La Paz y Los Cabos frente a su propia gentrificación

IMÁGENES: IA.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La tarde cae sobre el malecón de La Paz como un telón de luz rosada, y aun así el rumor es más fuerte que la brisa marina: la ciudad está cambiando demasiado rápido. Lo dicen quienes nacieron allí y quienes llegaron hace años, antes de que los precios se dispararan como si obedecieran a otra lógica, una ajena, importada. La escena se repite también en Los Cabos, donde los contrastes siempre existieron, pero hoy parecen haberse incrustado con una intensidad nueva, casi dolorosa.

El fenómeno tiene nombre, aunque a veces se evita pronunciarlo: gentrificación acelerada. Un movimiento tan discreto que empieza en los anuncios de renta y tan ruidoso que termina reconfigurando la vida entera de una comunidad.

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En ambos municipios, la llegada constante de extranjeros que deciden vivir de forma permanente —muchos con ingresos en dólares y la facilidad de trabajar desde cualquier lugar— ha multiplicado la demanda de vivienda. Los precios, obedientes al mercado global y no al salario local, se disparan. Lo señalan diversos reportes oficiales publicados en 2023 y 2024, que registran incrementos de renta superiores al promedio nacional, con zonas donde subieron entre 25% y 40% anual. Son cifras comprobables, duras, que dejan poco espacio para el optimismo.

En una conversación reciente, una residente de La Paz relató que el departamento donde vivió por ocho años duplicó su renta en menos de dos. Otra persona, originaria de Cabo San Lucas, comentó que su familia tuvo que mudarse a más de 40 minutos del centro porque ya no podía costear el barrio donde había crecido. Ninguna de estas historias es aislada; más bien, ilustran lo que varios estudios urbanísticos han señalado: la presión inmobiliaria en destinos turísticos de alta demanda produce una expulsión silenciosa, pero constante.

Hay momentos en los que la transformación es evidente a simple vista. En La Paz, colonias tradicionalmente familiares han visto aparecer cafeterías de estética estandarizada, condominios minimalistas y letreros en inglés que compiten con los locales. En Los Cabos, la construcción de nuevos desarrollos residenciales orientados al público extranjero redibuja las fronteras urbanas, empuja a las familias locales hacia periferias cada vez más lejanas y complica la movilidad diaria. No se trata únicamente del precio: se trata del tiempo perdido en trayectos, de la dificultad para acceder a servicios, del desgaste emocional de sentir que la ciudad deja de pertenecer a quienes la sostienen.

La movilidad urbana, de hecho, es uno de los puntos más críticos. Conforme las comunidades locales se desplazan hacia zonas más económicas, aumentan los tiempos de traslado y se saturan las vías que conectan periferias con centros laborales y educativos. Urbanistas consultados en informes recientes advierten que, sin planificación a largo plazo, esta tendencia podría profundizar la segregación espacial: ciudades fracturadas entre quienes pueden y quienes no pueden pagar estar cerca.

La pregunta inevitable es por qué está ocurriendo con tanta intensidad. La respuesta, aunque múltiple, tiene un hilo conductor: destinos como La Paz y Los Cabos se han convertido en refugio para extranjeros que buscan seguridad, belleza natural, cercanía al mar y un costo de vida que, comparado con sus países de origen, sigue siendo atractivo. Lo paradójico es que, en esa comparación, el costo deja de ser atractivo precisamente para quienes siempre vivieron allí. Es una ecuación injusta: la economía global se impone sobre la economía local.

Aunque la problemática es real y ampliamente documentada, también existen rutas posibles. Algunos especialistas han planteado medidas como regulación más estricta de rentas a corto plazo, incentivos para vivienda accesible, programas de movilidad urbana más eficientes y actualización de políticas que prioricen a la población residente. Ninguna solución es inmediata, pero todas comienzan con un consenso básico: reconocer que el fenómeno existe y que ya afecta la vida cotidiana.

