Sergio Emilio Montúfar Codoñer, el hombre que persigue la noche: astrofotografía, ciencia y resistencia (II)

FOTOS: Cortesía.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Sergio, tu obra ha sido difundida en múltiples medios, ¿Qué medio consideras más poderoso para transmitir el asombro por el universo? He tenido la oportunidad de comunicar mi trabajo en distintos espacios, pero hay plataformas que marcan un antes y un después. Una de ellas, sin duda, es Astronomy Picture of the Day (APOD) de la NASA. Desde 1996, esta ventana al universo publica diariamente una imagen —que puede ser fotografía, infografía, composición o video— seleccionada por su valor científico y visual. Estar ahí es entrar en una conversación global. Millones de personas, en todos los rincones del planeta, miran esa imagen. Y en ese instante, el cielo deja de ser local para convertirse en universal. Pero la visibilidad también se construye desde otros frentes. Capture the Atlas, por ejemplo, me incluyó entre los 25 mejores astrofotógrafos de la Vía Láctea en 2025, un reconocimiento que, más allá del prestigio, tiene un alcance viral que posiciona el trabajo en audiencias masivas.

Sin embargo, hay otro tipo de validación, más silenciosa pero profundamente significativa: la editorial. Cuando National Geographic decide publicar un reportaje sobre tu proyecto —no escrito por ti, sino sobre tu trabajo—, algo cambia. Lo mismo ocurre con Forbes, que ha dedicado dos artículos a lo que hago, o con Science, una de las revistas científicas más influyentes del mundo, que ilustró una investigación con mis imágenes sobre astronomía maya. Ahí entendí que mi trabajo no solo se ve: se estudia, se analiza, se integra en el conocimiento. Y eso lo transforma todo.

Lee la primera parte de la entrevista AQUÍ

En el 2018 fuiste invitado por la Agencia Espacial Europea, ¿Cómo interpretaste el mensaje let’s go back to the moon and stay desde tu perspectiva artística? Aceptar aquella invitación fue, sin exagerar, lanzarme al centro del escenario donde hablan los gigantes. Cuando me propusieron viajar a España para ofrecer una conferencia sobre por qué la humanidad debe regresar a la Luna —y quedarse— no dudé. Dije que sí. Pero también supe que no podía ser una charla más. Decidí contar una historia. Construí una producción audiovisual que no empezaba con cohetes, sino con imaginación. Con ese momento primitivo en el que el ser humano, por primera vez, levantó la mirada y soñó con alcanzar la Luna. El relato avanzaba entre hitos: la primera fotografía, los inicios de la comunicación, el cine mudo, los relatos de ficción, la icónica obra de Méliès… hasta llegar al Apolo y ese instante en que dejamos de imaginar para tocar lo imposible. Pero el verdadero mensaje venía después. La exploración espacial no es un capricho tecnológico; es una extensión de lo que somos. Mirar al cielo nos ha obligado a innovar, a cuestionar, a evolucionar. Cada avance en las ciencias astronómicas ha tenido un eco directo en nuestra vida cotidiana: desde la medicina hasta la eficiencia energética, desde la alimentación hasta la sostenibilidad. Y ahí está la clave: ir a la Luna no es solo conquistar distancia, es aprender a sobrevivir mejor. En el espacio no hay margen para el desperdicio. Todo debe optimizarse: energía, agua, recursos. Es un laboratorio extremo de sostenibilidad. Por eso debemos volver. Porque al hacerlo, no solo exploramos el universo… nos reinventamos como humanidad.

Has trabajado con formatos como FullDome y realidad virtual, ¿Cómo cambia la experiencia del espectador cuando el arte y la ciencia se vuelven inmersivos? Entrar a una proyección FullDome no es simplemente ver imágenes: es atravesar un umbral. La primera sensación es física. El corazón se acelera, los sentidos se expanden. De pronto, ya no estás en una sala: estás dentro del universo. La pantalla te envuelve por completo, el sonido te rodea, y la experiencia se vuelve inmersiva en un nivel que trasciende lo visual. Es cine, sí, pero llevado al extremo: un cine que no se mira, se habita. Ahí ocurre algo difícil de explicar y fácil de recordar. El asombro se instala. La emoción crece. Y lo más importante: permanece. Porque una experiencia FullDome no se olvida, se queda grabada como una vivencia, no como un recuerdo distante. La realidad virtual, por su parte, también abre puertas fascinantes. Te permite viajar, explorar, desplazarte a otros espacios con una sensación muy cercana a estar ahí. La tecnología logra engañar a los sentidos con precisión, y la inmersión es real, aunque mediada por una pantalla individual. Pero hay una diferencia sutil y poderosa. Mientras la realidad virtual es un viaje personal, el planetario es una experiencia colectiva que amplifica la emoción. Compartir el asombro con otros, respirar al mismo ritmo del universo proyectado, genera una conexión más profunda. Ambas experiencias transportan. Pero el FullDome, de alguna manera, te transforma.

