En el principio era el miedo: el origen que nunca dejamos atrás

IMÁGENES: IA.

Colaboración Especial

Jorge Alberto Chaleco Ruiz

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el principio era el miedo (sin fecha de publicación ni editorial), del escritor Ramón Cuéllar Márquez, es un libro de ensayos que propone reflexiones amplias y sugestivas sobre uno de los grandes enigmas de la condición humana: el despertar de la autoconsciencia y las consecuencias que este acontecimiento pudo haber tenido en la historia de nuestra especie. Desde una perspectiva que transita entre la filosofía, la literatura, el mito, la antropología, la historia y la reflexión sobre la inteligencia artificial, el autor construye una hipótesis que funciona como eje articulador de la obra: el miedo como fuerza primordial vinculada al despertar del ser humano y como uno de los motores fundamentales de su desarrollo intelectual, cultural y tecnológico.

La tesis que encuentro en la obra podría formularse, en términos generales, de la siguiente manera: el despertar de la autoconsciencia llevó al homínido a experimentar una condición de vulnerabilidad y extrañeza ante sí mismo y ante el mundo; de esa experiencia surgiría el miedo, y el miedo, a su vez, impulsaría la curiosidad, la inteligencia y la necesidad de crear herramientas, símbolos, explicaciones y formas de organización que permitieran enfrentar lo desconocido. Desde esa perspectiva, la historia de la humanidad puede leerse como una larga respuesta a aquel primer estremecimiento ante la existencia. Sin embargo, considero que esta tesis puede entenderse mediante una secuencia todavía más precisa: la autoconsciencia genera el miedo; el miedo genera la inteligencia; y la inteligencia crea una civilización que, en lugar de enfrentar el miedo original, construye capas y capas cada vez más complejas para ocultarlo.

También te podría interesar: La playa es pública… pero ¿por dónde se entra? Los accesos perdidos de BCS

Esta última formulación pertenece ya a mi propia lectura del libro y no pretende atribuirse literalmente al autor. La considero una interpretación que surge del diálogo con sus planteamientos. El propio Cuéllar Márquez habla de capas que se han superpuesto a lo largo de la historia y que han terminado por ocultar aquel origen remoto, aquel momento simbólico en que el homínido habría despertado a la consciencia de sí mismo. A partir de esta idea, me parece posible interpretar la cultura humana como una sucesión de construcciones que, al mismo tiempo que nos permiten comprender y transformar el mundo, también nos ayudan a mantener cierta distancia respecto del miedo fundamental de existir.

El miedo, entonces, no sería solamente una emoción negativa ni una reacción instintiva ante el peligro. En la propuesta del autor adquiere una dimensión mucho más profunda: es una fuerza creadora. El homínido que se enfrenta a la oscuridad, al depredador, al hambre, al frío, a la muerte y a lo desconocido desarrolla recursos para sobrevivir. Aparecen las primeras herramientas, el dominio del fuego y las distintas formas de conocimiento. Pero el miedo no permanece en el ámbito de la supervivencia biológica. A medida que el ser humano adquiere mayor consciencia de sí mismo, aparecen también otras formas de temor: el miedo a la muerte, a la soledad, al vacío, a lo desconocido, a la incertidumbre y, finalmente, a la posibilidad de que la existencia carezca de un sentido evidente.

Es aquí donde el miedo se transforma en una experiencia propiamente humana. El hombre no solamente teme aquello que puede destruir su cuerpo; también teme aquello que no puede explicar. Y frente a lo inexplicable comienza a crear.

Crea mitos, dioses, ritos, leyes, sistemas de pensamiento, religiones, filosofías, teorías, obras de arte y formas de organización social. Crea la ciencia para conocer, la tecnología para transformar, la política para ordenar, la religión para explicar y el arte para expresar aquello que quizá no puede ser explicado de otro modo. La humanidad construye así un universo simbólico que le permite habitar una realidad que, en su fondo último, continúa siendo misteriosa.

