Entre la expulsión y la frontera: Aniversario de cuando los franciscanos heredaron las misiones de California

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Loreto, 1768. El campanario de la Misión de Nuestra Señora de Loreto —cabeza del sistema misional jesuita en la península— marcaba el ritmo de una comunidad golpeada por la incertidumbre. Un año antes, por orden de Carlos III, la Compañía de Jesús había sido expulsada de todos los dominios españoles. En su lugar, un grupo de frailes franciscanos, encabezados por fray Junípero Serra, desembarcó para hacerse cargo de un entramado de misiones que durante siete décadas había articulado la vida religiosa, económica y política de la Baja California. La escena fue el punto de partida de una reconfiguración profunda del norte novohispano: un cambio de órdenes religiosas que respondió a las reformas borbónicas, abrió la puerta a la expansión hacia la Alta California y dejó huellas duraderas en las poblaciones indígenas de la península.

La expulsión de los jesuitas en 1767 no fue un hecho aislado. Formó parte de una política más amplia de centralización y control impulsada por la monarquía borbónica. La Real Pragmática Sanción ordenó la salida inmediata de la Compañía de Jesús de los territorios españoles y la incautación de sus bienes. La Biblioteca Nacional de España conserva documentación oficial sobre las instrucciones giradas para ejecutar la medida y ocupar las “temporalidades” jesuitas. En Nueva España, la orden se ejecutó con rapidez. Las misiones de la península de California —fundadas desde 1697— quedaron súbitamente sin sus administradores. El vacío preocupaba a la Corona por razones estratégicas: la península era un enclave clave frente a las ambiciones rusas e inglesas en el Pacífico norte.

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Investigaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM subrayan que el arribo de los franciscanos en 1768 debe entenderse dentro del proyecto reformista y militarizador encabezado por el visitador José de Gálvez, enviado por La Corona para reorganizar la región y preparar la expansión hacia el norte. No se trataba sólo de evangelizar, sino de consolidar la soberanía española. Fray Junípero Serra y un contingente de franciscanos del Colegio de San Fernando de México llegaron a Loreto en abril de 1768. Recibieron un sistema compuesto por quince misiones dispersas en un territorio árido, con poblaciones indígenas diezmadas por epidemias y una economía frágil basada en la agricultura de subsistencia y el ganado.

Un estudio publicado en Historia Mexicana, de El Colegio de México, analiza los informes que los propios franciscanos elaboraron tras asumir el control. En ellos describen las condiciones materiales de las misiones, la disminución demográfica y las tensiones heredadas. Estos documentos, más allá de su tono administrativo, revelan la magnitud del reto: sostener comunidades aisladas en un entorno hostil, con recursos limitados y bajo la supervisión directa del visitador Gálvez. Los franciscanos emprendieron una revisión de inventarios, reorganizaron la producción agrícola y reforzaron la disciplina religiosa. La prioridad era garantizar la continuidad del culto y evitar el colapso de los asentamientos indígenas congregados en torno a las misiones.

Sin embargo, el contexto había cambiado. A diferencia del periodo jesuita, los franciscanos operaron bajo una vigilancia más estrecha del poder civil. Gálvez impulsó reformas económicas y administrativas que limitaron la autonomía misional. La tensión entre la autoridad eclesiástica y la civil fue una constante en estos años. Mientras se consolidaba el relevo en la península, la mirada de La Corona se dirigía hacia la Alta California. El temor a la presencia rusa en el Pacífico Norte aceleró los planes de ocupación. Desde Loreto se organizaron las expediciones terrestres y marítimas que, en 1769, fundarían las primeras misiones y presidios en el actual Estado de California, Estados Unidos.

