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Comunicación de la ciencia en BCS. Funciones, disfunciones y retos (II)

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El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la primera parte de este texto, expuse la precaria divulgación de la ciencia que se refleja en medios locales, pero en especial, en los sitios web de escuelas de nivel superior en BCS. Haciendo una comparación, la UABCS resulta ser la de mejor defensa en cuanto a difundir lo que investigan, opinan y comparten académicos y estudiantes sobre temas científicos; aún así, también comenté que es incipiente —¡¿cómo estarán las demás?!—, pues su potencial de conocimiento sigue, francamente, desaprovechado a nivel público y se enfoca mucho en ver sólo hacia adentro.

En esta segunda y final parte de este artículo, expreso algunas ideas en torno a la comunicación de la ciencia que podría —¿debería?—, realizarse en la media península. ¿Qué es y qué no es la divulgación científica? ¿Cuáles serían los extremos de una óptima difusión y la de una peligrosa manipulación de este tipo de comunicados? ¿Por qué es importante y qué necesitamos para avivar esta llama, llamita, de la comunicación de la ciencia en Sudcalifornia?

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Una ciencia que no es ciencia

Ana María Sánchez Mora, en su Introducción a la comunicación escrita de la ciencia, explica que la divulgación científica es un quehacer relativamente nuevo —surgió, ya como una ‘preocupación’, apenas en los 90 del siglo pasado—, por tanto, su definición y límites aún no están plenamente establecidos. Sin embargo, ella misma aporta un concepto: “es una labor multidisciplinaria cuyo objetivo es comunicar, utilizando una diversidad de medios, el conocimiento científico a distintos públicos voluntarios, recreando ese conocimiento con fidelidad y contextualizándolo para hacerlo accesible”.

Según el mismo libro, aunque hay diferentes opiniones sobre qué es la divulgación científica, parece haber ciertos consensos. Sí es un trabajo —profesional o no tanto, pagado o mal pagado—, que implica “hacer saber” contenido que tiene que ver con la ciencia, aunque, paradójicamente, no se le equipara a una ciencia, sino como un “área emergente” o disciplina; lo que sí es claro, es que siempre entrará en frontera con éstas, pues implica la labor de alguien que comunica algo de cualquier ciencia o disciplina. Y algo no menos importante, es que procura usar un lenguaje entretenido o amable, de manera que pueda ser fácil de entender para gran parte de la población.

¿Qué no es? La ciencia ficción y las pseudociencias —es decir, ni una novela sobre un apocalíptico futuro gobernado por máquinas, ni una revista de astrología. Tampoco es enseñanza formal, pues va dirigida al público en general y a nadie se le aplicarán evaluaciones; si bien, es evidente que este tipo de mensajes sí ayudan enormemente a cultivar la ciencia en todos y todas. Y el límite opuesto: la comunicación o divulgación de la ciencia tampoco es una traducción literal del conocimiento científico; sin duda, acerca de manera fácil a las y los lectores sobre recientes descubrimientos, pero no implica abarcar —comprender a fondo—, el descubrimiento en sí; es tanto como decir que ‘leí’ Cien años de soledad por una recomendación que vi en Facebook, que por haber tomado el libro en mis manos.

Por supuesto, tampoco es, y es otro extremo de este tipo de comunicación que tiende a caer en la manipulación, la exaltación de equis personaje o escuela, e incluso de ciertas ‘teorías’. Ejemplo: la Familia Natural ha hecho creer a medio mundo que en la comunidad LGBT+ hay una ‘ideología de género‘ en contra del modelo —de su modelo—, de familia, cuando es exactamente al revés: los grupos conservadores son los que realmente portan una ideología de género. Sé que el ejemplo puede soltar la sonrisa a más de uno, porque poco relacionarían a estos actores o temas con ‘lo científico’, pero resulta que sí: son objetos o sujetos de estudios de ciencias sociales y cuando información así se divulga a nivel masivo, se trata de una justificación de las intenciones de equis o ye grupo. Tan poco ético es difundir mentiras o medias verdades, como buscar posicionar políticamente, por ejemplo, a un científico o científica; podemos ver nombres y caras en los medios, asociándolos a la educación, cuando en realidad lo que más hacen o quieren seguir haciendo es ¡tener puestos políticos!

Ventilar el conocimiento

De cualquier manera, como explicamos ya en la primera, en realidad, poco o nada se hace en la comunicación de la ciencia tanto en los medios de comunicación locales como en las áreas de comunicación de las universidades públicas y privadas. Entre los reporteros, reconozco la labor que hacía y podría seguir haciendo Joel Cosío en la difusión de temas científicos. Y paro de contar. Es un tanto comprensible, por una cuestión de costumbre —la verdad no sé cuál palabra sea la más precisa—, ya que los noticieros locales podrían hablar de los boletines de prensa que les hacen llegar las universidades —que no son tantos—, y no siempre son invitados a participar en eventos de este tipo. De manera que no es, para nada, que entre prensa y escuelas haya una mala relación, más bien hay cierta indiferencia.

¿Por qué es importante que se den a conocer los eventos científicos, investigaciones o sus avances, desarrollos de tecnologías, trabajos académicos destacados, científicos o científicas invitados a nuestras ciudades, en fin, el trabajo científico de estos centros de enseñanza? La razón más poderosa, pero también quizás sea la menos valorada, es tan sencillo como que la divulgación científica significa compartir conocimiento: equis información va cortar de tajo chismes y noticias falsas, integraría a interesados en ciertos temas a ampliarlos y difundirlos, y a través de un lenguaje ameno, simplemente, nos entera de su trabajo.

Por supuesto, serviría para posicionar a equis universidad, darle relevancia y seriedad —nadie dice que no se difunda lo social, pero qué descuidada está la cosecha del aprendizaje generado allí—; y creo que también ejercería una motivación en todas las direcciones: tanto en estudiantes y académicos que hacen cosas interesantes, como del joven que sueña con integrarse a las universidades o del adulto que tiene la esperanza de saber que hay quien trabaja en un tema de su interés.

Y otra razón no menos importante: se nos olvida que en muchos casos, todo ello se realiza con recursos públicos, es decir, con nuestros impuestos pagados en las tiendas se consiguen sueldos, becas y equipamiento —sí, en escuelas públicas, pero también en las privadas se puede participar de recursos estatales o federales. Si la comunicación de la ciencia en BCS fuera la óptima, no habría que preguntar a dónde va a parar ese dinero. Lo que pasa es que no hay quién lo pregunte y por eso no hay quién responda. La divulgación científica —no lo sé, pero supongo que así podría pasar en todo el país—, pareciera un lujo, cuando debe responder a inversiones públicas y a información que puede ser útil.