Al recorrer las calles de Baja California Sur es imposible no sentir que algo se está jugando en ellas. La identidad, la memoria, la pertenencia. Cada edificio nuevo, cada renta anunciada en dólares, cada familia que empaca en silencio revela una transición que exige ser contada sin alarmismo, pero con honestidad.

Lo que está en disputa no es solo el valor de una propiedad, sino el derecho a seguir siendo parte de un lugar que durante generaciones se ha sentido como hogar. Y frente a esa disputa, vale recordar que la dignidad comunitaria no se mide en metros cuadrados, sino en la capacidad colectiva de defender el territorio emocional que nos sostiene.

Porque cuando una ciudad pierde a su gente, pierde su alma. Y ninguna plusvalía vale tanto como la memoria viva de quienes la construyen día con día.

Referencias y fuentes consultadas:
– Reportes oficiales del INEGI sobre movilidad y vivienda (2023–2024)
– Comunicados municipales de La Paz y Los Cabos relacionados con desarrollo urbano y vivienda
– Análisis académicos recientes sobre gentrificación en destinos turísticos de México
– Información pública del Instituto de Planeación Municipal (IMPLAN) de La Paz y Los Cabos




Fortalecen la natación en BCS con clasificatorio estatal rumbo a la justa nacional

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Instituto Sudcaliforniano del Deporte (INSUDE) realizó por primera vez en Baja California Sur el clasificatorio estatal de natación rumbo a la Olimpiada Nacional CONADE 2026, en coordinación con los clubes de natación de la entidad.

En el Centro Deportivo Municipal (CEDEM) Guillermo “Memo” Ayón, de La Paz, el INSUDE reunió a 44 atletas de La Paz, Los Cabos, Loreto y Comondú, quienes buscaron mejorar sus marcas para avanzar a la fase regional y, posteriormente, a la etapa nacional.

Con el fin de garantizar el cumplimiento de los criterios oficiales de evaluación, un juez certificado acudió a la capital del estado para verificar el desarrollo técnico de cada prueba y la correcta aplicación de los protocolos correspondientes.

Durante la competencia se realizaron pruebas como 100 metros combinado individual, 50 metros mariposa, 200 metros pecho y 1,500 metros estilo libre, entre otras, en las que las y los nadadores demostraron su preparación, disciplina y nivel competitivo.

El INSUDE destacó que este tipo de eventos fortalecen el proceso rumbo a la justa nacional, permiten medir el desempeño de las y los deportistas sudcalifornianos y consolidan el crecimiento de la disciplina de la natación en el estado.




Sigue suspensión de clases en La Paz y Los Cabos por huracán «Priscilla»

FOTOS: Conagua | Gobierno del Estado.

La Paz, Baja California Sur (BCS). El huracán Priscilla alcanzaría la categoría 3 en el transcurso de la tarde y noche de este martes, de acuerdo con el informe presentado durante la tercera sesión del Consejo Estatal de Protección Civil en Baja California Sur.

En la reunión, el gobernador Víctor Manuel Castro Cosío reiteró el llamado a la población a mantenerse alerta, ya que, aunque por su trayectoria no se prevé un impacto directo en territorio sudcaliforniano, el fenómeno provocará lluvias intensas en los municipios de La Paz y Los Cabos, y para este miércoles y jueves 8 y 9 de octubre también en el municipio de Comondú.

Acompañado por la Coordinadora Nacional de Protección Civil, Laura Velázquez Alzúa, el mandatario estatal destacó la importancia de que la ciudadanía conozca que las instituciones se mantienen en alerta y dando seguimiento al meteoro.

Por su parte, Laura Velázquez señaló que su presencia en la entidad tiene como propósito reforzar la coordinación con los integrantes del Consejo, a fin de actuar antes, durante y después de los efectos de Priscilla; informó que esta tarde se trasladaría a Los Cabos, por ser la zona más susceptible a registrar afectaciones.

Uno de los acuerdos alcanzados durante esta sesión, fue mantener la suspensión de clases en todos los niveles y turnos para los municipios de La Paz y Los Cabos.

