La influencia de los jesuitas en la colonización de California (1697–1768) y las razones de su expulsión

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La colonización europea de la península de Baja California no debe pensarse únicamente como una empresa militar o de conquista, sino también como un proyecto religioso y cultural cuyo motor principal, durante buena parte del siglo XVIII, fue la Compañía de Jesús (los jesuitas). Entre 1697 y 1768 —aproximadamente siete décadas— los jesuitas fundaron un entramado de misiones, caminos e intercambios con los pueblos originarios, transformando radicalmente la geografía social, económica y demográfica de lo que hoy conocemos como Baja California. Sin embargo, su presencia terminó abruptamente con la Pragmática Sanción de 1767 dictada por el rey Carlos III de España, un acto que refleja las tensiones entre poder real, iglesia y orden religiosa. En este artículo de opinión analizo la doble cara de la labor jesuítica: su contribución a la colonización, y las causas —políticas, religiosas y económicas— de su expulsión.

La colonización efectiva de Baja California desde territorio europeo comienza en 1697, cuando los jesuitas desembarcan en lo que hoy es Loreto. Ese 25 de octubre de 1697 se funda la Misión Nuestra Señora de Loreto Conchó, considerada la “madre” de todas las misiones californianas de la mano del sacerdote Juan María de Salvatierra. A partir de Loreto, los jesuitas iniciaron un ambicioso proyecto misional: entre 1697 y 1767 fundaron 16 misiones que abarcaron prácticamente toda la península, especialmente la parte central y sur, y comenzaron también la expansión hacia el norte.  Estas misiones no fueron simples capillas: representaron la estructura básica de colonización. A través de ellas, los jesuitas intentaron evangelizar a pueblos originarios como los pericúes, guaycuras y cochimíes, imponer un nuevo orden económico (agricultura, ganadería, introducción de cultivos europeos), transformar patrones de vida, y al mismo tiempo asegurar la presencia efectiva de la corona española en territorios remotos.

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El resultado fue una reorganización drástica del paisaje humano: nuevos asentamientos, caminos de comunicación, un contacto consistente —aunque conflictivo— con los pueblos indígenas, y una estructura que vinculaba directamente a la península con la Nueva España mediante la evangelización, la administración eclesiástica y las relaciones —aunque asimétricas— con los nativos. No obstante, este proceso también significó la aculturación indígena, pérdida de autonomía, impactos demográficos (enfermedades, reducción poblacional), desestructuración social. Las misiones representaron la punta de lanza de una colonización espiritual y cultural, con consecuencias de largo plazo para la península.

Los jesuitas introdujeron el primer modelo estable de colonización permanente en Baja California. Sin ellos, la península habría permanecido mucho más aislada, fragmentada, sin una articulación religiosa, social y territorial clara. En ese tiempo, la península presentaba enormes desafíos: geografía difícil, clima árido, dispersión de pueblos indígenas, ausencia de asentamientos europeos permanentes. La corona española no contaba con recursos —ni voluntad suficiente— para llevar colonos masivos, instalar ciudades o invertir dinero.

Para la monarquía, la estrategia misionera —encabezada por órdenes religiosas como la Compañía de Jesús— resultó ideal: les permitía extender la soberanía española con mínima inversión militar o civil, confiando en religiosos cuya “misión” era espiritual, pero que en la práctica actuaban como colonizadores, maestros, administradores, hacendados y mediadores entre pueblo, territorio y corona. Los jesuitas ofrecían disciplina, organización, compromiso religioso, y —gracias a su red internacional y autonomía interna— podían administrar grandes extensiones, mantener misiones aisladas, negociar con pueblos indígenas, sostener economías de subsistencia y producción, y consolidar la presencia española en territorios marginales.

Su influencia iba más allá de lo espiritual: definieron el trazado de caminos, establecieron núcleos de población, transformaron el uso de la tierra, introdujeron ganado, cultivos y estructuras productivas, y cimentaron una colonización paulatina que con el tiempo daría forma a lo que ahora son comunidades, pueblos y centros urbanos en Baja California Sur. Todo este proyecto, sin embargo, tuvo un final abrupto: el 2 de abril de 1767, el rey Carlos III promulgó la Pragmática Sanción que decretó la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios —España y ultramar—, confiscando sus bienes.