¿Maneras de hacerlo? Hoy hay más que nunca. La comunicación escrita que se hace desde boletines de prensa, es una herramienta de lo más útil, pero actualmente las tecnologías pueden ser todavía más aprovechadas para llevar a la ciudadanía lo que se hace en centros de investigación. Desde el aprovechamiento de las redes sociales hasta la publicación de podcast en plataformas virtuales; desde la realización de foros públicos, en físico o virtuales, hasta la aparición de investigadores en los medios —o que inviten a los reporteros a sus actividades:  las maneras de difundir es infinita.

Creo que una de las principales causas para no hacer divulgación científica —no hace falta ser una gran investigador para deducirlo—, tiene que ver con presupuesto, y a su vez, con las viejas ideas de lo que ciertas autoridades consideran gastos inútiles. La ciencia, como la cultura, siempre son las áreas castigadas para la inversión pública. Los que administran los dineros en educación deben sentirse como las funerarias, donde no hace falta publicidad porque ‘el muerto va a llegar porque va a llegar’, y quizás también han enterrado bajo tres metros la necesidad —que no ven como obligación, por cierto—, de enterar al público en general qué se hace con su dinero. El conocimiento se va a pudrir si no se ventila fuera de las aulas, si no se comparte y se aterriza en la realidad.

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Comunicación de la ciencia en BCS. La difusión sin difusión (I)

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El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hace 6 años, propuse al Tecnológico de La Paz crear un área de Comunicación, derivado de unas protestas en el informe del entonces director, Óscar Báez Sentíes. Yo buscaba trabajo y en una reunión con los directivos les comenté que —sin faltar a la ética y sin hacer milagros—, un Departamento de este tipo lograba generar una especie de vacuna contra el impacto de una imagen negativa, como estaba dándose en aquel momento. No quisieron. Alegaron falta de presupuesto, aunque las protestas en los informes de labores de sus directores han seguido.

Hasta la fecha, lo explico con esa analogía: el área de Comunicación —o Difusión— de una organización es una vacuna de inmunidad hacia la opinión pública. Refuerza la imagen positiva de la institución, de manera que cuando hay un escándalo o una mala que la afecta, no sólo tendrá cómo comunicar de forma rápida y eficiente cualquier posicionamiento o aclaración; además, ya habrá sembrado en la sociedad información positiva a través de comunicados de prensa y otros recursos. Supongo que, hasta la fecha, el Instituto sigue sin tener ese Departamento, si no, pensemos ¿por qué motivo recordamos más fácilmente al Tec de La Paz?, ¿porque allí se realiza alguna investigación innovadora o porque algunos estudiantes se convirtieron en el hazmerreír nacional cuando defendieron su ignorancia sobre lo que es una “fuente”?

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¿Cómo andamos en los medios y las universidades de BCS en cuanto a la comunicación de la ciencia? Más allá de que el lector/a adivine que no hay mucha —en efecto, así es: nada difícil la adivinanza—, ¿acaso sabemos algunos conceptos básicos y algunas de las controversias que rodean la divulgación científica? En este artículo dividido en dos partes, publicamos, primero, un panorama sobre lo local, para invitarte a seguir la segunda parte donde me enfocaré en los conceptos que envuelven esta importante tarea.

En CULCO BCS podemos presumir de ser uno de los escasísimos medios locales que realizan divulgación de la ciencia y de la cultura sudcalifornianos. “No es negocio”, nos decían algunas amistades al enterarse, hace casi 5 años, del propósito de fundar esta revista en línea. Es cierto que el aspecto económico, en medio de las propias dificultades del periodismo, no son el mayor aliciente, pero la satisfacción de ser un referente de hacer este tipo de periodismo bien vale la pena. Empecemos por notar, entonces, que prácticamente no hay medios locales, ni reporteros, que enfaticen la divulgación de la ciencia —ni de la cultura. Siempre es más popular el más reciente acribillado de la esquina que la aplicación que inventó equis equipo de universitarios.

Sin lugar para los divulgadores

Respecto a la difusión de las investigaciones que se realizan en las escuelas de nivel superior de la media península, el panorama tampoco es halagüeño. Sólo la Universidad Autónoma de Baja California Sur envía boletines de prensa, prácticamente a diario, entre los cuales se informa sobre desarrollos de tecnologías, entrevistas con especialistas o eventos académicos de importancia científica. Sin embargo, aún falta que la UABCS realice mayor vinculación con la sociedad, pues en muchos eventos hay nula presencia del público en general —suelen ser los mismos alumnos los que a veces se ven forzados a permanecer en ellos—, y probablemente aún falte que académicos compartan con la prensa ciertas percepciones o estudios acerca de la realidad sudcaliforniana.

Fuera de ahí, el resto de universidades locales brillan por su ausencia. Recuerdo que en algún tiempo la Unipaz enviaba a correos de los medios algunos comunicados de prensa… Y ya. Cabe aclarar que este artículo lo escribe alguien con casi una década activo en los medios, por lo que es probable que cierta información llegue a otros compañeros de la prensa y pareciera que habláramos superficialmente. Sin embargo, se viera y no se ve.

En una búsqueda rápida por las páginas web de universidades locales, se encuentran un par de revistas de la Universidad Mundial, aunque sobre investigaciones académicas y científicas no hay prácticamente nada. En este mismo punto de ¿qué estudian, qué investigan, qué desarrollan, qué inventan, qué hacen en las universidades de Baja California Sur? Ni una sola se defiende. El Tec de La Paz  o la Universidad Tecnológica publican “noticias” que es mera información interna o tienen años sin actualizar. Otras instituciones de nivel superior como Unidep o Unipaz no llegan ni a sección de “Noticias”, y otras ni a página web como la Universidad Católica o Universidad de Tijuana en La Paz.

FOTO: Archivo

Sería una tarea titánica para un reportaje ir de universidad en universidad, preguntando si tienen este tipo de área, por lo que aquí me refiero a lo que reflejan tantos las noticias de este tipo en medios locales, como el contenido de sus portales en línea. Tal vez existan personas en algún área de Comunicación o Difusión, pero su trabajo debería reflejarse públicamente. Comprendo —y lo sé por experiencia—, que dentro de las organizaciones a veces no se les da la suficiente importancia y presupuesto a estos departamentos, invisibilizándolo. Hay una creencia totalmente errónea de que cualquiera puede hacer ese trabajo o que es una frivolidad para la que no vale la pena el gasto. Nada más fuera de la verdad. Quizás —y a veces, ni así, como en el caso del Tec de La Paz—, hasta que un escándalo hace mella en la institución, se piensa en “quién” o “cómo” aminorar tal efecto: para eso, señoras y señores, existe esa área y debería estar en manos de profesionales.

