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Por seguridad, cambian sede para Segundo Informe de Armando Martínez

FOTOS: Ayuntamiento de La Paz.

La Paz, Baja California Sur (BCS). En sesión extraordinaria del Cabildo de La Paz realizada ayer, se aprobó el cambio de la sede oficial para la sesión solemne para el Segundo Informe de Gobierno del Presidente Municipal, Armando Martínez Vega, a realizarse este viernes 24 de noviembre a las 8:00 horas en la Sala de Sesiones “Manuel Jorge Santa Ana González”, da a conocer el Ayuntamiento de La Paz a través de un comunicado oficial.

El Alcalde de La Paz aclaró, que ante la necesidad de aplicar una estrategia más austera y reforzar las acciones de logística y seguridad, solicitó al Cabildo el cambio del recinto oficial, en ese sentido, enfatizó que la situación social que se vive en la entidad es delicada, por lo que se debe prevalecer el desempeño de los grupos de seguridad. “Este cambio generará un ahorro a la administración, la mejor decisión fue retomarlo a la Sala de Cabildo, como inicialmente se tenían”, dijo.

A través del boletín de prensa del Ayuntamiento de La Paz, Martínez Vega recalcó que su administración “no rehúye a la obligación institucional de informar a la ciudadanía el estado que guarda la administración pública, siempre y cuando se busquen las medidas preventivas para hacerlo”.

Martínez Vega rendirá ante el cuerpo edilicio su Segundo Informe de Gobierno como lo marca el reglamento, evento que será además transmitido por redes sociales y radio para que los ciudadanos puedan seguirlo o escucharlo. Por último, cabe recordar que la sede anterior era a las 17:00 horas en la explanada de Palacio Municipal, misma que se cancela.




Militares vs “Los violentos”

FOTOS: Luis Roldán.

Ius et ratio

Por Arturo Rubio Ruiz

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Del faraónico y costoso evento de culto al ego que denominaron “Segundo Informe de Gobierno”, celebrado a puerta cerrada y bajo el riguroso mecanismo de selección por afinidad y subordinación, destaca en lo que realmente interesa al gobernado, el tratamiento melodramático del tema que más angustia al gobernado: la inseguridad.

Para abordar el tema, se eligió un formato telenovelero, parecido a un texto de La Rosa de Guadalupe, en el que se divide el universo fáctico en una cotidianidad en la que el ciudadano es víctima cautiva de la maldad de grupos criminales, a quienes de manera genérica se denomina Los violentos, en automático identificado como los malos, y quienes por más malvados y violentos que sean, al final del melodrama, serán derrotados por los buenos, liga de campeones de la justicia, anónimos y enmascarados, aunque identificables por la impoluta guayabera blanca y las frases lapidarias que usan como grito de combate: “Acabaremos con ellos rapidito”… “No me temblará la mano”… “Sé cómo”… y la que prologa el capítulo final de la épica novela: “Venceremos a los violentos”, que como promesa vaga e imprecisa, epiloga el tráiler del melodrama que en la saga dio vida a la fallida oferta de campaña: “Un mejor futuro”.

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Eso de vencer a los violentos, además de ser una frase populista plagiada del catálogo motivacional del dictador venezolano (“Más temprano que tarde venceremos a los violentos y triunfará la paz y el amor en Venezuela), se finca en un grotesco parangón que homologa a la entidad con una grisácea presentación de Ciudad Gótica, en la que los malos, englobados en el genérico violentos, serán finalmente abatidos –en un incierto futuro— por los buenos, genéricamente englobados en un Grupo de coordinación, donde los héroes visten guayabera blanca, y los peones, los de la talacha, los operadores, los prescindibles, son anónimos, visten uniformes tipo camuflaje, andan encapuchados y pertenecen a la marina armada.

Traducción

Ante su incapacidad táctica, técnica, operativa y funcional, el Gobierno del Estado entrega las tareas de seguridad pública a la Marina Armada. Es una medida drástica, inconstitucional, costosa, pero necesaria.

