327 Aniversario de la Misión de Nuestra Señora de Loreto. Un viaje de fe y perseverancia

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En los últimos años del siglo XVII, la región de California, con su vasto y desolado paisaje, se convirtió en el escenario de una de las empresas más ambiciosas de la Corona Española: la fundación de misiones. Estos proyectos no sólo pretendían evangelizar a los pueblos indígenas, sino también establecer una presencia permanente en una zona poco explorada y de difícil acceso. La historia de las misiones en Baja California es un testimonio de la perseverancia, la fe y los desafíos enfrentados por un grupo de hombres que, liderados por el padre Juan María de Salvatierra, se embarcaron en una travesía espiritual y territorial.

Entre los años 1683 y 1685, el padre Eusebio Francisco Kino, reconocido por su labor evangelizadora en las regiones de Sonora y Sinaloa, acompañó al almirante Isidro Atondo y Antillón en una expedición a la California. El objetivo era claro: fundar misiones permanentes que sirvieran como bases para la evangelización de los pueblos indígenas y la consolidación de la presencia española en la región. Sin embargo, la empresa se encontró con dificultades insalvables. La escasez de recursos, el terreno inhóspito y la resistencia local llevaron al abandono del proyecto. Las misiones soñadas en la California se desvanecieron, al menos temporalmente.

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A pesar de los fracasos iniciales, la llama de la evangelización no se apagó. En 1686, el padre Juan María de Salvatierra, un ferviente jesuita que había sido designado visitador de las misiones de Sinaloa y Sonora, se encontró con Kino. Fue en ese encuentro donde Salvatierra se vio profundamente inspirado por la labor que Kino había comenzado y, convencido de la importancia de continuar la obra en la California, decidió embarcarse en esta misión. Salvatierra no estaba solo en su convicción. El legado espiritual del padre Juan Bautista Zappa, fallecido en 1694, también influyó en la decisión de Salvatierra. Zappa, antes de morir, había alentado a Salvatierra a continuar con la misión y a enfrentar los desafíos con la esperanza de la recompensa celestial.

Para emprender una empresa de tal magnitud, era necesario contar con el respaldo tanto de la Iglesia como de la Corona. El padre Salvatierra, consciente de ello, buscó la autorización del general de los jesuitas, el padre Tirso González de Santa-Ella. Aunque la licencia no fue inmediata, finalmente, el 5 de febrero de 1697, el excelentísimo señor don Joseph de Sarmiento y Valladares, Conde de Moctezuma, concedió el permiso oficial para fundar la misión en California. Este apoyo no sólo validaba la labor espiritual de los jesuitas, sino que también garantizaba cierto respaldo material y logístico por parte del virreinato de la Nueva España.

Viaje hacia lo desconocido

Con la licencia en mano, Salvatierra partió desde el puerto del Yaqui el 10 de octubre de 1697. Lo acompañaba una tripulación compuesta por hombres de diversas partes del mundo, cada uno con su propia historia y motivaciones, pero todos unidos por un mismo objetivo. Entre ellos se encontraban don Esteban Rodríguez Lorenzo, un portugués que posteriormente serviría como capitán durante muchos años, Bartolomé de Robles Figueroa, un criollo originario de la provincia de Guadalajara, y Juan Carabaña, un marinero maltés. También formaban parte de la expedición Nicolás Márquez, un marinero siciliano, y Juan Mulato, un hombre del Perú. A este grupo se unieron tres indígenas: Francisco de Tepahui, Alonso de Guayavas y Sebastián de Guadalajara, quienes servirían como guías y colaboradores en la misión.

El viaje no estuvo exento de desafíos. El trayecto marítimo desde el Yaqui hasta las costas de la Baja California fue largo y peligroso. Finalmente, el 13 de octubre de 1697, la expedición llegó a la Bahía de la Concepción, donde desembarcaron para iniciar su travesía hacia el Norte. Sin embargo, la calidad del agua en esa región resultó ser deficiente, lo que obligó a la tripulación a buscar un lugar más adecuado para establecerse.

La expedición continuó su búsqueda, liderada por el capitán Juan Antonio Romero de la Sierpe, quien recordaba un sitio más prometedor al que había llegado durante una expedición anterior con el almirante Atondo. Fue así como la expedición se dirigió hacia la Ensenada de San Dionisio, conocida como Conchó por los indígenas cochimíes. Este lugar, ubicado en una zona estratégica y con acceso a mejores recursos, parecía el sitio ideal para fundar la primera misión jesuita en Baja California.

Encuentro con los indígenas

El 19 de octubre de 1697, la expedición llegó a Conchó, donde fueron recibidos por más de cincuenta indígenas de la vecina ranchería, así como por otros provenientes de San Bruno. Los indígenas, curiosos y respetuosos, se acercaron a la tripulación, muchos de ellos hincándose de rodillas y besando las imágenes del crucifijo y de la Virgen María. Este encuentro pacífico marcó el inicio de una relación que, aunque no exenta de dificultades, permitió a los jesuitas comenzar su labor evangelizadora en la región.

