Invita ISC a disfrutar museos de BCS en Semana Santa

FOTO: ISC.

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Instituto Sudcaliforniano de Cultura (ISC) invita a la ciudadanía y a visitantes a aprovechar el periodo vacacional de Semana Santa para conocer y disfrutar la oferta cultural de los museos en Baja California Sur.

El director general del ISC, Víctor Hugo Caballero Gutiérrez, destacó que estos espacios se encuentran abiertos al público con exposiciones accesibles para todas y todos, y subrayó la importancia de los museos como espacios de encuentro, aprendizaje y reflexión durante el periodo vacacional. “Nuestros museos están listos para recibirles con propuestas muy interesantes”, expresó.

El Museo de Arte de Baja California Sur (MUABCS) ofrece exposiciones permanentes y temporales con obras de artistas locales y nacionales, que permiten apreciar las expresiones plásticas contemporáneas y el talento sudcaliforniano, y abre de martes a domingo, en un horario de 10:00 a 18:00 horas.

Por su parte, el Museo Regional de Antropología e Historia de Baja California Sur brinda un recorrido por el pasado de la entidad, a través de exhibiciones que incluyen arqueología regional, pinturas rupestres y pasajes históricos fundamentales, y se encuentra abierto de lunes a domingo, de 9:00 a 18:00 horas.

Finalmente, el Instituto convocó a la población a no dejar pasar la oportunidad de explorar, aprender y disfrutar de la riqueza cultural del estado durante estos días de asueto.

Para mayores informes, se invita al público a consultar las redes sociales del ISC y de ambos recintos, o bien comunicarse a los teléfonos 612-12-5–6424 y 612-12-9-41-76.




Cómo nacieron las rancherías de BCS: de las misiones jesuitas a los ranchos familiares

FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En San Javier, la misión no parece un edificio: parece una declaración de guerra contra el desierto. La cantera se levanta en medio de la sierra como si alguien hubiera querido fijar con piedra lo que aquí siempre fue movimiento: el agua que aparece y desaparece, las veredas que se abren entre cañadas, la vida que resiste lejos de los centros. Alrededor de ese templo, y de otros como Loreto, Comondú o Mulegé, fue creciendo una forma de habitar Baja California Sur que todavía define a buena parte de su memoria profunda. No nació en las ciudades ni en los puertos. Nació en la intemperie. En los márgenes de la misión. En el rancho.

Pero esa historia no comienza con los jesuitas. Antes de que la cruz y la campana organizaran el territorio, la península ya estaba habitada por pueblos indígenas como pericúes, guaycuras y cochimíes. Las fuentes históricas hablan de rancherías indígenas, aunque el término no describía necesariamente un pueblo fijo, sino más bien un grupo humano ligado a formas de movilidad adaptadas a la aridez, a la caza, a la recolección y al conocimiento del agua. La primera verdad incómoda de esta crónica es esa: las rancherías sudcalifornianas no surgieron sobre un vacío, sino sobre un territorio ya vivido, ya nombrado y ya recorrido mucho antes de la evangelización.

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La fundación de la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, el 25 de octubre de 1697, abrió otra época. Desde ahí se desplegó una red de misiones que el INAH resume en 18 establecimientos jesuitas en la península. Aquellas misiones fueron templos, sí, pero también centros de control territorial, agrícola y humano. Se instalaron donde el agua lo permitía: oasis, cañadas, pequeños valles. Introdujeron ganado, huertas, cereales, nuevas jerarquías, nuevos calendarios y una disciplina del trabajo que buscó fijar en torno a la misión a poblaciones que hasta entonces habían vivido bajo otros ritmos. La misión fue una máquina de concentración. Quiso reunir, ordenar y convertir. Quiso transformar el desierto en provincia.