La justificación oficial fue variada, manejada en parte como propaganda política: se acusó a la Compañía de fomentar ideas peligrosas, servilismo a Roma más que a la corona, excesiva acumulación de bienes y tierras, y hasta se les responsabilizó por disturbios recientes, como el Motín de Esquilache en 1766. Detrás de esos cargos se ocultaban motivos más profundos: con la llegada de los Borbones al trono español y la consolidación de un Estado centralista, absolutista y laicizante, las autoridades reales buscaban debilitar cualquier poder autónomo —religioso, local o internacional— que pudiera competir con el poder real. Los jesuitas, con su voto de obediencia al Papa y su red mundial, representaban un contrapeso incómodo.

Además, su autonomía, su capacidad para acumular propiedad, administrar misiones, tierras y riquezas, generaba recelos económicos: su patrimonio era cuantioso, y su control sobre amplios territorios implicaba un poder efectivo que escapaba al control directo del Estado. Así, lo que comenzó como una empresa religiosa y colonizadora fue vista, por la nueva lógica borbónica, como un obstáculo político: los jesuitas debían salir para que el poder real —centralizado, secular, reformista— se impusiera sin intermediarios.

En Baja California, este decreto supuso la evacuación forzosa de las misiones. Para finales de 1767 y comienzos de 1768 los misioneros jesuitas habían sido removidos de sus 16 misiones y 32 estaciones en la Nueva España. Poco después, las autoridades eclesiásticas y civiles asignaron la administración de las misiones a otras órdenes religiosas (franciscanos primero, luego dominicos) —una decisión con profundas implicaciones: la articulación entre misiones, colonización espiritual, control territorial y el antiguo “modelo jesuítico” quedó roto.

La expulsión de los jesuitas significó una transformación en la lógica de la colonización. Se rompió el proyecto de colonización “misionera-establecida”: los jesuitas habían construido un entramado de misiones casi contiguas que actuaban como nodos de colonización, producción, evangelización y articulación social. Su salida dejó un vacío difícil de llenar.

Las órdenes sucesoras (franciscanos, dominicos) llegaron con una visión distinta: bajo supervisión más estricta del Estado, con menor autonomía, recursos más limitados. El impulso expansivo disminuyó; la atención se orientó primero hacia nuevas áreas (Alta California) y luego a consolidar las misiones existentes. Muchas de las misiones antiguas entraron en decadencia con el tiempo, especialmente aquellas donde la transición fue difícil o los nuevos religiosos no consolidaron las relaciones con comunidades indígenas. La dinámica de colonización cambió: pasó de ser misionera, religiosa, casi “autónoma”, a ser una colonización guiada por autoridades civiles y eclesiásticas bajo control estatal.

Para los pueblos indígenas, la expulsión representó desestabilización: las relaciones asentadas con los jesuitas, por mal que hayan sido en cuanto a dominación cultural, esperaban cierta continuidad. Pero el cambio abrupto trajo incertidumbre, abandono, reorganización forzada. En ese sentido, la expulsión marcó el fin de una etapa original, compleja y controversial de la colonización de Baja California.

Es tentador, desde nuestra perspectiva actual, condenar la labor de los jesuitas como parte de un proyecto colonial y de imposición cultural, lo cual es cierto. Pero también es justo reconocer que sin ellos, California quizá hubiera permanecido como territorio marginal por mucho más tiempo: su presencia representó el primer intento sostenido de poblar, organizar, evangelizar, y articular la península con la Nueva España. La expulsión de 1767 —disfrazada de reformas ilustradas y de razones políticas, religiosas o económicas— implicó, en la práctica, el abandono de un proyecto de colonización sostenible, participativo (aunque desigual) con los nativos, y con un sistema comunitario ya en marcha. La abrupta salida de los jesuitas y la confiscación de sus bienes significaron una ruptura traumática: no sólo para las órdenes religiosas, sino para las poblaciones locales, para la continuidad de las misiones, para la estructura social y económica que apenas comenzaba a tomar forma.

Creo que la expulsión de los jesuitas —aunque comprensible desde la perspectiva del poder central borbónico— fue, en muchos sentidos, una pérdida histórica para la península de California: se sacrificó un incipiente proceso de colonización con sentido comunitario, con presencia de largo plazo, con compromisos religiosos, sociales, económicos, por una reforma que priorizó eficiencia, control estatal y uniformidad sobre los territorios del imperio. Fue una paradoja: la corona española necesitó de los jesuitas para colonizar, explotó su capacidad misionera y su red global; luego, cuando esos mismos jesuitas se volvieron incómodos, los desechó.