Sergio, ¿Y qué papel juega el arte en la conservación del patrimonio astronómico? Todo comienza con un acto fundamental: registrar antes de que desaparezca. No se trata solo de observar, sino de documentar. De construir un archivo vivo de ese patrimonio que muchas veces no se ve, pero que sostiene la identidad de los pueblos. Ese primer paso —el registro— es, en esencia, una forma de resistencia: dejar constancia de lo que existe para que no se pierda en el olvido. Pero registrar no es suficiente.

El siguiente desafío es aún más complejo: ¿Cómo difundir ese conocimiento sin traicionarlo?. ¿Cómo contar una historia sin despojarla de su esencia? ¿Cómo compartir sin invadir? Aquí es donde el proceso se vuelve profundamente delicado. Porque cuando hablamos de patrimonio —y especialmente de patrimonio intangible— no estamos hablando de objetos, sino de saberes, de memorias, de cosmovisiones que han sido resguardadas durante generaciones. Y no todo está destinado a ser contado. Trabajar con comunidades implica algo más que investigar: implica escuchar, respetar y, sobre todo, pedir permiso. Son ellas quienes deciden qué puede registrarse, qué puede difundirse y qué debe permanecer en silencio. Porque hay conocimientos que no son públicos, que tienen un valor sagrado, que se protegen con celo. Ahí radica la verdadera responsabilidad.

No se trata de extraer información, sino de construir confianza. De entender que preservar también es saber callar. Revisé mi cuaderno de apuntes casi por inercia, como quien busca prolongar un instante que sabe que está por terminar. Ahí estaba, inevitable: la última pregunta. La línea final de una conversación que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. Sentí un leve peso, una incomodidad sutil, como si cerrar la libreta implicara también apagar algo más que una entrevista. Porque no estaba frente a un diálogo cualquiera. Había en las palabras de Sergio Emilio una mezcla poco común de conocimiento, pasión y claridad que hacía que el tiempo perdiera forma. Cada respuesta abría nuevas rutas, cada idea invitaba a quedarse un poco más.

Y, sin embargo, el oficio impone sus límites. Levanté la mirada, consciente de que estaba a punto de formular la última pregunta, pero también con la certeza de que, en realidad, la conversación apenas comenzaba a resonar. ¿Cuál ha sido el proyecto que más te ha desafiado, no técnicamente sino a nivel humano o emocional? “Estrellas Ancestrales” comenzó como una idea clara y aparentemente sencilla: documentar los antiguos observatorios astronómicos de Guatemala, esos sitios arqueológicos que durante siglos han sido testigos silenciosos del diálogo entre el ser humano y el cielo. Pero muy pronto entendí que estaba equivocado. No eran ruinas. Nunca lo fueron. Eran espacios vivos. En el proceso descubrí algo que transformó por completo mi mirada: existen comunidades que aún habitan ese conocimiento, que siguen mirando el cielo no como objeto de estudio, sino como parte esencial de su vida cotidiana. Los sitios arqueológicos son, para ellos, monumentos sagrados. Y ese hallazgo me obligó a detenerme, a replantear todo, a escuchar antes de intentar registrar. Lo que vino después no fue fácil. Entrar a esas comunidades implicó romper una barrera histórica de desconfianza. Durante siglos, otros llegaron, tomaron conocimiento y desaparecieron, dejando libros, teorías… pero no necesariamente respeto. Yo tenía que hacer algo distinto. Empecé poco a poco, con una persona, luego otra. Con el tiempo, construí una red de confianza que me permitió acceder a algo invaluable: testimonios vivos de una astronomía que nunca desapareció. Porque esa es una de las grandes verdades que este proyecto revela: los mayas no se extinguieron. Siguen aquí. Sus calendarios siguen vigentes, sus ceremonias continúan, su relación con el cosmos permanece intacta. A lo largo de más de ocho años, “Estrellas Ancestrales” se convirtió en algo mucho más grande de lo que imaginé: el primer proyecto de astronomía cultural de esta magnitud en el mundo. Un esfuerzo por documentar no solo el conocimiento del pasado, sino las voces del presente. Y en ese camino también entendí algo más profundo: las fronteras son construcciones recientes. México, Guatemala, Centroamérica… Compartimos raíces, historia, cosmovisión. Somos, en esencia, la misma cultura fragmentada por líneas políticas. Este proyecto no solo documenta el cielo. Nos obliga a mirarnos como sociedad. A cuestionar divisiones, a reconocer nuestra historia común y a entender que, al final, todos seguimos viviendo bajo el mismo cielo.