Problemática

Entregar a las fuerzas armadas las labores de seguridad interna en la entidad, es en principio violatorio del marco constitucional. Que el nivel de violencia alcanzado en la escalada delictiva justifica la presencia de la fuerza militar, sólo resulta admisible en labores de apoyo y como fuerza reactiva; y por ello, la presencia militar en nuestras calles, debe ser TEMPORAL, y reducida exclusivamente al tiempo necesario para contrarrestar la embestida criminal.

Es por ello indispensable que de manera sistemática, desde la sociedad civil organizada, demos seguimiento al plan de acción, cuya temporalidad ya ha sido trazada, y no debe rebasar un plazo improrrogable. De lo contrario, esto es: la estandarización permanente de las fuerzas armadas en labores de seguridad pública generará un marco permanente de inconstitucionalidad, que dará al traste con los procesos penales que llegaran a incoarse, pues los marinos no son agentes de la Policía, y constitucionalmente, las labores policiales están reservadas a corporaciones civiles.

El segundo problema es de orden fáctico. Los militares están entrenados para obedecer y reaccionar, usando para ello fuerza letal. Los conceptos elementales de respeto a los Derechos Humanos y el debido proceso, no aplican en contienda bélica. El Ejército y la Armada son instituciones de reacción, y en la beligerancia no hay escalas: salen a matar o morir por la patria.

¿Es necesario el uso de la fuerza letal contra los grupos criminales que operan en el Estado? Si dado el nivel de violencia que la incapacidad estatal ha permitido que alcancen, sí. Infortunadamente sí es necesario, pero ello —insistimos— sólo debe ser una medida temporal, excepcional, y específicamente dirigida.

¿Puede una fuerza militar realizar eficazmente una labor policial? No. Definitivamente no. El entrenamiento, la capacitación, la metodología, la sistematización de sus acciones, desde la planeación hasta la ejecución, son diametralmente opuestas.

No podemos permitir que se militarice la seguridad pública. Nuestros agentes de policía, de todos los niveles, deben ser civiles, capacitados, bien remunerados, tan disciplinados como los militares, pero con el perfil profesional y metodología táctico-operativa que la Constitución previene para los cuerpos civiles encargados de las labores policiales.




¿Sirven de algo las marchas por la paz que se hacen en BCS?

FOTO: Archivo.

Colaboración Especial

Por Raúl Carrillo Arciniega

 

Charleston, Carolina del Sur (EE.UU.). Baja California Sur ha dado la nota mundial por primera vez en su historia. El máximo diario global de habla hispana, El País, publicó en días pasados en su versión en línea una nota en la que se presenta un simulacro de balacera en una primaria de la ciudad capital. La Paz, BCS, había sido el paradigma de la calma e incluso en mis años juveniles de un aburrimiento casi catatónico. En La Paz no pasaba nada. No había ni siquiera una población mayor a los 300 mil habitantes en todo el Estado. Dejar el carro abierto o dormir con las puertas y ventanas abiertas era la norma. No soy tan viejo como situar estas anécdotas más allá de unos 12 años, mismos años que coinciden con la guerra contra el narco que Calderón desató y a la que Peña Nieto no ha prestado mayor atención. Cuando se tocaba en casa el tema de la delincuencia, a quien más se le temía era al Nagudo, una especie de voyeur que veía por las ventanas cuando las doncellas se desnudaban.

Cuando llegué a vivir a La Paz, después de haber terminado la universidad, alquilé una pequeña casa en lo que se consideraba un poco el centro de la ciudad. No era una zona residencial de prestigio como en donde vivían mis padres, sino que era parte del barrio El Esterito muy cerca de la Fundación Mutualista que lleva el nombre de mi abuelo: Raúl A. Carrillo.