Hoy, quienes habitamos Baja California Sur convivimos con ese legado de templos misionales, ruinas de misiones, nombres de lugares y estructuras históricas. Reconocer la labor de los jesuitas no significa celebrarlos sin crítica. Significa entender que parte de nuestra identidad territorial, religiosa, social y arquitectónica se forjó bajo su impulso. Pero también significa asumir que esa colonización tuvo costos enormes —para los pueblos originarios, para la naturaleza, para la autonomía cultural.

Y finalmente, reflexionar que la expulsión de 1767 no fue solo un ajuste administrativo, sino un quiebre dramático: puso fin a un modelo, abrió paso a otro bajo nuevos parámetros, y resignificó nuestra historia. La memoria de la Baja California debe asumir esa ambivalencia: sin los jesuitas quizá no existiríamos como hoy; con su marcha, se interrumpió un proceso que bien pudo haber tenido un rumbo muy distinto.

Referencias bibliográficas

  • Mathes, W. M. (1970). Las misiones de Baja California, 1683–1849. Editorial Jus.
  • Venegas, M. (1943). Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente. Academia Mexicana de la Historia.

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La huella de Hernán Cortés en la exploración y arribo a la península de California

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Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de la exploración de la península de Baja California y del golfo que hoy denominamos “Golfo de California” o “Mar de Cortés” está íntimamente ligada a las ambiciones, decisiones y fracasos del conquistador Hernán Cortés. Más allá de su papel —mucho más conocido— en la caída del imperio mexica, Cortés desempeñó un rol fundamental en la expansión hacia el océano Pacífico y en los primeros contactos europeos con lo que hoy es nuestra península sudcaliforniana. Su influencia —mezcla de determinación, visión imperialista y pragmatismo económico— marcó el rumbo de una empresa colonial que, aunque efímera en su intento de poblar, no pudo borrar su significado simbólico: la “descubierta” (o “recuperación”, según perspectiva) de California.

Tras la conquista del ámbito mexica y la consolidación de su poder en la Nueva España, Cortés fijó su mirada al Oeste. El descubrimiento del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa en 1513 despertó nuevas esperanzas en los conquistadores de hallar riquezas, rutas hacia Asia o civilizaciones desconocidas. Cortés, con el firme respaldo de una capitulación real, recibió de la corona el mandato de explorar y “descubrir” nuevos territorios en la llamada “Mar del Sur”. En ese contexto, entre 1532 y 1534 patrocinó diversas expediciones marítimas —como las de Diego Hurtado de Mendoza y Hernando de Grijalva— que, recolectando relatos de marineros y nativos, fueron tanteando el litoral pacífico del actual México.

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Estas primeras exploraciones, aunque plagadas de naufragios, desapariciones y fracasos materiales, fueron decisivas: levantaron un sistema de conocimiento geográfico y marítimo que habilitó la ambiciosa empresa siguiente: enviar a Hernán Cortés mismo hacia lo desconocido. En abril de 1535, Cortés tomó personalmente la decisión de encabezar una expedición con tres barcos y un contingente de soldados, jinetes y colonos con la intención de poblar lo que hoy es Baja California. El 3 de mayo de 1535 desembarcaron en una bahía cercana al puerto que hoy se llama La Paz, Baja California Sur; Cortés bautizó ese lugar como “bahía de la Santa Cruz”, sin tener la claridad de si esta tierra era una península o una isla.

El nombre “California” —que con el tiempo sería patrimonio toponímico de una enorme región— empieza a usarse en ese contexto, posiblemente influido por las leyendas y la topografía insular que proyectaba la imaginación de los europeos.  Pero el proyecto de colonización pronto se convirtió en un desastre: las tierras resultaron áridas, el clima duro, los suministros insuficientes y, sobre todo, la resistencia de los pueblos nativos (como los guaycuras y pericúes) obstaculizó cualquier intento de asentar una colonia estable. Para finales de 1535 y comienzos de 1536, más de setenta de sus hombres habían muerto por hambre, escaramuzas o enfermedad. Ante ese desastre, tras algunos intentos fallidos de proveer víveres desde la Nueva España, la corona ordenó abortar la empresa. La naciente colonia se abandonó, y los supervivientes —o quienes quedaban— fueron repatriados.

Aunque fracasó como asentamiento, ese episodio fundacional dejó una marca indeleble: ese primer contacto formal con la península, el inicio del nombre “California” en documentos europeos, y el antecedente de posteriores exploraciones que, décadas más tarde, permitirían cartografiarla con más detalle. El saldo del esfuerzo de Cortés en el Pacífico no debe medirse solo en colonias permanentes.