Antes de terminar la primera entrega de este artículo, es preciso hacer un par de aclaraciones: el Departamento de Comunicación o Difusión de una escuela de nivel superior, no sólo hace o debería hacer divulgación de la ciencia, pero es un área por demás pertinente para realizarla. Tan importante es la emisión de comunicados de prensa, que si no mandan, a veces nadie se entera siquiera que existen. Y otra aclaración es que la comunicación de la ciencia y la cultura se puede valer de otros recursos como revistas especializadas y medios audiovisuales. Lo notable es que poco o nada se hace al respecto a nivel local. Alguien podría alegar que en las universidades, más que hacer ciencia, se prepara académicamente a las y los estudiantes, pero entonces ¿no hay trabajos tan buenos que merezcan difusión? ¿No llevan a cabo experimentos, proyectos de innovación, avances de investigaciones o tesis de interés público? Si no se privilegia el conocimiento científico, entonces, ¿qué es lo que más están promoviendo? En cualquier caso, falta más difusión de la difusión.

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¿Estudiar Medicina en BCS? “Universidad de la Salud” abre de nuevo el debate

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El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El intento de abrir una escuela de Medicina en BCS no es reciente. Medios locales registran inquietudes desde el gobierno de Narciso Agúndez Montaño, pasando por el de Marcos Covarrubias Villaseñor, y continuando bajo el actual, de Carlos Mendoza Davis. En noviembre de 2015, Víctor George Flores —quien hasta la fecha es el titular de Salud estatal—, recibió a Ramón Alejandro Carballo Cota del Colegio de Médicos Cirujanos de BCS, informando entre ambos que no se justificaba la apertura de esta carrera por no contar con las condiciones de “infraestructura, académicas y necesidades reales”. En el comunicado señalaban que “a nivel nacional se tiene un exceso y mala distribución de médicos”, pero que a nivel local “tenemos el doble de médicos por cada mil habitantes, de los que se tienen en el resto del país”.

Este 2020 —año en que la actual pandemia ha puesto a prueba los servicios médicos, entre muchos otros—, el diputado Humberto Arce Cordero está encabezando la solicitud de crear la Universidad de la Salud de BCS o Instituto Sudcaliforniano de las Ciencias de la Salud. Esta iniciativa vuelve a abrir el debate de si es necesario y viable una escuela de Medicina en BCS. En exclusiva para este medio, el también médico informó detalles sobre el proceso de esta gestión, sus datos y expectativas. ¿Cómo va el asunto y cuáles son sus posibilidades?

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BCS, el único sin Medicina

El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), señala en su portal que en 2018 existían 182 universidades en el país que ofertaban esta carrera, con un total de 143 mil 432 estudiantes. Entre otros muchos datos, la misma fuente indica que a nivel nacional era la séptima carrera más estudiada en México, con 374 mil 517 egresados de la licenciatura hasta ese año, de los cuales el 97.8% tenía trabajo: uno de los más altos índices de ocupación de todas las profesiones. Por su parte, en su página oficial, el Consejo Mexicano para Acreditación de la Educación Médica (COMAEM) publica que actualmente avalan —algunas con prórroga pendiente— un total de 88 escuelas que ofrecen Medicina en la República Mexicana.

Baja California Sur es el único Estado de todo el país que no cuenta con una escuela para estudiar la carrera de Medicina. Por esta razón, desde hace décadas —¿o quizás el siglo?—, jóvenes sudcalifornianos han tenido que salir de la media península para estudiarla. Según datos del INEGI de BCS, al primer trimestre del 2020, Sudcalifornia tiene una población total de 870 mil 249 habitantes —sólo en La Paz son casi 294 mil. En su misma base de datos, INEGI indica que al cerrar el 2018 había un total de 2 mil 168 médicos —desde generales hasta especialistas— laborando en instituciones públicas de salud en la entidad, de los cuales: mil 144 estaban en La Paz, 554 en Los Cabos, 235 en Comondú, 193 en Mulegé y 42 en Loreto.

La nueva propuesta

En entrevista, el diputado Arce Cordero dijo que confiaba que la mayoría de las diputadas y los diputados de la actual legislatura aprobaría la propuesta para la creación de la Universidad de la Salud de BCS —que también podría llamarse Instituto Sudcaliforniano de Ciencias de la Salud. De ser así, en diciembre se tiene el dictamen y se presenta ante el Gobierno del Estado para su gestión, pese a que en recientes días la Secretaría de Salud ya se ha pronunciado, de nueva cuenta, por la inviabilidad del proyecto.

La idea es empezar de cero, señaló el doctor. Desde junio se han tenido asesorías y reuniones para socializar el proyecto, así como integrar más elementos. Sin embargo, el legislador comundeño compartió algunos datos e ideas generales. Desconoce cuánta/os sudcaliforniana/os han salido de BCS para estudiar Medicina, pero indicó que el universo potencial en la entidad es de 35 mil estudiantes de preparatoria. ¿Un lugar para iniciar? Dijo que ya ‘le echaron el ojo’ al antiguo Hospital Salvatierra en La Paz, aunque calcula que podría llevar hasta dos años todo el proceso para tener desde la construcción del plantel hasta elaborar planes de estudio y contratar personal. ¿El monto? “Para arrancar, mínimo, ¡mínimo!, 50 millones de pesos al año. ¡Y creo que me quedo corto!”.

La Universidad de la Salud de BCS tendría las carreras de Medicina, Enfermería, Odontología, Nutrición, Psicología y Rescates Médicos. “La carta fuerte sería Medicina”, puesto que no existe en el Estado, pero también Enfermería que hoy en día no está en escuelas públicas, y Rescates que podría ser una novedad incluso para estudiantes de fuera de la entidad. La idea es que sea un organismo público descentralizado con patrimonio propio, ligada al presupuesto del Gobierno del Estado y donde también coadyuve un patronato. Arce Cordero considera que aquí sí hay dónde realizar prácticas y médicos especialistas —y diversos profesionistas— aptos para ser docentes.

