Ley Ingrid: Cuando usan tu nombre para legislar pero no resuelven tu caso

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Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS).  El pasado martes 23 de febrero, trascendió en medios que el Congreso de la Ciudad de México aprobó el dictamen que se conoce como “Ley Ingrid”, la cual no es una ley como tal, sino un conjunto de reformas legislativas que sancionan a los servidores públicos y policías que difundan imágenes o videos de investigaciones vinculadas con hechos delictivos. Esta reforma se hace necesaria en atención al respeto a la memoria de las víctimas que han sido privadas de la vida y como parte del combate a la violencia de género en los medios de comunicación.

Se conoce como “Ley Ingrid” ya que esta reforma se propuso a raíz del indignante manejo que se dio en la prensa del brutal feminicidio de Ingrid Escamilla, una mujer de 25 años que murió a manos de su pareja, Francisco Robledo, el 9 de febrero del 2020. El propio feminicida confesó, posterior a su crimen, que durante una discusión él la golpeó y ella trató de defenderse con un cuchillo, sin embargo, él se lo quitó y la mató con él, alegando que estaba bajo influjo de drogas; luego trató de ocultar su crimen cortando el cuerpo de Ingrid.

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Este crimen trascendió no sólo por la barbarie con el que fue perpetrado, sino por la exhibición del cuerpo de Ingrid en las portadas de los diarios de nota roja La Prensa y Pásala —que comenzaron a circular rápidamente en las redes sociales—, donde mostraron su fotografía sin pudor alguno, mostrando el cuerpo de Ingrid desnudo y mancillado de forma morbosa con el titular de “DESCARNADA”. Esta falta de respeto a la memoria de la joven y el tratamiento crudo, sensacionalista y amarillista del caso, provocó una ola de indignación en todo el país, y diversos colectivos feministas levantaron la voz, manifestándose en las calles y ante las instalaciones de estos medios de comunicación.

Así, nació la propuesta de la creación de la Ley Ingrid, la cual fue presentada por la Fiscal general de la Ciudad de México, Ernestina Godoy, y cuyo objetivo es castigar la filtración de expedientes de la Fiscalía, en especial cuando la información que se difunde menoscaba la dignidad de las víctimas o de sus familiares; ya sea tratándose de cadáveres de mujeres, niñas o adolescentes, las circunstancias de su muerte, las lesiones o el estado de salud de la víctima, según cita el propio dictamen.

De acuerdo a éste “se impondrán de dos a seis años de prisión, y una multa de 500 mil Unidades de Medida y actualización a la persona servidora pública que, de forma indebida difunda, entregue, revele, publique, transmita, exponga, remita, distribuya, videograbe, audiograbe, fotografíe, filme, reproduzca, comercialice, oferte, intercambie o comparta imágenes, audios, videos, información reservada, documentos del lugar de los hechos o del hallazgo, indicios, evidencias, objetos, instrumentos relacionados con el procedimiento penal o productos, con uno o varios hechos señalados por la Ley como delitos”.

Sin embargo, a pesar de que se ha aprobado este dictamen con el nombre de Ingrid, y que la Fiscalía General de Justicia CDMX anunció en su momento que al menos seis personas —entre policías y fiscales— estaban siendo investigadas por la filtración de las imágenes, a más de un año, sigue sin resolución alguna. La Fiscalía aún no ha dado alguna información que indique que existe siquiera algún avance en este proceso, por lo que no hay claridad sobre lo sucedido con los agentes investigados, si han recibido alguna sanción penal o administrativa, o por el contrario, si continúan en funciones, o siguen a cargo de casos de este tipo, de naturaleza delicada.