Su verdadero legado está en tres dimensiones fundamentales:

Geográfico: Al encabezar personalmente la expedición, Cortés vinculó la península de Baja California a la geografía imperial española. Su bautizo de “Santa Cruz” y la concepción de “isla de California” establecieron el marco simbólico y cartográfico para los europeos. Más aun, al organizar viajes posteriores (como el de Francisco de Ulloa en 1539), se sentaron las bases para explorar todo el golfo y, eventualmente, reconocer la península como tal.

Política/colonial: El proyecto de poblar la tierra formaba parte de un propósito mayor: afirmar la soberanía española en el Pacífico, inscribir nuevas tierras bajo la corona, y preparar rutas que, acaso, condujeran hacia Asia o hacia otras riquezas. Esa visión expansionista era típica del periodo, pero en este caso, Cortés fue pionero entre los conquistadores en mirar hacia el Pacífico.

Simbólica y narrativa: Aunque la colonización falló, la “descubierta de California” se convirtió en un mito fundador —una promesa incumplida que, sin embargo, alimentó sueños de riquezas, de reinos desconocidos, de perlas y metales preciosos. Esa aspiración motivó exploraciones posteriores y dejó una huella en cartas, crónicas y mapas que —antes de nada— fijaron a Baja California en la imaginación colonial europea.

Por eso, aunque no veamos hoy vestigios vivos de la colonia de 1535-1536, esa gesta pionera representó el inicio formal de la presencia europea en la península.

Desde nuestra perspectiva actual, es muy fácil ver en el intento de Hernán Cortés un fracaso: pobres resultados, colonia abandonada, sufrimiento para quienes quedaron. Sin embargo, reducir todo a eso sería ignorar su enorme trascendencia simbólica y estratégica. El episodio de 1535-1536 no fue una mera aventura fallida, sino un pivote histórico que abrió un nuevo rumbo para la Nueva España —hacia el océano, hacia territorios que pocos europeos conocían y hacia una geografía que hoy forma parte esencial de México y Estados Unidos. Cortés, con sus contradicciones —soldado, conquistador, colonizador, buscador de fortuna—, adoptó una visión expansiva: no se contentó con dominar el centro de México; proyectó su ambición hacia lo desconocido. Ese impulso expansivo fue clave para que la península saliera del anonimato, apareciera en los mapas europeos y comenzara su lento proceso de integración al mundo colonial.

Es cierto que sus fines fueron personales, de lucro, de prestigio, de ambición imperial. Pero ese afán —tan criticable desde hoy— resultó, paradójicamente, en un acto fundacional: la península de Baja California fue presentada al mundo occidental como espacio de conquista, exploración y proyecto europeo. En ese sentido, el “fracaso” material contrasta con el “éxito” simbólico y geográfico. Su llegada marcó el visceral comienzo de lo que siglos después daría forma a identidades, territorios, ciudades, incluso la riqueza cultural y biológica propia de ese rincón del continente

Hoy, viviendo en Baja California Sur, es imposible soslayar el legado contradictorio de Hernán Cortés. Sus motivaciones fueron coloniales, su trato a los pueblos originarios violento, sus expectativas de oro y riquezas muchas veces ingobernables. Pero también puso en movimiento engranajes históricos: exploraciones, mapas, nombres, rutas. La península, la Mar de Cortés, las costas de California, son parte de una historia larga, compleja, con heridas, con olvidos, pero también con memoria. Reconocer la influencia de Cortés en ese proceso no significa celebrarlo sin crítica. Significa entender que parte de nuestra identidad territorial y cartográfica comenzó con ese primer arribo de 1535, con esa “Santa Cruz” nombrada por un conquistador.

Como comunidad del Pacífico Mexicano, conviene recordar: la conquista no fue el final, sino el principio —de contextos coloniales, de mestizajes, de resistencias; de una relación con el territorio que continúa definiéndonos. Y en ese principio, la huella de Hernán Cortés es indeleble: difícil, polémica, fundacional.

Referencias bibliográficas

  • Duverger, C. (2015). Hernán Cortés. Fondo de Cultura Económica.
  • León-Portilla, M. (2004). Cartas de relación de Hernán Cortés. Editorial Porrúa.
  • Mathes, W. M. (1973). Cortés and the Baja California explorations, 1533–1535. Dawson’s Book Shop.

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Francisco María Píccolo, el misionero que forjó el camino de la fe en Baja California

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En los albores del siglo XVIII, cuando la península de Baja California era un territorio inhóspito y desconocido para los europeos, un jesuita italiano de nombre Francisco María Píccolo se convirtió en uno de los pilares de la evangelización y exploración de esta región. Nacido en Palermo, Italia, el 25 de marzo de 1654, Píccolo llegó a Nueva España en 1684 y dedicó más de tres décadas de su vida a llevar la fe católica a los confines más remotos de la Nueva España. Su labor no solo dejó una huella imborrable en la historia de Baja California, sino que también sentó las bases para la consolidación de las misiones jesuitas en la región.