El National Park Service de Estados Unidos documenta que la Misión de San Diego de Alcalá fue establecida en 1769 por fray Junípero Serra y el gobernador Gaspar de Portolá. Este hecho marcó el inicio del sistema misional en la Alta California, que en las décadas siguientes se expandiría hacia el Norte. La empresa no habría sido posible sin la experiencia acumulada en Baja California. Desde la península se reclutaron indígenas neófitos, se trasladaron semillas, ganado y herramientas, y se diseñó la logística de las expediciones. La misión de San Fernando Velicatá, fundada en 1769 en el norte de la península, funcionó como punto de enlace entre ambas Californias. Así, la presencia franciscana en Baja fue breve pero decisiva: sirvió de puente entre el legado jesuita y la expansión hacia territorios que hoy forman parte de Estados Unidos.

Cualquier balance del periodo debe considerar el impacto en los pueblos originarios: cochimíes, guaycuras y pericúes, entre otros. Desde el siglo XVII, las misiones habían transformado sus formas de vida, concentrándolos en asentamientos permanentes y sometiéndolos a un régimen de trabajo agrícola y catequesis. Los informes franciscanos citados por El Colegio de México registran una población en descenso y múltiples dificultades para sostener las comunidades. Las epidemias, la movilidad forzada y los cambios en la dieta contribuyeron a la crisis demográfica.

Si bien los franciscanos mantuvieron el modelo misional heredado, el contexto de mayor control civil alteró el equilibrio previo. Las reformas borbónicas buscaban hacer más productivas las misiones y reducir su dependencia de subsidios. Esto incrementó la presión sobre los recursos locales y, en algunos casos, sobre la mano de obra indígena. La historiografía contemporánea coincide en que el sistema misional fue un instrumento de colonización que implicó tanto procesos de evangelización como de subordinación cultural. La etapa franciscana en Baja California, aunque corta, formó parte de esa dinámica estructural.

La permanencia franciscana en la península fue transitoria. En 1772-1773, la Orden de Predicadores (dominicos) asumió el control de las misiones bajacalifornianas, mientras los franciscanos concentraban sus esfuerzos en la Alta California. Estudios académicos, como los disponibles en repositorios universitarios de Baja California Sur, documentan este proceso de transferencia y la posterior delimitación de zonas de acción entre ambas órdenes. La línea divisoria se estableció en el Norte de la península, consolidando a San Fernando Velicatá como frontera simbólica entre las jurisdicciones. Este reordenamiento respondió tanto a disputas internas entre órdenes como a la estrategia de expansión hacia el Norte. Con el relevo, los franciscanos cerraron un capítulo de apenas cinco años en Baja California. Sin embargo, su paso dejó transformaciones: fortalecieron la infraestructura misional, articularon la logística de las expediciones y redefinieron la relación entre Iglesia y Estado en la región.

Hoy, las antiguas misiones de Baja California son patrimonio histórico y objeto de investigación académica. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) resguarda y difunde la memoria de estos espacios, como el Museo de las Misiones Jesuíticas en Loreto. Su conservación recuerda que la historia de la península no puede entenderse sin el ciclo jesuita, el interludio franciscano y la posterior etapa dominica. La figura de Junípero Serra, canonizado en 2015, continúa generando debate. Para algunos sectores, simboliza la expansión del cristianismo y la fundación de ciudades; para otros, representa un sistema que contribuyó a la desestructuración de pueblos indígenas. El análisis histórico exige situar su actuación —y la de los franciscanos en Baja California— en el marco de las políticas imperiales del siglo XVIII.

La llegada de los franciscanos a Baja California fue consecuencia directa de una decisión política tomada en Madrid. La expulsión de los jesuitas respondió al deseo de La Corona de afirmar su autoridad y limitar el poder de una orden percibida como demasiado autónoma. En la península, esa decisión se tradujo en una transición acelerada que puso a prueba la capacidad de adaptación de los nuevos misioneros. Las consecuencias fueron múltiples. En el corto plazo, se evitó el abandono de las misiones y se garantizó la continuidad institucional. En el mediano plazo, la reorganización permitió lanzar la colonización de la Alta California, extendiendo la presencia española hasta San Francisco. En el largo plazo, el sistema misional configuró patrones de poblamiento, rutas comerciales y estructuras sociales que influyeron en la formación de identidades regionales tanto en México como en Estados Unidos.