Asimismo, se informó que a partir de las 14:00 horas de este martes se estableció el libre tránsito por el libramiento carretero entre Cabo San Lucas y San José del Cabo, medida que permanecerá vigente hasta que concluya la emergencia.

Se mencionó que hasta el momento no se registran daños relevantes en la red carretera, aeropuertos, puertos e instituciones de salud. No obstante, se reportó que el huracán Priscilla ha incrementado su velocidad de desplazamiento a 17 kilómetros por hora, con vientos sostenidos de 175 kilómetros por hora. Se precisó también que, debido a las condiciones del océano Pacífico, el fenómeno comenzaría a perder fuerza a partir de este miércoles.

Los puertos de Los Cabos permanecen cerrados, mientras que, en La Paz, la restricción aplica únicamente para embarcaciones menores. En cuanto a la operación aeroportuaria, ésta se desarrolla de manera prácticamente normal, con excepción de un vuelo cancelado con destino a La Paz.

El Consejo Estatal de Protección Civil acordó sesionar a las 7:00 horas de este miércoles 8 de octubre, y más tarde una sesión con autoridades federales y del municipio de Los Cabos para evaluar daños y definir acciones de atención inmediata.




La Ruta del Desierto: carreras y desdén por los locales en Los Cabos

FOTOS: Facebook.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En Los Cabos, donde el sol inclemente se funde con el azul del mar, dos compañías de transporte público dominan las rutas que conectan dos puntos esenciales de la ciudad: San José del Cabo y Cabo San Lucas. Ruta del Desierto, con 20 unidades, y Cabo Baja, con solo 5, protagonizan una competencia feroz que, lejos de mejorar el servicio, ha creado un ambiente de tensión, inseguridad y desatención. Los residentes que dependen de este transporte a diario se ven atrapados en un sistema que, aunque esencial, no cumple con las expectativas mínimas de calidad y servicio.

El problema no radica únicamente en la cantidad de unidades disponibles, sino en cómo estas unidades operan. Las unidades de ambas compañías, aunque necesarias, carecen del mantenimiento adecuado, lo que genera una experiencia incómoda y, en ocasiones, peligrosa para los usuarios. El aire acondicionado, en vez de ofrecer un alivio en el calor sofocante del desierto, a menudo no funciona correctamente. Aunque algunos camiones tienen el sistema encendido, este termina por liberar gotas de agua, empapando a los pasajeros, lo que transforma un viaje que debería ser cómodo en una incomodidad diaria.

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Sin embargo, lo más crítico no es el mal funcionamiento de un sistema de refrigeración. Lo que realmente está en juego es la competencia entre las dos empresas, que ha dejado de centrarse en mejorar el servicio y se ha transformado en una guerra por los pasajeros. Ruta del Desierto, con su flota más grande, parece llevar la ventaja, pero su enfoque en ganar terreno y llenar los camiones a toda costa no ha mejorado la calidad del servicio. De hecho, a menudo se pasan de largo cuando los residentes intentan hacer una parada. Los conductores, más enfocados en seguir su ruta y cumplir con los horarios, parecen ignorar las señales de los locales que dependen de estas unidades para sus desplazamientos cotidianos.

Uno de los testimonios más comunes entre los usuarios frecuentes es la frustración por el trato desigual que reciben los locales en comparación con los turistas. «A veces los camiones pasan vacíos y no se paran. Sólo se detienen si ven turistas. A veces escucho a los conductores decir, ‘no, esos no, déjalos pasar’», es lo que muchos afirman haber escuchado mientras viajan. Este comportamiento, lejos de ser aislado, parece ser una norma dentro del sistema de transporte.