Píccolo llegó a la península de Baja California el 23 de noviembre de 1697, convirtiéndose en el segundo misionero jesuita en la región, sólo precedido por el venerable Juan María de Salvatierra. Desde su llegada, se enfrentó a un territorio hostil y desconocido, pero su determinación y profunda fe lo impulsaron a explorar y establecer misiones en lugares donde nadie más se había atrevido a llegar.

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Uno de sus primeros logros fue la fundación de la misión de San Francisco Javier en 1699, en un paraje llamado Viggé por los indígenas cochimíes. Esta misión, ubicada en lo alto de la sierra, se convirtió en un punto clave para la evangelización y el contacto con las comunidades nativas. Píccolo no sólo bautizó a numerosos niños, sino que también inició la instrucción religiosa de los adultos, ganándose la confianza de los indígenas gracias a su respeto por sus costumbres y su habilidad para comunicarse en sus lenguas.

Explorador y respetuoso de la cultura nativa

Píccolo no se limitó a la labor evangelizadora; también fue un incansable explorador. En 1699, emprendió una expedición hacia la costa occidental de la península, acompañado por el capitán del presidio de Loreto y un grupo de soldados e indígenas. Este viaje, aunque lleno de dificultades, le permitió establecer relaciones amistosas con las comunidades nativas y recopilar información valiosa sobre la geografía y los recursos de la región.

Durante sus exploraciones, Píccolo demostró una actitud de respeto y comprensión hacia los indígenas, algo poco común en su época. En una ocasión, al encontrarse con mujeres que pedían bautizar a sus hijos, pero necesitaban la autorización de sus maridos, el sacerdote no se disgustó, sino que elogió su actitud y les regaló maíz y carne. Este trato humanitario facilitó la aceptación de las prédicas religiosas entre los nativos y sentó las bases para una relación de confianza entre europeos e indígenas.

Además de su labor evangelizadora y de exploración, Píccolo desempeñó un papel crucial como gestor de recursos para las misiones. En 1701, viajó a la Ciudad de México para solicitar apoyo económico y provisiones, ya que las misiones enfrentaban una grave escasez de alimentos debido a una sequía que afectó a toda la Nueva España. Gracias a su gestión, se enviaron provisiones a Baja California, aunque estas resultaron insuficientes para cubrir las necesidades de la región.

También fue un defensor de los derechos de los indígenas. En 1707, se negó a obedecer una orden del Virrey que exigía enseñar a los nativos sólo en español, argumentando que era necesario respetar sus lenguas y culturas. Esta postura, avanzada para su época, refleja su compromiso con las comunidades que servía.

A lo largo de su vida, Píccolo participó directa o indirectamente en la fundación de numerosas misiones, entre ellas San Juan Bautista Londó y La Purísima Concepción. Su labor no se limitó a la evangelización; también contribuyó al conocimiento de la geografía, flora y fauna de Baja California, como lo demuestra su informe de 1702, en el que describe por primera vez al borrego cimarrón de la región.

En sus últimos años, Píccolo continuó trabajando incansablemente, a pesar de su avanzada edad y problemas de salud. El 22 de febrero de 1729, a los 79 años, falleció en Loreto, convirtiéndose en el primer jesuita en morir en California. Su legado perdura no sólo en las misiones que fundó, sino también en el espíritu de respeto y comprensión que imprimió en su labor misionera.

A pesar de su enorme contribución, la figura de Francisco María Píccolo ha sido poco reconocida en la historia de Baja California. Su labor como explorador, evangelizador y defensor de los derechos indígenas merece ser rescatada del olvido. Píccolo no sólo fue un misionero; fue un hombre que, con fe y determinación, abrió caminos en un territorio desconocido y forjó relaciones de respeto y confianza con las comunidades nativas. Su vida es un testimonio de cómo la fe y el humanismo pueden transformar el mundo, incluso en los lugares más remotos y desafiantes.

Referencia bibliográfica:

Ponce Aguilar, Antonio (2016). Misioneros jesuitas en Baja California, 1683-1768.

