El tramo que está robando hasta dos horas diarias en San José del Cabo

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). A las siete de la mañana, la luz en San José del Cabo no es suave ni indulgente. Es directa. Revela todo. El polvo suspendido, los rostros tensos dentro de los autos, la fila inmóvil que serpentea alrededor de la Glorieta Fonatur, justo frente a la Mega. Ahí, donde la carretera transpeninsular debería fluir como arteria principal del Sur de Baja California Sur, el tránsito se coagula. Hasta una hora de espera para salir rumbo a Cabo San Lucas o para regresar al centro josefino. Una hora que no figura en ningún presupuesto, pero que se paga todos los días.

La escena es cotidiana y brutalmente simple: motores encendidos, aire acondicionado al límite, relojes que avanzan más rápido que los vehículos. Miles de conductores quedan atrapados en ambos sentidos. No es una percepción aislada; es un patrón repetido que se intensifica en horas pico y temporadas de alta afluencia turística. La glorieta, diseñada para otro volumen vehicular, hoy funciona como un embudo donde confluyen trabajadores, estudiantes, transporte público, unidades de carga y vehículos de visitantes.

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El crecimiento de Los Cabos no es un secreto. En la última década, el municipio ha experimentado una expansión demográfica y urbana sostenida. Más desarrollos habitacionales, más oferta hotelera, más servicios. Más autos. Sin embargo, la infraestructura vial en puntos estratégicos no siempre avanzó al mismo ritmo. La Glorieta Fonatur es la evidencia más visible de esa brecha entre desarrollo y planeación.

Frente a ese cuello de botella, el gobierno estatal impulsa una obra de gran escala: un paso a desnivel con cuatro puentes que, de acuerdo con información oficial actualizada a febrero de 2026, presenta un avance cercano al 70 por ciento. La inversión estimada ronda los 480 millones de pesos y, según lo comunicado por las autoridades, el proyecto ha superado los tiempos programados originalmente.

La promesa es ambiciosa: separar flujos vehiculares, reducir tiempos de traslado y devolver fluidez a uno de los nodos más transitados del corredor turístico. El concreto ya dibuja el nuevo perfil urbano; las estructuras metálicas se elevan sobre el caos que aún persiste abajo. Pero mientras la obra avanza, la vida diaria continúa atrapada entre semáforos y filas interminables.

Quienes cruzan por ahí han aprendido a reorganizar su existencia en función del tráfico. Una trabajadora del sector servicios compartió que ahora sale de casa con hasta cuarenta minutos adicionales de anticipación para evitar llegar tarde. Un conductor de transporte privado relató que calcula rutas alternativas y, aun así, asume que el retraso es casi inevitable. No son testimonios excepcionales; son el reflejo de una normalidad alterada.

El impacto no es solo emocional. Una hora detenidos implica mayor consumo de combustible, incremento de emisiones y desgaste mecánico. También significa menos tiempo con la familia, menos margen para imprevistos, menos calidad de vida. En una región que vive del dinamismo económico y del turismo, la movilidad se convierte en un asunto estratégico.

En medio de la congestión, ha surgido una válvula de escape: una ruta alterna de aproximadamente 800 metros detrás de Chedraui Selecto, con un ancho cercano a los siete metros. No es una solución estructural ni permanente, pero permite evitar la glorieta en ciertos trayectos y reducir tiempos en momentos críticos. Su uso ha crecido conforme más conductores la descubren. Aun así, su capacidad es limitada y, en horas de mayor saturación, también resiente la presión.

La pregunta que flota sobre el asfalto caliente es inevitable: ¿bastará el paso a desnivel para resolver el problema de fondo? La experiencia en otras ciudades sugiere que las grandes obras alivian, pero no sustituyen una política integral de movilidad. Sin transporte público robusto, sin planeación urbana coordinada y sin incentivos para diversificar modos de traslado, la infraestructura puede quedarse corta ante el crecimiento continuo.

La Glorieta Fonatur es más que un punto conflictivo; es un síntoma. Habla de cómo las ciudades turísticas crecen a gran velocidad y de cómo la infraestructura debe anticiparse, no reaccionar. Habla de decisiones que se toman en escritorios y de consecuencias que se viven en el volante.

El avance del 70 por ciento representa una esperanza tangible. Cada columna levantada es una promesa de alivio. Pero el verdadero desafío no termina cuando se corte el listón. Comienza ahí: en la capacidad de convertir una obra emblemática en parte de una estrategia más amplia que garantice movilidad sostenible a largo plazo.

En la hora más larga de Los Cabos se condensan las tensiones del desarrollo contemporáneo: prosperidad y congestión, crecimiento y saturación, progreso y paciencia. El paso a desnivel podrá redistribuir el tránsito; lo que está en juego es si también redistribuye oportunidades, tiempo y bienestar.

Porque una ciudad no se mide por el tamaño de sus puentes, sino por la dignidad del tiempo que ofrece a quienes la habitan. Y cuando el tráfico deja de ser un destino inevitable y se convierte en un problema enfrentado con visión y responsabilidad, no solo se despejan las calles: se despeja el horizonte.

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