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¡Adiós, Luis Fernando!

FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Fue un hombre único y maravilloso. Entre sus varias virtudes: era leal y sumamente honrado —no por nada era el administrador de la casa y del negocio—; era de una carácter positivo, intenso y lleno de chispa, quien siempre se dirigía a las personas con sonrisas y palabras amorosas; y de una apariencia pulcra, un caballero siempre oloroso a perfume, todo un publirrelacionista nato; muy auténtico y orgulloso de ser lo que era. Era mi cara opuesta y mi mejor complemento: él era la rica bebida del martini, mientras yo era la amarga aceituna.

Luis Fernando Azcárraga de la Peña —o Güicho, Fer u Osito— nació en su amada La Paz el 4 de septiembre de 1979. Falleció el pasado 17 de enero, por complicaciones por COVID. Hijo de doña Irma y don Alberto; la primera vive junto con su otro hijo, Alberto; el segundo, ya finado. En abril, cumpliría con su servidor, 15 años de haberse conocido y ser una pareja y una familia en toda la extensión de la palabra. Me deja solo, si bien, acompañado en el dolor por mucha gente, y al cuidado de Jumbo, nuestro gatito. Y aunque no estudió una carrera profesional —de haberlo hecho hubiera sido la meteorología, pues era un aficionado al clima—, no le hizo falta, pues deja unas lecciones impresionantes a quienes lo conocimos de cerca, como el tener con poco para ser completamente feliz. Y lo fue. ¡Vaya que sí!

El idioma de la energía

Fernando Querido, hago este ejercicio inútil de la escritura, sólo por que mereces todos los homenajes, pero es inútil porque esto no regresa los relojes, ni tus cenizas vuelven a ser tu cuerpo. He tenido que aprender, a fuerzas, del dolor, de la resignación, y me doy cuenta que todos los clichés que se dicen ¡son ciertos! Que no alcanzan las palabras, que parece que quitaran un pedazo de mi vida, como si te hubieran arrancado de mi pecho… Todas esas palabras trilladas, son ciertas. Y yo he tenido que repetir mil veces Gracias, gracias a todos los que se acuerdan de ti y me dan su alivio. Pero estas Gracias ya suenan gastadas, no porque sea insincero, sino porque ha sido cansado explicarte a cada rato y traer tu nombre hasta mi boca para recordarte.

Es cierto: no hay palabras. Las palabras son las herramientas imaginarias que nos inventamos para nombrar al mundo y no perdernos, para intentar coger el agua o tatuar el humo —como dijo un poeta. Yo también recurro a ellas para expresarme, y hasta te hablo quedito para sentir tu presencia que está en toda la casa: en el refrigerador, en la cama, en tus pastillas, en tus novelas, en la mirada del gato esperando verte cada que abro la puerta. Por eso, aunque sea inútil escribirte, acudo también al idioma de la energía, al lenguaje de la luz y el viento, donde las letras ya no importan. Donde Ser es Estar.

Quiero imaginarte en todos lados y decirte que no tengas miedo, y que encuentres mucha luz. Decirte que muchísima gente te hemos amado, y aunque es cansado de contestar mensajes, todo lo hago por ti, Osito hermoso. Que merecías todo lo que compartimos y cómo te chiqueaba, y que fuiste una parte vital, importantísima, para mí. Que ya estás libres de medicamentos, de los achaques y las preocupaciones de la diabetes y otros males. Yo comeré tus paletas de hielo sin azúcar, por ti, y sobaré el lomo del gato diciéndole cuándo le amabas.

Aunque te he llorado, te he homenajeado por todos los medios posibles y me dueles tanto, necesito dejarte ir. Agradecer a la Vida, que eso es Dios para mí, que un día hace 15 años nos encontramos en un chat, nos conocimos en persona y nos fuimos a vivir juntos. Aunque hubo viajes y ausencias, tú estabas ahí y estaba yo contigo en la distancia, nos sentimos en ese idioma de la energía en el que las palabras sobran. Aunque suene también trillado, lo cierto es que me dueles en el alma y te amo. Siempre estarás en mí. Caminemos juntos todavía. Tú, en el camino de la luz, yo en el de esta tierra de sombras.