El acto más simbólico de la jornada fue la procesión en la que se trajo desde la embarcación la imagen de Nuestra Señora de Loreto, patrona de la conquista. Con solemnidad y devoción, los misioneros colocaron la imagen en el centro de lo que sería la primera misión en California. El 25 de octubre de 1697, se tomó posesión oficial de la tierra en nombre del rey de España, marcando el inicio formal de la Misión de Nuestra Señora de Loreto, el primer bastión jesuita en la península.

Un legado que perdura

La fundación de la Misión de Loreto no sólo fue el inicio de la evangelización de Baja California, sino también el comienzo de un proceso de transformación cultural y social que moldearía el futuro de la región. A pesar de los desafíos geográficos, la escasez de recursos y la resistencia ocasional de los pueblos indígenas, los jesuitas, liderados por hombres como Salvatierra, lograron establecer una red de misiones que perduraría durante décadas.

Hoy, la Misión de Loreto es un testimonio vivo de la perseverancia de aquellos hombres que, impulsados por su fe y dedicación, se embarcaron en una de las empresas más audaces de su tiempo. La historia de la misión no solo es parte del patrimonio cultural de Baja California, sino también un recordatorio de los sacrificios y logros de quienes, con esperanza y devoción, buscaron expandir las fronteras de su mundo.

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El piadoso Juan Ugarte conoce California

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Guatemala y la California tuvieron una gran relación desde los primeros años en que se inició la exploración. Una figura destacadísima en nuestra media península a la cual se debe la consolidación de unos de los pueblos más pintorescos, San Francisco Javier, así como formar parte de la primera oleada de misioneros comprometidos que consolidaron el poblamiento de nuestra tierra, y su integración al virreinato de la Nueva España. Esta figura a la que nos referimos es al sacerdote jesuita Juan de Ugarte Vargas, de grato recuerdo y gran veneración por quienes conocemos su obra.

El sacerdote Ugarte, nació en el pueblo de Tegucigalpa el 22 de julio de 1662. A pesar de que muchas personas lo consideran hondureño, esto no es así. En la época en que Ugarte nació existía una entidad territorial que abarcaba una gran extensión de Centroamérica, el equivalente a lo que hoy son los países de Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, además del estado mexicano de Chiapas.

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A este vasto territorio se le denominaba Reino de Guatemala, el cual estaba bajo las órdenes de un Gobernador designado directamente por el rey, y que también detentaba el poder de Capitán general, Presidente de la Audiencia y delegado de la Real hacienda. Es a partir del siglo XIX que se inicia con la división política y territorial de sus partes, hasta culminar con la independencia de todas ellas y emerger como países. Es entonces que podemos concluir que el lugar de nacimiento del sacerdote Juan de Ugarte Vargas se encontraba dentro del Reino de Guatemala, por lo que se le debe considerar como guatemalteco y no hondureño, aún a pesar de que su pueblo natal, Tegucigalpa, el día de hoy sea la capital del país de Honduras.

Sus padres fueron Juan de Ugarte y María de Vargas, los cuales procrearon a 13 hijos más. Desde muy pequeño sintió el llamado hacia el sacerdocio, y a pesar de que un acaudalado tío, el cual era clérigo, intentó ponerlo al frente de sus negocios y propiedades, con el objetivo de que cuando muriera fuera su heredero, Ugarte renunció a este gran privilegio de una vida llena de comodidades y les planteó a sus padres su deseo de ingresar a un colegio sacerdotal. Fue tanta su insistencia que su padre al final aceptó el destino que su hijo deseaba abrazar, y lo llevó a recibir sus primeras letras en un colegio jesuita de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, que en aquel entonces era la capital del Reino de Guatemala.

Durante su estancia en este colegio fue tanta su dedicación y sus logros escolares que, al finalizar, el mismísimo padre provincial, enterado de sus logros, le pide que acuda a la Ciudad de México para que inicie sus estudios de noviciado en Tepotzotlán. Al tiempo se traslada a la Nueva España y, el 14 de agosto de 1679 inicia su noviciado. Para el año de 1683, lo tenemos estudiando filosofía en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Durante un tiempo fue enviado a dar clases de gramática en el Colegio de Zacatecas, sin embargo, a los dos años fue solicitada de nuevo su presencia en el Colegio Máximo. En 1688 se traslada a San Idelfonso de Puebla para continuar con su ministerio como formador de futuros sacerdotes.

Para el año de 1693 se le ordena como sacerdote y empieza su tercera probación, desempeñando labores de maestro en el Colegio de Tepotzotlán y en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, en donde gracias a su carácter de prudente administrador y gran don de servicio, lo nombran Rector del mismo. El 2 de febrero de 1696, ofrece su cuarta probación y profesa solemnemente como miembro de la Compañía. En ese año el padre Juan de Ugarte cumplió 34 años, habiendo alcanzado por méritos propios y sin buscarlo ni desearlo, éxitos y nombramientos que sólo eran concedidos a personas con muchos más años en el ministerio.