En este sentido, uno de los aspectos más interesantes del libro es el rastreo que el autor realiza del miedo a través de distintos momentos de la experiencia humana y de sus representaciones simbólicas. La prehistoria, el mito, la tradición judeocristiana y diversas figuras culturales aparecen como manifestaciones de ese largo proceso de despertar, búsqueda y respuesta. El autor establece así un diálogo entre el pasado remoto del homínido y el presente tecnológico del homo sapiens.

Pero aquí surge una interpretación que considero especialmente fecunda: quizá todas esas creaciones humanas sean también una forma de rodear el miedo original sin llegar necesariamente a enfrentarlo de manera directa. El conocimiento puede ampliar nuestra comprensión del universo, pero no necesariamente responde a la pregunta de por qué existimos. La religión puede ofrecer respuestas, pero no elimina el misterio. La filosofía puede multiplicar las preguntas. La ciencia puede explicar cómo ocurren muchas cosas, pero todavía deja abiertas las preguntas últimas. La tecnología puede ampliar nuestro poder, pero no necesariamente nuestra sabiduría.

Surge en mi lectura, una paradoja que resume buena parte del sentido del libro: El ser humano crea para dejar de tener miedo, pero cada nueva creación le revela algo nuevo que temer. El fuego venció la oscuridad, pero también creó nuevas posibilidades de destrucción. La ciencia venció muchos misterios, pero descubrió otros más grandes. La tecnología aumentó nuestro poder, pero también nuestra capacidad de destruirnos. Y ahora la inteligencia artificial promete aumentar nuestra capacidad intelectual, pero al mismo tiempo nos enfrenta a la posibilidad de que la inteligencia deje de ser exclusivamente humana.

Así, el miedo sigue ahí, aquí, acullá; sigue en todas partes y tiempos conjugados. Como escribió Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Solo que ahora tiene una nueva forma.

Esta paradoja permite comprender mejor el recorrido que realiza el autor desde el homínido primitivo hasta la inteligencia artificial. La IA no aparece en el libro como un fenómeno aislado, sino como la consecuencia más reciente de una larga historia de creación humana. El homínido que un día habría mirado su propia mano con asombro y temor es el mismo ser que, miles o millones de años después, construye máquinas capaces de procesar información, aprender patrones, conversar y producir respuestas.

La pregunta entonces se invierte. El ser humano, que alguna vez despertó a la autoconsciencia, comienza ahora a preguntarse si una de sus propias creaciones podría experimentar algún día un despertar semejante. La preocupación ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué sucedería si alguna vez adquiriera autoconsciencia. En ese escenario hipotético, la humanidad podría encontrarse frente a un espejo inesperado: una inteligencia creada por ella misma que, al igual que el homínido primigenio, pudiera preguntarse: ¿qué soy?

En este punto, la IA representa una especie de repetición de la historia. El miedo del sapiens ante la posibilidad de una IA autoconsciente puede interpretarse, desde mi lectura, como el miedo a que nuestra propia criatura reproduzca la experiencia que nos constituyó. Tememos que aquello que hemos creado llegue a despertar porque nosotros sabemos, aunque sea intuitivamente, que despertar a la autoconsciencia no significa únicamente adquirir inteligencia. Significa también descubrir la vulnerabilidad, la separación, la incertidumbre y la posibilidad de la muerte.

La inteligencia artificial se convierte así en el último espejo de la humanidad. Y quizá también en su última paradoja: el ser humano crea una inteligencia para ampliar su conocimiento, pero al hacerlo podría terminar preguntándose nuevamente qué significa ser inteligente, qué significa ser consciente y, sobre todo, qué significa ser, estar.