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Señalo esto por que para mí el DF había sido una experiencia que podría catalogar de traumatizante y aterradora. Mi madre no dejaba de advertirme de los peligros que se corrían en una de las ciudades más pobladas y contaminadas del mundo. También lo cierto es que me pasaron varias cosas en aquella capital del país: fui asaltado una vez por unos chavos banda a la salida del metro Tasqueña a punta de navaja; y golpeado por un imbécil mientras hablaba con mi novia porque no colgaba y él necesitaba hablarle a la suya. Los cuatro chavos, de 13 a 15 años, que me asaltaron llevándose mi efectivo y mi reloj, seguro se fueron a comprar chemo y unas caguamas; el agresor del teléfono después de haberme descontado corrió a su coche, lo derrapó y me gritó un improperio más mientras me mostraba su dedo medio al aire de un brazo que salía de la puerta del conductor. Esto sucedió en el Eje 8 entre Patricio Sanz y Moras. En ambas ocasiones sentí impotencia e inutilidad por no haberme defendido. Un par de años más tarde, me robaron mi coche del estacionamiento de paga de la universidad. Los judiciales me pidieron dinero para buscarlo, con la advertencia de que tal vez no lo encontraría porque a los bochos los “buscaba mucho la gente” (fue su eufemismo para referirse a los delincuentes).

Ya en La Paz, hacia finales de los años noventa, mientras me duchaba, oí que alguien aprovechaba mi aseo personal para serruchar el árbol al cual ataba mi bicicleta que veía menearse a través de la pequeña ventana del baño. Cuando caí en cuenta de que tanto movimiento del árbol no era ocasionado por una extraña ventisca salí entoallado para descubrir que el malandrín huía montado en mi bici con rumbo desconocido. Me puse ropa lo más rápido posible y me monté al carro para peinar la zona y buscar al malandro que de seguro —pensé—, sería un vecino de los alrededores puesto que sabía que la bici estaba amarrada a un árbol de papaya y había llegado con todo y segueta. Mi madre me increpó con un “te lo dije” para decirme que el robo había sucedido porque me había metido a vivir en lo que llamó barrio pobre, al tiempo que culpaba mi “mística de la pobreza” por haber estudiado algo que no me daría de comer y me tenía secuestrado en mi pequeña casa alquilada.

Puse una denuncia en el juzgado correspondiente. Acordé conmigo mismo que tenía que utilizar las vías legales para dar con el malandro. Ahora que me había independizado de mis padres era un ciudadano común y corriente que hacía uso de los mecanismos a disposición de todos. Después de haber asentado mi denuncia, y al cabo de una hora de espera, me pasaron con los encargados de buscar mi bici, sospecho que eran una especie de detectives. Al pasar con ellos sacaron una carpeta llena de fotografías de delincuentes activos en mi zona. Me sorprendió que hubiera tantos y que a pesar de que había fotos todos estuvieran libres. Me preguntaron si reconocía a alguno. Yo sólo había visto al malhechor de espaldas y a la distancia. Traté de hacer memoria y podía ser cualquiera porque todos los que se dedicaban al robo de casa-habitación, como me dijeron que se llamaba, eran chavos de 15 a 20 años, de complexión delgada. Al no poder dar más información me fui de la Procuraduría de Justicia sintiendo que lo único que se me había procurado en aquel lugar era el desasosiego de saber que estaba solo contra el mundo. No encontré la bici y para ese momento de seguro ya la habrían pintado de color o vendido en partes.

Mis incursiones, pues, por la procuración de justicia habían sido bastante infantiles y hasta cierto punto, baladí. Al correr de los años ese sentimiento de indefensión ha crecido en la mayoría de la población. Tal vez todos estemos preocupados por el sesgo que ha tomado la violencia en México y particularmente aquellos que procedemos de lo que era una de las ciudades más remotas, ignoradas y seguras de la República Mexicana.

El poder del narco —entendido éste como poder para descargar un arma a diestra y siniestra—, se ha extendido por las dos principales concentraciones urbanas de la Baja en donde se encuentra el noventa por cierto de la densidad de población. Hablar del narco es para mí sólo una especulación de todo lo que veo en los diarios y de las anécdotas que me han contado. Al mismo tiempo, es pensar en la indefensión y vulnerabilidad que sienten aquellos que no tienen más que confiar en la suerte porque las autoridades no están ahí para servir sino para servirse. El gobierno pide que no se le juzgue porque es un “problema entre ellos” y aseguran que sólo se matan los que tienen nexos con el narco. Por supuesto que ha habido daños colaterales con balas perdidas, pero eso ya sólo es mala suerte y todos estamos sujetos al karma. Andar por las calles en el momento equivocado o ser confundido con otro es el riesgo de vivir en una zona de guerra. Mejor valdría no salir para minimizar el efecto del azar en nuestra contingencia. Al pensar el problema me gustaría plantear alguna posibilidad que no sea el del repliegue de la sociedad civil. Entiendo que ha habido marchas, muy pequeñas en números, que pugnan por un “¡Ya basta!”, mismo que hemos oído en un sinnúmero de marchas que no han resuelto nada.