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Convertir la península de Baja California en una isla: el sueño de Modesto Rolland

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). Nuestra maravillosa península de Baja California, un paraíso de flora y fauna, siempre ha sido codiciada por los estadounidenses y su política expansionista. Fuertes embates ha tenido que sortear la política mexicana para evitar que este brazo de nuestra patria caiga en manos de esa nación. Uno de los nobles hijos de esta tierra, el Ing. Modesto C. Rolland Mejía en su afán de evitar una factible anexión de nuestra península propuso una interesante solución que, a su ver, atenuaría el conflicto inminente que hasta el día de hoy se cierne sobre nuestra amada tierra.

En primer lugar, nos ocuparemos de hacer una muy breve semblanza de quién fue Modesto Rolland, para comprender su deseo de proteger y apoyar la causa de los pobladores de la península. Rolland nació en el Puerto de La Paz, territorio sur de la Baja California. En el año de 1881, muy pequeño tuvo la oportunidad de conocer este lugar, así como el centro minero de Santa Rosalía, donde se trasladó junto con su familia por motivo de trabajo de su padre. Al poco tiempo es enviado a Sinaloa donde estudió la carrera de profesor de instrucción primaria. Posteriormente, viajó a la Ciudad de México donde concluyó sus estudios de Ingeniero Civil, carrera que fue una de las grandes pasiones de su vida.

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Durante el movimiento de la Revolución Mexicana se integró a las filas maderistas como uno de los grandes propagadores de los ideales del movimiento. En los inicios de su vida profesional participó en la construcción del acueducto Xochimilco-México, así como dando cátedra en escuelas de formación de ingenieros. Luego del asesinato de Madero y Pino Suárez, viajó a Estados Unidos donde se unió al gobierno carrancista como coordinador de prensa y propagador de las ideas del movimiento constitucionalista en aquel país. Durante esos años, también participó en la dirección de los Ferrocarriles Nacionales y el gran movimiento agrario.

Fue presidente de la Comisión Nacional Agraria y de la Comisión de Puertos Libres Mexicanos donde desempeñó una carrera aliviando en gran medida los graves rezagos que había en estas áreas. Al mismo tiempo participó en la construcción de obras colosales como el estadio Xalapa y la Ciudad de los Deportes —en su primera etapa. Fue el precursor del cemento en México, escribió varios libros donde vertió sus amplios conocimientos surgidos de sus estudios acuciosos y su experiencia en obras construidas. Falleció en la ciudad de Córdova, Veracruz, el 17 de mayo de 1965, a la edad de 84 años.

El año de 1916, aproximadamente en la parte media del conflicto armado denominado como la Revolución Mexicana, el país se encontraba envuelto en un gran desorden propiciado por las facciones más numerosas de villistas y zapatistas, los cuales se negaban a reconocer al gobierno carrancista “de facto”. Fue en este año que los hombres de Francisco Villa realizaron una incursión a Estados Unidos provocando una serie de desmanes que nos tuvieron al borde de una guerra con este país. en este contexto, Modesto C. Rolland fue nombrado como vicepresidente de la Comisión de Paz Interamericana que tenía como objetivo buscar una solución pacífica al conflicto ya mencionado. Durante las negociaciones, pudo darse cuenta de la lamentable tendencia de muchos de los altos políticos y personas de gran influencia de aquel país por apropiarse de territorio mexicano a través de la invasión armada. Uno de estos objetivos era la península de Baja California.

Tal vez motivado por lo anterior, empezó a fraguar un plan que ayudaría, según su visión, a solucionar de forma tajante este sueño estadounidenses. En un ensayo escrito en este año, titulado Problema de la Baja California, reiteró muchos de los puntos que ya venía sosteniendo desde el año de 1911. Expuso la política imperialista que abanderaba los Estados Unidos con los países de Latinoamérica y hace un análisis de los motivos de la invasión de este país a México durante la guerra de 1846.

Su experiencia de haber vivido por varios años en Estados Unidos y estar muy de cerca con personas influyentes de la vida en aquella nación, le dejaron claro el deseo imperante por anexarse la península de Baja California ante la “mayor conexión de ésta con la California estadounidense que con el México continental”. Lamentablemente, el centralismo recalcitrante en la República Mexicana permitía que hubiera una comunicación “peligrosamente débil” entre esta parte de México y la capital del país.

Es aquí donde plantea una solución bastante ingeniosa, y por decir lo menos, utópica, la cual se plantea en el libro Apóstol del progreso Modesto C. Rolland, el progresismo global y la ingeniería en el méxico posrevolucionario de la autoría de J. Justin Castro: Para contrarrestar la largamente-presente amenaza de E.U., Rolland ofreció una solución singular: el gobierno carrancista debía construir un canal en el norte de Baja California, desde la desembocadura del Río Colorado en el Mar de Cortés hasta el Pacífico cerca de Tijuana, convirtiendo a Baja California en una isla (aconsejó se formara una comisión para estudiarlo pues no encontró planos suficientemente detallados).