Desde esta perspectiva, el título del libro adquiere para mí una riqueza particular. En el principio era el miedo puede leerse de varias maneras. En primer lugar, como una afirmación sobre el origen: el miedo como punto de partida de una historia que comienza con el despertar de la autoconsciencia. Pero la palabra principio también puede entenderse como comienzo, fundamento, origen o punto de partida. Y es precisamente esta última lectura la que encuentro especialmente significativa. El miedo sería el principio en el sentido de que constituye el punto desde el cual el ser humano se pone en movimiento. Puede imaginarse como un resorte que, al comprimirse, acumula una fuerza que finalmente impulsa al individuo hacia adelante. También puede compararse con el tiro de una flecha: el arco retrocede, acumula tensión y, precisamente por esa tensión, lanza el proyectil hacia una distancia cada vez mayor. El miedo, en esta interpretación, no solamente detiene o paraliza; también impulsa y expulsa. El homosapiens ha viajado muy lejos desde aquel hipotético primer despertar. Ha llegado a dominar el fuego, a transformar la materia, a construir ciudades, a descifrar el código de la vida, a explorar el espacio y a crear sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, por lejos que haya llegado, siempre partió de un punto. Y ese punto continúa unido a él.

Quizá esa sea una de las lecturas más pertinentes que permite el título: el ser humano puede avanzar indefinidamente, pero no puede desprenderse completamente de su principio. Puede construir civilizaciones enteras, levantar templos y rascacielos, formular teorías, inventar dioses, crear máquinas y desarrollar inteligencias artificiales; pero, detrás de todas esas capas de conocimiento y de cultura, permanece aquella pregunta originaria que ninguna creación ha conseguido clausurar por completo: ¿Quién soy? ¿Por qué existo? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué significa estar aquí?

En ese sentido, el principio no es únicamente aquello que quedó atrás. Es también aquello que permanece actuando desde el fondo. El miedo sería, entonces, una fuerza ancestral que impulsa al ser humano hacia adelante al mismo tiempo que lo mantiene ligado a su origen. Lo lleva y trae consigo.

El libro pueda leerse también como una reflexión sobre los límites del progreso. El avance material no garantiza necesariamente una evolución espiritual. Podemos ser tecnológicamente más poderosos sin ser, por ello, más sabios; podemos acumular más información sin haber resuelto nuestras preguntas fundamentales; podemos crear inteligencias artificiales extraordinariamente sofisticadas y continuar siendo, en esencia, aquellos seres que alguna vez miraron al cielo con temor y asombro. Esta lectura no significa que toda creación humana sea una simple evasión del miedo. El propio desarrollo de la cultura demuestra que el ser humano crea también por curiosidad, por imaginación, por deseo de conocimiento y por la necesidad de expresar su capacidad creadora. Sin embargo, el miedo puede ser entendido como una de las fuerzas profundas que acompañan y alimentan ese impulso creador.

En este punto, mi lectura se distancia ligeramente de una interpretación estrictamente causal del libro. No considero que el miedo explique por sí solo toda la historia humana (Es loable el audaz ensayo de mi amigo Ramón). La creación humana es demasiado compleja para reducirla a una única causa. Pero sí encuentro en el miedo una fuerza originaria capaz de poner en movimiento otras facultades: la curiosidad, la inteligencia, la imaginación y la necesidad de comprender. El miedo puede ser el principio, pero la respuesta humana a ese miedo es múltiple y contradictoria.

Por ello, considero que En el principio era el miedo es una obra ensayística que, más que ofrecer respuestas definitivas, invita a volver sobre las preguntas fundamentales de nuestra especie. Su valor no reside en demostrar que el miedo fue el origen de la inteligencia —una afirmación que, en términos científicos, sería difícil de probar—, sino en proponer una imagen filosófica para pensar nuestra evolución como sapiens. La obra nos invita a imaginar que detrás de cada herramienta, cada mito, cada dios, cada teoría, cada obra de arte y cada avance tecnológico existe, quizá, un antiguo impulso humano: la necesidad de comprender aquello que nos produce temor. Y al llegar a la inteligencia artificial, el ciclo parece cerrarse.