Pero la misión nunca dominó del todo. Los estudios de Ignacio del Río muestran que la relación entre los pueblos originarios y el sistema misional estuvo atravesada por tensiones, resistencias y regresos al monte. La piedra del templo no canceló la memoria del territorio. Y, al mismo tiempo, la colonización produjo una devastación demográfica y cultural de enorme escala. Ahí está la segunda verdad incómoda: el origen del rancho sudcaliforniano no puede contarse como una estampa pintoresca de autosuficiencia sin reconocer que antes hubo despojo, reorganización forzada y derrumbe de mundos indígenas. La ranchería actual hereda saberes de adaptación al medio, pero también nace sobre una fractura.

El punto de quiebre llegó con la expulsión de los jesuitas en 1767, consumada en California al año siguiente, y con la posterior secularización de las misiones en el siglo XIX. La vieja organización eclesiástica perdió cohesión, los bienes misionales cambiaron de manos y el territorio dejó de girar exclusivamente alrededor del campanario. Entonces comenzó otra dispersión: alrededor de antiguos centros misionales, ojos de agua y sierras fueron tomando forma pequeños ranchos y rancherías familiares. Investigaciones de la UABCS y trabajos sobre patrimonio ranchero coinciden en que la identidad social de esos asentamientos deriva del establecimiento de las misiones y de los esfuerzos de poblamiento del siglo XVIII, y que en muchos de esos ranchos la unidad básica terminó siendo la familia nuclear, organizada alrededor del trabajo cotidiano, el ganado, la huerta y el aprovechamiento integral del entorno.

Lo decisivo fue la geografía. En Baja California Sur, el rancho no podía expandirse como hacienda continental porque el agua imponía su propia ley. Los oasis sudcalifornianos, explica la investigación de Micheline Cariño y Antonio Ortega, fueron sistemas agroecológicos de alta complejidad levantados en condiciones extremas de aislamiento y aridez. Harry Crosby, al reconstruir la vida de los últimos californios, retrató justamente eso: ranchos pequeños, serranos, amarrados a manantiales, con huertas mínimas, bestias de carga, caprinos y bovinos obligados a vivir entre laderas secas. Aquí el rancho no fue exceso. Fue cálculo. No fue abundancia. Fue permanencia. De ahí salió el tipo humano que aún hoy se reconoce como ranchero sudcaliforniano: austero, móvil, diestro en oficios, dependiente del agua y de un conocimiento íntimo de la sierra.

Con el tiempo, esa forma de vida produjo más que economía: produjo cultura. El aislamiento empujó a las familias rancheras a fabricar herramientas, a trabajar la talabartería, la herrería, los bordados, el queso, el vino y una cocina de supervivencia convertida en identidad. La propia Secretaría de Cultura reconoce en las comunidades serranas de Baja California Sur una tradición ligada al rancho heredado del tiempo misional, mientras estudios de la UABCS sobre las sierras La Giganta y Guadalupe hablan de un patrimonio cultural ranchero que no se reduce a nostalgia: es una manera de leer el paisaje, de nombrar plantas, de administrar el agua, de repartir tareas y de entender la distancia. La ranchería no fue solamente un asentamiento. Fue una escuela de mundo.

Esa escuela, sin embargo, vive bajo presión. El Censo Agropecuario 2022 registró en Baja California Sur 4,606 unidades de producción agropecuaria, con 122,698 bovinos y 66,683 caprinos: el rancho sigue ahí, pero más acorralado. Al mismo tiempo, investigaciones recientes sobre las rancherías de Los Comondú y reportes sobre la sequía extrema de 2020 a 2022 muestran un sistema social frágil ante la despoblación, la incertidumbre climática y la atracción económica de las costas turísticas. En 2024, un estudio con 98 ranchos reportó que muchos ganaderos estiman que podrían resistir apenas dos o tres años más de sequía sostenida antes de abandonar la actividad. Lo que antes resistía al aislamiento ahora resiste al mercado, al clima y al olvido estatal.