Más que un episodio aislado, el arribo franciscano a Baja California fue un eslabón en la cadena de transformaciones que marcaron el siglo XVIII novohispano. Fue resultado de las reformas borbónicas, motor de la expansión septentrional y parte de un proceso de colonización que redefinió territorios y culturas. En las paredes de adobe de Loreto, en las ruinas de San Fernando Velicatá y en las misiones que hoy se alzan en California, persiste la huella de aquellos frailes que heredaron una empresa en crisis y la convirtieron en plataforma de expansión.

Comprender su presencia en Baja California implica mirar más allá del relevo religioso: exige analizar las tensiones entre Iglesia y Estado, la estrategia geopolítica de la monarquía y el profundo impacto sobre las comunidades indígenas. Sólo así es posible dimensionar el significado histórico de aquellos años en que los franciscanos, llegados tras la expulsión jesuita, reescribieron el destino de las Californias.

Referencias:

  • Engelhardt, Z. (1908–1915). The missions and missionaries of California (Vol. 1: Lower California). James H. Barry Co.
  • Burckhalter, D., Sedgwick, M., & Fontana, B. L. (2013). Baja California Missions: In the Footsteps of the Padres. University of Arizona Press.
  • Mathes, W. M. (1977). Las misiones de Baja California, 1683–1849. Aristos.
  • Aschmann, H. (1959). The Central Desert of Baja California: Demography and Ecology. University of California Press.

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Luz en la frontera: El camino de Kino entre la ciencia y la fe

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Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Célebre sacerdote jesuita, nació el 10 de agosto de 1645 en Segno, una pequeña localidad situada en las montañas del Tirol italiano, en lo que actualmente forma parte del municipio de Predaia. Desde temprana edad, mostró una inteligencia excepcional, lo que llevó a sus padres a enviarlo al colegio de los jesuitas en Trento para recibir formación en letras y ciencias. Posteriormente, continuó sus estudios en el colegio jesuita de Hall, cerca de Innsbruck, Austria, donde se especializó en matemáticas y ciencias. A la edad de 20 años, ingresó a la Compañía de Jesús y emprendió el riguroso camino de formación de la orden.

Tras finalizar sus estudios teológicos, el duque de Baviera le ofreció una cátedra de ciencias y matemáticas en la Universidad de Ingolstadt, pero Kino tenía otros planes. Desde años antes, había solicitado ser enviado a China como misionero. Sin embargo, sólo había dos misiones disponibles: una en Filipinas y otra en México. El destino de los misioneros se decidió por sorteo, y Kino fue asignado a la Nueva España.

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En junio de 1678, acompañado por otros dieciocho jesuitas, partió del puerto de Génova con rumbo a Cádiz, desde donde esperaban zarpar hacia América. No obstante, un error de navegación los llevó a la costa cercana a Ceuta, lo que les hizo perder la flota española que ya había partido. Obligado a esperar dos años en España, Kino aprovechó el tiempo para aprender español y continuar con su formación. Finalmente, en julio de 1680, embarcó en el galeón Nazareno, pero el navío encalló en un banco de arena y fue destruido. Sin desanimarse, el jesuita continuó sus estudios y escribió sobre el cometa de 1680, hasta que logró embarcar nuevamente y arribar a la Nueva España en 1681.

Durante su estancia en la Ciudad de México, escribió la Exposición astronómica, en la que debatió con el intelectual Carlos de Sigüenza y Góngora sobre la influencia de los cometas en los eventos humanos. El 17 de enero de 1683, partió del puerto de Chacala, en Nayarit, junto con el misionero Matías Goñi rumbo a la península de Baja California. La expedición fue encabezada por el almirante Isidro de Atondo y Antillón, y tenía como objetivo colonizar la inhóspita región. Sin embargo, las dificultades naturales y la resistencia de los indígenas obligaron a los colonizadores a retirarse a Sinaloa. Kino, profundamente afectado por la actitud hostil de los soldados hacia los nativos, se dedicó a estudiar sus lenguas y costumbres, buscando establecer relaciones pacíficas.