Hace un par de semanas, el doctor José Antonio Peña, de la CUSUR de Ciudad Guzmán, Jalisco, compartió su experiencia en la apertura de la escuela de medicina ante diputada/os y funcionaria/os locales; él mismo intervendría en la elaboración del presupuesto para la tentativa Universidad de la Salud. El mismo diputado Arce es egresado de allí, así como 35 sudcalifornianos más. “Inicien, como sea, pero inicien, aunque sea con aulas prestadas”, les conminó el encargado de abrir la escuela en dicha ciudad con menos de la mitad de la población que tiene la capital sudcaliforniana.

Batas, política y dinero

Según el Diputado de la fracción de Morena, ésta y la del PT están puestas para aprobar el plan, y la del PAN “hasta ahorita están de acuerdo”. Sin embargo, desde las primeras reuniones, la Secretaría de Salud del Gobierno estatal ha señalado que no hay espacios, y en cambio, hay muchos doctores y doctoras. Incluso, trascendió en medios locales que sobre esta nueva iniciativa, George Flores dijo que “abrir una universidad no es cualquier cosa, no es abrir una taquería” y no se trata de “vender ilusiones”. Arce Cordero declaró que estas posturas le parecen “muy conformistas y con poco sentido social”; para él “no hay un argumento sólido en contra”.

El dictamen, de aprobarse, se tendría listo en diciembre, y según opinión del legislador, “si hubiera voluntad, y se aprueba y se publica, por parte del Gobierno del Estado, en enero del 2021 comenzaría todo”. Es consciente que el tema puede politizarse entre la bancada morenista que presenta la propuesta y el gobierno de extracción panista que debería apoyarla, y aunque aún falta realizar más gestiones —como ante la SEP estatal—, Arce Cordero informó que de aplicarse un veto por Mendoza Davis, podrían llevar el proyecto a la Secretaría del Bienestar y hacer un convenio con las universidades Benito Juárez del Gobierno federal, las que ya suman alrededor de 100 en el país. “Si no hay voluntad, sería de cambiar de aires políticos, buscarlo en otro gobierno”, explicó, como posibilidades en un futuro.

Una de las motivaciones para este proyecto es que las y los estudiantes locales puedan pagar menos por egresar de esta carrera, en su Estado y en una escuela pública con cuotas accesibles. Como ya es del dominio público, la UABCS aprobó abrir Medicina y Enfermería, pero por falta de presupuesto no se ha instalado, pues les representaría un gasto millonario para su equipamiento —en 2015, se calculaba una inversión de 300 millones de pesos. Se sabe que la Universidad de Guadalajara, años atrás, también lo contempló sin éxito.

Mientras tanto, las y los sudcaliforniana/os que deseen estudiarla deben ir a vivir fuera del Estado. Según IMCO, es la carrera más cara en el país azteca. En 2018, su costo promedio (por toda la carrera) en una universidad privada iba desde los 125 mil pesos a los 930 mil pesos —en la Universidad La Salle costaba 724 mil 500 pesos—; “mientras que en instituciones públicas como UNAM, UAM e IPN lo que pagan es cercano a 30 mil pesos durante toda la licenciatura”. Estos costos son básicamente de inscripción, sin contar libros, materiales y equipo, ni todos los gastos de vivir en otra ciudad. Para estudiar Medicina en Tijuana, por ejemplo, en la UABCS (pública) el costo por semestre oscila en 3 mil 350 pesos, y en la Universidad de Xochicalco (privada) el costo mensual de colegiatura es de más de 12 mil pesos.

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Sudcalifornianos que vivieron las protestas en Chile. Crónicas (II)

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El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Paradojas de la violencia: a nadie le gusta pero funcionó para que el mundo volteara a ver la situación de Chile; inició como una forma de protesta en símbolos clave, pero al rato se transformó en saqueos, asaltos y formas inhumanas de actuar que desbordaron a civiles y autoridades; formaba parte de una resistencia y después robó la atención, desvirtuando el sentido de las manifestaciones por grupos violentos que más temprano que tarde empezaron a ser detectados —aunque no capturados; grandes cambios, seguramente, vendrán, pero algunos tendrán que haber pagado muy caro el sacrificio: ¿quién será el siguiente? Las personas aprendemos a vivir con la violencia como un acecho que se puede esconder en cada esquina. En mantas se leía Hasta que la dignidad se haga costumbre, a veces pienso que los latinos ya hemos acuñado otra: Hasta que la violencia se convierta en saludo. ¡Pinche violencia, si no sabremos de ella en nuestro desangrado México!

La nación sudamericana había vivido una época de terror con Augusto Pinochet de 1973 a 1990. Hasta no haber conocido el Museo de la Memoria, en Santiago de Chile, yo no podía dimensionar la magnitud de la tragedia que sembró un golpe militar que exterminó gente y que terminó protegiéndose en una Constitución que ha perdurado hasta hoy. El fantasma de esos tiempos de represión regresó en octubre de 2019, con notorias diferencias, pero con la resonancia en la generación que le tocó vivirla y aún vive; sin embargo, los jóvenes han representado exactamente la otra cara de la moneda, la de encontrarse en otros tiempos donde su principal mensaje ha sido el no temer. Yo recuerdo con nitidez que en esa primera manifestación que vi en Viña del Mar, había alegría; con sonrisas, sostenían mantas donde lo más repetido era No tenemos miedo. Por eso sus rostros sonreían, era como felicitarse unos a otros por atreverse a levantar la voz. Ha sido, principalmente, la juventud chilena la que más ha resistido: ellos y ellas han puesto sus cuerpos, sus caras, sus ojos…

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Muchas cosas

El sábado 19 de octubre había salido a tomar un café frente a la estación Miramar en Viña del Mar, cuando empezaron las manifestaciones. Pregunté a la mesera a qué se deberían, si según recordaba, en esta ciudad no había subido el costo del metro, y ella sólo movió la cabeza diciéndome que ¡Eran muchas cosas! Sentí que me trataba como un pobre extranjero ignorante, pero qué razón tenía: yo ignoraba en qué país estaba y el alcance y las repercusiones que implicarían las protestas en Chile. Estamos hartos de que nos metan el pico en el ojo, me dijo una persona de la casa donde viví, lo que en buen mexicano sería algo así como Estamos hasta la madre de que nos la metan doblada.