Por eso, preguntarse cómo nacieron las rancherías sudcalifornianas no es una curiosidad del pasado. Es preguntarse qué sobrevive cuando un territorio deja de mirarse a sí mismo desde la sierra y empieza a contarse solo desde el hotel, la carretera y la plusvalía costera. Las rancherías nacieron de una violencia colonial, sí, pero también de una capacidad descomunal para domesticar la escasez sin destruir del todo el sitio donde se vive. Entre la misión y el monte, entre la cruz y el ojo de agua, los sudcalifornianos levantaron una de las culturas rurales más singulares del país. Perderla sería algo más que perder un paisaje: sería olvidar la forma exacta en que esta tierra aprendió a permanecer.

Referencias:

INAH, Misiones Jesuíticas, Baja California Sur I y Museo de las Misiones.

  • SETUES Baja California Sur, Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó.
  • Ignacio del Río, UNAM, Conquista y aculturación en la California jesuítica, 1697-1768.
  • Micheline Cariño y Antonio Ortega, Oasis sudcalifornianos: transferencia cultural del Viejo al Nuevo Mundo áridos.
  • Harry W. Crosby, Los últimos californios.
  • UABCS / Áreas Naturales Protegidas Scripta, Patrimonio cultural ranchero de las sierras La Giganta y Guadalupe, BCS, México.
  • UABCS, tesis y estudios sobre identidad ranchera y origen de ranchos y rancherías.
  • INEGI, Censo Agropecuario 2022. Baja California Sur.
  • University of Utah, Adaptive responses to extreme drought: A case study of rural ranchers in Baja California Sur, Mexico.
  • Estudios sobre la dinámica del sistema de rancherías de Los Comondú.

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Invitan a participar en reforma constitucional sobre comunidades originarias de BCS

FOTO: Congreso de BCS.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Con la finalidad de que la sociedad sudcaliforniana participe en el proceso legislativo de reforma a la Constitución Política de la entidad en materia de comunidades originarias, el Congreso del Estado dio a conocer la convocatoria que  invita a las y los sudcalifornianos, residentes dentro y fuera del Estado, a participar en la consulta para enriquecer el dictamen que reformará diversos artículos.

En conferencia de prensa, los diputados promoventes, Fernando Hoyos Aguilar y Sergio Ricardo Huerta Leggs,  integrantes de la Comisión Permanente de Puntos Constitucionales y de Justicia, dieron a conocer que a partir de la fecha y hasta el 8 de junio entrante estará abierta a la participación de quien se interese en participar.

La convocatoria publicada en el sitio web del Congreso del Estado establece 10 puntos en los que se puede participar sobre comunidades originarias de Baja California Sur.

Los legisladores detallaron que se pueden hacer los comentarios en el correo: [email protected] sobre: comunidades originarias de Baja California Sur; y su definición conceptual; derechos históricos de las comunidades originarias de BCS; identidad sudcaliforniana; d) californios; rancheros; pescadores; inclusión y no discriminación; desarrollo social, cultural y económico.

Quien desee participar con temas no enunciados en esta relación, pero que mantengan el espíritu de la reforma constitucional, podrán hacer llegar su propuesta.

Los convocantes recorrerán los cinco municipios de la entidad, en reunión con representantes de las comunidades originarias, académicos, servidores públicos y sociedad  en general para recibir propuestas e incluirlas en el dictamen que elaborará la Comisión de Puntos Constitucionales y de Justicia para ser presentado al Pleno del Congreso de BCS.




Enoc Leaño: el actor que regresó a su tierra para sembrar cine. Trayectoria, compromiso cultural y el Festival Internacional de Cine de La Toba como motor artístico en BCS

FOTOS: Cabo Mil | Ayuntamiento de Los Cabos.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En octubre, cuando cae la tarde sobre Ciudad Insurgentes, el pequeño poblado agrícola del municipio de Comondú cambia de ritmo. Las calles se llenan de luces, pantallas y visitantes. Jóvenes cargan cámaras, estudiantes toman notas y vecinos acomodan sillas frente a una pantalla improvisada. El cine llega al corazón de una comunidad que durante décadas estuvo lejos de los grandes circuitos culturales.