Así, aunque ahora existe en la Ciudad de México y en Oaxaca –y en BCS, ¿para cuándo?– una legislación que pretende evitar que estos hechos se repitan, lo cierto es que la revictimización de Ingrid al filtrar las terribles fotografías de su cuerpo violentado, en favor del amarillismo y el morbo, haciendo apología a la violencia y poniendo en riesgo el debido proceso, teniendo detrás una evidente corrupción por parte de aquellos que tenían a su cargo hacer justicia y resguardar la integridad del caso, ha quedado impune. Una vergüenza.

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¿Qué es el pacto patriarcal y por qué debe desaparecer?

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Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hace pocos días trascendió en las redes sociales la denuncia de la YouTuber Nath Campos, quien por medio de un video en su canal revela que fue abusada sexualmente por su colega, el también YouTuber Ricardo Gonzalez, conocido como «Rix». Relató que hace algunos años salió con varias personas que consideraba sus amigos y tomaron bebidas alcohólicas. Él abusó de ella en su departamento aprovechándose del estado de ebriedad de Nath. Durante el video, Campos explicó que en el momento en que sucedió se acercó a personas en común, desde miembros del equipo de trabajo hasta amigos y otros colegas buscando apoyo, y le respondieron que “no era tan grave”. Esto es el pacto patriarcal en su forma más explícita.

Colectivas como Sorora.mx y Brujas del Mar definen al pacto patriarcal como una “serie de acuerdos implícitos entre hombres… una alianza basada en la complicidad y el silencio, donde los hombres se protegen, legitiman y excusan sus actitudes y acciones misóginas, sexistas y homofóbicas”.

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Se perpetúa entre hombres de todo el mundo, sin que sea necesario que se conozcan o que tengan vínculos, basta su congenie masculina para apoyarse, reconociéndose entre ellos “como iguales y como sujetos de derechos, sobre y en ventaja de las mujeres”. Y es en los casos de denuncia por abuso sexual como el de Nath que se evidencia burdamente. Sobre el propio video y en todas las redes sociales se pueden leer juicios sobre ella, revictimizandola y apoyando a su violentador. Incluso, el también influencer, Luisito Rey, aseguró que ella es culpable del abuso que sufrió por haber estado alcoholizada, y hace un llamado a la compasión para «Rix» al expresar que “también está sufriendo mucho”.

Y no es ni por asomo el primer o el único caso. Tan sólo por mencionar los casos más mediáticos que han sonado en los últimos años: en septiembre pasado en México, Diego Urik asesina a Jessica González, pidiendo ayuda a algunos de sus amigos para deshacerse del cuerpo de la víctima. Si bien se negaron a ayudarlo —textualmente le dijeron “yo no te voy a ayudar con tus mamadas”—, lo cierto es que guardaron silencio cómplice ante las alertas de búsqueda de Jessica cuando aún estaba en calidad de desaparecida para su familia y amigos. Y con su silencio, ayudaron a Diego a escapar. Por si fuera poco, estos cómplices se mofaban del feminicidio con memes y en mensajes grupales de WhatsApp.

En 2016 nos asqueamos ante la violación colectiva de cinco hombres españoles contra una chica en las Fiestas de San Fermín. El grupo, conocido como «La manada» filmó el ataque a la joven, uno de los hombres posteó mensajes en WhatsApp celebrando lo que habían hecho y prometiendo compartir las imágenes. En la corte se defendió a los abusadores llamándolos “buenos muchachos trabajadores” y de inicio la condena les favoreció con una pena menor a la de la violación porque los perpetradores no usaron violencia física ya que la actitud de la víctima fue «pasiva o neutral». Tras años de protestas mundiales y de fuerte presión de los colectivos feministas se recurrió la sentencia y finalmente se elevó como correspondía.

Un año antes en México también se mediatizó el abuso sexual de los llamados “Porkys de Veracruz”: cuatro jóvenes “junior” —hijos de familias adineradas e influyentes— que salieron de fiesta y decidieron violar colectivamente a una menor de edad en 2015.  Uno de los acusados recibió la ridícula sentencia de 5 años de prisión y quince mil pesos. Y podría seguir y seguir enumerando casos e historias donde el pacto patriarcal se hace evidente por los extremos a los que llegan a defenderse entre ellos aun y cuando se enfrentan a haber cometido feminicidios, abusos sexuales y violaciones colectivas. Pero lo cierto es que el pacto patriarcal esta principalmente en los actos cotidianos.