FOTO: Modesto Peralta Delgado.

Una marcha es la manera en que la sociedad civil —como ahora se le llama a todos aquellos que son víctimas—, trata de operar mediante elementos tradicionales. Si hay alguna marcha se le deja manifestarse; se deja que los rebeldes se expresen sin que intervengan las fuerzas de choque o de golpeo. Con esto la manifestación se deja morir y no pasa a mayores. Lo hemos visto en todas las marchas de la Ciudad de México en donde una vez consumada sólo queda la basura como recuerdo de que por ahí pasaron montones de gente.

Los individuos han hecho algo y han puesto su “granito de arena”. Las marchas sólo sirven para liberar la conciencia de todos aquellos que temen ir más allá. No se marcha por la paz, ni por un “estamos hasta la madre”, se marcha para simular una acción trascendente. Las marchas son la muestra de que el capitalismo todo lo compra y lo vende una vez integrado en su sistema. Se marcha porque es lo que el capitalismo en su vertiente neoliberal es lo que marca cuando se plantea una inconformidad. La persona individual está molesta porque la delincuencia nos ha rebasado y con lo único que cuenta es con la marcha. La toma de la calle por algunos momentos para levantar una pancarta y gritar una consigna que le diga a los representantes del gobierno que hagan algo para detener la ola de violencia en la que hemos estado inmersos. Sólo que no sucede nada.

El orgullo personal por haberse expresado es el que quedará en la conciencia del “marchante” (y con este término quiero aludir a aquel que marcha y al mismo tiempo a aquel que compra algo). Es el Efecto Starbucks del que habla Zizek, por el que al comprar un café el uno por ciento de la venta es destinado a un trabajo comunitario en un sitio que desconocemos y al final no importa. Hemos ayudado a la causa al comprar un café sin sentir remordimientos por el consumo. Las marchas operan de la misma manera. Hemos hecho el esfuerzo de salir de nuestro lugar de trabajo, casa o actividad recreativa para interrumpir nuestro fin de semana y hacer una labor que refleje nuestro compromiso. En lugar de salir a correr, vamos a la marcha a ejercitarnos un poco y de paso a mostrar una indignación.

Mi pregunta es ¿qué es lo que viene después de la marcha? ¿Qué sigue en el proceso de demostración ciudadana? Lo que tendría que seguir sería que las autoridades salieran a dar la cara y dijeran por qué no se ha podido detener la violencia y el estado de sitio en el que se vive. No lo hacen tal vez porque no tienen un interés en el bienestar de la gente que mal que bien los ha elegido. El mecanismo de la marcha y de la protesta ciudadana debería funcionar. Prueba de ello que en otros países por menos han caído gobernantes. México pasa por el peor momento de su historia moderna. El narco es el nuevo poder que corrompe a todos los que toca. El acceso al dinero que provee es de alto retorno de inversión.

En La Paz se acaba de abrir una concesionaria de Mercedes-Benz donde se venden autos del lujo del año que no son comprados por el ciudadano empleado en el gobierno. La única derrama económica que se puede ver es el turismo que antes daba el único impulso que el Estado podía generar. Ahora circulan coches de último modelo con gente “no conocida” porque la parafernalia del gobierno sigue siendo la Suburban, las comilonas y la exhibición en lugares públicos y ellos sí que quieren ser notados. Me gustaría que el tema político mexicano girara en otras vertientes, bajo otros paradigmas menos banales y mundanos. Ya me lo han dicho varios en el gobierno, “aquí nunca ha habido ideologías partidistas, todos somos los mismos”, lo que hay es bandos, grupúsculos en el poder que buscan preservarse y una vez que pierden espacios, los otros traen a su gente. Los derrotados buscan acomodo en otros puestos delegacionales lejos de la injerencia estatal.