Detrás de esta escena está el actor sudcaliforniano Enoc Leaño, quien después de más de treinta años de carrera en cine, televisión y teatro ha impulsado un proyecto cultural con raíces profundas en su lugar de origen: el Festival Internacional de Cine de La Toba. La iniciativa forma parte de una estrategia más amplia del actor para llevar arte, formación cultural y oportunidades creativas a Baja California Sur, una entidad donde los proyectos culturales suelen concentrarse en destinos turísticos y ciudades grandes. El trabajo de Leaño ha sido reconocido por autoridades estatales y por la comunidad cultural del estado, no solo por su trayectoria artística sino también por su labor social y cultural en la región.

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Enoc Leaño nació el 4 de noviembre de 1968 en Ciudad Insurgentes, una comunidad agrícola del municipio de Comondú, en Baja California Sur.  En ese entorno rural, lejos de los centros culturales del país, el cine y el teatro parecían caminos improbables. Sin embargo, Leaño encontró en las artes escénicas una vocación que lo llevaría a estudiar actuación y eventualmente construir una carrera en la industria audiovisual mexicana. Desde la década de 1990 ha trabajado de forma constante en cine, televisión y teatro, participando en más de 40 películas y más de 30 telenovelas y series.  Su trayectoria incluye producciones cinematográficas como Colosio: El asesinato, Roma, Chicuarotes y Radical, así como series televisivas entre las que destacan El Rey: Vicente Fernández, Caer en tentación, La querida del Centauro e Imperio de mentiras.

En muchas de estas producciones interpretó personajes complejos, con frecuencia antagonistas o figuras de fuerte presencia dramática. A lo largo de su carrera, Leaño se ha caracterizado por una trayectoria sólida dentro de la industria audiovisual mexicana, alternando entre proyectos comerciales y propuestas cinematográficas de autor. Sin embargo, con el paso del tiempo su trabajo comenzó a tomar otra dirección: el impulso de proyectos culturales en su estado natal. El vínculo de Leaño con Baja California Sur nunca desapareció. A diferencia de muchos artistas que desarrollan su carrera lejos de su lugar de origen, el actor decidió regresar periódicamente a su comunidad y participar en proyectos culturales locales. Ese regreso no fue casual.

Durante años, Baja California Sur ha enfrentado una realidad cultural compleja: un territorio extenso, con comunidades aisladas y una oferta artística limitada fuera de los principales centros turísticos. Mientras festivales internacionales como el Festival Internacional de Cine de Los Cabos han proyectado la imagen cultural del estado hacia el mundo, muchas comunidades rurales han tenido escaso acceso a actividades artísticas. Fue en ese contexto donde surgió una de las iniciativas más ambiciosas del actor.

En 2023, Leaño fundó el Festival Internacional de Cine de La Toba, un evento cultural creado en su comunidad natal, Ciudad Insurgentes. El nombre del festival hace referencia al antiguo nombre del poblado y busca recuperar la memoria histórica de la región. El proyecto nació con un objetivo claro: llevar el cine a comunidades que normalmente no forman parte del circuito cultural nacional. Desde su primera edición, el festival ha buscado integrar diversas disciplinas artísticas, incluyendo cine, literatura, pintura y gastronomía, con la participación activa de la comunidad local.  La iniciativa ha tenido una característica particular: no se limita a exhibiciones de cine. El festival incluye talleres, encuentros con creadores, presentaciones artísticas y actividades comunitarias que involucran a niños, jóvenes y adultos mayores.

Con el paso de los años, el evento se ha consolidado como un espacio cultural relevante en el Estado. De acuerdo con autoridades culturales y legisladores, el festival ha contribuido a posicionar a La Toba en el mapa cultural de México, algo poco común para una comunidad rural del Norte del país.