Los Heraldos Negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡Pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo.

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Manuel Márquez de León. Aniversario CXCIX de su natalicio

FOTO: Archivo.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Uno de los hijos más destacados de esta tierra sudcaliforniana ha sido el general Manuel Márquez de León. Natural del poblado de San Antonio (5 de marzo de 1822), se destacó a muy temprana edad en la vocación por las armas. A los 14 años ingresó a la Marina de Guerra como Segundo Comandante de la Goleta “Anahuac”. Participó en diferentes hechos de guerra en sitios como Olas Altas, Urías, Mazatlán, Puerto Viejo, La Paz, etcétera. Fue diputado Constituyente en 1857 y Gobernador de Durango y Sinaloa. Fue tenido en gran estima por el presidente Benito Juárez con el cual tuvo diferencias a raíz de las facultades extraordinarias con las que éste se invistió en su último periodo de gobierno, pero supieron conciliar las diferencias y Juárez lo respetaba y admiraba por la integridad y valor que demostraba en todos los actos de su vida.

Cuando el general Porfirio Díaz lanza el famoso “Plan de Tuxtepec”, Márquez de León se une a él por considerar que Díaz traería de nuevo la paz y legalidad a nuestro país. Sin embargo no tardó mucho tiempo en darse cuenta de las malsanas intenciones del dictador, y antepuso sus valores personales y el bienestar de la nación por encima incluso de su propia seguridad personal.

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Fue el 22 de noviembre de 1879 cuando lanzó el “Plan Revolucionario de El Triunfo” en el poblado del mismo nombre, en Baja California Sur. Por esas fechas, nuestro egregio personaje disfrutaba de uno de los puestos más altos en la élite porfirista, como el Comandante General del Mar del Sur; además de lo anterior, era dueño de riquezas y de un futuro promisorio. Sin embargo, para él nada valían el oro y la comodidad de un puesto importante si su patria sufría la villanía y la opresión de un dictador.

Lo anterior se lo expresó a su compadre Porfirio Díaz en una carta llena de valor civil y amor patrio, en unas de sus líneas dice: Hoy en su torpe administración ha vulnerado los santos principios que durante diez años juró sostener; que ha puesto en ridículo a la nación ante el mundo entero y que le llevaría a su total exterminio si no se marcara el alto a sus desmanes, no puedo menos de hacer por un noble sentimiento de amor patrio, lo que usted hizo por una mezquina ambición personal. De nuestra conducta juzgara el mundo muy pronto y se verá la diferencia que hay del uno al otro.

El general Márquez de León inicia su ofensiva para establecer la legitimidad en el Estado que lo vio nacer y para el mes de diciembre de 1879, logró apoderarse del puerto de La Paz en donde dispone que el Gral. Clodomiro Cota ocupe el puesto de Jefe Político. Sin embargo la falta de abastecimiento de pertrechos de guerra y alimentos hacen que su proyecto falle, y tiene que huir a los Estados Unidos para salvar su vida y la de los pocos compañeros de armas que lo secundaron. Después de permanecer desterrado por casi cinco años en este país, se le concede regresar a su patria.

Manuel Márquez de León, cansado y muy enfermo sobrevive seis años más, hasta que sucumbe víctima de un enfisema pulmonar, el 27 de julio de 1890, en la capital de México. Sus restos fueron reinhumados en el año de 1985 en el sitio donde hasta hoy descansan, en la Rotonda de los Hombres Ilustres Sudcalifornianos en La Paz. El general Manuel Márquez de León fue, es y será ejemplo de hombría, pundonor pero sobre todo de honorabilidad, la cual sólo se alcanza cuando se tiene toda una vida dedicada a exaltar los valores más trascendentales de la humanidad.

