Cuando el odio cruzó la puerta del salón en Lázaro Cárdenas, Michocán

IMÁGENES: IA.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En una escuela, la mañana no entra de golpe: se va armando. Primero llegan los pasos. Luego las mochilas. Después el murmullo de los alumnos, el saludo breve en la entrada, la respiración todavía desordenada del día que apenas abre los ojos. El 24 de marzo de 2026, en el colegio Antón Makárenko de Lázaro Cárdenas, Michoacán, esa coreografía duró muy poco. Entre las 7:30 y las 7:40 de la mañana, un alumno de 15 años cruzó la puerta con un rifle AR-15 escondido en un estuche para guitarra y disparó contra dos maestras en la recepción del plantel. Las mató en el lugar. Un estudiante y un trabajador lograron someterlo. La policía llegó después. Para entonces, la escuela ya había dejado de ser escuela.

Las maestras se llamaban María del Rosario Sagrero Chávez y Tatiana Madrigal Bedolla. Tenían 36 y 37 años. Sus nombres quedaron desde ese momento atados a una imagen insoportable: la del aula mexicana alcanzada por una violencia que durante años se quiso pensar como un mal de la calle, de la noche, del crimen organizado, de otros territorios. Pero no. También estaba aquí: a la hora de entrada, en un plantel privado, en el espacio donde una maestra hace cada día una de las tareas más frágiles y más decisivas de cualquier sociedad, que es sostener un orden civil mínimo frente al desorden del mundo. Después vinieron las veladoras, las flores, el cierre temporal del colegio y las marchas para despedirlas. El luto fue inmediato porque la herida también lo fue: no había muerto solo dos personas; había sido perforada una idea de resguardo.

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Nueve horas antes del ataque, el adolescente se había grabado frente al espejo, vestido de negro, con el arma en la mano. Había publicado un mensaje anunciando que ese sería el día. También difundió material asociado al universo incel, una subcultura digital marcada por resentimiento misógino y, en sus expresiones más extremas, por llamados a la violencia contra las mujeres. Pero aquí la precisión importa más que el espanto. No puedo confirmar que el crimen haya quedado públicamente probado, de manera concluyente, como un acto motivado exclusivamente por una identidad incel. Lo que sí está verificado es que las autoridades seguían investigando el móvil, que el contenido en redes era parte central del caso y que el teléfono del agresor era una pieza clave que todavía no aparecía en las primeras diligencias. En tiempos de violencia viral, la responsabilidad también consiste en no convertir una pista en dogma.

Aun así, la palabra no puede desecharse como una extravagancia de Internet. La UNAM ha advertido que la misoginia ligada a estos entornos no debe confundirse automáticamente con enfermedad mental, sino entenderse también como un fenómeno social, cultural y digital. Estudios académicos recientes han descrito estos espacios como comunidades donde el aislamiento, la frustración y el odio encuentran lenguaje, pertenencia y escalada. Eso significa algo perturbador: que el resentimiento ya no circula solo como impulso íntimo, sino como doctrina disponible. Un adolescente no necesita inventar desde cero su furia; puede heredarla, imitarla, aprenderla en línea. Y cuando esa pedagogía de odio se mezcla con acceso a armas, señales desatendidas y una cultura saturada de violencia, el resultado puede caber en diez minutos y catorce disparos.

Michoacán agrava esa lectura. El crimen ocurrió en Lázaro Cárdenas, un puerto estratégico del Pacífico, dentro de un Estado que desde hace casi dos décadas funciona como uno de los símbolos más nítidos de la crisis de seguridad mexicana. Allí la violencia no es una noticia excepcional, sino una atmósfera. Ha erosionado la política, la economía y la vida cotidiana; ha vuelto familiar el lenguaje de las armas, de las amenazas, del control territorial, del miedo. En un territorio así, la escuela no está fuera del país real. Respira el mismo aire. Por eso enseñar en estos lugares no consiste solo en transmitir conocimientos: también implica levantar todos los días una pequeña arquitectura de orden, de confianza y de rutina en medio de un suelo cada vez más agrietado.