El festival impulsado por Leaño no funciona de manera aislada. Forma parte de un ecosistema cultural en crecimiento dentro del estado. Actualmente existen festivales cinematográficos en diversos municipios, entre ellos Los Cabos, Todos Santos, La Paz, Loreto, Santa Rosalía y Ciudad Insurgentes. Esta red de eventos ha comenzado a consolidar a Baja California Sur como un corredor cinematográfico emergente en México, en el que la cultura audiovisual se ha convertido en una herramienta de proyección artística y turística. Para Leaño, este proceso es fundamental para democratizar el acceso a las artes. Según ha explicado en distintos foros culturales, el cine puede convertirse en una herramienta de identidad comunitaria, formación artística y desarrollo social.

Durante una ceremonia realizada en diciembre de 2025, el Congreso de Baja California Sur entregó a Enoc Leaño la Medalla al Mérito Artístico y Cultural del Estado, en reconocimiento a su trayectoria y a su labor en la promoción cultural. En ese mismo evento, el actor anunció el inicio de una cruzada cultural colectiva que busca involucrar a artistas nacionales e internacionales en proyectos artísticos dentro del estado.  Este proyecto contempla la realización de talleres de formación artística, encuentros con creadores, actividades culturales intergeneracionales y el impulso de proyectos cinematográficos regionales.

Uno de los elementos centrales de esta iniciativa es la inclusión de personas adultas mayores y jóvenes, con el fin de fortalecer la transmisión cultural entre generaciones y ampliar el acceso al arte en comunidades alejadas de los principales centros culturales. Más allá del cine, el trabajo de Leaño plantea una pregunta más amplia sobre el papel de la cultura en el desarrollo social. Baja California Sur es un Estado con crecimiento económico impulsado principalmente por el turismo. Sin embargo, ese crecimiento también ha generado desigualdades territoriales entre zonas turísticas y comunidades rurales.

En muchos casos, las poblaciones alejadas de los polos turísticos enfrentan limitaciones en infraestructura cultural y educativa. En ese contexto, proyectos como el Festival Internacional de Cine de La Toba buscan generar espacios de participación cultural fuera de los grandes centros urbanos. Especialistas en políticas culturales han señalado que iniciativas comunitarias como esta pueden fortalecer la identidad local, promover la educación artística y estimular economías creativas regionales. Para muchos habitantes de Ciudad Insurgentes, el festival representa algo más que un evento cultural. Es también un espacio de reencuentro comunitario. Durante las ediciones recientes del festival, vecinos han participado activamente en la organización del evento, desde la logística hasta la producción artística.

Ese proceso ha permitido que el proyecto se perciba como una iniciativa colectiva. El propio Leaño ha descrito el festival como un proyecto que “nació del pueblo y para el pueblo”, destacando la participación comunitaria como uno de sus pilares. Este enfoque contrasta con muchos festivales culturales tradicionales, que suelen ser organizados principalmente por instituciones gubernamentales o empresas privadas.

La importancia del trabajo cultural de Enoc Leaño ha sido reconocida por el Congreso del Estado y diversas autoridades culturales. En 2025, legisladores sudcalifornianos aprobaron otorgarle un reconocimiento oficial por su trayectoria artística y su compromiso con la promoción cultural en la entidad. Durante la ceremonia, autoridades destacaron que su carrera de más de tres décadas ha proyectado el talento sudcaliforniano a nivel nacional e internacional. También subrayaron su decisión de regresar a su comunidad para impulsar proyectos culturales que fortalecen la identidad regional.

A pesar del crecimiento del festival y del reconocimiento institucional, los proyectos culturales comunitarios enfrentan diversos desafíos. Entre ellos destacan el financiamiento limitado, la infraestructura cultural insuficiente y la dificultad para mantener continuidad en eventos independientes. Para que iniciativas como el Festival Internacional de Cine de La Toba se consoliden a largo plazo, será necesario fortalecer la colaboración entre artistas, instituciones culturales y gobiernos locales, así como ampliar el apoyo a proyectos culturales en comunidades rurales.