Yo vivía en la zona de Recreo. En esa primera semana salí a tomar fotos a las marchas y platicar con las manifestantes, y desde esa primera vez la tensión frente a los carabineros flotaba en el aire, literalmente: los gases lacrimógenos se hicieron cosa diaria, así como el agua hedionda que tiraban a presión desde los tanques para disolver las marchas, que pese a todo, día tras día congregaban a más personas. Ese sábado, casi por llegar a la estación Viña, me tocó correr por la alerta de una bomba de gases; no pasó nada, pero con ese susto me tomé muy en serio protegerme por la doble exposición que tenía como extranjero: la violencia en las calles o la deportación. Sí, un par de veces los coletazos de los lacrimógenos me hicieron sentir la repugnante sensación de picor en garganta y ojos, pero si lo que me tocó fue nada, no me quiero imaginar lo que provoca en quien le cae de lleno en la cara. Semanas después, en la calle y el micro vendían todo un kit para protegerse de gases lacrimógenos y esa agua contaminada para disolver las movilizaciones. Por cierto, esa “agua” ha provocado fuertes quemaduras y se ha comprobado que tenía mezclada sosa cáustica y gas pimienta.

Al principio se veía a personas de todas las edades saliendo a las calles. Me consta haber visto en una casa a un par de niñas de menos de 8 años ‘jugar’ a las manifestaciones en sus bicicletas. Mientras algunas personas —sin oradores, ni líderes, el pueblo puro— se paraban afuera de las estaciones del metro, los carros pasaban pitando, yo pensaba que por enojo de las interrupciones del tráfico, pero no: era de franco apoyo. Vi a personas de todos los sectores simpatizar con la causa. Aún está en mi memoria la tarde del domingo que salí poco antes del toque de queda, con un amigo de Nicaragua, bajando del cerro al bulevar Viana desde donde vimos que prácticamente por todos los balcones de los edificios —de 15, 20 ó 30 pisos— que alcanzamos a ver, la gente tocaba sus cacerolas y sartenes. ¡Fue impresionante cómo todos apoyaban el movimiento! Cuando algunos conspiranoicos opinan que todo está orquestado desde afuera me parece que insultan la inteligencia y la sensibilidad de todo un pueblo. Que puede haber manipulaciones, claro, especialmente los grupos violentos, tampoco somos ingenuos, pero pudimos ver, oír hasta el cansancio, que todos apoyaban que se ocupaban cambios, “muchas cosas”. Pretender que todos son movilizados por agentes externos es quitarles méritos a su lucha, la que vimos y sentimos auténticamente popular.

En el aire la bandera más ondeada fue la de Chile, por supuesto, pero también se vieron las de equipos de fútbol, de la comunidad gay —un letrerito decía Le tengo más miedo a mi madre decirle que soy lesbiana que a ti (refiriéndose a Sebastián Piñera)—, la bandera mapuche y de los pueblos andinos (wiphala), y hasta de otros países, como la bandera mexicana con la que caminaron en una multitudinaria marcha de Viña del Mar a Valparaíso. Valpo, como le decimos de cariño, puerto viejo de un impresionante aire bohemio, pronto quedó a merced de saqueadores que quemaron negocios antes de robarlos, dejando sus nostálgicas vías con el aspecto de un baño público rayoneado, sucio, roto. Las imágenes que llegaban de Santiago o de Concepción, tampoco eran muy distintas. La violencia empezó a ser más dolorosa, más infame, sobre gente común que debía protegerse tanto de autoridades como de vándalos. ¿Quién está detrás de esos grupos violentos? La pregunta del millón, que yo no sé responder; escuché de todo: que la ultra derecha, que la ultra izquierda, que otros países como Venezuela, etcétera. Lo que era evidente es que pasaba lo que en México: los violentos se revuelven entre manifestantes auténticos, dañan, confunden y desvían la atención de las causas, y llega el momento en que los ciudadanos pide a gritos la presencia policíaca, la que no llegaba porque estaba más ocupada en reprimir manifestantes.

Afortunadamente, no perdí a ningún amigo, y aunque vivimos las protestas en Chile desde sus inicios, desde sus inicios tuvimos que cuidar más nuestros pasos, horarios, rutas, actividades; de tal manera que los medios de comunicación ejercieron una fuerte influencia, especialmente al inicio —luego de un tiempo, tan politizada estaba la sociedad que el tema salía con la espontaneidad de un estornudo. En televisión, por ejemplo, lo primero y lo más repetitivo eran los nuevos actos de violencia: la mujer policía a la que le explotó una bomba molotov en el brazo; la mujer a la que los carabineros le arrojaron gases lacrimógenos en la cara y la dejaron ciega; y los terribles casos de nuevos ciegos.

Una de las cosas más impactantes y simbólicas fue saber de más de 200 personas —hace un mes se reportaban 222— que perdieron uno o los dos ojos por el impacto de los balines lanzados por carabineros. Esas balas de goma no mataban, pero quitaron la visión a cientos de personas, causando un escándalo internacional; últimamente, los manifestantes acuden a las movilizaciones con un ojo tapado o hacen un gesto/saludo poniendo una mano sobre un ojo.  El asunto parecería sacado de un libro de José Saramago. Qué metáfora tan fuerte es que el gobierno mandara sacar los ojos a su gente. O de llenarlos con televisión. Cuanto más tiempo veía uno la televisión, sentía uno una especie de remordimiento de no poder hacer nada; o de no enterarse y no terminar de explicarse la situación; y también daban ganas de vomitar y rezar para que ya todo parara. Poco antes de las manifestaciones, leí Putas asesinas de Roberto Bolaño y me identifiqué con el personaje del primer cuento, un hombre que detestaba la violencia y le había tocado vivir los tiempos de Pinochet; salió de Chile para encontrarse con la violencia en el resto del mundo que anduvo. México hace rato que tiene al águila y la serpiente nadando en un lago de sangre; supe de viva voz, que varias personas llegaron a este país sudamericano hartos del narco, del feminicidio y las desapariciones, ¡como para encontrar este tipo de muertes de nuevo y tan lejos!

América despertando

Cada día que el sol salía, amanecía con la apariencia de que las cosas volverían a la normalidad en Chile, pero cada que caía el sol y se habían retomado las manifestaciones, escuchábamos a escasas cuadras los disparos, las patrullas, los bomberos, las ambulancias. Alguna vez aproveché de ver El Joker en un cine que puso barata la función —para mis bolsillos. en 150 pesos mexicanos, aproximadamente, ¡eso era barato!—, y nada fue tan irónico como salir de ver esa obra de arte en una sala de cine que daba justo a la Plaza Viña, donde horas antes habían reprimido una manifestación.