Finalmente, apelando más al deseo que al protocolo, regresé a la formalidad de la entrevista. Sabía que había llegado al final, pero no estaba listo para cerrar la conversación. Había algo en el diálogo —en su profundidad, en su ritmo— que invitaba a quedarse un poco más, a estirar el momento como quien se resiste a apagar una luz que aún ilumina. Así que hice lo único que podía hacer: abrir una última puerta. Le ofrecí a Sergio Emilio la posibilidad de agregar algo más. Un margen para que la conversación respirara por última vez, o quizás para que encontrara un nuevo comienzo.

Él hizo una breve pausa. Y entonces respondió: Antes de cerrar, hay nombres que no pueden quedarse en silencio. Porque detrás de cada proyecto, de cada imagen, de cada paso dado, hay voluntades que sostienen el camino. Quiero empezar agradeciendo al cónsul Daniel Ruiz Isáis. Su apoyo no ha sido circunstancial, ha sido decisivo. Gracias a él, mi trabajo ha encontrado espacios para mostrarse en escenarios tan relevantes como la Ciudad de México, y hoy abre nuevas posibilidades con las exposiciones que estamos por desarrollar en Baja California Sur. Ese tipo de respaldo no solo impulsa trayectorias, también construye puentes entre culturas, entre territorios, entre formas de mirar el cielo. También quiero reconocer a Nacho Peláez, quien me invitó a explorar los cielos de Baja California Sur. Y no exagero al decir que lo que encontré ahí me marcó profundamente. En mi recorrido por distintas latitudes del mundo, pocos lugares me han ofrecido una combinación tan poderosa de paisajes y cielos. Hay algo en esa geografía —en su oscuridad, en su amplitud— que convierte cada noche en una experiencia casi primitiva, esencial. Estos encuentros no son casualidad. Son parte de una red invisible que hace posible que el conocimiento, la imagen y la emoción sigan viajando. Porque al final, nadie recorre el universo solo.

Apagué la grabadora, pero la conversación no terminó. Las palabras siguieron flotando en el aire, como esas últimas luces que permanecen en el cielo incluso después del atardecer. Intercambiamos saludos, despedidas… Aunque en el fondo sabía que no era un cierre, sino una pausa. Porque hay entrevistas que se olvidan en cuanto se guardan. Y hay otras —pocas— que dejan una huella. No por lo dicho únicamente, sino por quién lo dice. Hay personas que irradian algo difícil de nombrar: una claridad, una convicción, una manera de entender el mundo que trasciende el momento. Sergio Emilio Montúfar es una de ellas.

No es solo su conocimiento, ni su trayectoria. Es esa capacidad de encender ideas, de abrir horizontes, de recordarnos que todavía hay mucho por descubrir… Allá arriba y aquí abajo. Su trabajo no se limita a capturar estrellas: construye puentes entre ciencia, cultura y conciencia. En Baja California Sur, donde el cielo aún resiste —aunque no intacto—, la astrofotografía es un camino que apenas comienza a trazarse. Pero con miradas como la suya, ese camino ya no es incierto: es prometedor.