Los conductores de Ruta del Desierto, con una flota más grande, se ven en una posición de poder que no están dispuestos a dejar ir. Mientras tanto, Cabo Baja, con su flota mucho más pequeña, se ve en desventaja, luchando por cubrir las rutas con unidades que, además de estar en menor cantidad, no cuentan con el mantenimiento adecuado. En lugar de centrarse en mejorar la experiencia del usuario, el objetivo parece ser una carrera constante para ver quién puede ganar el pasaje más rápido, sin importar el daño que esto pueda causar en la seguridad de los pasajeros.

Los accidentes, aunque no siempre reportados, son cada vez más frecuentes. Las unidades viejas, con sistemas de frenos que no funcionan correctamente o suspensión en mal estado, se han convertido en una amenaza diaria para los pasajeros. Esto, sumado a la falta de regulación y supervisión por parte de las autoridades locales, genera un entorno de desconfianza y riesgo para quienes utilizan el transporte público como medio principal de movilidad.

«Es como si no importáramos», menciona un residente que utiliza el transporte público a diario. «Nos ven esperando, pero no se paran. Si ven turistas, lo primero que hacen es frenar. A nosotros, los locales, nos ven como si no tuviéramos valor».

Lo que está en juego no es solo la eficiencia del transporte o la competencia entre empresas. Es una cuestión de justicia social. Los residentes de Los Cabos merecen un sistema de transporte que funcione para ellos, no solo para los turistas. Este desprecio por los locales y la competencia salvaje entre Ruta del Desierto y Cabo Baja han dejado claro que las prioridades están mal enfocadas. Los pasajeros, quienes dependen de este servicio a diario, no deberían ser tratados como un número más, ni como un obstáculo en una carrera que no les beneficia.

Es urgente que las autoridades tomen cartas en el asunto y que las empresas de transporte comprendan que su verdadera misión no es ganar una carrera, sino servir a todos por igual, con respeto, seguridad y calidad. La batalla por el pasaje no debería ser una carrera peligrosa, ni un campo de indiferencia hacia quienes realmente construyen la vida de Los Cabos. El futuro del transporte público en esta ciudad no se trata de quién tiene más unidades o quién puede llegar primero, sino de quién puede ofrecer un servicio que realmente valore a todos sus usuarios.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Cuando el mar respira hondo: crónica urgente de «Lorena» en Los Cabos

FOTOS: Luz Noticias | INTERIOR: José Luis Cortés.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La madrugada olía a tierra batida y a miedo viejo. Septiembre abrió con un temblor de 4.3 en San José del Cabo —recordatorio de que aquí la tierra también cruje— y, enseguida, con la respiración pesada del Pacífico: Lorena. El nombre repite cada seis años como si la memoria se aprendiera por rimas. Esta vez, el ciclón nació huracán, se acercó, dejó ríos desbordados y luego se degradó a tormenta tropical; pero la degradación semántica no reduce el agua que cae ni el lodo que empuja. “Vientos en rachas, oleaje y corrientes que amenazan la vida”, advirtió el Centro Nacional de Huracanes (NHC) en su aviso matutino del jueves.

¿Actuaron a tiempo las autoridades? El Consejo Municipal de Protección Civil en Los Cabos entró en sesión permanente, abrió los refugios del Plan A y suspendió clases y trámites antes de la fase más severa del temporal, medidas anunciadas oficialmente el miércoles. Son decisiones de manual que se agradecen cuando el cielo se dobla. Medios nacionales reportaron, ya con los arroyos interrumpiendo calles y cortes de energía, 19 albergues abiertos aunque apenas 64 personas habían ingresado hasta la tarde. La cifra revela una tensión conocida: la gente prefiere aguantar en casa hasta el último minuto —y esa costumbre, en estas latitudes, suele costar caro.

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¿Se apoyó a la población? Entre comunicados y brigadas, hubo presencia institucional. CONAGUA/SMN avisó de lluvias torrenciales para el Sur de la península, con vigilancia de presas y cuerpos de agua; Protección Civil Nacional pidió extremar precauciones; y el NHC mantuvo advertencias de oleaje peligroso hasta el viernes. La coordinación interinstitucional mejoró respecto de viejas emergencias: el canal de información es más claro, las gráficas de riesgo llegan al teléfono y las suspensiones preventivas ya no se discuten como lujo. Pero la entrada a refugios fue baja y hubo afectaciones en servicios de salud, como la suspensión de consulta en la clínica 6 del IMSS y el Hospital General de San José del Cabo por inundaciones, lo que desnuda frágiles puntos de la infraestructura.

