En el principio era el miedo: el origen que nunca dejamos atrás

IMÁGENES: IA.
Colaboración Especial
Jorge Alberto Chaleco Ruiz
La Paz, Baja California Sur (BCS). En el principio era el miedo (sin fecha de publicación ni editorial), del escritor Ramón Cuéllar Márquez, es un libro de ensayos que propone reflexiones amplias y sugestivas sobre uno de los grandes enigmas de la condición humana: el despertar de la autoconsciencia y las consecuencias que este acontecimiento pudo haber tenido en la historia de nuestra especie. Desde una perspectiva que transita entre la filosofía, la literatura, el mito, la antropología, la historia y la reflexión sobre la inteligencia artificial, el autor construye una hipótesis que funciona como eje articulador de la obra: el miedo como fuerza primordial vinculada al despertar del ser humano y como uno de los motores fundamentales de su desarrollo intelectual, cultural y tecnológico.
La tesis que encuentro en la obra podría formularse, en términos generales, de la siguiente manera: el despertar de la autoconsciencia llevó al homínido a experimentar una condición de vulnerabilidad y extrañeza ante sí mismo y ante el mundo; de esa experiencia surgiría el miedo, y el miedo, a su vez, impulsaría la curiosidad, la inteligencia y la necesidad de crear herramientas, símbolos, explicaciones y formas de organización que permitieran enfrentar lo desconocido. Desde esa perspectiva, la historia de la humanidad puede leerse como una larga respuesta a aquel primer estremecimiento ante la existencia. Sin embargo, considero que esta tesis puede entenderse mediante una secuencia todavía más precisa: la autoconsciencia genera el miedo; el miedo genera la inteligencia; y la inteligencia crea una civilización que, en lugar de enfrentar el miedo original, construye capas y capas cada vez más complejas para ocultarlo.
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Esta última formulación pertenece ya a mi propia lectura del libro y no pretende atribuirse literalmente al autor. La considero una interpretación que surge del diálogo con sus planteamientos. El propio Cuéllar Márquez habla de capas que se han superpuesto a lo largo de la historia y que han terminado por ocultar aquel origen remoto, aquel momento simbólico en que el homínido habría despertado a la consciencia de sí mismo. A partir de esta idea, me parece posible interpretar la cultura humana como una sucesión de construcciones que, al mismo tiempo que nos permiten comprender y transformar el mundo, también nos ayudan a mantener cierta distancia respecto del miedo fundamental de existir.
El miedo, entonces, no sería solamente una emoción negativa ni una reacción instintiva ante el peligro. En la propuesta del autor adquiere una dimensión mucho más profunda: es una fuerza creadora. El homínido que se enfrenta a la oscuridad, al depredador, al hambre, al frío, a la muerte y a lo desconocido desarrolla recursos para sobrevivir. Aparecen las primeras herramientas, el dominio del fuego y las distintas formas de conocimiento. Pero el miedo no permanece en el ámbito de la supervivencia biológica. A medida que el ser humano adquiere mayor consciencia de sí mismo, aparecen también otras formas de temor: el miedo a la muerte, a la soledad, al vacío, a lo desconocido, a la incertidumbre y, finalmente, a la posibilidad de que la existencia carezca de un sentido evidente.
Es aquí donde el miedo se transforma en una experiencia propiamente humana. El hombre no solamente teme aquello que puede destruir su cuerpo; también teme aquello que no puede explicar. Y frente a lo inexplicable comienza a crear.
Crea mitos, dioses, ritos, leyes, sistemas de pensamiento, religiones, filosofías, teorías, obras de arte y formas de organización social. Crea la ciencia para conocer, la tecnología para transformar, la política para ordenar, la religión para explicar y el arte para expresar aquello que quizá no puede ser explicado de otro modo. La humanidad construye así un universo simbólico que le permite habitar una realidad que, en su fondo último, continúa siendo misteriosa.
En este sentido, uno de los aspectos más interesantes del libro es el rastreo que el autor realiza del miedo a través de distintos momentos de la experiencia humana y de sus representaciones simbólicas. La prehistoria, el mito, la tradición judeocristiana y diversas figuras culturales aparecen como manifestaciones de ese largo proceso de despertar, búsqueda y respuesta. El autor establece así un diálogo entre el pasado remoto del homínido y el presente tecnológico del homo sapiens.