Las actividades se paralizaban en este reino del caos, donde todos los días podían cambiar los itinerarios. La agenda era un desmadre. A partir de entonces, por ejemplo, las universidades, como a la que yo iba, suspendió las clases; oficinas y negocios no abrían o modificaban sus horarios; el metro dejaba de funcionar afectando a miles y miles de usuarios, así que cualquier planeación para moverse tenía que prever todas las medidas para no verse atrapado en una revuelta. No era tanto la manifestación, que hasta se prestaba para el baile, era esa rémora violenta: exponerte a ladrones que encontraron su paraíso y a las armas de los representantes del Estado. A las semanas cancelaron eventos internacionales, desde la Copa Libertadores hasta el Teletón y la reunión de la APEC y la COP20, y quién sabe qué pueda ocurrir en el famoso Festival de Viña del Mar, si lo llegan a realizar en los primeros meses del próximo año. Los extranjeros empezaron a salir del país y los turistas a cancelar sus viajes, por lo que la hotelería y todo el sector turismo se ha visto seriamente afectado.

En las últimas semanas de noviembre vi nublarse el sol por el humo de llantas, basureros o negocios quemados, sin contar, entre los olores, esos gases lacrimógenos que dejaban sus restos todos los días en el asfalto, o el olor a mota que se hizo tan común en las marchas; los monumentos y paredes rayoneados con Piñera culiao, entre mil frases más, recibían en Santiago, Viña, Valparaíso, a los escasos turistas que llegaban; cadenas de negocios atacadas, en un principio, porque luego fueron dañados también muchos negocios de gente común que vio en cenizas su patrimonio hecho con años de esfuerzo; los cristales rotos, pedazos de cosas quemadas, los restos de un país que no correspondía ya al primer mundo, como llegamos a creer, ahora presentaba el aspecto de una nación que había sacrificado a su propia gente en aras de aparentar la potencia que no eran, y de entregar su trabajo y sus recursos a la iniciativa privada. Las protestas en Chile desnudaron ese panorama, mostraron las nalgas del milagro chileno. Por eso en periódicos y en las bardas se leía Chile despertó.

Las últimas semanas, también, nuestras emociones pasaron por un rostizador. Pasábamos del aburrimiento del encierro obligado, al encierro ‘voluntario’ por el miedo de ser afectados; la tentación de leer todo en Internet o sólo ver noticieros me colapsó por tanto sufrimiento, que al final prefería ver The Simpson; agradecí a quienes se comunicaban conmigo y me encargaban cuidarme, y no comprendí algunos casos de quienes nunca preguntaron si seguía vivo; de repente, también revivimos las pláticas en persona con quienes compartíamos casa, hartos del celular y las computadoras, nos veíamos a los ojos y conversábamos. ¡Qué bonito es platicar, así, en vivo, con personas de carne y hueso! Cuántas pláticas sociales y políticas no tuve con Rodrigo, Néstor, Fernanda, Fran, Rolando, José y otras grandes amistades. Por cierto, no pude despedirme de todos, pues en mis últimos días allá, no coincidimos en horarios o simplemente se atravesaron cosas en el camino.

Confieso que al principio, las manifestaciones me parecían emocionantes; no iba en plan de periodista, sino de estudiante, pero me tocaba vivir un proceso histórico, sin embargo, tras más de un mes ya sentía una afectación psicológica y el deseo de regresar a México. No es placentero observar tanto sufrimiento; la violencia es enfermiza.

Las protestas en Chile se pueden abordar desde muchos puntos de vista. El asunto es complicado, y obligadamente, muchos temas los tenemos que dejar afuera en esta crónica; puede llegar a ser un fastidio, sí, pero también puede ser una inspiración. Nada más chingón que un pueblo que un día se harta de sus miserias y se rebela y pone en jaque su sistema.  Yo me pregunto si estas rebeldías generarán un nuevo tipo de funcionario público, o si es una condena saber que tarde o temprano todos se corromperán, porque lo segundo parecería el destino latinoamericano. ¿Es tan difícil ser un político justo en América Latina? ¿Los jóvenes que ahora protestan en las calles gobernarían dignamente, de llegar un día al poder? Mientras sucedían las manifestaciones en esta tierra, otras ocurrían en otros países sudamericanos —y del mundo—, por lo que la emoción no era sólo del despertar de una nación, sino la sensación de este contagio en América, y qué tanto nos llegaría a México. Al final, para mí no hay izquierda ni derecha, sino quien tiene el poder y quien no, el que lo tiene hace lo que criticó, y el que no, critica lo que haría.

Dedicado con amor a mis hermanos y hermanas que conocí en Chile. Un abrazo siempre.

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Sudcalifornianos que vivieron las protestas en Chile. Crónicas (I)

FOTOS: José Arios Valerio / Modesto Peralta Delgado.

El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Nunca había vivido un toque de queda: obligarte a no salir de tu casa de tal hora a tal hora en la noche, porque si eras descubierto en la calle eras llevado por los policías (carabineros o pacos) o los militares (o milicos) y quién sabe cómo y dónde terminarías. No soy alguien de vida nocturna pero a veces sí regresaba de noche a casa, ¡como fuera, era mi vida privada!, pero el toque de queda significaba que, fueras chileno o extranjero, el gobierno había entrado a lo más íntimo de tu existencia. Te ha tocado estar en medio de algo grande, me dijo una amiga el día que iniciaron las manifestaciones en Viña del Mar, el mismo día en que la política parecía atrancar la puerta de mi habitación y en el cual me di cuenta en el país que estaba.

Todo comenzó el 18 de octubre pasado. Las protestas en Chile iniciaron en Santiago. Habían subido 30 pesos el costo del metro y hordas de jóvenes evadían el pago brincando las trancas de acceso en las estaciones; quién sabe a quién se le ocurrió dar el primer salto, pero quizá jamás pasó por su mente la magnitud de las revueltas que harían botar al Presidente y votar por una nueva Constitución. En recientes semanas, si bien no prosperó, diputados de oposición presentaron una inédita acusación constitucional para destituir a Sebastián Piñera del poder —en 2018, el multimillonario había sido reelegido— por violaciones a los derechos humanos como resultado de las represiones a las manifestaciones; y apenas la semana pasada se realizó una consulta ciudadana en todo el país con una clara tendencia a redactar una nueva Constitución y tener una asamblea constituyente. Sin duda, al gobierno de derecha le salió muy caro el metro, y más largo: el metro sólo era la punta de kilómetros de deudas sociales con el pueblo chileno.