Lo ocurrido en el Antón Makárenko tampoco es un relámpago sin antecedentes. En México ya existen episodios que quebraron la vieja ilusión de que las escuelas estaban a salvo: Monterrey en 2017, cuando un estudiante disparó contra su maestra y sus compañeros; Torreón en 2020, cuando un niño de 11 años mató a una docente antes de suicidarse; y el CCH Sur en 2025, donde un estudiante fue asesinado dentro del plantel en un caso que también abrió la conversación sobre entornos incel y violencia juvenil. Los hechos son distintos, los contextos también, pero juntos dibujan una línea inquietante: la violencia escolar dejó de ser una anomalía impensable y empezó a instalarse como posibilidad mexicana. No como epidemia, todavía, pero sí como advertencia.

En la discusión pública aparecieron enseguida dos reflejos conocidos: el castigo y la clínica. Por su edad, el agresor enfrenta una pena máxima reducida dentro del sistema para adolescentes, lo que abrió el debate sobre reformas legales. Al mismo tiempo, el gobierno federal anunció un programa de salud mental para estudiantes de secundaria y bachillerato. Ambas respuestas son comprensibles, pero por sí solas no alcanzan. Endurecer penas no explica cómo un menor llega a una escuela con un rifle de uso exclusivo del Ejército. Invocar la salud mental, sin más, tampoco nombra la misoginia, la radicalización digital ni las responsabilidades adultas alrededor del arma, de las alertas previas y del entorno. Entre la sed de castigo y la simplificación psicológica suele perderse la pregunta más difícil: qué tipo de sociedad está produciendo jóvenes capaces de mirar a sus maestras no como autoridad, ni como guía, ni siquiera como personas, sino como blanco.

Ser maestro o maestra en estos tiempos se ha vuelto peligroso de una manera nueva y brutal. No solo por la precariedad laboral, el desgaste emocional o la erosión del respeto público. Peligroso, ahora, también en el sentido físico más desnudo de la palabra. Peligroso porque la escuela quedó en el cruce exacto donde se encuentran la violencia territorial, la circulación de armas, la misoginia digital, la soledad juvenil y la incapacidad del Estado para detectar a tiempo el odio antes de que se organice. En Lázaro Cárdenas, dos maestras murieron al inicio de la jornada. Y con ellas cayó otra cosa, menos visible pero igualmente grave: la última ficción de que el salón de clases todavía podía cerrar la puerta y dejar afuera al país.

Fuentes consultadas

EL PAÍS, cobertura del caso en Lázaro Cárdenas y seguimiento judicial; El Universal, recuento de ataques en escuelas de México; Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM, discusión sobre el fenómeno incel y misoginia; Gaceta UAEH, análisis sobre violencia misógina digital en el caso CCH Sur; comunicado de la SEP sobre los hechos en el Colegio Antón Makárenko.

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Espías, tras los pasos de la Reina Isabel II

Todas las fotos son de la fototeca del Archivo Histórico «Pablo L. Martínez».

Colaboración Especial

Por Elizabeth Acosta Mendía

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). De acuerdo con los archivos que  fueron desclasificados de la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS), y que están disponibles para cualquier ciudadano  en el Archivo General de la Nación (AGN), se encontró que espías mexicanos siguieron paso a paso el viaje que la Reina Isabel II hizo a México en 1983.

La Reina Isabel visitó territorio mexicano cuando Miguel de la Madrid era presidente y el  mandatario tuvo información de todas y cada una de las actividades de la monarca en su paso por el  Pacífico Mexicano. De los tres mil  doscientos un archivos que se contiene en la lista de las versiones públicas -documento trabajado  y traducido por el periodismo de investigación a fin de testar datos personales y de interés confidencial para el estado mexicano, dispuesto en la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública– , la Reina Isabel tiene un archivo que va de 1975 a 1983.

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En su vista en 1983, realizó dos visitas con escala una de otra, como se señala en el mencionado informe, a Michoacán y Baja California Sur.

En una de esas visitas , el 18 de febrero de 1983, la DFS  dio cuenta sobre la visita que realizó al puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, y en ella se informa que la Reina Isabel II viajaba a bordo del yate Britannia, acompañada por su esposo el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo. En este encuentro fue recibida por el entonces gobernador de Michoacán, Cuauhtémoc Cárdenas  Solórzano; de ahí, abordó un autobús para hacer un recorrido por las instalaciones de Altos Hornos de México Sicartsa, “la soberana inglesa y su comitiva abordaron el autobús oficial General Lázaro Cárdenas, recorrió dos kilómetros entre el muelle fiscal y la puerta uno de Sicartsa, donde en el  trayecto aproximadamente mil personas saludaron a la Monarca.