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Sí al rescate del nombre original de nuestra tierra: California

FOTOS: Internet.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El siglo XXI es el espacio y tiempo idóneo para que se derrumben viejos y anquilosados paradigmas que se han sostenido en el tiempo, ya sea por ignorancia o por costumbre. El nombre que actualmente tiene nuestro estado: Baja California Sur, al cual muchos nativos y extranjeros han reducido al ignominioso adjetivo de baja, se le impuso bajo un esquema toponímico que ya es innoperante, para rescatar el verdadero nombre que nos corresponde y del cual fuimos los primeros en poseer: California.

Hagamos un recuento histórico. En el año de 1535, llega a nuestra península el explorador español Hernán Cortés y durante su estancia, envía diferentes contingentes a explorar esta tierra con el propósito de conocer sus recursos así como para saber si estaba en una isla o no. Nuestro personaje en comento bautizó diferentes puntos de la geografía peninsular como fueron la Bahía de Santa Cruz, Isla de Santiago, Isla de las Perlas, Sierra de San Felipe pero no llegó a bautizar toda esta larga lengua de tierra sobre la que permaneció por casi un año. El historiador Carlos Lazcano Sahagún, uno de los grandes eruditos sobre la historia peninsular con los que contamos en México, sostiene que fueron los hombres enviados por Cortés hacia el sur de la península, los cuales a mediados del mes de noviembre dieron con un sitio al cual los naturales llamaban “Yenekamú”, y en cuya bahía se encontraba un hermoso arco de piedra, el cual estaba rodeado de “bravas costas“, semejantes a las descritas por Garcí Rodríguez de Montalvo en su legendario libroLas Sergas de Esplandián, por lo que es de suponerse que ellos, los soldados y no Cortés, fueron quienes por primera vez llamaron a ese sitio California.

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¿De dónde obtuvieron la palabra California las huestes de soldados que llegaron a esta tierra peninsular? La teoría mayormente aceptada indica que el nombre proviene de una palabra que aparecía en un cantar de gesta romántica titulado La canción de Roland, la cual dice Muerto está mi sobrino que tantas tierras conquistó, contra mí se rebelarán los sajones, y los húngaros y los búlgaros y tantos otros, los romanos, los pullés y los de Palermo, y los de África y los de Califerne.

Sin embargo el término “California” aparece como tal en la novela de caballería Las Sergas de Esplandián, escrita a principios del siglo XVI y que se atribuye su autoría a Garcí Rodríguez de Montalvo. En la mencionada novela se puede leer: Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California, muy llegada al Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún varón entre ellas hubiese, que casi como las Amazonas era su modo de vivir. Eran éstas de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones y de grandes fuerzas. La ínsula en sí la más fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se hallaba. Sus armas eran todas de oro y también las guarniciones de las bestias fieras en que, después de haberlas amansado, cabalgaban; que en toda la isla no había otro metal alguno. Moraban en cuevas muy bien labradas; tenían navíos, muchos, en que salían a otras partes a hacer cabalgadas, y los hombres que prendían llevábanlos consigo, dándoles la muerte que adelante oiréis. Esta novela era muy popular entre los exploradores españoles por lo que seguramente al ver las costas del Sur de nuestra península, creyeron estar frente a la famosa “isla California” y así le pusieron por nombre.

El registro más antiguo de una exploración, en donde aparece mencionado el nombre de California para aplicarlo a nuestra península, se obtuvo en el diario de navegación de Francisco Preciado en la navegación que realizara Francisco de Ulloa. La fecha de esta anotación fue en noviembre de 1539: Aquí nos encontramos a cincuenta y cuatro leguas de distancia de la California, poco más o menos, siempre de la parte de garbino, viendo por la noche tres o cuatro fuegos por los cuales se demostraba que el país estaba muy habitado y por mucha gente, porque la grandeza de la tierra así lo demuestra y pensamos que no puede ser que no haya ciudades grandes habitadas tierra adentro.