Un ejemplo sencillo es cuando una mujer se atreve a señalar a un hombre por haberla acosado sexualmente, otros hombres cuestionan las motivaciones de la víctima para realizar esa denuncia, el tiempo que ha transcurrido desde el acto, piden los detalles para escudriñarlos y hasta la ropa que usaba en ese momento, incluso suelen replicar que “si el hombre fuera guapo o rico, no se quejarían”; es como si se sintieran directamente implicados, quizá por no ser guapos o ricos, quizá porque suelen tener conductas cuestionables hacia las mujeres y temen que se les evidencie por ellas.

¿Por qué a los hombres les molesta tanto que una mujer denuncie a otro hombre? ¿Por qué la empatía de los hombres de inmediato se coloca del lado del agresor en lugar del de la víctima? Porque tienen normalizado el hecho de que los hombres tienen derecho sobre los cuerpos de las mujeres, que pueden hablarnos como les parezca a ellos que es correcto, dirigirnos las miradas que a ellos les parecen adecuadas, tratarnos como ellos creen que queremos o deberíamos querer.

La cosa llega a tanto, que cuando denunciamos los rechiflidos y el “piropeo” callejero saltan montones de hombres a explicarnos a las mujeres que eso no es algo malo, que es un halago y que forma parte de la cultura mexicana. O cuando señalamos de acoso la insistencia de mensajes y llamadas con intenciones sexuales y amorosas previamente rechazadas, y salen airados los machos a recriminarnos que estamos matando el romance y sus instintos “naturales” de cazadores —donde, claro, nosotras somos las presas.

A este punto saltarán algunos a recriminarme que “ellos no” y que “no todos lo hacen”, incluso se popularizó en redes sociales el hashtag #notallmen o #notodosloshombres y hasta hubo quienes compartían una imagen diciendo que ellos nos cuidan. De nuevo, hombres asumiendo que lo que se necesita son caballeros de brillante armadura que salven a las mujeres de los monstruos. Pues no, señores.

Lo que hace falta es que todos los que alegan que “ellos no”, realmente se deslinden del pacto patriarcal saliendo del silencio cómplice con que ven pasar a diario los comportamientos y actitudes machistas de otros hombres, sus pares: sus hermanos. Así y sólo así, estarán realmente abonando a cambiar nuestra sociedad en pro de construir relaciones de confianza, más allá del género.

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Iconoclasia, o porqué las feministas rompen, destruyen y queman

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Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). “Se vale protestar, pero no vandalizar”, “Esas no son formas”, “Las feministas son violentas, vándalas y delincuentas”. Estas son tan solo una muestra de las frases que oímos y leemos al enfrentarnos a las diversas manifestaciones de protesta del colectivo feminista que marcha por la lucha de derechos de las mujeres y como respuesta a la cantidad infame de feminicidios que se sigue multiplicando en nuestro país.

Siempre me pregunto, cuando los escucho, antes de juzgar y decir que las manifestaciones feministas son ‘violentas’ y que somos ‘criminales’, realmente se han cuestionado ¿qué motivos existen? ¿Hemos intentado ser escuchadas de otras maneras? ¿Han funcionado estas formas de manifestación alternativas? La destrucción, a este punto, es un acto de revolución. Y te puede parecer justificado o no, pero al menos vamos a llamarlo por su nombre. No, vandalismo no, piensa otra vez: Iconoclasia.