A finales de 1683, la expedición regresó a la península y estableció la primera misión en San Bruno, cerca de Loreto. Kino logró establecer contacto pacífico con los indígenas, bautizando a niños y moribundos y documentando sus lenguas. Sin embargo, una severa sequía en 1685 provocó la pérdida de las cosechas, lo que llevó al abandono de la misión.

El trabajo de Kino en la evangelización de California generó un interés creciente, lo que llevó al virrey Conde de Paredes a crear una junta para evaluar la colonización de la región. A pesar de que la Compañía de Jesús rechazó la administración de los bienes temporales de la misión, aceptó enviar sacerdotes para la labor espiritual. En 1687, Kino fue enviado a la Pimería Alta, en el actual Estado de Sonora, donde pasó el resto de su vida evangelizando y explorando.

En su misión en la Pimería Alta, Kino fundó numerosas misiones, incluyendo San Ignacio de Cabórica, San José de Imuris, Nuestra Señora del Pilar y Santiago de Cocóspera. También estableció la misión de Nuestra Señora de los Remedios, donde introdujo el cultivo de trigo y la ganadería, enseñando a los indígenas nuevas formas de sustento. Su labor enfrentó resistencia por parte de los hacendados españoles y de otros misioneros, quienes dudaban de la posibilidad de civilizar a los pimas. Sin embargo, el padre Juan María Salvatierra, enviado a inspeccionar su trabajo, le dio su apoyo y colaboró con él en la colonización de California.

Kino realizó numerosas expediciones a lo largo del Norte de México y el Suroeste de los actuales Estados Unidos, explorando la región del río Gila y el río Colorado. En 1694, se convirtió en el primer europeo en visitar las ruinas prehispánicas de la Casa Grande de Hohokam, describiéndola como una edificación de cuatro pisos con ventanas estratégicamente ubicadas para la observación astronómica. Durante este tiempo, también demostró que la Baja California no era una isla, como se creía en la época, sino una península conectada al continente.

A pesar de su trabajo incansable, Kino enfrentó constantes desafíos, incluidos levantamientos indígenas y la falta de apoyo de la administración española. En 1704, dirigió una expedición a la Pimería Alta para investigar las revueltas de los pimas. Durante esta misión, documentó en detalle la geografía, fauna, flora y cultura de los pueblos indígenas, dejando un invaluable registro etnográfico e histórico.

A lo largo de su vida, Kino fundó diversas misiones, como San Xavier del Bac y San Cayetano de Tumacácori en el actual Estado de Arizona. También mantuvo correspondencia con los superiores de la Compañía de Jesús, documentando su labor y solicitando recursos para sus misiones. En sus escritos, recopilados en Favores celestiales, narró sus aventuras y desafíos en la evangelización del Norte de la Nueva España.

El 15 de marzo de 1711, mientras participaba en la dedicación de una capilla en honor a San Francisco Javier en Magdalena de Kino, Sonora, Kino enfermó repentinamente y falleció esa misma noche. Fue sepultado en la iglesia local, y su legado perdura en la historia como un explorador, misionero y hombre de ciencia que dedicó su vida a la evangelización y al estudio de las tierras del Noroeste de México y el Suroeste de Estados Unidos. Su trabajo dejó una huella imborrable en la historia de la región y en la memoria de las comunidades indígenas que evangelizó.

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Luces en la oscuridad: La hazaña misionera del Padre Ugarte en la Antigua California

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Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS).  En el año 1701, en los confines de la California, el sacerdote Francisco María Píccolo, visionario fundador de la misión de San Francisco Javier, se vio obligado a abandonar su obra para cumplir con un encargo crucial: presentar un informe sobre el estado de las misiones en Guadalajara. En su ausencia, la responsabilidad recayó en los hombros de un recién llegado, el sacerdote guatemalteco Juan de Ugarte Vargas.

La historia de Ugarte se entrelaza con los desafíos épicos de la California del siglo XVIII. A su llegada, se enfrentó a un panorama desolador: la misión había sido abandonada por los indígenas tras un levantamiento sofocado por las fuerzas militares destacadas en la zona. Los californios, sumidos en el temor a represalias, se resistían a regresar.