El proyecto cultural de Enoc Leaño continúa expandiéndose. El actor ha anunciado que la cuarta edición del Festival Internacional de Cine de La Toba se celebrará en octubre de 2026, con la participación de artistas nacionales e internacionales. La meta es ampliar el alcance del evento y consolidarlo como un espacio permanente para el cine independiente, la formación artística y el desarrollo cultural comunitario. La historia de Enoc Leaño muestra un fenómeno poco común en la industria cultural: el retorno de un artista a su comunidad para impulsar proyectos culturales. Después de décadas en escenarios y sets de filmación, el actor ha decidido convertir su lugar de origen en un punto de encuentro para el cine y las artes.

En un Estado donde el crecimiento económico suele concentrarse en el turismo, su iniciativa representa una apuesta por la cultura como herramienta de identidad, participación comunitaria y desarrollo social. El festival que comenzó como un proyecto local hoy forma parte de un movimiento cultural más amplio, demostrando que el cine, como las historias, también puede nacer y crecer en los lugares más inesperados.

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CCXCVI Aniversario luctuoso del jesuita Francisco María Píccolo. Pasos en el polvo de California

FOTOS: IA.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los hombres del siglo XVIII gustaban de escribir cartas largas. Cartas que hablaban de sequías, de hambre y de luces que se apagaban en las vetas rocosas del desierto. Francisco María Píccolo escribió muchas de esas cartas. Las escribió desde lugares donde el sol caía a plomo y donde el mar quedaba lejos, como si se hubiera detenido mucho antes de completar su giro hacia el Norte. Él sabía de geografías pedregosas, de olores a polvo y a salitre que no siempre se captaban en las habitaciones con puerta y ventanas. Ese pedazo de mundo con él mismo cambió, se transformó, y quedó en papeles que viajan aún en bibliotecas y archivos.

Píccolo nació un 25 de marzo de 1654 en Palermo, Sicilia. De joven entró a la Compañía de Jesús y en 1684 llegó a la Nueva España con más ganas de caminar que de descansar. Fueron 13 años entre montañas abruptas y poblados remotos, trabajando entre los tarahumaras antes de que su destino lo llevara hacia el oeste, hacia un territorio que pocos europeos comprendían. La península de Baja California, a finales del siglo XVII, no tenía caminos trazados, ni trazos claros sobre los mapas. Era territorio que se intuía, territorio que se narraba cuando alguien traía noticias desde los confines. El 23 de noviembre de 1697, Píccolo llegó a la península. Fue el segundo jesuita en pisar esas tierras tras Juan María de Salvatierra, quien había fundado recientemente Nuestra Señora de Loreto, Conchó.

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El paisaje entonces era rudo. Desierto interminable, cerros áridos, ríos que a veces eran apenas cauces secos. En medio de eso, Píccolo caminó con pasos lentos, tratando de entender no sólo la tierra, sino las voces que venían de las rancherías cochimíes. Aprendió sus lenguas. Dedicó tiempo. Observó cómo las mujeres traían a sus hijos pidiendo bautismo y cómo los hombres miraban con silencio largo a los foráneos. El terreno exigía paciencia. En 1699, tras semanas de caminar por veredas apenas dibujadas, fundó la Misión de San Francisco Javier de Viggé-Biaundó, en un punto alto donde los cochimíes habían vivido desde tiempos inmemoriales. La misión se levantó con ayuda de indígenas que aceptaron colaborar sin artimañas, sino con la curiosidad que despierta lo desconocido. Allí comenzaron bautismos, rezos y encuentros que a veces eran tensos, otras veces largos silencios compartidos.

Apenas llegada esa misión, Píccolo no se quedó quieto. Caminó hacia rincones más lejanos, hacia cantos que salían de humedales escondidos, hacia rutas que los pueblos nativos ya conocían desde siempre. Fue un camino largo hasta Mulegé, donde pronto colaboró con otros jesuitas en el establecimiento de otra misión, la de Santa Rosalía de Mulegé, en 1705. Su labor tomó matices distintos con el paso de los años. No se limitó a evangelizar. Se convirtió en explorador, pero también en alguien que debía gestionar alimentos, provisiones y apoyos económicos desde la Ciudad de México. Las misiones vivían de la generosidad que llegaba desde lejos, y muchas veces esa generosidad se demoraba, llegaba a medias o llegaba gastada por tormentas y contratiempos. Píccolo, con un informe en la mano, trató de convencer a jerarcas civiles y religiosos de que había una empresa valiosa en marcha en la península.

