Rancherías sin servicios básicos: jornaleros agrícolas invisibles en la riqueza de BCS

IMÁGENES: IA.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En Baja California Sur, donde el mar se vende en postales y el metro cuadrado sube como marea alta, miles de jornaleros agrícolas habitan rancherías donde el agua llega tarde, la luz falla y los servicios públicos parecen una promesa redactada para otros. El Estado con algunos de los destinos turísticos más rentables de México también guarda, tierra adentro, una geografía del descarte.

Al amanecer, la península huele a sal en los corredores turísticos y a polvo en los caminos agrícolas. En los hoteles de Los Cabos, las albercas despiertan antes que muchos trabajadores. En los campos de Comondú, La Paz y el valle de Mulegé, la jornada empieza donde termina el pavimento. Allí viven familias que cosechan hortalizas, empacan producto, limpian surcos y sostienen una parte silenciosa de la economía regional. Muchas llegaron desde Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Chiapas o Michoacán. Otras nacieron ya en el norte árido, pero heredaron la misma intemperie.

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Baja California Sur suele figurar entre las entidades con mayor crecimiento económico impulsado por turismo, construcción y servicios. La imagen oficial del progreso se mide en ocupación hotelera, inversión extranjera, plusvalía y expansión inmobiliaria. Pero el desarrollo también puede leerse por ausencia: casas sin drenaje, colonias sin transporte suficiente, asentamientos sin regularización, rancherías donde una pipa vale más que un discurso. Según datos públicos y diagnósticos oficiales de rezago social, persisten carencias en acceso a servicios básicos y vivienda adecuada en zonas rurales y periferias urbanas del estado.

La paradoja tiene forma de cisterna vacía. En una de las regiones con mayor estrés hídrico del país, el agua se reparte con jerarquías no escritas. Primero la demanda turística, la expansión urbana, los desarrollos residenciales y la actividad económica de alto consumo. Después, cuando alcanza, las comunidades laborales. Especialistas en gestión hídrica han advertido durante años que la península depende de acuíferos sobreexplotados, desalación costosa y una lluvia escasa e irregular. Aquí cada litro tiene biografía.

En las rancherías agrícolas, esa biografía suele contarse en cubetas. Hay hogares donde almacenar agua es una tarea diaria y no una contingencia. Donde bañarse depende del horario de bombeo. Donde una fuga tarda semanas en repararse porque nadie mira hacia allá. No puedo confirmar una cifra única y actualizada de cuántas comunidades viven esa situación hoy, porque los registros públicos varían por municipio y año, pero la precariedad aparece de forma consistente en censos, reportes académicos y testimonios documentados.

La invisibilidad no es casual: es funcional. El turismo necesita mano de obra barata en limpieza, jardinería, cocina, mantenimiento y construcción. El campo necesita brazos temporales y permanentes para cosechar. La ciudad necesita quien cargue, barra, repare y atienda. Pero el modelo no siempre devuelve vivienda digna, transporte suficiente, escuelas cercanas o centros de salud robustos para quienes lo sostienen. La riqueza se concentra donde se fotografía; la carencia, donde casi nadie entra.

En Los Cabos, el contraste es brutal: fraccionamientos de lujo junto a colonias populares con presión demográfica acelerada. En temporadas de expansión, llegan trabajadores más rápido que la infraestructura pública. La tierra formal se encarece; la informal crece. El mercado inmobiliario organiza la ciudad según capacidad de pago, no según necesidad humana. Lo mismo ocurre, con otra escala, en zonas agrícolas donde la vivienda para jornaleros depende de renta precaria, cuartos improvisados o campamentos temporales.

También hay una dimensión moral del paisaje. Un Estado puede presumir modernidad mientras normaliza que quienes recogen alimento o levantan hoteles vivan lejos del agua continua, del transporte seguro o de la certeza jurídica sobre su casa. Puede celebrar récords turísticos mientras niñas y niños recorren kilómetros para estudiar o esperar una consulta médica. Puede hablar de competitividad sin preguntarse quién subsidia realmente ese éxito con tiempo de vida, salud y desgaste físico.

Las responsabilidades están repartidas, pero no diluidas. Los municipios arrastran rezagos de planeación y recaudación limitada. El Estado administra crecimiento sin cerrar brechas históricas. La Federación sostiene programas sociales, pero no siempre infraestructura suficiente ni inspección laboral constante. El sector privado se beneficia de la disponibilidad de trabajo, aunque rara vez asume en proporción el costo territorial que genera. Y la sociedad consumidora prefiere no mirar demasiado.

Las salidas existen, aunque requieren algo menos frecuente que el dinero: decisión política. Vivienda asequible vinculada al empleo formal. Redes de agua y saneamiento priorizadas por derecho y no por rentabilidad. Transporte metropolitano y rural digno. Regularización territorial con servicios. Supervisión real de condiciones laborales en agricultura y construcción. Planeación hídrica que ponga primero a las personas antes que al ornamento. Impuestos y contribuciones del auge turístico reinvertidos donde hoy solo llega el polvo.