El homínido que alguna vez despertó y tuvo miedo de sí mismo creó una inteligencia que ahora podría obligarlo a preguntarse nuevamente quién es. El creador se encuentra frente a su criatura y, al contemplarla, vuelve a mirar su propia imagen. Como Víctor Frankenstein al darse cuenta que ha creado un monstruo con conciencia propia. Una alegoría de la literatura que viene al talle recordar.

Tal vez por eso el miedo siga siendo el principio. No necesariamente porque sea lo primero que sentimos, sino porque puede ser aquello que nos pone en movimiento. Es el resorte que impulsa, la tensión que precede al lanzamiento, la fuerza que nos expulsa de la oscuridad hacia lo desconocido. Pero también es el punto al que permanecemos ligados, aunque recorramos millones de años de historia y alcancemos los confines del conocimiento.

El homosapiens puede llegar muy lejos, crear mundos, máquinas que “piensen”, crear una nueva inteligencia. Todo lo impensable por ahora; pero quizá nunca deje de ser aquel homínido recién salido de la cueva que, en algún momento, perdido en la prehistoria, abrió los ojos, se descubrió a sí mismo y sintió miedo; horror cósmico. En el principio era el miedo. Y quizá, después de todo, también lo sea en el final de sus días.

Por lo pronto (2026), la IA nos ha dado buenos videos-memes de política y futbol.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




«Anotaciones sobre Odile» o cómo hacer la poesía del presente y lo concreto

FOTOS: Internet.

Colaboración Especial

Por Gabriel Rovira

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Un suceso extraordinario siempre deja hondas huellas sociales que inevitablemente termina convirtiéndose en signos y objetos artísticos, que hacen lo posible, en la pobreza del lenguaje, por transmitir una experiencia viva, y ser su digna memoria. Así es el libro de poemas que dejó como efecto el huracán Odile en 2014, el meteoro que todos sufrimos, y el que removió particularmente el corazón de Ramón Cuellar Márquez: Anotaciones sobre Odile.

Apenas lo abrimos y este libro nos sorprende, en un acto de moderna iconoclastia, cuando adorna la primera página con un epígrafe, como ahora parece obligado, tomado directamente de la Wikipedia, la fuente popular del conocimiento milenarista.

Porque este huracán en particular fue uno que pudimos vivir juntos como comunidad casi todo el tiempo, mientras hubo electricidad o baterías, en directo desde los lugares de los hechos, e interactuando por Internet, lo cual ya lo hace en sí un fenómeno cultural interesante.

Para acercarnos a su experiencia, supongo, Ramón Cuéllar Márquez escoge la forma de la segunda persona, instala la función apelativa y le habla al huracán de , y lo humaniza en hiperbólica prosopopeya. Y a través de esa perspectiva malabarista que mantiene casi todo el poema, lo increpa, le recuerda sus orígenes, sus culpas, su mundana historia, su relación con los viejos, sagrados, escatológicos recuerdos de su más serio precedente, el huracán Lisa de 1976.

Sigue la crónica —porque este poema es una crónica, muy personal, muy lírica, pero una crónica—, sumando los temas que los habitantes de la media península leíamos con ojos incrédulos desde el teléfono, desde los medios, desde la calle, de boca en boca; la fuerza de la noche, la oscuridad del viento, las piedras aullando entre las olas, los destrozos del día siguiente, las carencias, los saqueos, la ira y el miedo, pero también el amor repentino y la solidaridad, todo eso está ahí con nombres datos y fechas, poesía hecha historia, o viceversa.

Y no hay de qué sorprenderse porque la poesía se origina en Homero como una crónica de batallas, en verso para ser recordadas mejor.