El primer mapa donde aparece el nombre de California fue el realizado por Diego Gutiérrez, titulado Americae Sive Qvartae Orbis Partis Nova et Exactisima Descriptio (Exacta Descripción de América, parte nueva del Orbe) fechado en 1562. El término no se aplica a la península, sino al Cabo San Lucas, en donde se lee C. California, es decir Cabo California. Debido a que Cortés no le dio un nombre oficial a toda la tierra descubierta, y ante la necesidad de nombrar a toda esta región con un nombre que permitiera su más fácil manejo tanto en mapas como en descripciones, se procedió a generalizar el toponímico California hacia toda esta península.

Con el paso de los siglos, el nombre de California quedó definitivamente ligado a nuestra península, siendo la media mitad sur de la misma la que por espacio de más de dos siglos tuvo el honor de llevar este toponímico. Durante el año de 1769, con la puesta en marcha del proceso expansionista de los Borbones en la península, que incluía la colonización de las tierras al norte de la California; los franciscanos se trasladan a este sitio y, por cuestiones administrativas deciden dividir este vasto territorio en dos grandes porciones: a la península le dejan el nombre de Baja o Antigua California, y a las tierras de la parte norte, que recién estaban colonizando, y a las que el pirata inglés Francis Drake las había bautizado como Nueva Albión en 1579, le colocan el de Alta o Nueva California. Como bien dice Carlos Lazcano: La California estadounidense nació y se consolidó gracias al gran apoyo que recibieron de las misiones de la California mexicana. La Nueva California recibió un amplio apoyo, material y humano, por parte de la Antigua California. Sin este apoyo la nueva provincia hubiera fracasado.

Esta denominación de Alta y Baja California continuó utilizándose posteriormente al nacimiento de nuestro país, México. En ocasiones como Departamento y en otras como Territorio. Fue durante la guerra de invasión que realizó el gobierno de Estados Unidos contra nuestro país en el año de 1847, que nos arrebató una gran porción de tierra, entre la que se incluía la Alta California. A partir de su incorporación como un nuevo estado de aquella nación, el adjetivo de Alta se hizo innecesario por lo que procedieron a eliminarlo y desde entonces utilizan sólo California para referirse a esta pujante y rica porción de tierra. Una solución igual debió seguir el gobierno mexicano, pero sumido en las constantes y encarnizadas luchas de facciones por lograr el control del poder político y económico de la joven nación mexicana, continuaron utilizando, lamentablemente, el nombre de Baja California para nuestra península. Con el paso de los años nuestro nombre ha sufrido leves variaciones hasta que en el año de 1974 se procedió a realizarse la última modificación legislativa en donde se decide apostarle a lo seguro, aunque no por ello lo mejor, de dejar inamovible el nombre de “Baja California Sur” para nuestro naciente Estado.

Como el Lector se habrá podido dar cuenta, los habitantes de esta tierra tenemos el derecho y la posibilidad de eliminar el adjetivo –baja– y el sustantivo –sur– del actual nombre que tenemos como entidad federativa, los cuales nos fueron impuestos por cuestiones administrativas que ya son inoperantes. Refrendo aquella frase de Lazcano que dice “El nombre es parte esencial de la identidad de un pueblo, del arraigo y sus raíces”, y por lo mismo debemos promover la iniciativa ante las instancias legislativas correspondientes para que se retome el nombre original que tuvimos durante más de 200 años y que jamás debimos de haber abandonado. El ignorar la historia de nuestra tierra y de nuestro mar sólo nos llevará hacia la pérdida del amor que aún le tenemos, de la identidad que ha sido avasallada una y otra vez por aquellos malos mexicanos y extranjeros ignorantes que insisten en llamar a nuestro estado como “baja”, creyendo que la única California que existe o ha existido es la que se encuentra en los Estados Unidos.