Se redactó en el informe que, según el espía, le fue mostrada a la soberana una maqueta sobre las ampliaciones que tendría la fábrica de acero y sostuvo una pequeña charla con el director de operaciones, Gabriel Magañon, y posteriormente salió a saludar a los empleados y abordar el autobús que la transportaba de regreso al puerto. A las 17.00 horas, la Reina y sus acompañantes arribaron al muelle fiscal para posteriormente abordar el yate Britannia,  donde tomó el Té con el Gobernador del Estado, el Secretario de Relaciones Exteriores y el Director de Sicartsa; se dio cuenta y se informó que, a las 17.50 horas, el yate Britannia abandonó el muelle fiscal, siendo remolcado por dos embarcaciones de la Marina Nacional.

Por su parte, la Reina Isabel II de Inglaterra arribó el 24 de febrero de 1983 en Baja California Sur, visita que quedó inscrita en los anales históricos de sudcalifornia como uno de los hechos más relevantes en su tiempo, un acontecimiento que perdura en el imaginario colectivo sudcaliforniano; no hubo vallas ni retenes,  la gente se arremolinaba detrás de su paso, en compañía del Gobernador en esa época, Alberto Andrés Alvarado Aramburo, y una comitiva del Estado Mayor Presidencial y su familia. Cito textualmente la opinión personal del C. Gobernador Alberto Andrés Alvarado Arámburo “la visita de la Reina Isabel II fue uno de los actos más plenos que me llenó de emoción y no porque crea en realezas, sino por la forma tan espontánea en que se volcó el pueblo para recibirla, como símbolo de un país tan poderoso, tan tradicional como lo es Inglaterra. Pero para mí, aparte de la responsabilidad que todo saliera bien, no obstante el permanente contacto con el embajador de Inglaterra, de la supervisión de la Secretaría de Relaciones Exteriores -nos checaban todos los detalles, lugares de visita y toda la logística del recorrido-, lo que más me llamó la atención, fue que la Reina, dentro de su porte, dentro de su forma de ser, nunca da la mano a la gente; por costumbre protocolaria o por seguridad, no saluda de mano. Pero era tal multitud, pocas veces he visto aquí en La Paz una concentración así, miles y miles de personas durante todo el trayecto, que la Reina saludó a su paso a muchas personas, se emocionó por la recepción que se le tributó en todo momento”.

“Posteriormente – continúa relatando el Gobernador – nos fuimos al Caimancito y, en un gesto muy humano, la Reina se desposeyó de su envestidura, se quitó su sombrero y se sentó a la mesa a charlar. Antes de pasar a comer, le ofrecí una copa (ella toma ginebra), nos tomamos dos ginebras cada uno: ella estaba feliz y se metieron a bañar a la playa, el príncipe consorte junto con otros acompañantes nadaron en las aguas del Caimancito”.

“Comimos una comida que el cocinero de la casa de Gobierno, Lupillo Cerpa, nos preparó: un platillo con el que quedo muy bien. Se les ofreció, entre otras cosa, una cabrilla como se prepara aquí. Ya  fuera del protocolo, fuera de todo, la Reina pidió otro plato y dejaba el plato brillante. Le llevamos unos cancioneros que fueron de su agrado, todo le gustó mucho, salieron las cosas muy bien, le gustó nuestra hospitalidad, las atenciones y la cocina ni se diga. Es más, hace como dos años o tres, en un viaje que hizo la Reina a Australia, la entrevistaron y habló que había un lugar en México, con el nombre de La Paz, Baja California Sur, donde, comentó, la atendieron como en ningún lado. Nos distinguió con decir que en ninguna parte la habían recibido como en este lugar, ni en los mismos lugares del Imperio Británico” (Tiempo de Gobernadores, 2003, p.p.228, 229. Rubén Muñoz Álvarez).

Lo cierto es que el viaje de la soberana inglesa a Baja California Sur quedó muy marcado en sus recuerdos, a tal grado que ya existe una leyenda – nunca confirmada por la casa real – sobre la perla más bella que adorna su corona real.

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