Porque cuando alguien logra ver más allá de la luz artificial y nos enseña a hacerlo también, algo cambia. Y quizás, solo quizás, el verdadero futuro no esté en la tierra que pisamos… Sino en el cielo que decidamos volver a mirar.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Sergio Emilio Montúfar Codoñer, el hombre que persigue la noche: astrofotografía, ciencia y resistencia (I)

FOTOS: Cortesía.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). A finales de enero de 2025 ocurrió uno de esos encuentros que, sin anunciarlo, terminan dejando una estela duradera. En la sobriedad discreta de la oficina del Consulado Honorario de Guatemala en La Paz, fui presentado por el cónsul Daniel Ruiz Isáis a Sergio Emilio Montúfar, astrofotógrafo guatemalteco, hombre de trato afable y palabra precisa. Bastaron unos minutos para advertir que no se trataba de una conversación cualquiera: su mirada, entrenada para descifrar el cielo nocturno, también parecía leer con lucidez los desafíos de la Tierra. Hablamos de las antiguas comunidades de la península, de cómo integraron los astros en su cosmovisión y de la urgencia de rescatar ese vínculo en un mundo cada vez más encandilado por su propia luz artificial. La charla derivó, casi de manera inevitable, hacia la necesidad de impulsar un turismo astronómico sustentable en Baja California Sur, como puente entre conocimiento, conservación y desarrollo.

Aquella conversación, tan reveladora como inspiradora, dejó abierta una puerta. Hoy, meses después, la cruzo nuevamente: sostengo con Montúfar una videoentrevista para profundizar en dos temas que lo apasionan —y que deberían inquietarnos a todos—: la astrofotografía y la creciente contaminación lumínica que amenaza nuestros cielos.

Lee la segunda parte de la entrevista AQUÍ

¿Tu historia con el cielo comienza en la infancia, recuerdas el momento exacto en que mirar las estrellas dejó de ser mera curiosidad y se convirtió en tu vocación? Recuerdo esas noches como si aún estuviera ahí, con los ojos alzados y el mundo en silencio. Subía a la terraza buscando el cielo, esperando el trazo fugaz de una lluvia de meteoros, o dejándome hipnotizar por ese pequeño racimo de luz que hoy sé que son las Pléyades. Entonces no entendía por qué no aparecían en los mapas como una constelación; para mí lo eran, un dibujo perfecto en la oscuridad. Años después supe que pertenecen a otra constelación, que son un cúmulo abierto de estrellas. Pero en aquel tiempo, el conocimiento no estaba al alcance de un clic: había que perseguirlo. En la Guatemala de los años noventa, aprender de astronomía era casi un acto de terquedad. Dependíamos de revistas, de notas perdidas en la prensa. Recuerdo a mi abuela llevándome de la mano a buscar, entre páginas impresas, alguna mención al cielo que yo ya contemplaba cada noche. Así crecí: mirando hacia arriba, reconociendo cometas, celebrando lluvias de estrellas, construyendo preguntas sin respuesta inmediata. Y, sin darme cuenta, también fui testigo de una pérdida silenciosa. El cielo empezó a cambiar. Las estrellas, una a una, comenzaron a desvanecerse. No sabía entonces que tenía nombre: contaminación lumínica. Solo sentía que algo inmenso, y profundamente hermoso, se nos estaba escapando.

En una parte de lo que me dices mencionas a tu abuela como una figura clave en tu conexión con el universo, ¿Qué te enseñó ella que aún guía tu trabajo hoy? Crecí mirando el cielo con una brújula defectuosa, pero encendida. Mi abuela y yo compartíamos la misma fuente de asombro… y la misma desinformación. Nuestras lecturas no venían de revistas científicas, sino de publicaciones cargadas de profecías apocalípticas, ovnis y teorías que distorsionaban la realidad del universo. Aun así, en medio de ese ruido, algo genuino germinaba. De vez en cuando aparecía un destello de claridad: un recorte de prensa, un mapa celeste que mi abuelo consiguió —un tesoro—, o aquel pequeño telescopio que mis padres me regalaron, con el que apenas podía ver la Luna, pero que para mí era una ventana al infinito. No era conocimiento riguroso, para mí era combustible. Salía al patio cada noche, impulsado por una curiosidad que no necesitaba permiso. Luego vinieron los momentos que marcan una vida: el eclipse total de Sol de 1991, el impacto de un cometa en Júpiter, el tránsito de Venus en 2012. Ya dentro del mundo académico entendí algo crucial: la ciencia no basta con descubrir, necesita ser contada. Durante años, el conocimiento se quedó atrapado en papers incomprensibles para la mayoría. Ahí comprendí la urgencia de los divulgadores científicos. Paradójicamente, fue esa infancia entre mitos y estrellas la que me enseñó a comunicar con precisión. Hoy sé que encender la curiosidad es tan importante como decir la verdad.