La propuesta de rescatar el nombre de California para que sea el único que tenga nuestro Estado, está respaldada por muchos hombres y mujeres que amamos profundamente esta península. El nombre tiene un grave significado ya que es parte de nuestras raíces, esencia e identidad. Nuestro compromiso es honrar, conservar y respetar este nombre que nos fue heredado desde hace más de 400 años para que las generaciones venideras continúen esta tradición, y lo veneren como se hace con una madre la cual les dio la vida y los sigue sosteniendo.

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La feminista, la que te incomoda

FOTOS: Internet.

Colaboración Especial

Por Diana Reneé Amao Esquivel

La Paz, Baja California Sur (BCS). Este texto puede hacerte sentir incómodo/a al leer su contenido, y esa es precisamente la intención: incomodar para reflexionar, cuestionar los privilegios de un orden social desequilibrado llamado patriarcado. Este texto también busca empatizar con las mujeres, particularmente con aquellas que nos asumimos como feministas, porque adoptar el feminismo como forma de vida no siempre resulta un proceso fácil.

Sí, soy feminista. No sigo los chistes machistas en las reuniones de oficina; tampoco le sigo el juego al pariente machirul que en navidad se sienta como patrón a que le sirvan y le limpien todo; tampoco tolero la comunicación violenta; ni tampoco tengo mucho aguante en esas fiestas en las que las mujeres están por un lado a cargo de la comida y los niños/as mientras ellos, los varones, se dedican a beber.

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No, ahí no hay espacio para las feministas como yo. Porque no me quedo callada, creo que el silencio ha sido el mejor aliado del patriarcado. Éste ha sellado los pactos más injustos y ha permitido que la balanza del poder se siga inclinando hacia ellos. Eso significa que voy a cuestionar los patrones de género, el orden familiar y trataré de establecer límites, y eso no es algo que caiga bien a la gente, porque todos/as quieren reír y hacer como que no pasa nada para llevarla “suave”, pero sí pasa y es por eso que yo decidí ser la hermana, prima, cuñada, la tía que incomoda, esa a la que no le tiembla la voz para decir: “lava tus platos” o “podrías ayudar más” o “tranquilo, estás gritando” esto me ha valido la antipatía de muchas personas en mi familia. También hace que mi lista de amigos/as sea reducida, no le caigo bien a varias personas en la oficina o en los pasillos de la escuela. Soy esa, la feminista que incomoda.

Ser la pariente o la amiga feminista, significa que tu mundo va a cambiar, que las relaciones como antes las concebías ya nunca serán las mismas porque ahora eres consciente y tus ojos afilados por el morado de las gafas feministas no toleran la violencia, el abuso y la injusticia ¡tremenda cosa! Porque en el camino me llegué a sentir rechazada, incomprendida, ignorada, en algunos momentos sola e incluso he sido violentada por señalar los privilegios y las cárceles que vivimos cotidianamente como sano/as hijos/as del patriarcado.

Ser feminista significa que si estás pensando en tener una pareja has de ser exigente con lo que deseas de tu compañero y que desde las primeras citas tienes que indagar si no es un potencial manipulador, golpeador, feminicida, o de esos de que se dicen deconstruídos [1] y que terminan siendo más de lo mismo… Y de pronto te enfrentas a que tu lista de posibilidades para tener un compañero se ha reducido de forma tremenda, porque tristemente, los varones en el proceso de cuestionar su lugar privilegiado en este sistema social que se llama patriarcado no han empezado aún su tarea o se ha tardado demasiado —a esos pocos que ya empezaron, sigan así, falta mucho por trabajar. Es así como tantas mujeres que ya abrimos los ojos y empezamos el cambio ya no encontramos el puente para el encuentro con los compañeros y preferimos estar solas aunque nuestro deseo es en realidad construir un lazo significativo libre de violencia machista.