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La primera tarea de Juan de Ugarte fue deshacerse de la presencia militar, y lo hizo con un ingenio que caracterizaría su misión: un ardid tan astuto como valiente. Sin embargo, el desafío más grande no provenía de los soldados, sino de los mismos indígenas a los que dedicaba su labor misionera.

El Padre no se limitaba a predicar con palabras, sino que vivía su fe con una entrega que recordaba el amor maternal. Brindaba sustento, abrigo y cuidados médicos, todo con la esperanza de llevar a aquellos corazones hacia la luz del cristianismo. Pero su tarea se veía obstaculizada por el arraigado deseo de libertad y la resistencia a abandonar sus costumbres ancestrales.

El conflicto alcanzó su punto álgido cuando los indígenas, al ver que el padre Ugarte se encontraba sin apoyo de los soldados, decidieron urdir un plan para asesinarlo. En una noche de oscuridad y peligro, un joven entró apresuradamente en su morada con la advertencia de un ataque inminente. Sin tiempo que perder, el padre se ocultó bajo la cama mientras los indígenas lanzaban flechas hacia el lecho, creyendo que él estaba allí. La violencia no cesó hasta que los agresores, al no hallar a su objetivo, desataron su furia contra una imagen de San Francisco Javier, a la que lanzaron numerosas flechas antes de huir.

Al amanecer, el padre Ugarte emergió de su escondite, encontrando la imagen destrozada pero su vida milagrosamente preservada. Convencido de la protección divina, interpretó el incidente como una señal de que su labor misionera aún no había llegado a su fin.

Los peligros no disminuyeron para el sacerdote, pero su carácter entregado y amoroso lo llevó a perseverar. Su misión en la California Antigua se convirtió en una epopeya de valentía y devoción, dejando un legado de fe y sacrificio que perdura hasta nuestros días.

La historia del padre Juan de Ugarte Vargas es una lección de coraje frente a la adversidad, un recordatorio de que el amor puede triunfar sobre el odio y la violencia. En un mundo plagado de desafíos, su ejemplo continúa inspirando a generaciones, recordándonos que, incluso en los momentos más oscuros, la luz de la esperanza nunca se apaga.

Referencia bibliográfica:

Vida y virtudes de el venerable y apostólico Padre Juan de Ugarte de la Compañía de Jesús. Misionero de las Californias y uno de sus primeros conquistadores. Reedición de Sealtiel Enciso Pérez.

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La construcción de la California Misionera: fantasía y realidad

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cuando la Compañía de Jesús, logró que se le concediera su ingreso a la California a través de la licencia expedida por el virrey José Sarmiento Valladares en el año de 1697, iniciaron con el reclutamiento de misioneros que quisiera venir a dar su vida en esta península a cambio de evangelizar a sus pobladores. Muchos de los que llegaron durante sus 70 años de estancia tenían diferentes visiones sobre esta tierra y su potencial, lo que nos hace pensar en que en algunas ocasiones construyeron una “geografía fantasiosa de la California”.

Juan María de Salvatierra, Píccolo y Ugarte, que fueron los primeros misioneros en arribar a la California, tuvieron los sabios consejos de Eusebio Francisco Kino, el cual por dos años había habitado esta península en la fracasada expedición del almirante Isidro Atondo y Antillón. Sus experiencias al recorrer cientos de leguas hacia diferentes puntos de la península les permitieron dibujar en su mente los paisajes que había descubierto, y al mismo tiempo, cuando llegaron a la California en 1697, y empezaron a  explorarla, a aceptar los escenarios que se les presentaban.