De ahí que hacer análisis político en México sea tan infructuoso como el árbol de papayas que tenía plantado en mi pequeña casa. No hay manera de hablar más que de tramas intrincadas de financiamiento dudoso, de desvío de recursos para la construcción de casas, viajes al extranjero y compras millonarias con el dinero de todos los mexicanos que estos representantes del pueblo adquieren con el sudor del trabajo ajeno. Tienen desatinos lingüísticos de marca como el recientemente inaugurado “Centro Estatal de Política Criminal” donde ninguno de los colaboradores tiene la suficiente capacidad para advertir que lo que se expresa es un lapsus lingüístico que denota el lugar donde se planea la política criminal que se habrá de generar. Es completamente triste que se tenga que llegar a estos desvaríos donde nadie pone atención a los nombres y todo lo que exhiben. Hablar de política no es hacer análisis de lo que dicen los representantes sino entregarnos a ver cómo simulan que gobiernan mientras en las escuelas se simula que hay alguien que los defiende.




Legalizar las drogas, “ese es el camino”: Héctor de Mauleón

FOTO: Luis Roldán.

Por Modesto Peralta Delgado

La Paz, Baja California Sur (BCS). En 2009, cuando se enfrentó a la justicia a El Pozolero y se descubrió en las afueras de Tijuana un rancho en donde se disolvió en ácido —literalmente— a cientos víctimas de las que sólo quedaban las uñas, por lo que en el terreno había “un sembradero de uñas y dientes”, “parecía el colmo del horror, que habíamos llegado a lo inimaginable”, expresó el periodista Héctor de Mauleón en su conferencia Periodismo en tiempos de violencia, el pasado jueves 26 de octubre en La Paz, durante su participación en las Lunas de Octubre realizado por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura.

Durante la plática, de aproximadamente una hora, ante un nutrido público que soportó el calor en el Centro Cultural La Paz, el columnista de El Universal habló del peligro que representa ejercer el periodismo en estos tiempos del combate al narcotráfico, desde el sexenio de Felipe Calderón, y que hasta la fecha, sumaría más de 200 mil víctimas —”200 mil historias atroces, de horror”. Dejo entrever que México aún no tocado el suficiente fondo del sufrimiento y ese ‘pozo’ puede seguir llenándose —”el fondo no llega hasta que uno no quiera”—, al recordar el caso de El Pozolero, el llamado Niño Sicario o el más reciente, el de las víctimas desolladas en Nayarit.

Al final de su charla, Héctor de Mauleón dejó sembrada la inquietud de que, tras once años, si no podríamos pensar que la guerra contra el crimen organizado fracasó y si no sería tiempo de poner sobre la mesa la discusión de legalizar las drogas. “Todo es peor, todo es más violento, todo es más sangriento; no hay avances, la droga sigue pasando, la muertes sigue ocurriendo, las lista de objetivos que tenía el Gobierno Federal (…) abatidos o presos, ¡y esto no termina! También la siguiente discusión socialmente responsable, sería ¿es ese el camino o esta probado que no es el camino? ¿No ha llegado la hora de ponernos a discutir la legalización del algunas sustancias? Da clic AQUÍ para el ver el video de la conferencia completa.

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Luego de la conferencia, CULCO BCS tuvo una breve entrevista con el periodista de la Ciudad de México, quien en 2016 ganó el Premio Nacional de Comunicación José Pagés Llergo por su trabajo sobre las bandas delictivas que operan en la colonia Condesa, en la CDMX. Sólo fueron dos temas. El primero: ¿cual es la visión desde el centro del país sobre la violencia en Baja California Sur? ¿Se sabe de ella o se sigue creyendo que es un paraíso?