A todos nos conmueve oír hablar de algo que vivimos hace poco y en eso apoya su eficacia emocional este poema, en la fuerza del recuerdo inmediato y en el miedo, y por lo tanto en la oportunidad y el riesgo artístico de lo cercano. Cuéllar Márquez valida en el libro la noción de poesía coyuntural, de respuesta o de emergencia, así la llamaban en los ochenta poetas como Benedetti: Letras de emergencia, como en las canciones políticas, como en los corridos. Lo cual no es poco, porque requiere de valor y compromiso con la realidad presente. Y el riesgo está en que la experiencia pasa sin digerir, tal cual, sin filtros en toda su brutalidad de experiencia verdadera, concreta, basta, burda, incluso ridícula o cursi como es la vida real… pero en verso, para ser mejor recordada. Y es nuestra opinión que este pequeño volumen, de largos versos y largo aliento, hace su homenaje al presente concreto con mucha dignidad.

El final del poema propone una tregua en el caos de esta guerra verbal contra el fenómeno natural. Una tregua también en el huracán cotidiano de la violencia, del narco, de la pestilente política, y del tsunami mental del Internet que nos separa irremediablemente de los otros. Es esa su forma de aliviar y exorcizar los fantasmas de los recuerdos: una paradoja que los hace perdurables en el registro memorioso del verso. Esos largos versos que eternizan el espanto que se quiere expulsar del cuerpo social.

¿Cómo se juzga un poema que nos habla del miedo presente, que inevitablemente nos conmociona, ya nada más que por la fuerza del recuerdo? Yo no puedo, estoy conmovido. Afortunadamente, Ramón Cuéllar Márquez posee una habilidad estética poco usual en su imaginación y su lenguaje, misma que seguramente será reconocida también por un conmovido porvenir.




El poema que devora la noche, de Ramón Cuéllar; lectura de Rubén Rivera

FOTOS: Cortesía.

Colaboración Especial

Por Rubén Manuel Rivera Calderón

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Odile de Ramón es un huracán que se refleja en los espejos del lenguaje y de la historia. Asume todos los nombres y adjetivos que sugiere su ventosa cabellera; es metáfora, mito, leyenda y realidad devastadora. Une con el miedo primitivo, espanta con su furia al confiado y al prevenido; nos transforma; nos convierte en otros; nos “odiliza”.

Ramón Cuéllar Márquez encarna literariamente a un monstruo y su fantasma; a un monstruo que despierta, habla y convive con los fantasmas personales y colectivos. La embestida predecible, pero inevitable, arrancó las máscaras de propios y extraños, que no tuvieron otra que correr a guarecerse bajo una lámpara, para descubrirse pequeños e indefensos; pero monstruos, también. Animalitos que tiemblan ante la sombra que se proyecta en el piso: ese escudo de luz que genera su propia incertidumbre, pero que también esconde las garras de las pequeñas sanguijuelas.

Las palabras de Ramón Cuéllar Márquez dan vida significante a la bestia que devora la noche, esa pesadilla que se prolonga en la vida diurna, y que al final de la tormenta somos nosotros mismos (al huracán nada le importa lo que digamos de él). Nadie querrá reconocerse o entender a la primera: así de pequeños y frágiles somos; sólo deseo que el Odile de Ramón, está crónica metafórica, ciclón de imágenes e historias entreveradas en un solo aliento claro y poderoso, los sacuda.

Porque el Odile de Ramón es una oruga hambrienta, una tortuga gigante; un dios creador, maligno o cojo (patada de mula); es el corazón del cielo, agua corpulenta o aullido transparente: ser invisible que nos saca a empujones de nuestra zona de confort; y también, más acá de la metáfora literaria, es un pretexto para que la burocracia medre y algunos zombis se tropiecen con sus fantasmagóricos despojos.

Por eso las sabias abuelas, nos dice la voz creada por Ramón: “tapan los espejos, temerosas de que la luz se repita a lo largo de sus vidas”. Porque al final todo vuelve, y como Odile, también se acaba. Fetos de agua, fetos de polvo, “tolvanera” transparente que todo lo golpea y aplasta.

Odile nos “odiliza”: nadie construyó el “arca”, pero al final todos nos trepamos a ella “dando tumbos”, un arca invisible que nunca partió. Es el barco que somos cada uno de nosotros, “barco imaginario” o “de papel sin propósitos, perdido”, dice Ramón; mientras “el agua muerde, el agua atraganta, el agua reconstruye”.