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Sin embargo, aún con lo anterior, muchos de los sacerdotes que llegaban a esta tierra, lo hacía “con un ánimo fresco, capaz de forjar espejismos en las mentes de aquellos pioneros” (La economía misional de Francisco Altable). Y es que la fe y la razón en muy pocas veces se ponen de acuerdo en la mente de los hombres. Todos estos sacerdotes habían sido forjados en colegios en donde se les hacía creer con todas sus fuerzas que el suplicio y el martirio por lograr prosperar la misión a la que se les enviara, era lo máximo a lo debían dirigir sus anhelos. Durante años escuchaban testimonios de misioneros que eran asesinados por grupos de indígenas, y que al regar con su sangre la tierra donde fueron enviados, era la antesala al ingreso a la gloria eterna. Su mente estaba entrenada para ver fértiles campos entre las espinas y cardones, y a saborear deliciosos platillos cuando apenas podían llevar a sus estómagos un pedazo de pan rancio y una sabandija cazada con miles de penurias.

Y es que sólo con tener personas con este tipo de entrenamiento, que fueran capaces de venir a pasar hambres, grandes sacrificios, soledades e incomprensión, sin recibir nada a cambio más que la promesa de una vida llena de felicidad después de su muerte, fue posible el que se conquistara la agreste California. Muchos de estos misioneros realizaron grandes recorridos por mar y tierra en toda la península con la esperanza de encontrar “el oculto edén” detrás de cada cerro, en la siguiente cueva o en la ensenada que se veía a lo lejos.

Un ejemplo claro de lo anterior lo leemos en la crónica que realizó el padre Ignacio María Nápoli en el año de 1721, cuando fue enviado para establecer la misión que posteriormente llevaría por nombre del Apóstol Santiago. El sacerdote mencionaba, que a su paso por las regiones australes de la California, había visto parajes en donde se podían sembrar cientos de almudes de maíz y trigo, y recoger cientos por uno de ellos que se sembrara, que los bosques y ríos que ahí se encontraban podían dar de comer a todos los habitantes no sólo de la península sino de la Nueva España. Es verdad que el padre realizó su viaje durante el mes de agosto, y en un año que particularmente había sido muy benéfico en precipitaciones pluviales, pero de ninguna manera se podía asemejar a los que el sacerdote Nápoli veía en su fantasiosa imaginación, y que registró en su informe.

De igual forma, el sacerdote Francisco María Piccolo, S. J., da cuenta en un informe titulado Informe Del Estado de la Nueva Cristiandad de California, el cual fue elaborado en 1702 y llevado a la ciudad de Guadalajara, en donde menciona los inmensos placeres perleros y la gran cantidad de recursos con los que se contaba en la California, por lo que solicitaba el apoyo de sus superiores de la Orden para continuar con su benéfica conquista espiritual. Lo cierto es que cuando Píccolo realiza este viaje, Salvatierra y Ugarte —que eran sus hermanos de orden que quedaron en la California—, estaban a punto de morir de hambre por no tener ya nada de provisiones para alimentarse, y se veían en la necesidad de acudir al monte, al igual que los soldados que los acompañaban, a recoger plantas y sabandijas como lo hacían los californios, para subsistir. Sin embargo en la correspondencia e informes que enviaban fuera de California, insistían en la presencia de grandes posibilidades para obtener alimento y hacer florecer el desierto.

“La fe religiosa” que demostraron la mayor parte de los misioneros, sobre todo la primer generación que llegó, encabezada por Salvatierra, Píccolo y Ugarte, fue pieza fundamental para el establecimiento y puesta en marcha del proyecto misional en estas tierras. Su “sincera religiosidad”, como quiera que este concepto se pueda interpretar por el Lector, permitió que decenas de acaudalados mecenas de la Ciudad de México y otros sitios de la Nueva España, accedieran a desembolsar grandes cantidades para seguir manteniendo y expandiendo las misiones en la California. Los sacerdotes jamás vieron su estancia en esta tierra como lo hacía un soldado o un explorador, los cuales acuden a estos lugares movidos por la codicia o por el precio de su paga, y que tras encontrar los primeros obstáculos o simplemente al acabarse el alimento y las remesas de dinero, de inmediato piensan en regresar y abandonar la misión. Fue por ello que después de la llegada de Hernán Cortés a la California, en 1535, se sucedieron varias decenas de exploraciones, las cuales acabaron en rotundos fracasos. Lo anterior se debió por el argumento que acabo de mencionar. Incluso, España llegó a tomar la decisión de considerar la península como “tierra inconquistable” y por lo mismo suspendió cualquier expedición hasta este destino durante muchos años.