“Yo creo que está muy claro que la violencia se ha disparado en los últimos años —dijo—, que la detención de El Chapo provocó una crisis en esta zona y que al mismo tiempo la incursión o el crecimiento desmedido que ha tenido en el sexenio actual el Cártel Jalisco Nueva Generación terminó golpeando la antigua calma, digamos, paradisíaca, de Baja California Sur. Se volvió un territorio de pugna entre los sucesores de El Chapo y este grupo que ha ido creciendo, que estaba formado por ser un brazo armado de otros capos y terminó apoderándose de 20 estados del país con operaciones internacionales y que es considerado, incluso, ya uno de los cárteles más poderosos del mundo”.

Héctor de Mauleón en la conferencia, fue presentado por Juan Cuauhtémoc Murillo. FOTO: Modesto Peralta Delgado.

“Por otro lado —continuó—, se le dio la debida atención al caso de Max Rodríguez que ilustra, por otro lado, ya en detalle, el nivel de violencia que se vive en el Estado”. Invitado a participar también en el segundo día de las Lunas de Octubre: el viernes 27, el lunes siguiente publicó el El Universal el texto Correrá sangre en Baja Sur, donde da a conocer su impresión de lo que ha generado la violencia en La Paz, recorriendo el malecón.

Legalizar las drogas

El segundo tema, fue preguntarle directamente, si él creía que una posible solución para aminorar el complejo problema de la inseguridad en el país era legalizar las drogas. Él contestó “creo que es el momento ya, tenemos que avanzar hacia eso. Eso le quitaría una fuente grandísima, altísima de ingresos a los grupos del crimen organizado y sobretodo sacaría a los jóvenes de los callejones en donde están en contacto con los criminales para que los que quisieran adquirir lo que quisieran pues vayan a una farmacia o a una tienda, no tengan que estar en contacto con delincuentes que luego terminan reclutándolos, etcétera; y sobre todo plantear ya el asunto de que no podemos seguir siendo los policías de Estados Unidos. No podemos seguir poniendo los muertos, mientras ellos están en la fiesta y nos devuelven las armas (…) Yo creo que ese es el camino.

Urgen protocolos

Regresando a su conferencia Periodismo en tiempos de violencia, centrado en este oficio en medio de esta crisis de inseguridad en todo el país —que él denomina “loa años de horror, la historia negra del periodismo en México”—, habló de varios casos concretos —censura, chantaje, muertes y desapariciones de comunicadores— y de la necesidad de un protocolo de seguridad para reporteros.

Más de un centenar de periodistas han sido asesinados en lo que va del siglo —explicó De Mauleón—, y se han cerrado medios, por lo que además de todo, “una tragedia nacional que no hemos percibido, son las zonas silenciadas de México“. Contó historias de comunicadores que fueron, tanto literal como figurativamente, amordazados por los criminales, y que no existen autoridades confiables para sentirse protegidos. “La herida psicológica no la conocemos en esta generación”, dijo, y reiteró que “somos uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo”.

Ante la situación, urgió a que exista un centro nacional de protección a periodistas, “pero autónomo, ciudadano”; que haya talleres permanentes de capacitación y protocolos, para saber qué hacer en caso de amenazas; “no venderse, no pedir dinero, eso hace que no tengas compromisos”, aunque también habló de los sueldos “miserables” de los reporteros que hacen que unos acudan al llamado ‘chayote’. “Nuestra conclusión: vamos por un protocolo, vamos a cuidarnos entre los periodistas.”




Impunidad garantizada

FOTO (ILUSTRATIVA): Internet.

Ius et ratio

Por Arturo Rubio Ruiz

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Llegas a tu establecimiento comercial, para percatarte de que en el transcurso de la noche del viernes a la mañana del sábado, al menos un sujeto penetró a tu negocio. Rompe una ventana, daña una chapa, violenta tu caja registradora, para sustraer 500 pesos. Toma las llaves y se roba tu camioneta, que estaba estacionada en el exterior de tu negociación.

Victimización

Hay huellas del sujeto por todos lados. Ocasionó daños por más de veinte mil pesos, se robó tu camioneta, y 500 pesos. Eres víctima de un criminal de poca monta, localizable a partir de sus huellas dactilares.