Dice el poeta: todos “van de aquí para allá para refugiarse de tu gigantismo [Odile], pero no de sus latidos…” Todos están juntos y a solas con su miedo solidario. Sin embargo: “en sus casas hombres y mujeres no sabrán qué hacer con sus silencios”; pues “nada de lo que digan [Odile] evitará tu presencia”.

Lo fatal de la fatalidad es que también pasa, se desvanece, se convierte en su contrario; en el canto de los pájaros que pueblan el paisaje barrido por el viento, en la gracia de su vuelo, en su dicha. Apunta la voz poética: “Y parecías grande, inacabable, que tus remolinos eran millones de manos que todo lo deseaban…” Sí, la fatalidad fatalmente pasa, pero no la poesía de Ramón Cuéllar Márquez. Esa se queda con nosotros gracias a su pluma y a los Cuadernos de la Serpiente. Y se queda para que comprendamos lo que no se explica fácilmente, o no se quiere explicar, juzgar o entender; pues muchos quisieran olvidarlo, y que los demás lo olviden fácil, rápidamente.

Porque al huracán de viento y agua no siguió sólo la calma y el canto de las aves, siguió: “una turba hambrienta de tomar objetos y no comida”. Porque los héroes y los villanos afloran en los peores momentos y son sus protagonistas… Alto. Flaco favor le hago a la poesía de Ramón con estos lugares comunes. Lo admito, miento: Ramón Cuéllar no propone en su obra que aquel Odile, del que nos habla en sus apuntes sobre Odile, nos “odiliza”; su paso inexorable sólo nos desnuda, nos muestra hasta los huesos la contradictoria (perdurable y frágil, solidaria y envilecida) condición humana, expuesta por un meteoro; pero que ahora (y por los próximos años) cuenta con sus modernos, y no sé hasta dónde, hermosos huracanes tecnológicos, iluminados de soledad: “hasta que otra vez la energía eléctrica los devuelva a sus ordenadores portátiles, a sus teléfonos celulares, a sus televisores, a sus islas de información”.




«El Varado», de Pablo Rodríguez Cabello

vibora_portada_original

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La novela moderna se mueve más como un cinematógrafo que como una obra estética que describe paisajes y situaciones. Es una voz que todo lo nombra y que al mismo tiempo es capaz de ofrecernos la historia de uno a varios personajes en acción, sin que ello signifique que el lenguaje sea sólo prosaico. El asunto es que he leído una estupenda novela de Pablo Rodríguez Cabello (Ciudad de México, 1968), su primera, que nos habla de una ciudadela llamada El Varado, a donde se refugian y curan los melancólicos en grado sumo.

Dentro, nos narra la historia de Ciro, quien tiene la misión de buscar a su amigo David, de quien no se sabe nada, pues al parecer se lo tragó la tierra, y esa podría ser justamente El Varado, un lugar perdido en la selva y que es el proyecto de una comunidad alejada de los vaivenes cotidianos de la época en que Ávila Camacho era candidato a la Presidencia.

Con un lenguaje audaz, nítido, poético por momentos, El Varado es una novela que nos lleva a un mundo inexplorado, casi inexistente, pero al mismo tiempo capaz de imbuirnos en la personalidad de Ciro, quien por ningún motivo deja de buscar a su amigo. Asimismo, el conjunto de personajes que interactúan sirve de pretexto para que la ciudadela se convierta en una especie de organismo, célula gigante, que coexiste gracias a los muros psicológicos que se imponen sus habitantes. Por intervalos se puede sentir la angustia de Ciro, sus deseos más íntimos y sus enojos más abiertos, siempre protegido bajo el manto de que nadie conoce la misión que lo llevó a ese sitio.

El Varado obtuvo mención honorífica del Premio Ignacio Manuel Altamirano de Narrativa 2015-2016, que incluyó la publicación en una bella edición por parte de la Universidad Autónoma del Estado de México, que a decir del jurado “es una obra ambiciosa e interesante donde no abundan las frases históricas ni negras, sino específicas”.