La justificación de esta acción así como los beneficios inminentes los plantea así: además de crear un nuevo límite físico, la vía acuática estimularía el desarrollo local en la región, conectando mejor el continente mexicano con Baja California y el comercio del Pacífico. Rolland específicamente indicaba que los estados de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua verían una ganancia económica significativa al facilitar su acceso al Pacífico y a los mercados de Mexicali, Tijuana y el oeste de Estados Unidos.

Para solucionar el grave obstáculo que representaría la forma en la que se financiaría esta obra, Rolland ofrece esta solución: estos estados mexicanos [Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua], según Rolland, deberían recaudar dinero a través de préstamos, que en combinación con las ventas de bonos nacionales financiarían el proyecto.

A pesar de haber salido desde muy pequeño de su tierra natal, Modesto Rolland siempre estuvo en contacto con la gente de Baja California, así como con sus graves problemas. Realizó varios viajes de estudio y reconocimiento de estas tierras y mares por lo que no le eran desconocidas todas las bondades que tenía y que puso de manifiesto en este documento para ayudar a promover la realización de su plan: para endulzar el concepto, Rolland proporcionó una descripción de los recursos agrícolas, marinos y minerales de la península, especialmente en los valles de México que bordean Estados Unidos, que producen una amplia variedad de frutas y algodón. También promovía la explotación de la orchilla, usada para hacer un tinte púrpura, y el guano de excrementos de aves, usado para hacer fertilizantes.

A pesar de que sus ideas atrajeron a una buena cantidad de simpatizantes en el bando constitucionalista no fueron suficientes como para impulsar este proyecto más allá de la mesa de trabajo de Rolland. El país se encontraba sumido en una guerra civil, con graves carencias en la Hacienda y en muchas otras partes de un gobierno que aún no terminaba de concretarse. Debido a todo lo anterior, su proyecto sólo quedó en eso, pero sus llamados para que el gobierno central volteara hacia esta parte de México no fueron olvidados y de forma paulatina e inexorable serían escuchados.

Bibliografía:

Apóstol del progreso Modesto C. Rolland, el progresismo global y la ingeniería en el méxico posrevolucionario, de J. Justin Castro.

Problema de la Baja California, de Modesto c. Rolland Mejía.

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La Concesión Leese. ¿Una traición de Benito Juárez a Baja California?

Benito Juárez y Jacob Primer Leese. FOTOS: Internet.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Sabido es por todos aquellos que hemos dedicado tiempo para analizar la historia de nuestra California Original, que el gobierno estadounidense, desde que se constituyó en Estado, ha mantenido una actitud colonizadora y expansionista, buscando de todas las formas posibles, desde la compra hasta la infame invasión filibustera, agrandar su territorio. México, por su colindancia con esta nación ha sufrido múltiples embates, en todos ellos hemos perdido más de la mitad del territorio que teníamos desde 1821 hasta 1848. La península de Baja California por su ubicación estratégica en el océano pacífico, ha sido codiciada por los estadounidenses, los cuales buscaban quedarse con ella en las negociaciones del Tratado Guadalupe-Hidalgo, así mismo se tienen documentos en el Archivo General de la Nación —por lo menos, más de 20— en donde solicitaron se les vendiera. En todas esas ocasiones fueron firmemente rechazados.

Sin embargo, existe un impase dentro de la historia de la California del Sur, en donde algunos historiadores sostienen que prácticamente la península fue “vendida”, por el entonces gobierno de don Benito Juárez a un empresario  estadounidense. Estamos hablando de la famosa Concesión Leese. A continuación vamos a describir de forma clara y concreta lo que ocurrió en ese tiempo y cómo se resolvió este controvertido asunto.

Corría el año de 1864. México se encontraba sumergido en una nueva guerra invasora por parte del imperio francés al mando de Maximiliano de Habsburgo. Desde el año de 1862, habían llegado miles de soldados enviados por Francia con el pretexto de cobrar al gobierno mexicano un adeudo que se tenía, sin embargo detrás de todo ello estaban por un lado los altos jerarcas de la iglesia mexicana sumamente disgustados por haber perdido sus propiedades y privilegios con la promulgación de las Leyes de Reforma; y por otro lado, los deseos expansionistas de Napoleón III el cual estaba deseoso de ampliar sus dominios hasta América y construir un imperio en México.