Estando enfocado totalmente en estas labores, es que en el año de 1696, conoce a los padres Juan María de Salvatierra y Eusebio Francisco Kino, los cuales le informan del proyecto de ir a misionar en la California, siendo tan fervientes y sinceras sus intenciones, que logran insuflar el mismo ánimo a Ugarte, el cual quería unirse con ellos de inmediato, sin embargo lo convencen de que lo mejor sería que usara sus dotes de organización y administrador para que consiguiera fondos para esta obra tan grandiosa, la cual debería ser costeada en su totalidad por la Compañía de Jesús si se quería que la Corona Española accediera a permitirles emprender esta noble obra. En ese mismo año es nombrado Procurador de las Misiones de California, y emprende con redoblados bríos sus visitas a miembros prominentes de la sociedad novohispana, en la búsqueda de donativos para fortalecer la noble misión de evangelización que pronto iniciaría. A pesar de que el padre Juan dedicaba todo su tiempo a conseguir recursos, en su mente y su alma estaban siempre presentes las tierras de California, y su gran deseo por ir ejercer su ministerio en este apartado lugar.

En el año de 1700, el único barco con el que se trasladaban los alimentos y demás productos para el sostenimiento de la endeble Misión de Loreto se va a pique debido a su mal estado. Este trágico suceso era la ocasión que el padre Ugarte necesitaba, y pretextando que debía de trasladarse hacia el puerto de Yaqui para verificar la compra de un nuevo navío, se le concede por sus superiores el permiso para ausentarse de sus labores en la Ciudad de México. Adquiere un nuevo barco y en el mes de marzo de 1701, se traslada hacia Loreto donde fue bien recibido por los padres Salvatierra y Píccolo, los cuales celebran su llegada. Sin embargo, era necesario contar con un procurador que continuara haciendo las colectas de fondos para sostener las misiones de este sitio, por lo que se decide que el padre Ugarte se traslade a la recién fundada Misión de San Francisco Xavier de Vigge-Biaundó, y sustituya al padre Francisco María Píccolo, mismo que parte a la capital del virreinato.

El sacerdote Juan de Ugarte, desde su llegada fue uno de los misioneros más comprometidos con la evangelización. La primera muestra de ello la dio en el año de 1704, cuando las provisiones que se enviaban para el sostenimiento de todos empezaron a escasear hasta el punto de que pasaron varios meses sin llegar, por lo que el mismo sacerdote Juan María de Salvatierra, después de ver la forma tan abnegada en que todos habían soportado el hambre, decide que se abandone la península. Al enterarse el padre Ugarte de tal decisión, se dirige hacia el altar donde se encontraba la virgen de Loreto, y hace un solemne voto de no abandonar estas tierras en donde recién iniciaba la evangelización, aun cuando todos se fueran. Posteriormente dio un discurso tan apasionado y lleno de fervor que convence a Salvatierra, los soldados y marineros de quedarse todos, sin importar que tuvieran que morir en el sostenimiento de las misiones. En muchas ocasiones se le escuchó decir al padre Salvatierra, que era al padre Juan de Ugarte a quien se debía la conversión de las Californias, y a nadie más.

Durante su estancia de 30 años como misionero de San Francisco Javier, el incansable padre Ugarte enseñó labrado de madera y albañilería a los conversos, igual que a sembrar la tierra; introdujo en California el cultivo de vid, maíz, calabaza, frijol, garbanzo, trigo, naranja, sandía, limón y melón. Introdujo el hilado y tejido de la lana y llevó ovejas y carneros. Fabricó ruecas, tornos y telares e hizo llevar de Tepic un maestro llamado Antonio Norán, para que enseñara a sus neófitos este noble arte. Procuró que los californios tuviesen tierras comunales, aves de corral, cabras, ovejas, y sementeras propias, donde cosechaban maíz, calabaza y frutas. Instaló un hospital y escuelas para niños y niñas.

También, el sacerdote Ugarte fue un destacado y entusiasta explorador de la geografía de la California. Durante sus largas caminatas en las cercanías de su misión, en la Sierra de la Giganta, fundó los pueblos de visita de San Pablo, Santa Rosalía y San Miguel, a los cuales visitaba con cierta regularidad para evangelizar y atender a sus numerosos pobladores. En el mes de noviembre de 1705, el padre Ugarte realizó una exploración a las costas de la Mar de Sur en cumplimiento a la petición que realizaba el virrey de que exploraran aquellos sitios en búsqueda de un sitio donde pudiera hacer escala la Nao de China. Para esta misión se hizo acompañar de cuarenta guerreros yaquis que se le enviaron con este propósito.