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Un iconoclasta, en su sentido original, es una persona que se opone al culto de imágenes sagradas. Etimológicamente, la palabra, proveniente del griego εἰκονοκλάστης (eikonoklástes), significa ‘rompedor de imágenes’. Hoy en día, por su parte, se reconoce como iconoclasta a quien va a contracorriente de las convenciones sociales y de los modelos estatuidos, y la manifestación iconoclasta es precisamente el romper y destruir las imágenes, monumentos y símbolos de estas.

La historia de la iconoclasia es extensa y por oleadas, y está relacionada con la protesta feminista desde hace más de un siglo. Para muestra, en 1914, la sufragista Mary Raleigh Richardson mutiló de siete cuchillazos la obra “La Venus del Espejo”, de Velázquez, que se exhibía en la National Gallery de Londres, enfurecida por la detención de Emmeline Pankhurst, líder de la lucha sufragista. La explicación que dio a su acto en una declaración a la Unión Política y Social de las Mujeres (Women’s Social and Political Union) fue la siguiente “He intentado destruir la pintura de la más bella mujer en la historia de la mitología como una protesta contra el gobierno por destruir a la Señora Pankhurst, la mujer más hermosa de la historia moderna”. Este fue uno de los actos iconoclastas, que no vandálicos, más famosos del pasado siglo.                             

En la historia de la humanidad nunca ha faltado la destrucción realizada por razones ideológicas, desde históricas quemas de conventos a demoliciones de monumentos cuya carga histórica se pretende destruir. Si estás interesado en la historia de la iconoclasia, puedes consultarla aquí y aquí. El vandalismo es otra cosa: simple destrucción sin motivo, vandalismo como principio y fin en sí mismo que se produce de forma incontrolada por razones individuales “sólo por hacer el daño”.

El vandalismo está ahí, a diario, en los chamacos que rayan los asientos del transporte público, en los grupos de desobligados que compiten a ver quién rompe más lámparas a pedradas, en las barras pamboleras que destruyen estadios, en los borrachos que hacen desmanes destruyendo vía pública de madrugada. Pero este tipo de actuaciones—que estoy segura que ocurren a diario—, no son ni por asomo tan censuradas. Incluso, en ciertos contextos como el deportivo se les publicita como parte de la euforia y la pasión de los hinchas.

De fondo, lo que molesta no son las pintadas ni los vidrios reventados. Nadie censuró las protestas en Estados Unidos por el horrendo homicidio de George Floyd, que también tuvieron manifestaciones iconoclastas, que por el contrario fueron aplaudidas. Lo que molesta es que quien ejerce esta forma disruptiva y controversial de protesta sea la mujer exigiendo derechos y justicia.

La destrucción no fue la primera opción. Hace no tanto se buscaba llamar la atención sobre la violencia feminicida en México con marchas pacíficas, con bailes, con canciones de protesta. Sin más resultado que la burla. Sin que la autoridad tomara en serio la agenda feminista. Se intensificó, naturalmente, la protesta: marchas con torsos desnudos, ocupación de las calles, bloqueo de edificios públicos. Y la muerte de mujeres, y los índices de violencia sexual, y el machismo sistémico continuaron con la venia del Estado.

«La violencia genera más violencia», dicen los que pretenden justificar los abusos policiacos contra las manifestantes. Pero por supuesto: la violencia feminicida en México ha provocado esta “escalada de violencia” dentro de la manifestación feminista. Nos están matando. ¿Qué esperaban?  ¿Qué les pidiéramos por favorsito “dejen de matarnos”, con las manos sobre nuestros regazos mientras les ofrecíamos té y galletas?

No está en mí, ni pretendo con este breve texto cambiar la opinión de nadie sobre la protesta feminista. Si usted, amable lector, considera que lo correcto es poner su atención en las manifestaciones iconoclastas del colectivo feminista para censurar lo que se rompe, se quema y se destruye en nombre del repudio que nos genera un Estado corrupto, feminicida y cómplice de la violencia contra las mujeres, en lugar de horrorizarse por los doce feminicidios diarios que se cometen en México, allá usted y su cuestionable escala de valores.