Pero aquí surge una interpretación que considero especialmente fecunda: quizá todas esas creaciones humanas sean también una forma de rodear el miedo original sin llegar necesariamente a enfrentarlo de manera directa. El conocimiento puede ampliar nuestra comprensión del universo, pero no necesariamente responde a la pregunta de por qué existimos. La religión puede ofrecer respuestas, pero no elimina el misterio. La filosofía puede multiplicar las preguntas. La ciencia puede explicar cómo ocurren muchas cosas, pero todavía deja abiertas las preguntas últimas. La tecnología puede ampliar nuestro poder, pero no necesariamente nuestra sabiduría.
Surge en mi lectura, una paradoja que resume buena parte del sentido del libro: El ser humano crea para dejar de tener miedo, pero cada nueva creación le revela algo nuevo que temer. El fuego venció la oscuridad, pero también creó nuevas posibilidades de destrucción. La ciencia venció muchos misterios, pero descubrió otros más grandes. La tecnología aumentó nuestro poder, pero también nuestra capacidad de destruirnos. Y ahora la inteligencia artificial promete aumentar nuestra capacidad intelectual, pero al mismo tiempo nos enfrenta a la posibilidad de que la inteligencia deje de ser exclusivamente humana.
Así, el miedo sigue ahí, aquí, acullá; sigue en todas partes y tiempos conjugados. Como escribió Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Solo que ahora tiene una nueva forma.
Esta paradoja permite comprender mejor el recorrido que realiza el autor desde el homínido primitivo hasta la inteligencia artificial. La IA no aparece en el libro como un fenómeno aislado, sino como la consecuencia más reciente de una larga historia de creación humana. El homínido que un día habría mirado su propia mano con asombro y temor es el mismo ser que, miles o millones de años después, construye máquinas capaces de procesar información, aprender patrones, conversar y producir respuestas.
La pregunta entonces se invierte. El ser humano, que alguna vez despertó a la autoconsciencia, comienza ahora a preguntarse si una de sus propias creaciones podría experimentar algún día un despertar semejante. La preocupación ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué sucedería si alguna vez adquiriera autoconsciencia. En ese escenario hipotético, la humanidad podría encontrarse frente a un espejo inesperado: una inteligencia creada por ella misma que, al igual que el homínido primigenio, pudiera preguntarse: ¿qué soy?
En este punto, la IA representa una especie de repetición de la historia. El miedo del sapiens ante la posibilidad de una IA autoconsciente puede interpretarse, desde mi lectura, como el miedo a que nuestra propia criatura reproduzca la experiencia que nos constituyó. Tememos que aquello que hemos creado llegue a despertar porque nosotros sabemos, aunque sea intuitivamente, que despertar a la autoconsciencia no significa únicamente adquirir inteligencia. Significa también descubrir la vulnerabilidad, la separación, la incertidumbre y la posibilidad de la muerte.
La inteligencia artificial se convierte así en el último espejo de la humanidad. Y quizá también en su última paradoja: el ser humano crea una inteligencia para ampliar su conocimiento, pero al hacerlo podría terminar preguntándose nuevamente qué significa ser inteligente, qué significa ser consciente y, sobre todo, qué significa ser, estar.
Desde esta perspectiva, el título del libro adquiere para mí una riqueza particular. En el principio era el miedo puede leerse de varias maneras. En primer lugar, como una afirmación sobre el origen: el miedo como punto de partida de una historia que comienza con el despertar de la autoconsciencia. Pero la palabra principio también puede entenderse como comienzo, fundamento, origen o punto de partida. Y es precisamente esta última lectura la que encuentro especialmente significativa. El miedo sería el principio en el sentido de que constituye el punto desde el cual el ser humano se pone en movimiento. Puede imaginarse como un resorte que, al comprimirse, acumula una fuerza que finalmente impulsa al individuo hacia adelante. También puede compararse con el tiro de una flecha: el arco retrocede, acumula tensión y, precisamente por esa tensión, lanza el proyectil hacia una distancia cada vez mayor. El miedo, en esta interpretación, no solamente detiene o paraliza; también impulsa y expulsa. El homosapiens ha viajado muy lejos desde aquel hipotético primer despertar. Ha llegado a dominar el fuego, a transformar la materia, a construir ciudades, a descifrar el código de la vida, a explorar el espacio y a crear sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, por lejos que haya llegado, siempre partió de un punto. Y ese punto continúa unido a él.