Lamentablemente después de varias semanas de exploración no logró encontrar sitio adecuado para establecer un puerto. Además de ser un gran explorador en tierra, el padre Ugarte era uno de los mejores en el mar. Realizó una gran cantidad de viajes entre la misión de Santa Rosalía de Mulegé y Loreto, así como entre Loreto y otros puntos de las costas de los actuales estados de Sinaloa y Sonora. En el mes de mayo de 1721, es comisionado por las autoridades españolas para que realice un viaje hacia el Yaqui, y desde este lugar se vaya costeando hasta el punto más septentrional del Golfo de California, y descienda por las costas de la California, con la misión de despejar la gran incógnita de si la California era una isla o estaba unida al continente (península). Durante varios meses llevó a cabo esta travesía, estando en varias ocasiones en peligro de muerte, pero su ánimo y empeño, lograron que culminara su misión, retornando a Loreto, habiendo demostrado la insularidad de la California.

En el año de 1719, el sacerdote Ugarte decide emprender una obra que se antojaba imposible, la construcción de un barco lo suficientemente grande que pudiera costear ambos lados de la península de California, así como trasladarse a los puertos de Yaqui y Matanchel para traer las tan necesarias mercancías que permitían el sostenimiento de las misiones. Aprovechando los informes de unos neófitos de su misión, se trasladó a las entrañas de la Sierra de Guadalupe para cortar una gran cantidad de güéribos, árboles de gran tamaño y fortaleza que servirían para la construcción planeada. Mandó traer todos los accesorios de metal que se ocuparía, del puerto de Matanchel, y contrató a un maestro de obras experimentado, así como varios carpinteros para que hicieran el mejor de los trabajos con el barco.

Durante varias semanas trabajó intensamente el padre Juan de Ugarte, codo a codo con sus amados californios, cortando y trasladando los troncos hasta el sitio donde se construyó el improvisado astillero. Como buen administrador que era, se encargó de la paga puntual y el alimento de todos los trabajadores, ya que sabía que esa era la clave para que no desistieran de este trabajo. Finalmente, el 14 de septiembre de 1719, el barco fue botado al mar, logrando sortear el primer viaje hasta el puerto de Loreto, en donde ingresó ante la mirada incrédula de los habitantes, y el pecho lleno de orgullo del padre Ugarte y todos los que habían participado en esta magna obra. Este primer barco construido completamente en la California estuvo en funcionamiento, según se dice, por 30 años, realizando incontables viajes.

En noviembre de 1720, el padre Juan de Ugarte y Jaime Bravo, se trasladan en la balandra El Triunfo de la Cruz, con el propósito de fundar una misión en el puerto de La Paz. Gracias a las grandes dotes negociadoras de estos misioneros logran reconciliar a los pericúes y guaycuras que se disputaban los recursos del lugar, y fundan la Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz, quedándose como misionero el padre Jaime Bravo.

El padre Juan José de Villavicencio, fue el encargado por la Compañía de Jesús de realizar la biografía del padre Juan de Ugarte. En este interesante manuscrito, se menciona que Ugarte era un hombre de gustos sencillos y siempre deseoso de entregar a quien lo necesitara sus pocas y pobres pertenencias. Cuando llegó a la California y durante varios años, demostró una gran vitalidad y fuerza, lo que le ayudó a hacer progresar a su misión en la agricultura, ganadería y en la evangelización de los californios. Sin embargo, los constantes ayunos a los que se sometía, principalmente por no descuidar sus actividades misionales y por darle de comer primero a sus neófitos, fueron debilitándolo hasta el punto de que hicieron presa de él muchas enfermedades. En el viaje de exploración que emprendió por el golfo de California, adquirió unas terribles llagas de las cuales no se pudo recuperar y que constantemente le causaban grandes dolores, los cuales soportaba estoicamente.

Cuando habían pasado escasos 5 meses de haber cumplido los 67 años, se le agravaron al padre Juan de Ugarte sus enfermedades. Tenía un asma bronquial bastante avanzada, una desnutrición y osteoporosis en grado severo y las piernas necrosadas por una atención inadecuada de sus llagas. A pesar de que se le brindó la mejor atención en la Misión de Loreto, ya no pudo restablecerse, y el 29 de diciembre de 1730 fallece, rodeado del cariño y veneración de sus hermanos de Orden, así como sus queridos californios. Sus restos descansan en alguna parte del terreno que actualmente ocupa el Templo de Nuestra Señora de Loreto Conchó.

Bibliografía:

Zambrano F.1965 Diccionario bio-bibliográfico de la Compañía de Jesús en México. Editorial Jus.

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La Virgen de Loreto, una virgen negra y sin brazos

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Como ya he mencionado, la fascinación y culto de los jesuitas por la Virgen de Loreto proviene de una encomienda que les hizo el Papa Julio II en el año de 1544 para que fueran los guardianes y custodios de la casa santa de esta advocación, y por lo mismo fueron sus principales promotores en los confines de la cristiandad, tal como lo hicieron Eusebio Francisco Kino y Juan María del Salvatierra en el noroeste novohispano. Sin embargo, aún hay muchos datos qué revelar sobre esta interesante advocación mariana.