Finalmente es importante mencionar que, si bien es cierto que los sacerdotes eran capaces de percibir la esterilidad del suelo peninsular cuando no había lluvias frecuentes, así como la resistencia permanente de los californios para seguir sus instrucciones y cambiar su forma de vida, se cuidaron muy bien de que estas situaciones no se vieran reflejados en sus informes. Todo lo contrario, pintaban un panorama prometedor, y a unos pobladores en un estado casi “edénico” y siempre dispuestos a cooperar con ellos, o por lo menos así lo escribían en sus informes en la primera veintena de años tras su llegada. No podían perder la confianza de las autoridades virreinales así como de los mecenas que les proporcionaban los recursos económicos para sostener sus misiones, por lo que debían de sostener sus visiones fantasiosas a como diera lugar. Un ejemplo delo anterior se percibe en una carta escrita por el sacerdote Juan María de Salvatierra en donde menciona que el pasto que se daba en Loreto “era de tal bondad que el poco ganado que tenía había engordado y que la tierra circundante se reconocía como buena para las actividades pecuarias”.

Hombres de fe y de decisiones, los misioneros jesuitas fueron la piedra fundamental que estableció las bases firmes de la colonización de la península de California. Bien haríamos los actuales habitantes en reconocer su benéfica y trascendental obra a través de monumentos, nombres de calles, títulos de bibliotecas y demás espacios para la cultura, las artes y la ciencia con nombres de todos estos misioneros que forjaron nuestro presente.

Bibliografía:

Historia General de Baja California Sur. I. La economía regional. Dení Trejo Barajas (Coordinación general). Edith González Cruz (Editora del volumen).

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La Virgen de Loreto, una virgen negra y sin brazos

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Como ya he mencionado, la fascinación y culto de los jesuitas por la Virgen de Loreto proviene de una encomienda que les hizo el Papa Julio II en el año de 1544 para que fueran los guardianes y custodios de la casa santa de esta advocación, y por lo mismo fueron sus principales promotores en los confines de la cristiandad, tal como lo hicieron Eusebio Francisco Kino y Juan María del Salvatierra en el noroeste novohispano. Sin embargo, aún hay muchos datos qué revelar sobre esta interesante advocación mariana.

Cuando uno aprecia la imagen de la Virgen de Loreto, la cual se encuentra en el hermoso puerto que lleva este mismo nombre a la vera del Golfo de California, lo primero que salta a la vista es la ausencia visible de brazos. Posterior a la comparación de diferentes pinturas, esculturas y dibujos de varias representaciones de esta advocación, sólo pude encontrar unas cuantas de ellas que sí muestran de forma visible sus brazos: Nuestra Señora de Loreto, Patrona de Algezares (Murcia), la Virgen de Loreto en Zacatecas, entre otras. Pero la mayoría carecían de sus extremidades superiores. Fuera de la poco creíble explicación de que se debe a la ropa amplia que se le coloca encima y que evita que se muestren sus brazos, procedí a realizar una búsqueda de información encontrando lo siguiente.

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Existen dos versiones por las cuales la Madonna de Loreto es representada sin brazos. La primera establece que ángeles y serafines trasladaron la Santa Casa de Nazaret a Italia, y durante el trayecto, la Virgen prestó sus brazos para la gran empresa.

La historiadora Graciela Cruz dijo que la segunda versión indica que una familia poderosa de Italia pagó para que cada piedra de la casa fuera trasladada. A esta versión, la acompaña la historia de que un sacerdote, en una guerra contra turcos fue impactado en sus entrañas. El sacerdote se encomendó a la Virgen, misma que donó sus brazos para que el religioso mantuviera dentro de su cuerpo las entrañas. Éste llegó a la Santa Casa, ofreció una misa y posteriormente falleció.