Ahora que lo mencionas, eres artista, científico, activista, ¿En qué momento decidiste no elegir sólo un camino, sino integrar todos? Volver a estudiar después de diez años fue como intentar leer el universo con un idioma que nunca me enseñaron. Venía de un sistema educativo donde las matemáticas se memorizaban, pero no se comprendían; donde resolver no significaba entender. Y así, con un razonamiento débil y muchas dudas, llegué a la Universidad de La Plata, en Argentina, donde jóvenes de 18 años ya pensaban con una lógica que en mí apenas comenzaba a formarse. No fue fácil. Avancé a mi ritmo, reconstruyendo mi forma de pensar desde cero. Pero en ese proceso descubrí algo que cambiaría mi vida: la astrofotografía no era solo una herramienta estética, era un lenguaje. Empecé enseñando fotografía del cielo, pero pronto entendí que en realidad estaba enseñando ciencia. Luego vino la conciencia sobre la contaminación lumínica, y más tarde, algo aún más profundo: mi trabajo estaba inspirando a otros, especialmente a niños, a interesarse por el conocimiento. Sin darme cuenta, me convertí en un puente. Mis imágenes comenzaron a servirle a científicos, investigadores, comunidades. Dejé de ser solo un fotógrafo para convertirme en un transmisor de ideas, en un educador. Fue entonces cuando tomé la decisión de dedicarme por completo a esto. Con el tiempo entendí otra verdad incómoda: la conservación no existe sin un modelo económico. No basta con desear proteger un lugar si quienes viven en él no tienen alternativas para sostenerse. Así nació mi propuesta: el turismo astronómico como una vía para preservar los cielos oscuros y, al mismo tiempo, generar oportunidades para las comunidades. Pero mi visión va más allá. Observar el cielo me enseñó a cuestionar, a pensar, a entender que todos compartimos el mismo origen: somos polvo de estrellas. Hoy sé que mirar hacia arriba no es un lujo, es una necesidad. Porque solo cuando comprendemos nuestro lugar en el universo, empezamos realmente a evolucionar como sociedad.

Ante la siguiente pregunta, Sergio se irguió en su asiento de forma inmediata y sus ojos emitieron un brillo, como cuando un niño descubre que ha logrado armar un cubo de Rubik. ¿Cómo describirías tu trabajo a alguien que nunca ha oído hablar del turismo astronómico? Como astrofotógrafo, mi oficio comienza donde termina la luz artificial. Tengo que huir de las ciudades, escapar del resplandor que borra las estrellas, internarme en territorios donde la noche aún es verdaderamente noche. Mi trabajo no es solo tomar fotografías: es buscar esos últimos refugios de oscuridad intacta, paisajes donde el cielo respira libre y se revela en toda su profundidad. Viajo hacia zonas rurales, hacia lugares apartados que muchos consideran lejanos, pero que para mí son tesoros. Ahí, donde el silencio pesa y el horizonte se abre sin interferencias, encuentro los cielos mejor conservados. Esos espacios son mi estudio, mi laboratorio y, al mismo tiempo, mi mayor responsabilidad. Porque no son solo escenarios: son territorios vivos, vulnerables. Lugares donde habitan comunidades que, muchas veces sin saberlo, custodian un patrimonio invaluable. Un cielo limpio es un diamante en bruto, y mi papel no es extraerlo, sino ayudar a pulirlo sin destruirlo. Cada imagen que capturo tiene un impacto. Puede atraer miradas, despertar interés, incluso transformar esos sitios en destinos. Por eso mi trabajo va más allá de la estética: implica proteger, educar y colaborar. Entender que la belleza del cielo nocturno no me pertenece, sino que es un legado compartido. Al final, no solo busco estrellas. Busco preservar la oscuridad que las hace visibles.