Cuando uno aprecia la imagen de la Virgen de Loreto, la cual se encuentra en el hermoso puerto que lleva este mismo nombre a la vera del Golfo de California, lo primero que salta a la vista es la ausencia visible de brazos. Posterior a la comparación de diferentes pinturas, esculturas y dibujos de varias representaciones de esta advocación, sólo pude encontrar unas cuantas de ellas que sí muestran de forma visible sus brazos: Nuestra Señora de Loreto, Patrona de Algezares (Murcia), la Virgen de Loreto en Zacatecas, entre otras. Pero la mayoría carecían de sus extremidades superiores. Fuera de la poco creíble explicación de que se debe a la ropa amplia que se le coloca encima y que evita que se muestren sus brazos, procedí a realizar una búsqueda de información encontrando lo siguiente.

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Existen dos versiones por las cuales la Madonna de Loreto es representada sin brazos. La primera establece que ángeles y serafines trasladaron la Santa Casa de Nazaret a Italia, y durante el trayecto, la Virgen prestó sus brazos para la gran empresa.

La historiadora Graciela Cruz dijo que la segunda versión indica que una familia poderosa de Italia pagó para que cada piedra de la casa fuera trasladada. A esta versión, la acompaña la historia de que un sacerdote, en una guerra contra turcos fue impactado en sus entrañas. El sacerdote se encomendó a la Virgen, misma que donó sus brazos para que el religioso mantuviera dentro de su cuerpo las entrañas. Éste llegó a la Santa Casa, ofreció una misa y posteriormente falleció.

Ahora bien, ¿cuál es la razón de que algunas representaciones de la Virgen de Loreto sean negras? En el caso de la Virgen que se encuentra en el templo de la ex Misión de Loreto,  su tez es de color clara. La advocación Lauretana original es de color negro, sin embargo, los jesuitas, sus custodios desde el año de 1544, decidieron que todas las representaciones que se hicieran para difundir su culto en la Nueva España tendrían la tez blanca, tanto la Madonna como el niño Jesús, lo cual se empezó a aplicar a partir del año de 1677 que fue cuando el sacerdote Juan Bautista Zappa la trajo al nuevo continente. Con esta explicación se halla una idea del porqué las advocaciones de la Virgen de Loreto son de color blanco en toda América, sin embargo no explica el porqué algunas son de color negro en el continente europeo. Existen diversas explicaciones que a su manera proporcionan justificación, sin embargo será el lector de estas quien saque la mejor conclusión.

Una versión indica que el color se debe a que muchas de estas estatuas fueron elaboradas con madera de ébano la cual tiene un color negro intenso y una capacidad de pulido muy suave. Además de lo anterior el ébano, es una madera resistente a hongos, insectos y humedad, por lo que tiene una gran duración, precisamente lo que se buscaba para construir figuras sacras. Miquel Ballbè, escritor del libro Las vírgenes negras y morenas en España volúmenes 1 y 2, sostiene que durante los siglos del XI al XIII, en Europa se buscaba proteger las esculturas sacras, elaboradas de diferentes materiales como madera de nogal, cedro, álamo, ciprés, marfil, etcétera, de la acción de los insectos y los hongos; debido a lo anterior se les cubría con una capa de betún u otras sustancias protectoras de color negro, sobre estas capas se realizaba una policromía para definir los detalles del rostro, manos y ropas. Con el paso del tiempo los colores se borraban y quedaba expuesta sólo la base negra.

Algunos investigadores sostienen que el color negro se debía a que en la Europa del Medioevo se pensaba que la Virgen María era africana y por lo tanto debía tener tez de color negro. Lo interesante es que ninguna de estas esculturas presenta los típicos rasgos negroides como son: cabello rizado, cabeza alargada, labios protuberantes y nariz grande y chata; muy al contrario, todas las estatuas sacras de color negro tienen los característicos rasgos caucásicos. También se pensó, como en el caso de la estatua original de la Virgen de Loreto, la cual no fue hecha de ébano sino de cedro, que iban  oscureciéndose por el humo de la gran cantidad de velas que le encendían sus devotos a través de centurias. Lo anterior es aplicable a muy pocos casos, sin embargo no es concluyente ya que miles de esculturas sacras también han sido sometidas a este ahumado y no por ello han perdido su color blanco o migrado a otro color.

Finalmente mencionaremos los argumentos que sostiene en su libro El enigma de las vírgenes negras del escritor Jacques Huynen. Según él, el color negro de las estatuas sacras se debe a que son reminiscencia de cultos paganos que se celebraban en Europa muchísimos años antes de que se instaurara el cristianismo, y que fueron incorporados a través de ejemplos como las vírgenes negras a manera de eclecticismo e integración de sus creencias con la nueva religión que les era impuesta. Este autor adjudica a los Caballeros de la Orden del Temple o templarios como los que introdujeron en Europa el culto a una virgen negra. En sí, este autor menciona que el color negro es una alegoría del elemento “Tierra” la cual es fecundada por el sol para dar vida. La “Tierra” era representada antiguamente por piedras negras las cuales paulatinamente cedieron su espacio a una estilización femenina como representación de la fecundidad. Estas figuras correspondieron a las vírgenes negras que son tan abundantes en los templos de España.