Baja California Sur no es únicamente playas perfectas ni atardeceres de catálogo. También es esta otra postal: jornaleros que sostienen con sus manos una prosperidad de la que apenas participan. Mientras el lujo se riega cada mañana y la periferia espera la pipa, el problema ya no es la escasez de agua, sino la abundancia de indiferencia. Y ningún destino puede llamarse paraíso si necesita esconder a quienes lo mantienen vivo.

Referencias consultadas
INEGI, Censo de Población y Vivienda 2020 (tabulados estatales y municipales sobre vivienda y servicios básicos).
CONEVAL, Medición de pobreza y rezago social por entidad federativa.
Documentos públicos y diagnósticos sobre servicios básicos y desarrollo territorial en Baja California Sur.
Literatura académica sobre turismo, desigualdad territorial y presión hídrica en regiones turísticas de México.

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El Tranchete del Diablo

FOTO: México Desconocido.

California Mítica

Por Gilberto Manuel Ortega Avilés

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la región de La Presa, en el municipio de La Paz, hay rancherías desde el siglo XVIII. Hace más de 200 años, eran las que producían los mejores cuchillos de la entidad, forjados al temple del hierro al rojo vivo, y generalmente sacados de las hojas de los muelles de los vehículos. Este tipo de forja se puso de moda el siglo pasado.

¿De qué metal estaban hechas antes de ser de los muelles de los carros? Es un misterio. Pero en una ranchería llamada en el siglo pasado San José de La Higuera o de Los Higuera, que ya desapareció pero estuvo cercana a La Presa, hubo un tranchete que tuvo más fama que cualquier otro.

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Había sido templado por don Aparicio Higuera y le había grabado “Estas armas son de Satanás y entre más las tientas matan más”. Sin duda, fue esta inscripción curiosa la que da origen a esta leyenda, sin embargo, el paso del tiempo la volvió más macabra.

El tranchete fue obsequiado a un ranchero de apellido Mayoral que había llegado a caballo al rancho, quien tuvo la mala suerte que al alejarse un par de metros de San José de la Higuera su caballo se desbarrancó y murió atravesado por el tranchete maldito, el cual —aseguraban— había sido templado con sangre de búho.

Sepultado el difunto Mayoral, el tranchete fue recogido por el Juez de Paz de la región, quien al no encontrarle dueño se lo quedó. Lo guardó durante dos años hasta que se lo vendió a un comerciante ambulante que llegaba en mula a comprar fruta y a vender ropa y calzado; un domingo después de ser despedido por los amigables habitantes del pueblo, fue encontrado no muy lejos arroyo abajo atravesado por el tranchete. Los habitantes atribuyeron a que la mula se había asustado y así ocurrió el accidente.

El cuerpo fue inhumado ahí mismo, y las pertenencias fueron recogidas por las autoridades locales. Un día un policía rural llegó en busca de unos ladrones de ganado, y después de capturarlos, los locales decidieron regalarle el fatídico tranchete para que se lo llevara de la región de una vez… A la mañana siguiente se le encontró acostado en un camastro atravesado por el tranchete de Satanás.

El miedo comenzó a propagarse por la región, incluso algunos iban a ver el objeto maldito solo por curiosidad.  Se creía que cualquiera que intentara llevárselo terminaría muerto por el arma, y así fue como cobró otras tres víctimas.

Hasta que un día llegó un sacerdote que venía a caballo desde San Luis Gonzaga. Supo de la historia y la consideró absurda, y después de un ligero regaño a los pobladores, ofreció llevarse el objeto maldito. Ya no se supo nada del sacerdote, por lo que se asumió que no le había pasado nada, y la tranquilidad llegó a la región, y la leyenda del tranchete de Satanás cada día se va quedando en el olvido.

¿Poderosas palabras, sugestión o maldición verdadera? Existen muchas explicaciones para ésta interesante leyenda, pero si nos vamos al aspecto sobrenatural, lo más probable que no se haya tratado de un evento azaroso las palabras escritas en el arma. Hay que recordar que en los ranchos, siempre existían Diableros como se le denominaban aquellos que pedían favores al Señor Oscuro, y que en ocasiones afirmaban recibir muchos beneficios de él, no sería extraño pensar que la persona que forjó el tranchete lo haya hecho en un sentido ceremonial, y de ahí su esencia macabra.

No podemos seguirle más la pista a esta leyenda, debido a que el tiempo ha borrado el lugar donde se dio, pero algo que nos enseña esta leyenda es “Las armas solo traen desgracias”. Las fuentes de estos hechos son el Periódico Ultimas Noticias del año 1983, resguardado en la hemeroteca del Archivo Histórico «Pablo L. Martínez».