahumaras antes de que su destino lo llevara hacia el oeste, hacia un territorio que pocos europeos comprendían. La península de Baja California, a finales del siglo XVII, no tenía caminos trazados, ni trazos claros sobre los mapas. Era territorio que se intuía, territorio que se narraba cuando alguien traía noticias desde los confines. El 23 de noviembre de 1697, Píccolo llegó a la península. Fue el segundo jesuita en pisar esas tierras tras Juan María de Salvatierra, quien había fundado recientemente Nuestra Señora de Loreto, Conchó.

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El paisaje entonces era rudo. Desierto interminable, cerros áridos, ríos que a veces eran apenas cauces secos. En medio de eso, Píccolo caminó con pasos lentos, tratando de entender no sólo la tierra, sino las voces que venían de las rancherías cochimíes. Aprendió sus lenguas. Dedicó tiempo. Observó cómo las mujeres traían a sus hijos pidiendo bautismo y cómo los hombres miraban con silencio largo a los foráneos. El terreno exigía paciencia. En 1699, tras semanas de caminar por veredas apenas dibujadas, fundó la Misión de San Francisco Javier de Viggé-Biaundó, en un punto alto donde los cochimíes habían vivido desde tiempos inmemoriales. La misión se levantó con ayuda de indígenas que aceptaron colaborar sin artimañas, sino con la curiosidad que despierta lo desconocido. Allí comenzaron bautismos, rezos y encuentros que a veces eran tensos, otras veces largos silencios compartidos.

Apenas llegada esa misión, Píccolo no se quedó quieto. Caminó hacia rincones más lejanos, hacia cantos que salían de humedales escondidos, hacia rutas que los pueblos nativos ya conocían desde siempre. Fue un camino largo hasta Mulegé, donde pronto colaboró con otros jesuitas en el establecimiento de otra misión, la de Santa Rosalía de Mulegé, en 1705. Su labor tomó matices distintos con el paso de los años. No se limitó a evangelizar. Se convirtió en explorador, pero también en alguien que debía gestionar alimentos, provisiones y apoyos económicos desde la Ciudad de México. Las misiones vivían de la generosidad que llegaba desde lejos, y muchas veces esa generosidad se demoraba, llegaba a medias o llegaba gastada por tormentas y contratiempos. Píccolo, con un informe en la mano, trató de convencer a jerarcas civiles y religiosos de que había una empresa valiosa en marcha en la península.

Ese informe, redactado en 1702, llevaba por título Informe del estado de la nueva cristianidad de California. Lo imprimieron y distribuyeron. Fue un documento que hablaba de tierra, de pueblos, de fauna y flora, y también de preocupaciones: sequías, hambre, caminos difíciles. Alguna vez el texto llegó a París y se tradujo al francés. Poco después se publicó en inglés en compilaciones sobre misiones jesuíticas. Si se lee hoy, hay en sus párrafos una forma de describir un mundo que no se parecía a nada que los europeos conocieran en sus mapas detallados, ni en sus oficinas a la orilla de un escritorio. Píccolo luchó por recursos, por mano de obra, por provisiones. Caminó por el desierto cuando otros ya se detenían. Hubo años en que la sequía azotó con fuerza, y hubo momentos en que la ausencia de lluvia empujó a sacerdotes y soldados a salir fuera de los muros misionales para buscar alimento como quien busca agua en una tierra reseca.

En un trayecto difícil, él observó todo. Describió rocas, tierra y clima. Habló de comunidades indígenas con lenguas y costumbres diversas. En esos encuentros, a veces se escuchaban risas, a veces sólo el crujir de ramas bajo los pies y el canto de aves lejanas. Con esos sonidos en la memoria siguió adelante. La labor de Píccolo lo llevó a ser visitador de las misiones de Sonora y California entre 1705 y 1709. Esa responsabilidad implicaba viajar sin tregua, de misión en misión, dialogar con indígenas, con soldados, con oficiales y con autoridades eclesiásticas. Fue un papel que exigía cintura, paciencia y mucha energía.

Durante ese tiempo, sus pasos también se internaron hacia lo que hoy es la Misión de La Purísima Concepción de Cadegomó. Aunque esa misión se concretó en años posteriores por otros religiosos, las exploraciones de Píccolo en esa región abrieron rutas y conocimiento sobre esos lugares en los que el agua brotaba con más generosidad que en otras partes. El final de su vida lo encontró todavía ligado a aquellos territorios. Entre viajes y gestiones, su salud se fue debilitando. Pasó largos años en la misión de Mulegé, con la mirada puesta en quienes trabajaban la tierra y caminaban por sendas abruptas para llegar a los bautismos y celebraciones. Murió un 22 de febrero de 1729 en Loreto, dejando atrás misiones que al principio eran apenas casitas de adobe y que luego se convirtieron en puntos de reunión, de rezos y de encuentros interculturales.

La huella de Píccolo sobre la California jesuítica no es fácil de medir con un solo número o una sola fecha. Está en los caminos que quedaron marcados, en los pobladores nativos que aprendieron a comunicarse con él, en la geografía descrita en sus informes y en los demás documentos que circulan aún por archivos de Sevilla, México y más allá.

Referencias bibliográficas

  • Píccolo, Francisco María. Informe del estado de la nueva cristiandad de California, 1702, y otros documentos. Edición, estudio y notas de Ernest J. Burrus, S.J. (Madrid: Ediciones José Porrúa Turanzas, 1962).
  • Ramos, Roberto. Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford. (México: Jus, 1958).
  • Venegas, Miguel, S.J. Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente (ediciones varias; una reimpresión común: México, 1943; también ediciones antiguas del siglo XVIII).
  • Del Barco, Miguel, S.J. Historia natural y crónica de la antigua California: adiciones y correcciones a la Noticia de Miguel Venegas. (México: UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1973; hay ediciones posteriores).
  • Salvatierra, Juan María de, S.J. Selected Letters about Lower California. Traducción y anotación de Ernest J. Burrus, S.J. (Los Ángeles: Dawson’s Book Shop, 1971).

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

Profesor de Educación Primaria, Licenciado en Educación Especial y Maestro en Ciencias de la Educación y Maestro en Historia. Doctor en Educación. Labora en la Secretaría de Educación Pública y comparte su tiempo con su pasión por la historia de la California del Sur. Nació el 22 de septiembre de 1969 en Puerto Vallarta, Jalisco, pero radica en Sudcalifornia desde hace 52  años. Actualmente, es Director de la Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular No. 17 y Maestro de Comunicación del Centro de Atención Múltiple “Gilberto Vega Martínez” en La Paz. Escribió la antología (E-Book) “Piratas, Corsarios y Filibusteros en la Antigua California”. Ha sido distinguido con el Reconocimiento al alto mérito “Forjador de Generaciones 2023” por la Escuela Normal Superior de Baja California Sur “Profr. Enrique Estrada Lucero”. Integrante de la Sociedad de Historia de la Antigua California. Creador de las aplicaciones multimedia “Los Antiguos Californios” y “Misiones Sudcalifornianas”. Ganador de mención honorífica en el ensayo histórico del “Tricentenario de la Misión de Santiago Aiñiní” celebrado en agosto de 2021. Ganador del Premio Estatal de Periodismo 2023 y 2024 en la Categoría de Entrevista. Reeditor del libro «Vida y Virtudes del Venerable, y Apostólico Padre Juan de Ugarte de la Compañía de Jesús. Misionero de las Californias, y uno de sus primeros Conquistadores» (2023). Ganador en la categoría de Narrativa de los Juegos Florales “Ramón López Velarde” realizados en Jerez de García Salinas, Zacatecas (2025).

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