Cualquiera que sea la hipótesis que se elija no cabe duda que cobran especial interés para desentrañar los enigmas que envuelven a los objetos de culto que nos fueron legados por los jesuitas durante la epopeya y tragedia fundante.

Bibliografía:

Las vírgenes negras y morenas en España de Miquel Ballbè.

El enigma de las vírgenes negras de Jacques Huynen.

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323 Aniversario de la fundación de Loreto, la primer capital de las Californias

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Loreto no solo fue el sitio en el que se estableció el primer poblado permanente en la California, su importancia fue tal que se convirtió en la punta de lanza de la colonización de toda la península así como territorios más al norte, los que hoy conforman 3 estados: Baja California, Baja California Sur, y California en otro país. Su nacimiento fue toda una hazaña en donde convergieron muchos factores, incluso sobrenaturales, ya que como dijo el gran Juan María de Salvatierra “California era inconquistable para los hombres… pero no para Dios”, así que tal vez la influencia divina jugó un papel importante para que esta gran obra se lograra.

La planeación de la conquista de la California por parte de los Jesuitas inició en el año de 1691. En ese entonces, el Padre Salvatierra y el Padre Eusebio Francisco Kino se conocieron en las Misiones de Sonora. El sacerdote Kino invitó a Salvatierra a recorrer, durante un mes, las Misiones que había establecido en aquellas tierras, y durante el viaje le fue contando sobre la expedición donde participó en los años de 1683 a 1685 a la California, le platicó de la gran cantidad de Californios que encontró y de la gran obra de evangelización que se ofrecía frente a ellos. Salvatierra sucumbió ante la fuerza y apasionados argumentos de Kino y ambos pactaron conseguir los medios y permisos para viajar a la California e iniciar la labor de conversión de los naturales.

 

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Durante los siguientes 6 años (1691-1697), Salvatierra, ayudado por Kino, Ugarte y otros sacerdotes, se dirigieron a sus autoridades religiosas como a las pertenecientes al Virreinato pidiendo se les concediera el permiso para trasladarse a la California, sin embargo, el recuerdo del gran fracaso con el que terminó la expedición del almirante Isidro Atondo y Antillón, hicieron imaginar esta hazaña como imposible. Afortunadamente, una serie de factores venturosos (algunos dicen milagrosos) hicieron que, de repente, todas las circunstancias cambiaran; de tal manera que, en el mes de febrero de 1697 el virrey José Sarmiento y Valladares expidiera la licencia para la conquista de la California a Kino y Salvatierra.  Vencido este obstáculo, se procedió a pedir donativos a las personas ricas de la Ciudad de México para que sufragaran los costos de esta expedición así como la formación de las primeras Misiones.

El mes pactado para hacerse a la mar rumbo a California fue en octubre de ese año. Salvatierra llegó al puerto (desembocadura del río Yaqui) donde se embarcaría junto con 11 o 12 personas más, entre soldados y marineros. Lamentablemente, Eusebio F. Kino no pudo acompañarlo debido a una gran insurrección que se dio entre las etnias del norte de Sonora, donde se solicitó la mediación del sacerdote. Salvatierra inicia su viaje el 10 de octubre y llega cerca de la Bahía de San Dionisio, en la California, el 12. Debido a varias dificultades climatológicas no pudieron desembarcar hasta el día 16 de octubre. Durante varios días estuvieron explorando los lugares cercanos a donde desembarcaron, para encontrar el sitio con la mejor fuente de agua y las tierras más adecuadas para sembrar y criar ganado. El sitio designado fue uno al que los Cochimíes, naturales que vivían en este sitio, denominan “Conchó” y que significa mangle rojo. Durante los siguientes 4 o 5 días, Salvatierra ordena a sus hombres que realicen un desmonte de una gran área de este sitio con el propósito de establecerse en el lugar. Construyen varias cabañas para habitaciones de los soldados, el sacerdote y como almacén de los productos que traían, también realizaron un corral para proteger a los animales.

Finalmente, el día 25 de octubre de 1697, teniendo todo preparado, el padre Juan María de Salvatierra inicia una magna ceremonia religiosa para declarar formalmente fundada esta Misión. A continuación, transcribimos parte del relato que hizo el sacerdote sobre el evento: …Dieron señas de mucho gozo los indios e indias con la venida de la santa imagen [de Nuestra Señora de Loreto], que llegó aquí el viernes en la tarde, y el sábado siguiente se le celebró la misa, en 25 de octubre, y dos días después habíamos plantado la santa cruz con muchas flores, instándome todos los españoles [y] después muchos indios para besarla.