Es así como el legítimo gobierno de la República Mexicana, se encontraba sin dinero para sostener al ejército nacional en la lucha por expulsar de nuestras tierras a estos invasores, sin capacidad para comprar armas y municiones. En esas horas desesperadas para el gobierno juarista surge la propuesta, encabezada por el comerciante Jacob P. Leese para colonizar los terrenos baldíos de la Baja California en un área que abarcaba de los 24 hasta los 31 grados lat. Norte. A cambio de esta colonización, el Sr. Leese se comprometía al pago de 100 mil dólares. Algunas de las cláusulas del mencionado contrato eran las siguientes:

7ma. Dentro del término de 5 años, contados desde el día de aprobación de este proyecto de colonización, los empresarios introducirán en el territorio doscientas familias de colonos cuando menos…..

8va. Las salinas Ojo de Liebre y San Quintín, que al presente son rentadas por el gobierno, cuando el contrato presente haya expirado, serán rentadas a dicha colonia por el término de 20 años, con la condición de que serán pagados al gobierno 20 reales por tonelada de sal que sea exportada…..

10mo. Los colonos serán independientes en su administración municipal, en virtud de lo cual se les otorgará el poder para poder organizar libremente todas las instituciones que consideren adecuadas…..

El acuerdo fue firmado y durante los siguientes 7 años Jacob P. Leese y sus socios trataron de cumplir de formas chapuceras con el mismo. Difundieron en las principales ciudades de Estados Unidos carteles donde prometían la entrega inmediata a cualquiera que deseara dirigirse hacia la Baja California, de cientos de hectáreas de tierra, la cual era tan fértil que producía pasto el cual crecía tanto que podría sobrepasar la estatura de un caballo. Mencionaba que había una gran cantidad de caudalosos ríos los cuales bañaban las tierras y producían en cantidad sin necesidad de cuidarlas. Obviamente, cuando los pocos colonos estadounidenses engatusados llegaban a estas tierras de la California y se daban cuenta del engaño, exigían de inmediato ser devueltos a sus lugares de origen. Muchos de ellos fueron abandonados a su suerte en los Llanos de la Magdalena y de no ser por el socorro de los sudcalifornianos, hubieran muerto. Durante este tiempo, Leese descubre que en los llanos de la Magdalena o de Hiray crecía una gran cantidad de una planta tintórea de gran demanda en ese entonces en el mercado londinense, la orchilla, y decide dar un giro a sus propósitos empezando su explotación industrial.

Una vez restaurada la República, y ya estando Benito Juárez en posibilidad de atender a todos los asuntos que le demandaban desde todos los rincones del país, realiza una evaluación de la concesión que se hizo con el Sr. Leese, y al ver que éste no había cumplido con lo prometido, se rescinde el contrato de forma inmediata. Sin embargo, el chapucero Sr. Leese no queda conforme con esta decisión y presiona a través del gobierno de su país para ser “compensado” por los daños que se le ocasionaron por la cancelación de la Concesión; no queriendo entrar en una nueva confrontación bélica con los Estados Unidos, Juárez le ofrece un contrato para que explotara la orchilla.

Durante los siguientes 6 años, Leese y sus socios trabajaron estos productos en los llanos de Magdalena o Hiray. Al vencer este contrato, en el año de 1878, y ya siendo presidente de la República el general Porfirio Díaz, los terrenos orchilleros pasaron a poder del inglés Josep P. Hale.

Para efectos prácticos, la famosa Concesión Leese jamás puso en riesgo la soberanía mexicana ni tampoco estipulaba la “venta” de la península de Baja California. Simplemente era una forma en la cual el gobierno encabezado por Benito Juárez, se hacía de recursos para afrontar al peligro real que se cernía en ese entonces sobre nuestro país, la ocupación francesa. Incluso puedo apostar que Benito Juárez tenía conocimiento de los grandes retos a los que se enfrentaría Leese y sus socios al querer colonizar a la antigua California: la escasez de agua para fundar y sostener nuevos poblados, las dificultades para sembrar y hacer producir esos terrenos que aunque fértiles, carentes de agua, el clima extremoso. En fin, todas aquellas circunstancias con las que lucharan los jesuitas y los primeros colonos para continuar con la vida en esta región de México, y a la que los estadounidenses no estaban acostumbrados.

La California del Sur, esta tierra de ensueños y grandes retos, ha sido codiciada por un sinnúmero de naciones, sin embargo, pésele a quien le pese, ha sido, es y seguirá siendo orgullosamente mexicana.