Ese informe, redactado en 1702, llevaba por título Informe del estado de la nueva cristianidad de California. Lo imprimieron y distribuyeron. Fue un documento que hablaba de tierra, de pueblos, de fauna y flora, y también de preocupaciones: sequías, hambre, caminos difíciles. Alguna vez el texto llegó a París y se tradujo al francés. Poco después se publicó en inglés en compilaciones sobre misiones jesuíticas. Si se lee hoy, hay en sus párrafos una forma de describir un mundo que no se parecía a nada que los europeos conocieran en sus mapas detallados, ni en sus oficinas a la orilla de un escritorio. Píccolo luchó por recursos, por mano de obra, por provisiones. Caminó por el desierto cuando otros ya se detenían. Hubo años en que la sequía azotó con fuerza, y hubo momentos en que la ausencia de lluvia empujó a sacerdotes y soldados a salir fuera de los muros misionales para buscar alimento como quien busca agua en una tierra reseca.

En un trayecto difícil, él observó todo. Describió rocas, tierra y clima. Habló de comunidades indígenas con lenguas y costumbres diversas. En esos encuentros, a veces se escuchaban risas, a veces sólo el crujir de ramas bajo los pies y el canto de aves lejanas. Con esos sonidos en la memoria siguió adelante. La labor de Píccolo lo llevó a ser visitador de las misiones de Sonora y California entre 1705 y 1709. Esa responsabilidad implicaba viajar sin tregua, de misión en misión, dialogar con indígenas, con soldados, con oficiales y con autoridades eclesiásticas. Fue un papel que exigía cintura, paciencia y mucha energía.

Durante ese tiempo, sus pasos también se internaron hacia lo que hoy es la Misión de La Purísima Concepción de Cadegomó. Aunque esa misión se concretó en años posteriores por otros religiosos, las exploraciones de Píccolo en esa región abrieron rutas y conocimiento sobre esos lugares en los que el agua brotaba con más generosidad que en otras partes. El final de su vida lo encontró todavía ligado a aquellos territorios. Entre viajes y gestiones, su salud se fue debilitando. Pasó largos años en la misión de Mulegé, con la mirada puesta en quienes trabajaban la tierra y caminaban por sendas abruptas para llegar a los bautismos y celebraciones. Murió un 22 de febrero de 1729 en Loreto, dejando atrás misiones que al principio eran apenas casitas de adobe y que luego se convirtieron en puntos de reunión, de rezos y de encuentros interculturales.

La huella de Píccolo sobre la California jesuítica no es fácil de medir con un solo número o una sola fecha. Está en los caminos que quedaron marcados, en los pobladores nativos que aprendieron a comunicarse con él, en la geografía descrita en sus informes y en los demás documentos que circulan aún por archivos de Sevilla, México y más allá.

Referencias bibliográficas

  • Píccolo, Francisco María. Informe del estado de la nueva cristiandad de California, 1702, y otros documentos. Edición, estudio y notas de Ernest J. Burrus, S.J. (Madrid: Ediciones José Porrúa Turanzas, 1962).
  • Ramos, Roberto. Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford. (México: Jus, 1958).
  • Venegas, Miguel, S.J. Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente (ediciones varias; una reimpresión común: México, 1943; también ediciones antiguas del siglo XVIII).
  • Del Barco, Miguel, S.J. Historia natural y crónica de la antigua California: adiciones y correcciones a la Noticia de Miguel Venegas. (México: UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1973; hay ediciones posteriores).
  • Salvatierra, Juan María de, S.J. Selected Letters about Lower California. Traducción y anotación de Ernest J. Burrus, S.J. (Los Ángeles: Dawson’s Book Shop, 1971).

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