Con este evento sencillo pero solemne, queda fundada la primer capital de las Californias. Aún hubo muchas barreras y obstáculos qué sortear, pero, afortunadamente, la perseverancia de los sacerdotes y posteriormente de los colonos europeos y mestizos que habitaron el lugar, lograron que el sitio permaneciera y que hasta el día de hoy sea baluarte del progreso y amor a la tierra Sudcaliforniana.

 

Bibliografía:

 

“Misiones de las Californias III: Nuestra Señora de Loreto Conchó” – Carlos Lazcano Sahagún

«Cartas sobre la conquista espiritual de Californias» – Juan María de Salvatiera.

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Juan María de Salvatierra y Visconti. Ut sementem feceris, ita metes

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Este 17 de julio se conmemora el aniversario luctuoso número 302 del Apóstol de las Californias, el sacerdote jesuita Juan María de Salvatierra y Visconti. Un hombre que dejó una profunda huella en la construcción de la California colonial, ya que sin sus gestiones ni su maestranza en la organización y gestión de recursos en el Fondo Piadoso de las Californias, jamás hubiera sido posible el que uno sólo de los asentamientos misionales en nuestra península fructificara. Tuvo una vida intensa y llena de privaciones, pero también de grandes logros y aciertos. Fue un hombre de su tiempo, el cual vivió y murió convencido de la importancia de la obra misionera para redimir a tantos gentiles que habitaban en la California, sus amados indios californios.

De acuerdo a sus biógrafos, Salvatierra nació el 15 de noviembre de 1648, en la famosa ciudad de Milán, Italia. Era descendiente de una familia acomodada (los duques de Milán). A la edad de 17 años tomó la decisión de ingresar en la Societas Iesu, e ingresó al Colegio de Génova donde inicia sus estudios religiosos. Desde su ingreso, manifestó su deseo de encaminarse a la vida misionera y, utilizando las influencias de su familia, logró ser trasladado hacia la Nueva España, en donde concluye sus estudios en el Colegio de Tepotzotlán y se ordena sacerdote. Debido a su gran dedicación y nivel académico, es nombrado maestro de retórica en el Colegio de Puebla.

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Sin embargo, su vocación de misionero siempre lo llamó, por lo que en el año de 1681 se le concede iniciar este ministerio en la Sierra Tarahumara, en la Misión de Chinipas, uno de los lugares más remontados y de difícil acceso en aquella serranía. Durante 10 años desarrolla su ministerio con gran entusiasmo, logrando fundar varios asentamientos religiosos en aquellos parajes.

En el año de 1681 se le cambia su ministerio a las regiones del Noroeste de la Nueva España, lo que actualmente son los estados de Sonora y Sinaloa. Durante su peregrinar por estas tierras conoce y entabla una amistad, la cual perduraría durante todo el resto de su vida, con el sacerdote, también italiano, Francisco Eusebio Kino. En sus interminables charlas por los caminos hacia las diferentes Misiones de aquellos lugares, Kino logra entusiasmarlo y motivarlo narrándole sus experiencias de más de 2 años de estancia en la California, donde tuvo la oportunidad de explorar un territorio casi virgen y en el que abundaban los gentiles, tierra fértil para convertirlos a la gracia de la Fe, y una excelente oportunidad para experimentar la construcción de la idílica sociedad comunal a la que aspiraban los Jesuitas. Fue así como inician una serie de viajes a la Ciudad de México, en la que buscan por todos los medios el conseguir la aprobación de sus planes por parte de los Rectores de la Compañía de Jesús, así como la autorización real del Virrey.

No es sino hasta el año de 1696, un 6 de febrero, que el virrey Dn. José Sarmiento y Valladares, conde de Moctezuma, otorga a la Compañía de Jesús, la Licencia y Cédulas Reales para proceder con la colonización de la California. Todo esto, sólo fue posible debido a los oportunos donativos que se hicieron por hacendados acaudalados, así como de algunas órdenes religiosas de la Nueva España, que aceptaron y vieron con buenos ojos el entusiasmo desmedido y ferviente de los padres Salvatierra y Kino, por iniciar la labor Misionera en aquellas tierras, que siempre habían sido consideradas de inútil importancia para la Corona y vedadas a la exploración. A la compañía de Jesús se le concedió la máxima autoridad en estas tierras Californianas, a cambio de no pedir un solo centavo del tesoro de la corona para sufragar sus viajes y futuros asentamientos.

A partir de ese año, se inician los preparativos por parte de la Compañía de Jesús para adquirir los barcos y los bastimentos, así como el personal que acompañaría a Kino y Salvatierra en su empresa en la California. Lamentablemente para ellos, el año de 1697 fue abundante en rebeliones por parte de los naturales de la tarahumara y Sonora, por lo que, en varias ocasiones, tienen que acudir ambos sacerdotes a tranquilizar a la gente e imponer la paz en aquellos sitios. En el mes de octubre de ese año y ya casi para zarpar, el sacerdote Kino es llamado, con carácter urgente y de obligatorio cumplimiento, a sofocar una rebelión que se daba entre sus pupilos de la Pimería Alta, por lo que un solitario Salvatierra tiene que partir el 10 de octubre a su encuentro con las tierras Californianas.