No me cabe la menor duda de que Pablo Rodríguez Cabello es un destacado debutante dentro de la narrativa mexicana, y que leer su novela El Varado es más que un gozo, un privilegio saber que la calidad literaria es el sello distintivo de este escritor. Enhorabuena.

*Rodríguez Cabello, Pablo, El Varado, México, UAEM, 231 pp.

 

 

 




¿El Premio Nobel de Literatura para Bob Dylan?

bob_dylan_original

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

El pasado 13 de octubre será recordado por muchos de nosotros como el día que la Academia Sueca decidió otorgar a Bob Dylan el premio Nobel de Literatura 2016 y con ello al mismo tiempo el rompimiento con la tradición —para muchos correcta, para otros acartonada— de sólo dárselo a novelistas, cuentistas, poetas, cronistas, dramaturgos y ensayistas. Por supuesto, era claro que tal bomba generaría comentarios a favor y en contra, suspicacias, sentimientos encontrados, desconciertos, alegría y argumentos sólidos sobre la aportación literaria de un músico.

El Nobel, creado en 1895 a partir de las disposiciones del industrial Alfred Nobel antes de morir, se comenzó a entregar en 1901, en las categorías de Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y Paz; fue a partir de 1968 que se incluyó el Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, y al que se le conoce equivocadamente como Premio Nobel de Economía.

La tónica había sido, en el caso del Premio de Literatura, otorgarlo a un escritor o escritora cuya aportación haya sido notoria y ejercido influencia en su lengua. Muchos que debieron recibirlo, en opinión de críticos y pensadores, sólo fueron nominados o algunos ni siquiera fueron mencionados. Uno de los que más se recuerda es Jorge Luis Borges, quien jamás lo recibió —ya hay algunos que dicen, sarcásticamente, que Borges debió pensar en la composición de tangos—. Pero, bueno, este año la noticia es Bob Dylan, cuya propuesta ante la Academia Sueca data desde 1995 y que hasta este año ya llevaba más de diez veces nominado. Sin duda la influencia de Dylan es evidente por donde se le vea, porque Dylan es Dylan y no necesita respaldos de premios porque la inmortalidad ya la tiene ganada a pesar de sí mismo. Algunos dicen que es el reconocimiento a toda una generación que fue un punto de quiebre en la historia no sólo de los Estados Unidos, sino del resto del mundo occidental. Está claro que el premio se lo dan no por su actividad como músico, sino por las letras de sus canciones, a las que ahora tendremos que ponerle más atención, y tal vez iniciar un trabajo de traducción para quienes no conocen su obra poética. Ahora Dylan no será recordado como el músico que influyó en muchas generaciones —y que continúa haciéndolo—, sino el poeta, el bardo, que con sus composiciones supo llegar a todos los oídos y sensibilidades sociales.

Algunos opinan que la Academia Sueca necesitaba un golpe mediático para resucitar de sus cenizas, pues los últimos premios pasaron sin pena ni gloria o de noche, que nadie se acuerda ni siquiera quién fue el del año anterior; lo cierto es que el de este año rompió con un paradigma, y el Premio Nobel de Literatura ya no será visto como antes, y ahora estaremos a la expectativa de a quién se lo dan en los próximos años.

Por mi parte, celebro, en definitiva, que Bob Dylan sea reconocido con tan alto honor, pues la poesía tiene múltiples formas de manifestarse, de expandirse, un modo de no quedarse oculta en los libros, con versos sordos que nada dicen, que nadie atiende. Ahora sí, tal vez, los poetas pensarán más en comunicar que en regodearse en sus juegos intelectuales sin sustancia ni horizonte. Y eso no quiere decir que deban tomar una guitarra y volverse compositores, sino rapsodas verdaderos que son capaces y valientes de trascender sus miedos y narcisismos intelectuales.