Ahora bien, ¿cuál es la razón de que algunas representaciones de la Virgen de Loreto sean negras? En el caso de la Virgen que se encuentra en el templo de la ex Misión de Loreto,  su tez es de color clara. La advocación Lauretana original es de color negro, sin embargo, los jesuitas, sus custodios desde el año de 1544, decidieron que todas las representaciones que se hicieran para difundir su culto en la Nueva España tendrían la tez blanca, tanto la Madonna como el niño Jesús, lo cual se empezó a aplicar a partir del año de 1677 que fue cuando el sacerdote Juan Bautista Zappa la trajo al nuevo continente. Con esta explicación se halla una idea del porqué las advocaciones de la Virgen de Loreto son de color blanco en toda América, sin embargo no explica el porqué algunas son de color negro en el continente europeo. Existen diversas explicaciones que a su manera proporcionan justificación, sin embargo será el lector de estas quien saque la mejor conclusión.

Una versión indica que el color se debe a que muchas de estas estatuas fueron elaboradas con madera de ébano la cual tiene un color negro intenso y una capacidad de pulido muy suave. Además de lo anterior el ébano, es una madera resistente a hongos, insectos y humedad, por lo que tiene una gran duración, precisamente lo que se buscaba para construir figuras sacras. Miquel Ballbè, escritor del libro Las vírgenes negras y morenas en España volúmenes 1 y 2, sostiene que durante los siglos del XI al XIII, en Europa se buscaba proteger las esculturas sacras, elaboradas de diferentes materiales como madera de nogal, cedro, álamo, ciprés, marfil, etcétera, de la acción de los insectos y los hongos; debido a lo anterior se les cubría con una capa de betún u otras sustancias protectoras de color negro, sobre estas capas se realizaba una policromía para definir los detalles del rostro, manos y ropas. Con el paso del tiempo los colores se borraban y quedaba expuesta sólo la base negra.

Algunos investigadores sostienen que el color negro se debía a que en la Europa del Medioevo se pensaba que la Virgen María era africana y por lo tanto debía tener tez de color negro. Lo interesante es que ninguna de estas esculturas presenta los típicos rasgos negroides como son: cabello rizado, cabeza alargada, labios protuberantes y nariz grande y chata; muy al contrario, todas las estatuas sacras de color negro tienen los característicos rasgos caucásicos. También se pensó, como en el caso de la estatua original de la Virgen de Loreto, la cual no fue hecha de ébano sino de cedro, que iban  oscureciéndose por el humo de la gran cantidad de velas que le encendían sus devotos a través de centurias. Lo anterior es aplicable a muy pocos casos, sin embargo no es concluyente ya que miles de esculturas sacras también han sido sometidas a este ahumado y no por ello han perdido su color blanco o migrado a otro color.

Finalmente mencionaremos los argumentos que sostiene en su libro El enigma de las vírgenes negras del escritor Jacques Huynen. Según él, el color negro de las estatuas sacras se debe a que son reminiscencia de cultos paganos que se celebraban en Europa muchísimos años antes de que se instaurara el cristianismo, y que fueron incorporados a través de ejemplos como las vírgenes negras a manera de eclecticismo e integración de sus creencias con la nueva religión que les era impuesta. Este autor adjudica a los Caballeros de la Orden del Temple o templarios como los que introdujeron en Europa el culto a una virgen negra. En sí, este autor menciona que el color negro es una alegoría del elemento “Tierra” la cual es fecundada por el sol para dar vida. La “Tierra” era representada antiguamente por piedras negras las cuales paulatinamente cedieron su espacio a una estilización femenina como representación de la fecundidad. Estas figuras correspondieron a las vírgenes negras que son tan abundantes en los templos de España.

Cualquiera que sea la hipótesis que se elija no cabe duda que cobran especial interés para desentrañar los enigmas que envuelven a los objetos de culto que nos fueron legados por los jesuitas durante la epopeya y tragedia fundante.

Bibliografía:

Las vírgenes negras y morenas en España de Miquel Ballbè.

El enigma de las vírgenes negras de Jacques Huynen.

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