Después de varias exploraciones en la península, y basado en los documentos y experiencias que le trasmitiera el sacerdote Kino de su estancia en estas tierras, Salvatierra desembarca y funda la Misión de Loreto, la cual queda consagrada con una solemne ceremonia el 25 de octubre de 1697. A partir de esa fecha, se dedica a promover la obra misionera para la que se había preparado con tanto esmero y la cual le había significado grandes esfuerzos. Empieza una vigorosa catequización de los naturales de aquellas tierras, así como la exploración de los sitios en los cuales se concentraban grandes comunidades de naturales. Con gran pesar del sacerdote Salvatierra, en el año de 1704 es nombrado Provincial de la Compañía de Jesús y tiene que viajar a la Ciudad de México, en donde permaneció hasta que finalizó este encargo, y de inmediato solicita ser devuelto para continuar su ministerio misionero en la California.

Es importante mencionar que, sin importar el haber desempeñado los cargos más altos de la Orden en la Nueva España, o tener un nivel académico de primer nivel entre sus demás hermanos ignacianos, él siempre se comportó de forma humilde y prudente, desempeñando todas las actividades que era menester, en su afán de continuar expandiendo la influencia de la catequización por toda la península.

Cuenta el sacerdote Miguel el Barco, que en no pocas ocasiones y debido al atraso en la llegada de las provisiones, que se enviaban desde Sonora y Sinaloa para la subsistencia de las Misiones en las Californias, el sacerdote Salvatierra, al igual que todos los naturales de estas regiones, tuvo que salir al monte a recolectar plantas y animales de la región para poder sobrevivir. Jamás le escucharon algún lamento, alguna queja. A pesar de que pudo haberse sustraído a estos estragos, pidiendo su cambio a cualquier lugar que él deseara, ya sea en la Nueva España o en Europa, él siempre quiso estar entre sus amados indios californios.

Contando con 69 años de edad, cansado y enfermo de un mal que, en aquellos años se le conoció como “el mal de piedra” (litiasis vesical o cálculos en la vejiga), es llamado por el virrey Marqués de Valero, para que acuda a la capital de la Nueva España a ayudar a la redacción de un libro que, por órdenes del Rey Felipe V, debía de elaborarse, y en el que se consignara la historia de California. Siempre fiel al cumplimiento de sus obligaciones y deberes, el sacerdote inicia lo que sería su último viaje. Llega a la ciudad de Tepic, en donde se agravan sus dolores y, sintiendo ya muy cercana su muerte, le pide a sus hermanos sacerdotes que lo lleven a la ciudad de Guadalajara, ya que desea exhalar su último aliento en la capilla dedicada a la Virgen de Loreto, advocación mariana de la que fue ferviente seguidor, y la cual se encontraba en el interior de la iglesia de la ciudad de Guadalajara, misma que promovió su construcción cuando fue rector del Colegio Jesuita de aquella ciudad.

Durante la noche del 17 de julio de 1717, el sacerdote Salvatierra se despoja de su vestidura carnal, entre las muestras de cariño y tristeza de todos los que le rodeaban, sabiendo que, en esos momentos, se iba uno de los grandes hombres que había dado su vida en pos de la catequización de sus amados hijos californios.

La memoria del sacerdote Juan María de Salvatierra y Visconti, se va diluyendo cada vez más en el trajín de la sociedad actual, pocas son las personas que aún lo recuerdan y, mucho menos, aquellos que estudian su vida y obra. Es menester que las instituciones que tienen por objetivo la difusión y custodia de La Historia de nuestra media península, fomenten, con acciones certeras y organizadas, el que se conozca lo que hicieron los grandes hombres que vivieron y murieron por darnos una identidad.

Una hermosa frase en latín reza de la siguiente manera: “Ut sementem feceris, ita metes”, lo cual podemos traducir al español Como sembrares, así cosecharás. La siembra del padre Salvatierra fue buena y abundante, ahora queda a aquellos que tenemos su legado en nuestras manos, el hacernos dignos de sus afanes y esfuerzos, y ser corresponsables de un futuro promisorio y honorable para esta hermosa tierra de la California, la California Original.

 

Bibliografía:

«Cartas sobre la conquista espiritual de Californias» (México, 1698) y «Nuevas cartas sobre Californias» (1699) – Juan María de Salvatierra.

Misión de la Baja California – Juan María Salvatierra.

El apóstol mariano representado en la vida admirable del venerable padre Juan María de Salvatierra de la Compañía de Jesús – Miguel Venegas

California, Juan María de Salvatierra y los californios – Eligio Moisés Coronado

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