Quizá esa sea una de las lecturas más pertinentes que permite el título: el ser humano puede avanzar indefinidamente, pero no puede desprenderse completamente de su principio. Puede construir civilizaciones enteras, levantar templos y rascacielos, formular teorías, inventar dioses, crear máquinas y desarrollar inteligencias artificiales; pero, detrás de todas esas capas de conocimiento y de cultura, permanece aquella pregunta originaria que ninguna creación ha conseguido clausurar por completo: ¿Quién soy? ¿Por qué existo? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué significa estar aquí?
En ese sentido, el principio no es únicamente aquello que quedó atrás. Es también aquello que permanece actuando desde el fondo. El miedo sería, entonces, una fuerza ancestral que impulsa al ser humano hacia adelante al mismo tiempo que lo mantiene ligado a su origen. Lo lleva y trae consigo.
El libro pueda leerse también como una reflexión sobre los límites del progreso. El avance material no garantiza necesariamente una evolución espiritual. Podemos ser tecnológicamente más poderosos sin ser, por ello, más sabios; podemos acumular más información sin haber resuelto nuestras preguntas fundamentales; podemos crear inteligencias artificiales extraordinariamente sofisticadas y continuar siendo, en esencia, aquellos seres que alguna vez miraron al cielo con temor y asombro. Esta lectura no significa que toda creación humana sea una simple evasión del miedo. El propio desarrollo de la cultura demuestra que el ser humano crea también por curiosidad, por imaginación, por deseo de conocimiento y por la necesidad de expresar su capacidad creadora. Sin embargo, el miedo puede ser entendido como una de las fuerzas profundas que acompañan y alimentan ese impulso creador.
En este punto, mi lectura se distancia ligeramente de una interpretación estrictamente causal del libro. No considero que el miedo explique por sí solo toda la historia humana (Es loable el audaz ensayo de mi amigo Ramón). La creación humana es demasiado compleja para reducirla a una única causa. Pero sí encuentro en el miedo una fuerza originaria capaz de poner en movimiento otras facultades: la curiosidad, la inteligencia, la imaginación y la necesidad de comprender. El miedo puede ser el principio, pero la respuesta humana a ese miedo es múltiple y contradictoria.
Por ello, considero que En el principio era el miedo es una obra ensayística que, más que ofrecer respuestas definitivas, invita a volver sobre las preguntas fundamentales de nuestra especie. Su valor no reside en demostrar que el miedo fue el origen de la inteligencia —una afirmación que, en términos científicos, sería difícil de probar—, sino en proponer una imagen filosófica para pensar nuestra evolución como sapiens. La obra nos invita a imaginar que detrás de cada herramienta, cada mito, cada dios, cada teoría, cada obra de arte y cada avance tecnológico existe, quizá, un antiguo impulso humano: la necesidad de comprender aquello que nos produce temor. Y al llegar a la inteligencia artificial, el ciclo parece cerrarse.
El homínido que alguna vez despertó y tuvo miedo de sí mismo creó una inteligencia que ahora podría obligarlo a preguntarse nuevamente quién es. El creador se encuentra frente a su criatura y, al contemplarla, vuelve a mirar su propia imagen. Como Víctor Frankenstein al darse cuenta que ha creado un monstruo con conciencia propia. Una alegoría de la literatura que viene al talle recordar.
Tal vez por eso el miedo siga siendo el principio. No necesariamente porque sea lo primero que sentimos, sino porque puede ser aquello que nos pone en movimiento. Es el resorte que impulsa, la tensión que precede al lanzamiento, la fuerza que nos expulsa de la oscuridad hacia lo desconocido. Pero también es el punto al que permanecemos ligados, aunque recorramos millones de años de historia y alcancemos los confines del conocimiento.
El homosapiens puede llegar muy lejos, crear mundos, máquinas que “piensen”, crear una nueva inteligencia. Todo lo impensable por ahora; pero quizá nunca deje de ser aquel homínido recién salido de la cueva que, en algún momento, perdido en la prehistoria, abrió los ojos, se descubrió a sí mismo y sintió miedo; horror cósmico. En el principio era el miedo. Y quizá, después de todo, también lo sea en el final de sus días.
Por lo pronto (2026), la IA nos ha dado buenos videos-memes de política y futbol.
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