¿Quiénes somos estos sudcalifornianos que ahora contamos lo que nos tocó vivir y qué hacíamos allá? Hemi, de 25 años, originaria de La Paz, BCS, estudia Podología Clínica en el Instituto Profesional AIEP en Valparaíso; está casada con un chileno y vive en una  comuna de la V Región desde 2017 (*). Quien esto escribe, Modesto Peralta Delgado, 41 años, originario de Ciudad Constitución, BCS, fue becado para una estancia académica en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; estuvo de septiembre a noviembre en un Magíster de Literatura en Viña del Mar. Nos conocimos casualmente, en el metro que va de Viña a Valpo y nos hicimos amigos, y luego nos tocó vivir la revuelta más grande en la historia de Chile.

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El milagro y la desigualdad

Es difícil explicar, en poco espacio, todo el proceso de las protestas en Chile que ya cumplen dos meses. Han habido una veintena de muertes, cientos de heridos —casi 2,500 según cifras de Derechos Humanos—, saqueos y violencia, pero estaría incompleta esta crónica de no decir que también ha significado un inusitado movimiento popular que ha luchado por un profundo cambio en su gobierno. El 18 de octubre de este año se recordará como el inicio de las manifestaciones masivas que iniciaron en la capital, pero pronto tuvieron repercusión desde Antofagasta hasta Punta Arenas. El alza del metro, que pasaba de 800 pesos chilenos (PCL) a 830, y que muy pronto, presionados por las marchas ha regresado a los 800 PCL (aproximadamente 20 pesos mexicanos), generó una larga lista de protestas que iban desde un justo sistema de pensiones hasta el acceso a los servicios de educación o salud. De pronto, era algo demasiado complejo, radical y profundo. Yo decía que era como cambiar al revés todo el calcentín. Era cambiar todo.

El sábado 19 de octubre, Hemi y éste que escribe vieron nacer las protestas en la V Región. En las estaciones del metro, calles y plazas —como la emblemática Plaza Viña en Viña del Mar— se convocaron decenas y luego cientos de manifestantes con mantas y cacerolas que tocaban con un palo o una cuchara: lo que fuera que hiciera ruido y que a la lejanía parecía una lluvia de granizo; grupos de jóvenes brincaban al ritmo de El que no salte es paco, y retaban con sus cuerpos y sus letreros a los carabineros que se apostaban en sus atrincherados vehículos, tendiendo una línea de tensión que con el paso de una mosca se rompería. Se declaró un estado de emergencia y el toque de queda que duraron casi una semana. La primera respuesta del gobierno de Sebastián Piñera fue la represión a las manifestaciones, resucitando el fantasma de la dictadura de Pinochet; a pesar de los 23 muertos en la primera semana, de los detenidos y lesionados, la reacción fue como haber echado leña al fuego: al movimiento se sumaron más y más chilenos y chilenas hartos del sistema, y en cada ocasión aumentaban las peticiones. Poderosa fue aquella frase que mejor puede resumir lo acontecido: No son 30 pesos, son 30 años, que desde 1990 serán los transcurridos de Pinochet, su sombra y su herida aún abierta sobre la nación sudamericana.

Chile es un país caro, donde un refresco de 600 ml cuesta 1,000 PCL, casi el doble que en México. Sin embargo, hasta hace poco se hablaba del milagro chileno, presumiendo una robusta economía y estabilidad social, lo que resultó ser una máscara que las protestas se encargaron de arrebatar. Chile ha sido un experimento de la política neoliberal, me dijo una amiga al explicarme que su Constitución —el libro de no ficción más vendido en las últimas fechas, que incluso te encuentras en las calles junto a otros souvenir— fue redactada tácitamente para proteger a Pinochet y sus aliados. Ese solo dato ya era sorprendente y sería la primera razón para proponer su drástica revisión. Y es que este aparente “Estados Unidos de Sudamérica” ha privatizado todo, hasta el agua, y los costos de vida son altísimos sacrificando a los ciudadanos y dando una fachada de primer mundo en donde hasta unas zanahorias las compras a crédito. Si pudieran, venderían el mar. Entre tantos testimonios y entrevistas, recuerdo el de la escritora Isabel Allende quien sintetizaba que el grave problema de Chile era, simplemente, la desigualdad; en una pared de Valparaíso también leí La causa de todo es el capitalismo.

Una paceña en el fin del mundo

Sin duda, un aspecto importante y dramático de las protestas en Chile han sido los actos de vandalismo que emergieron, una especie de rémora que al principio no lograba distinguirse de los enfrentamientos entre civiles y carabineros. La violencia se vivió hasta en comunidades modestas y tranquilas, y el actuar de las autoridades parecía volcarse sobre los manifestantes en vez ir por los violentos. Muy pronto se reportaron decenas de denuncias por desnudar a mujeres detenidas, entre otros tipos de maltraros, mientras que los que robaban y quemaban negocios seguían haciendo de las suyas —como hasta la fecha.

El momento más dramático fue ver los saqueos —cuenta Hemi—. Había visto videos de cosas que estaban sucediendo esa semana en Santiago, y la verdad que no pensé que sucediera acá en la V Región. He venido a Chile desde el 2015 y nunca había escuchado de estas situaciones. Justo ese sábado 19 octubre fui hacia mi trabajo, y al regreso, en el autobús la gente comentaba que se corría la voz que iban a saquear. Creí que era una especie de paranoia, nunca lo creí. Bajé del autobús rumbo a casa de un familiar y una señora se acerca y me dicen “¡Corre que están saqueando el ‘Tottus’ (una cadena de supermercados) y vienen los pacos!”. Sinceramente, no le veía sentido correr, pero ahora entiendo por qué.

Llegué a mi destino confundida. Esa semana había sido normal mi rutina, no sabía que estaba por empezar todo acá, incluso en mi ciudad que es un lugar súper tranquilo. En la V Región empezaron los destrozos, las represiones, la violencia, todo. Ver los videos en Facebook fue muchísimo para mí, porque en los saqueos no hacían gran cosa los militares ni policías, y vi algunos videos donde a quienes se llevaban detenidos eran otras personas que transitaban por ahí rumbo a sus casas sin nada en sus manos, no habían saqueado ni robado, su único error fue transitar cerca de donde estaba pasando. Por eso mismo la señora me había dicho ese día que corriera, porque ella sí sabía que aunque yo no tenía la culpa de nada no debía estar en ese momento. “Corre, cabra chica, que están saqueando” vuelve a mi mente todos los días; es como sentir que ella me hubiera salvado la vida. Si se me hubiera ocurrido ir justo al supermercado en ese instante, no estaría escribiendo esto, quizá estaría detenida o violada como algunas otras jóvenes, o incluso desaparecida.