¿Qué aprendimos de los otros nombres que nos marcaron? Odile, 2014: derribó 520 torres eléctricas y dejó sin luz al 95% de BCS, con miles de viviendas y escuelas dañadas; un cataclismo que obligó a repensar todo, desde cables hasta protocolos. Lidia, 2017: al menos seis personas muertas en Los Cabos y 4,200 desalojadas, prueba de que la trampa mortal sigue estando en arroyos y pasos a desnivel. La memoria de esas pérdidas —y de las reconstrucciones posteriores— no es una cita al pie; es el mapa de lo que sí y lo que nunca más.

¿Y ahora, con Lorena? Los datos duros importan: el jueves 4 de septiembre, el sistema se debilitó a tormenta tropical, con lluvias capaces de acumular hasta 150–250 mm en zonas de Baja California Sur y de generar inundaciones y deslaves, de acuerdo con partes del SMN y reportes internacionales. En Los Cabos se registraron cortes de luz, suspensión de transporte y afectaciones viales por arroyos. No hubo un impacto directo del ojo en Cabo San Lucas, pero las bandas nubosas hicieron el trabajo sucio: agua, viento, desazolve a martillazos.

En la calle, la crónica suelta sus propios números. “Nos dijeron que abrieron refugios, pero mi mamá no quiso salir; ‘ya pasó lo peor’, me dijo. Luego se fue la luz y empezó a meterse el agua”, me cuenta por teléfono Mariela, vecina de colonia Leonardo Gastélum, mientras organiza toallas en la puerta. Su testimonio conecta con la estadística de baja ocupación en albergues: el instinto de aguantar puede más que el aviso.

¿Nos toma siempre descuidados? No exactamente. Hay avances verificables: avisos tempranos, sesiones permanentes de los consejos, planes de refugio activados, suspensiones preventivas. Pero las brechas persisten: drenaje insuficiente en colonias de crecimiento acelerado, servicios de salud que se inundan, viviendas en cauces reactivados y la cultura del “no me va a pasar”. A eso súmele que el mes arrancó con sismos —en el país y en San José del Cabo, particularmente el 1 de septiembre— y entenderemos el estrés compuesto que enfrenta la población, cuando el suelo y el cielo se mueven en la misma semana.

¿Qué hacer ya, no mañana? Tres acciones concretas y realistas: 1.-Priorizar limpieza y desazolve de arroyos y pluviales antes del siguiente pulso de lluvia; es barato y salva vidas. 2.-Aumentar la ocupación de refugios con campañas puerta a puerta en zonas de riesgo, usando mapas locales de inundación y testimonios —“quien vive cerca del arroyo, no gana discusiones al agua”. 3.-Blindar infraestructura crítica (clínicas, plantas de bombeo, subestaciones) con bordos temporales y compuertas estancas mientras llegan inversiones mayores; ya aprendimos con Odile que sin luz ni agua la emergencia se vuelve espiral.

Porque Lorena pasará del parte meteorológico a la anécdota. Lo que no puede pasar es nuestra responsabilidad. Baja California Sur no elige la ruta de los huracanes, pero sí cómo se para cuando llegan. Si seguimos apostando a la suerte, la suerte nos seguirá cobrando intereses.

La resiliencia no es una palabra bonita: es una coreografía humilde entre aviso, decisión y cuidado colectivo. Que cada alerta se convierta en puerta abierta, cada arroyo en línea roja y cada vecino en brigadista. Porque aquí, donde el mar respira hondo, la esperanza se construye con botas de hule y manos juntas. En Los Cabos, la valentía no es aguantar el golpe: es movernos antes de que pegue.

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