Cuando has adoptado el feminismo como una forma de vida la relación con nuestros cuerpos cambia, también cambia nuestra idea de la maternidad, del trabajo, de nuestro lugar en los espacios públicos y privados. Así, de pronto, llega un momento en el que te miras al espejo y te das cuenta que nuestros cuerpos se encuentran llenos de las expectativas de una sociedad patriarcal en la cual los cuerpos de las mujeres han sido moldeados por estereotipos que hacen que nos rechacemos a nosotras mismas hasta matarnos: tienes arrugas, sobrepeso, imperfecciones, usa maquillaje, ve al gimnasio, vístete bien, píntate el pelo, usa tacones, uñas de gel y minifalda. Las revistas, las redes sociales y los medios de comunicación usan imágenes de mujeres delgadas y blancas, ese es el estereotipo de belleza, nada más alucinante como ese espejismo, las mujeres reales venimos en empaques de muy diversos en tamaños, colores, proporciones y texturas, negarlo hace que las mujeres terminemos odiando nuestros cuerpos. Ser feminista implica romper con eso y abrazar nuestros cuerpos, reconocernos como únicas y especiales.

Así que cuando empecé a abrir los ojos y la conciencia a las relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres no me di cuenta que era un camino sin retorno, que ya no vería los roles de género de una manera tradicional y que me iba a cuestionar todo; no sólo a mi, sino también a quienes me rodean, el feminismo es como una avalancha que transforma nuestra vida, y en el camino no estamos solas, en el camino de pronto te encuentras a una gran colectiva de mujeres que estamos en el mismo proceso y entonces dejas de sentirte el bicho raro de la familia, ahora tienes un grupo de amigas que se ha tejido contigo, conmigo, como una red que nos abraza y sostiene.

Me di cuenta que en el camino del feminismo hay muchas mujeres que lo viven de maneras muy diversas, aquellas que son artistas, las que pintan, danzan y cantan con su voz para denunciar o sanar; aquellas que han decidido irse por el camino de las leyes y las políticas públicas; aquellas que han decidido acompañar a otras mujeres que han vivido violencia; aquellas que han sido tan violentadas por el patriarcado que simplemente no quieren tener nada que ver con los hombres; hay mujeres de 60 años despertando así como chicas de 15 años, hay divorciadas, casadas, lesbianas y LGBT+ hay todo un arcoíris de mujeres que nos estamos inventando día a día el cómo vivir siendo feminista.

También hay mujeres que dicen que no son feministas aunque sean más feministas que la misma Simone de Beauvoir, pero su lucha es distinta, su apuesta es por una vida mejor para las mujeres, y aunque no se llamen feministas a sí mismas, su actuar es de lo más feminista que te puedas imaginar, como el grupo de mujeres en un barrio de la ciudad o en una comunidad rural que ha formado un grupo de apoyo y escucha para mujeres que han vivido violencia. Así que no importa si te reconoces o no como feminista, si vas o no a las marchas o si estás en una colectiva de mujeres o no; si usas un pañuelo verde, uno morado o los dos o ninguno, lo que nos hace feministas es buscar una vida buena, digna y justa para todas las mujeres y la lucha por esa vida se pelea en lo cotidiano, en la cama o la mesa del comedor con tu pareja, con la familia, con los compañeros/as en el trabajo, con las amistades, ¡vaya, con toda la gente con la que interactuamos!

Lo que importa es que vayas tras la idea de que podemos hacerlo mejor como mujeres. Dicho todo lo anterior, entonces sí, sí soy feminista y sí, soy incómoda para muchas personas, pero eso me ha liberado de una gran carga, la de las expectativas de la sociedad, y caminar sin ese peso es el mejor regalo que me ha dado el feminismo; también el derecho al voto, a la educación, a decidir sobre mi cuerpo, mi identidad sexual, a usar pantalones, y bueno la lista se puede hacer muy larga, lo importante es reconocer que todo eso ha sido gracias al feminismo incómodo que tiene más de tres siglos de lucha.