Pero si vas a señalar a las mujeres que se manifiestan a través de la destrucción de los bienes culturales del Estado que dejan de representar valores democráticos cuando la voz de la mitad de la población es silenciada, apelando a la conservación de monumentos; si no te parece que la quema de documentos sea una forma de expresión válida ante la infame realidad de un gobierno que ponen en tela de juicio diariamente los testimonios de miles de mujeres y niñas violentadas, al menos, llámalo por su nombre.

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¿Viva México…?

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Sexo + psique

Por Andrea Elizabeth Martínez Murillo

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). México lindo y querido… y misógino, machista, racista, clasista, xenófobo, homofóbico y transfóbico, ¿falta algo?, seguramente sí. Acabamos de celebrar 210 años de la Independencia de México, pero, ¿qué festejamos realmente?, ¿hay motivos para festejar?

Actualmente, México es el primer lugar mundial en maltrato y abuso infantil, feminicidios, muertes de profesionales de la salud, segundo lugar latinoamericano en crímenes por homofobia, décimo lugar en impunidad, entre muchos otros primeros lugares deshonrosos. El detalle es, que a donde voltees hay cifras alarmantes: 108 activistas asesinados, deforestación, desvío de recursos, pornografía infantil, funcionarios captados abusando de niñas sin repercusiones, otros funcionarios golpeando comerciantes sin consecuencias.

IMAGEN: Jorge Arellano

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Y es que México raya en lo surrealista, mientras que miles de mexicanos están festejando una fiesta más la lucha que nos condujo a la libertad, condenan a las madres y mujeres que toman edificios públicos como protesta por las desapariciones de sus hijas; mientras que nuestros líderes políticos dan el tan conocido grito de “Viva México”, policías de nuestro gobierno atentan contra la seguridad de sus ciudadanos; mientras que una parte de la población se prepara con gusto su pozole, hay una violación, desaparición, asesinato y feminicidio al mismo tiempo.

Según Animal Político, México batió un nuevo récord de violencia, sólo en el primer semestre del 2020 hubo 17,982 asesinatos, en promedio, casi 100 asesinatos de forma premeditada todos los días, de los cuales 2,240 fueron feminicidios. Solo para que puedas hacer una comparación, Esteban Moro, investigador del MIT Media Lab, de la Universidad Carlos III, realizó una investigación sobre el número total de personas que podemos conocer en toda nuestra vida, y el promedio fue 5000, lo que significa que, en solo seis meses, mataron tres veces más al número de personas que conoces actualmente o que siquiera llegarás a conocer.

Aun así, México es un país maravilloso, sin embargo, nos estamos acostumbrando a vivir en la cara oscura, ya sea por apatía, miedo u otra emoción, los que deberíamos de estar protestando, estamos encerrados en el aire acondicionado y las personas que actualmente están dejando su vida en las calles para manifestarse reciben en su mayoría críticas y amenazas, porque “esas no son las formas”: pero bien, si después de bailar de manera pacífica, hacer marchas en silencio, denunciar, dar seguimiento a la denuncia, ir a desenterrar cuerpos para buscar a sus hijos, gastar todas las instancias y recursos, para que terminen dando carpetazo a la desaparición/crimen que he sufrido, ¿qué otra cosa queda?

Esas mujeres que están tomando la CNDH ya no tienen miedo, les han quitado su vida, su tranquilidad, su paz, y lo que llenó ese vacío fue la furia, el coraje, la impotencia… esas mujeres dejaron el miedo atrás por nosotros, los que estamos cómodamente sentados, esperando… que no sea yo o alguien de mi familia.