Sergio, la contaminación lumínica es un problema invisible para muchos, ¿cuál ha sido la reacción más sorprendente que has recibido al hablar de este tema? Es un problema invisible… y por eso mismo, profundamente peligroso. Durante años, apenas el uno por ciento de la población sabía qué era la contaminación lumínica. Hoy, gracias a las redes sociales, el tema comienza a asomarse en la conversación pública, pero seguimos viviendo en una paradoja: mientras más avanzamos tecnológicamente, más nos alejamos del cielo. Nos desconectamos. Dejamos de mirar hacia arriba. Y en ese abandono no solo perdimos estrellas, perdimos perspectiva. Empezamos a creer que el desarrollo se mide en cemento, en edificios, en calles encendidas como si la noche fuera un error que hay que corregir. Pero esa idea está equivocada. La luz, mal utilizada, no es progreso: es desperdicio. Porque no se trata de apagar el mundo, sino de iluminarlo bien. A la hora correcta, en el lugar adecuado, con la intensidad necesaria. Hoy iluminamos de más y de peor manera. Y las consecuencias ya están aquí: afecta nuestra salud —especialmente por la exposición constante a luz blanca—, altera los ciclos naturales de animales y ecosistemas enteros, y rompe el equilibrio con el que evolucionamos durante miles de años. Paradójicamente, tampoco nos hace más seguros. La mayoría de los delitos ocurren de día, no bajo la oscuridad que tanto tememos. Pero hay algo aún más profundo: hemos perdido el asombro. Porque no existe ser humano que no se detenga ante la Luna o que no se maraville con un cielo estrellado. Ese vínculo sigue ahí, intacto, esperando ser recuperado. Entender la oscuridad también es entendernos a nosotros mismos.

Leí que formas parte de la junta directiva de DarkSky International, ¿qué avances reales has visto en la lucha para proteger los cielos oscuros? Hoy puedo decir que tengo el privilegio —y también la responsabilidad— de formar parte de la directiva de DarkSky International, la organización líder en la defensa de los cielos nocturnos a nivel mundial. Desde esa posición he sido testigo de algo que, hace apenas unos años, parecía improbable: un crecimiento exponencial en la certificación de espacios protegidos contra la contaminación lumínica. No es solo un número que aumenta; es un cambio de conciencia que se expande. Cada nuevo sitio certificado representa una victoria silenciosa: un territorio que decide resistir al exceso de luz, que apuesta por conservar la oscuridad como patrimonio natural. Y lo más relevante es que este esfuerzo ya no está limitado a un grupo reducido de especialistas. Está alcanzando a comunidades, gobiernos, empresas y ciudadanos comunes. El movimiento crece, se fortalece, se multiplica. La educación ha sido clave: año con año, más personas comprenden que proteger el cielo no es un lujo, sino una necesidad. Y ese conocimiento empieza a traducirse en impacto real. Ejemplos concretos ya están marcando el camino. En el norte de Baja California, el rancho La Concepción fue recientemente certificado como DarkSky Approved Lodging, convirtiéndose en un referente regional. Este tipo de logros no solo protege el entorno: también abre la puerta a nuevas oportunidades, como el turismo astronómico. Cada certificación es una semilla. Y lo que estamos viendo ahora es el inicio de un bosque.

Has trabajado en más de 16 países, ¿Qué has aprendido sobre la relación entre cultura y cielo en los distintos lugares del mundo? Mi trabajo, más que viajar, ha sido reescribir una narrativa. Desde el primer momento entendí que no basta con mostrar Guatemala al mundo: hay que mostrarla de otra manera. No la imagen repetida, desgastada, que circula sin profundidad, sino esa esencia invisible que incluso nosotros mismos hemos olvidado mirar. He llegado a lugares donde nadie imaginaba que Guatemala tuviera esa dimensión: un país conectado con el cielo, con historias que no están en los libros, con paisajes que hablan en silencio bajo las estrellas. Y ahí ocurre algo poderoso: la sorpresa. Porque cuando las personas descubren esa otra cara, no solo cambian su percepción de un país, cambian su forma de entender el mundo. En ese camino, la astrofotografía dejó de ser solo imagen para convertirse en lenguaje. Un medio de comunicación capaz de cruzar fronteras, de conectar culturas, de representar no solo a una comunidad científica, sino a pueblos enteros que encuentran en el cielo una parte de su identidad. He aprendido que no importa dónde estés: en todos los rincones del planeta existe una relación profunda con el firmamento. Solo que muchas veces permanece dormida, esperando ser contada. Y cuando esas historias emergen —cuando alguien vuelve a mirar hacia arriba y se reconoce en ese universo— algo se transforma. Porque al final, no se trata solo de observar estrellas. Se trata de redescubrir quiénes somos bajo ellas.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.