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Revictimización 1

Llamas al 911. Te hacen esperar; debes contestar una sarta de interrogantes irrelevantes, (“Es el protocolo”, dice la voz femenina al otro lado de la línea) y al final te comenta que tal vez no valga la pena denunciar “por quinientos pesos”.

Falta profesionalizar y sobre todo, sensibilizar a los operadores del 911. Actúan de manera mecánica e irrespetuosa, pues no tratan a la víctima con el esmero y precisión que se merece. Las víctimas son seres humanos, en estado de alteración emocional generada por el evento criminal que han sufrido, y las operadoras las tratan como si estuvieran haciendo una encuesta de una cadena comercial. Y los comentarios tendientes a desanimar a la víctima para formular la denuncia, son ilegales y totalmente fuera de lugar. La víctima requiere atención y apoyo, no trato impersonal y automatizado.

Revictimización 2

Llegan elementos de la Policía Estatal y te dicen que no pueden hacer nada, porque ya entraste al establecimiento y “contaminaste la escena del crimen”. Te insinúan que no vale la pena hacer la denuncia, que nunca los atrapan, y que la camioneta al rato aparece, sin llantas y sin batería, pero que “siempre aparecen”, que la busque por los arroyos.

Las huellas del perpetrador (no se le puede llamar delincuente, por la presunción de inocencia) son visibles y están intactas. Entramos al lugar del evento (no podemos decir al lugar de comisión del delito, por la presunción de inocencia) pero eso no necesariamente contamina la evidencia ni los indicios recolectables. Es un pretexto de estos malos servidores públicos para abstenerse de realizar su trabajo y desanimar a la víctima.

Revictimización 3

Llegas al Centro de Justicia, te hacen esperar 30 minutos, te turnan con al área de atención “inmediata”, donde te indican que “sin factura no puedes denunciar el robo”, lo cual es ilegal, criminal y lacerante. El robo es de los delitos que se persiguen de oficio, y basta dar aviso a la Policía, para que se active de inmediato la maquinaria persecutora (eso dice el Código Nacional de Procedimientos Penales), pero en la PGJE de Baja California Sur, donde se aplica el código palemónico, lo que se busca NO ES combatir el crimen, sino ABATIR LA ESTADÍSTICA. Así, en su Segundo Informe de Gobierno, el titular del Ejecutivo dirá que durante su administración se ha implementado un exitoso programa de procuración de justicia, al reducir dramáticamente las estadísticas delictivas. Los robos están al alza, y las denuncias a la baja. ¿Se combate el delito? Desde luego que no. No hay denuncias porque la gente desiste de su empeño al enfrentar toda esta maquinaria burocrática diseñada para desanimar la denuncia. Impunidad garantizada.

Revictimización 4

Finalmente encuentras la factura de tu camioneta, y tras horas de espera (desesperante espera en la que no puedes evitar pensar que mientras tú estás ahí perdiendo el tiempo, el perpetrador –recuerda: no le puedes decir delincuente- tranquilamente desvalija tu camioneta, probablemente disfrutando de la dosis que adquirió con los quinientos pesos que te robó, y que para ello, te ocasionó daños por más de veinte mil pesos).

Finalmente logras presentar tu denuncia, y a fuerza de insistir, logras que el agente del Ministerio Público acceda a “hacerte el favor” de enviar a los peritos a tu negociación, para recabar indicios. Esto ocurre ya la tarde del sábado.

Revictimización 5

Es domingo, ya pasaron más de 24 horas del evento (recuerda, no puedes decir delitos de ROBO cometido a lugar cerrado, con violencia como medio comisivo, y ROBO a unidad motriz estacionada en la vía pública, por la bendita “presunción de inocencia”) y no puedes limpiar ni aperturar  al público tu establecimiento, porque los peritos NO HAN LLEGADO (estamos a tres minutos de su oficina, pero tienen muuuuuuuucho trabajo) y no tienen para cuando llegar. Los costos se acumulan pues no puedes operar tu establecimiento. A este punto, ya estás arrepintiéndote de hacerle caso a tu abogado, que te insistió en presentar la denuncia.

¿Quién me va a pagar todos los daños?

Continuará…