Ante esto, ¿cuál es la respuesta de los mexicanos en redes sociales? Hacer memes, compartir packs, burlarse de la lucha ajena, en fin, la hipocresía. Estamos tan cómodos en nuestro privilegio que se nos olvida o queremos olvidar que existen muchos Méxicos, tan distintos al mío, y utilizo ese privilegio para taparme los ojos ante la injusticia.

Pero no todo está perdido, cada vez somos más los que queremos gritar ¡viva México!, con la seguridad de que es un país por el que vale la pena luchar. Cada vez nacen más colectivos que alzan la voz, nacen grupos en redes sociales de hombres que cuestionan su machismo y masculinidad. México, el México de las víctimas, ya no se está quedando en silencio y para muestra, todas las marchas feministas que han salido a protestar por aquellas que ya no pueden.

¿Qué me toca como mexicano? Cuestionarme todo, mis costumbres, prácticas, mi respuesta ante alguien que necesita ayuda, el discurso que aprendí para no ser empático con otra vida humana.

Quiero concluir con las palabras de Yesenia Zamudio, madre de María de Jesús Jaimes Zamudio, víctima de feminicidio en enero de 2016 en la Ciudad de México.

“De aquí no nos vamos a mover y van a seguir llegando más madres de toda la república, somos un chingo y somos de todo el país, y así tengamos que quemar las pinches fiscalías, lo vamos a hacer. ¡Hagan su maldito trabajo, fiscales y ministerios públicos! Y si no pueden, tengan tantita dignidad y renuncien”.

 

Bibliografía

• Animal Político. (2020). Nuevo récord de violencia: primer semestre de 2020 dejó 17 mil 982 asesinatos; violencia subió en 11 estados. Recuperado de https://www.animalpolitico.com/2020/07/record-violencia-semestre-2020-asesinatos/
• Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (2020). Boletín 128/2010 México, segundo país en América Latina en casos de Crímenes de odio por homofobia. Recuperado de https://cdhcm.org.mx/tag/segundo-pais-en-america-latina-en-casos-de-crimenes-de-odio-por-homofobia/
• El País. (2019). ¿Cuánta gente vas a acabar conociendo en toda tu vida? Muy poca. Recuperado de https://elpais.com/tecnologia/2019/07/09/actualidad/1562709377_124629.html

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¿Qué “casi” no hay feminicidios en Baja California Sur?

 

marcha feminicidios la paz

FOTO: Roberto E. Galindo Domínguez

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Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). “Mamá, y ¿por qué no la mataron con ropa?” La pregunta, en la dulce voz de una niña de no más de 7 años que presenciaba con inocente candor algunas de las pancartas con imágenes de feminicidios en la marcha del #8M en La Paz, me heló la sangre. Esa es la marca de los feminicidios, asesinatos de mujeres firmados de violencia y saña, que conllevan la aplicación de la fuerza corporal para someter a la víctima, muchas veces de la mano de agresiones sexuales.

“Aquí no pasa nada” es una frase que escuchamos constantemente los sudcalifornianos cuando se trata de la violencia e inseguridad que hay en el resto del país; al respecto del feminicidio se dice lo mismo, que aquí, en Baja California Sur, no hay (casi) nada de eso.  Y quizá, al compararnos con otros estados históricamente más peligrosos, podamos creérnoslo. Sin embargo, ¿qué dicen las cifras?

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De acuerdo a la información presentada por el INEGI en el documento “Estadísticas a propósito del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer” presentada en noviembre de 2019, de las 283 mil 466 mujeres de 15 años y más que hay en el Estado, 55.4% ha enfrentado violencia de cualquier tipo y de cualquier agresor, alguna vez en su vida. Es decir, 156 mil 973 mujeres han sido sujetas a actos violentos y discriminatorios alguna vez, a lo largo de su vida.

A partir de esta información es posible afirmar que la violencia contra las mujeres en Baja California Sur es un problema de gran dimensión y una práctica social ampliamente extendida en la entidad; más de la mitad de las sudcalifornianas han experimentado al menos un acto de violencia de cualquier tipo.