[1] En el contexto de la ruptura de los roles de género y la adopción de la mirada crítica feminista, hablar de deconstrucción, tanto para hombres como para mujeres, significa un proceso que conlleva primero el cuestionamiento de los privilegios propios y de las personas, instituciones o símbolos que ostentan mayor poder; segundo, buscar otros patrones de comportamiento que equilibren la balanza de poder; y por último, aplicar esos patrones y vivir con ellos de manera congruente.

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Recuerdos de La malilla, el juego de naipes exclusivo de Sudcalifornia

FOTOS: Emily A. Santana Ceseña

Colaboración Especial

Por Emily A. Santana Ceseña

La Paz, Baja California Sur (BCS). Desde hace muchos años, gracias a la herencia cultural de mi madre —nacida en el rancho Las gaviotas, municipio de Comondú—, mis hermanos, mi papá —originario de La Paz—, y yo aprendimos a jugar a La malilla.

De acuerdo con Gilberto Ibarra Rivera en su libro El habla popular en Baja California Sur, La malilla es un “juego de naipes, de origen español, también denominado mala. El juego echó raíces en el gusto de los habitantes de la península bajacaliforniana”.

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Los primeros recuerdos que tengo de La malilla —como del 2001 al 2008—, me remontan a La palmilla, un rancho que se encuentra entre unos 13 y 16 kilómetros de la misión de San Luis Gonzaga. Donde cada que visitábamos a nuestros amigos del lugar, las tardes y noches se hacían acompañar de entretenidos juegos de malilla, café de talega, y buenas pláticas.

Los malilleros son personajes propios y exclusivos del ambiente sudcaliforniano, pues en ninguna otra parte del país se práctica en estos tiempo el juego de la malilla (…) son un tipo de hombre o de mujer de características bien definidas: decidor, socarrón, sentencioso, presumidor y muy sociable.

No puede confundirse con el tahúr de oficio, pues la malilla es un juego en el que las apuestas de dinero están excluidas y se juega por el placer de demostrar ante los contrarios y los mirones, la presencia para realizar hábiles jugadas, festejando por días y a veces durante años los capotes (…) que se dan a los contrarios. 

En esas idas a La palmilla, los primeros malilleros que conocí (nombrados por sus apodos) son a Chelo Ceseña, Patricín, Canayo, Cota, Yuyo, Chabalo, Nacho, Lupe, Neney, Julián, Shanny, Santolio, Chicote, entre otros. Todos ellos responsables de que aprendiera a disfrutar del complicado juego de la malilla.

En el libro El canto del caudel del profesor Jesús Castro Agúndez explica que La malilla durante la Colonia, se practicó en centros sociales de diversas capitales de provincia de la Nueva España y la historia nos dice que en las reuniones que se efectuaban en la ciudad de Querétaro en la casa del Corregidor, a las que eran asiduos concurrentes don Miguel Hidalgo y Costilla y el Capitán Ignacio Allende, al mismo tiempo que se conspiraba contra el gobierno virreinal para hacer de México un país independiente, se jugaban malilla y trecillo.

La malilla es un complicado juego de cartas que se realiza con baraja española, que como es sabido consta de cuarenta cartas distribuidas en cuatro palos que son: oros, copas, espadas y bastos. Cada palo tiene ordenados sus diez cartas desde el uno, que se denomina as, hasta el siete o “malilla”, al que siguen en orden progresivo, la sota, el caballo y el rey.

Años más tarde, después de las visitas a La palmilla en nuestro hogar se sigue jugando y preservando este juego de baraja que ha sido transmitido de generación en generación. Actualmente, se continúa jugando en pueblos y rancherías en las serranías del Estado.

Sin embargo, las puertas de nuestra casa siempre están abiertas para enseñar el arte de La malilla que tiene una gran variedad de reglas y un sinfín de jugadas, así como probabilidades dignas de un juego de azar. Lo único que se pide es cumplir con el perfil de un buen malillero sudacaliforniano, saber perder y aguantar la carrilla por si te hacen un capote, la derrota más vergonzosa.

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