Al otro día fui hacia el trabajo temprano y estaba cerrado. No había autobuses desde Santiago, ni hacia allá. Las personas estaban colapsadas, no sabía que sería tan rápido el efecto de las manifestaciones; había barricadas e incendios que obstruían el acceso a la carretera principal; estaban las líneas de autobuses temiendo que incendiaran o dañaran sus equipos así que prefirieron cancelar las rutas; las aerolíneas cancelaron viajes, y otras permitieron reprogramar; fue un fin de semana de mucho caos. Procesar todo eso me costó mucho. Era como vivir en una película o realidad alterna.

Pasó la primera semana. Se había levantado el toque de queda: ya podíamos ir y venir a cualquier parte, o reunirnos con quienes quisiéramos, sin ser llevados por la policía. Y al declarar el fin del estado de emergencia, pareciera que la vida había vuelto a la normalidad. Incluso los reporteros de otros países se retiraron y disminuyó la cobertura. Sin embargo, la situación no estaba cerca de su fin. Empecé el lunes sin clases. Valparaíso, la ciudad donde yo estudio estaba en caos: incendios en edificios, enfrentamientos entre policías, militares, toque de queda con represión, daños en el tren, entre muchas cosas que pasaron, no permitían que las cosas volvieran a la normalidad. En ese momento supe que esto sólo era el inicio.

Cuando me vine a Chile la adaptación cultural fue difícil —continúa Hemi—, aún lo es, ¡pero justo cuando sentía entender todo me di cuenta que en realidad no había conocido nada! No había hecho conciencia del daño en que vivían millones de personas, porque creía algunas cosas que decían sobre la economía de acá, si bien he recorrido algunos sectores vulnerables y he visto varias realidades, sinceramente, no tenía la conciencia de lo que como personas necesitaban en sus hogares más allá de un trabajo, educación, salud. Por lo que la transición a nivel mental fue difícil de procesar, porque vi el verdadero malestar, la rabia, la frustración y sentimientos que habían sido reprimidos durante años saliendo a las calles a exigir sus derechos. Por otra parte, tuve sentimientos encontrados ya que en mi condominio donde vivo intentaron ingresar a delinquir. Como en todo, hay personas buenas y otras no tanto, que aprovechando la oportunidad buscan como sacar provecho. Así que los vecinos estuvieron turnándose para cuidar durante la noche, y las cacerolas también hacían acto de presencia toda la noche. Era como escuchar un coro decir “Esto aún no acaba”.

Sin embargo, sentía alegría por la unidad que estaba viendo, los vecinos conversando en los pasillos; las zonas de recreación o en áreas comunes; los niños jugando con sus papás ya que por los toques de queda tenían que estar de vuelta a sus casas pronto, pero les dejaba más tiempo para convivir. En mis dos años aquí nunca había visto los parques tan concurridos, ya que muchos lugares cerraron y no estaban trabajando. Se respiraba un aire distinto ¡y no me refiero al olor a barricada! Entonces supe que sin importar lo que hiciera o no el gobierno, algo bueno saldría de todo esto.

Yo tenía cosas qué hacer en Santiago: trámites, compras e incluso planes de turistear ahí, todo quedo cancelado. Llegó un correo de la Embajada de México diciendo que no nos expusiéramos, y las medidas en caso de ser detenido. Ver la preocupación de ellos me dio las razones para tomar precauciones. Como extranjeros, nuestros derechos nunca serán iguales a los de un ciudadano, y no me refiero a la residencia, si no a que culturalmente nunca seremos iguales. Eso nos pone en desventaja porque incluso en nuestro país ya es una posibilidad el desaparecer por la delincuencia, secuestros, etcétera. Bueno, entendí que si aquí me pasaba algo sería peor. Simplemente no había forma de ubicarme entre un millón de personas corriendo, en el mejor de los casos si pudiese escapar de un enfrentamiento podrían llevarme presa por el simple acto de correr por mi integridad. Llegar a esa conclusión fue dura, cuando pensamos en migrar e irnos, pensamos muchas veces en solamente los beneficios que obtendremos, las cosas que van a mejorar por ejemplo la seguridad, la estabilidad, el bienestar, y al menos por mi parte, nunca creí que viviría una experiencia de este tipo.

A pesar de todo lo ocurrido, muchos chilenos y chilenas sienten que el gobierno aún no los escucha ni ha sido sensible. Y no podemos —ni debemos—, enfocarnos sólo en la violencia como en la televisión local, que cuando menos cuenta te das, se enfocó demasiado en el lado doloroso y criminal. ¿Qué cambió, como extranjeros, de la imagen que teníamos de Chile? ¿Qué de bueno trajo este movimiento social histórico? Hemi opina: Creo que respecto a la sociedad ha cambiado para bien, he visto la solidaridad, el amor, la alegría y la empatía mucho más presente estos días ya que al principio de mi experiencia encontraba mucha frialdad en ellos, las sonrisas, los saludos de “Buenos días, buenas tardes”, eran casi nulos… Pero estos días he visto cambios increíbles en todos lados, los desconocidos conversan más en el tren; la gente le pregunta a otra sobre un tema equis para empezar una conversación; ¡es muy lindo ver eso! Incluso en mi salón de clases donde había estado un ambiente un poco hostil, las cosas son distintas, es como si todos se preocuparan por todos, y eso es muy hermoso al verlo. Sin embargo, respecto al gobierno me siento decepcionada, ya que no escucho soluciones concretas y la actitud del Presidente de decretar estado de emergencia y una ‘’guerra’’ contra su propia ciudadanía fue aterrador, es como una indiferencia total ante las necesidades que su pueblo tiene.

Tuve la oportunidad de ver las manifestaciones en vivo y a todo color, las manifestaciones fueron pacíficas, vi un ambiente familiar y alegre, la música buscaba que las personas entonaran sus demandas de una forma original. Escuchar la versión de “Bella ciao” de los profesores en la que dice “Los profesores están marchando para que nunca jamás en Chile se lucre con la educación”, por ejemplo, me lleno el corazón.  Algunos chilenos me han conversado que están aburridos de esto, pero creo que es el momento perfecto para que las futuras generaciones sean mejores y puedan disfrutar una mejor calidad de vida, entre ellos espero que estén mis hijos.

(*) Por razones de seguridad, se han modificado un par de datos de la joven. También, por el riesgo de deportación, el autor de estas crónicas decidió publicarlas hasta llegar a México.

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