De éstas, 44 mil 724 fueron sometidas a algún tipo de violencia sexual, que van desde señalamientos obscenos, que las hayan seguido en la calle para intimidarlas sexualmente, o bien, que directamente las hayan manoseado sin su consentimiento o hasta violado.

Ser una mujer joven, factor de riesgo

Las mujeres que se encuentran más expuestas a la violencia son las jóvenes de entre 20 a 24 años, ya que 64 de cada 100 mujeres de esas edades han enfrentado al menos un episodio de violencia o abuso. En cuanto a la violencia sexual, la edad desciende aún más: de entre las mujeres jóvenes entre 18 y 29 años, cuatro de cada diez han sido agredidas sexualmente.

Asimismo, las adolescentes de 15 a 17 años presentan niveles altos de violencia sexual, emocional y física; siendo menores de edad, ya han sido víctimas de abusos de diversa índole.

Feminicidios

En 10 años (2009-2018) se duplicó el número de mujeres fallecidas por agresiones intencionales, ubicándose en 184, en comparación con los 71 casos ocurridos entre 1990 y 2008.

Como se aprecia en la gráfica de INEGI, a partir de 2015 se observa un aumento significativo de los asesinatos hacía las mujeres. Del total de defunciones por homicidio de mujeres ocurridas en 2018, más de la mitad (52.2%) corresponde a menores de 30 años, mientras que entre los hombres de las mismas edades es de 38.4 por ciento. Es decir, las mujeres jóvenes son las más expuestas a morir violentamente, incluso más que entre los hombres de esa edad.

La saña feminicida

Mientras los homicidios contra los hombres han sido perpetrados en su mayoría con arma de fuego (75 de cada 100, en 2018), entre las mujeres, 44 de cada 100 fueron estranguladas, ahorcadas o sofocadas, ahogadas, quemadas, golpeadas con algún objeto o heridas con arma punzocortante.

Los datos muestran que las mujeres son asesinadas con mayor violencia y saña, utilizando medios que producen mayor dolor, con el fin de prolongar su sufrimiento antes de morir y, sobre todo, mediante la aplicación de la fuerza física para someterlas.

Estos son los datos que arroja INEGI en el reporte antes mencionado, sobre las muertes por agresiones intencionales (homicidios) de mujeres, desde la perspectiva de las estadísticas de defunciones, que registran el fallecimiento de una persona y la causa específica del deceso, registrado en el certificado de defunción. Pero, ¿qué dicen las autoridades encargadas de la procuración de justicia en Baja California Sur?

 

Sin registro

Sudcalifornia suele aparecer con uno de los registros más bajos en México de feminicidios, pero de acuerdo con el Programa Integral para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres 2019-2024 de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres (Conavim), presentado en septiembre pasado, Baja California Sur está entre las entidades donde menos existen mecanismos y procedimientos para frenar e incluso detectar los feminicidios. El no aparecer en los radares nacionales de este delito no se debe a que no existan, sino que ha sido por omisión en su registro.

A pesar de que a mediados del 2019 se tipificó formalmente el delito de feminicidio en Sudcalifornia (antes de eso, únicamente se encontraba como agravante del delito principal, homicidio), la Procuraduría General de Justicia del Estado de Baja California Sur (PGJEBCS) continuaba sin reportar los casos de feminicidio, siendo señalados de negarse a investigar bajo perspectiva de género. Finalmente, en 2019 se registraron dos casos de feminicidio en Baja California Sur. En 2020, no se ha registrado ningún caso.

 

¿Qué hacer?

De inicio, se requiere visibilizar el feminicidio en Baja California Sur, dejar de maquillar las cifras y obtener los datos fiables y confiables que permitan dimensionar la gravedad de la violencia feminicida para combatirla. Si no se registra adecuadamente el delito, es imposible hacer una investigación con perspectiva de género y esto favorece la impunidad.

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