Historia y legado de Fray Junípero Serra en las Californias

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En las áridas tierras de la península de Baja California, donde el desierto se encuentra con el mar, y en las fértiles costas de la Alta California, hoy territorio de Estados Unidos, persiste una huella profunda del siglo XVIII. Es la marca de un proyecto religioso, político y cultural encabezado por un fraile franciscano mallorquín: Fray Junípero Serra. Su figura, considerada por algunos como fundador espiritual de California y por otros como símbolo de la colonización europea, continúa generando debate. Pero más allá de la polémica contemporánea, su vida y obra se inscriben en un proceso histórico más amplio: la expansión del imperio español, la evangelización de los pueblos indígenas y la transformación radical del territorio californiano.

Junípero Serra nació en 1713 en Petra, Mallorca, bajo el nombre de Miguel José Serra Ferrer. Desde joven ingresó a la orden franciscana, donde destacó como teólogo y docente antes de emprender su viaje a la Nueva España en 1749. Su llegada a América no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de la Iglesia y la monarquía española. Durante el siglo XVIII, el Imperio buscaba consolidar sus territorios frente a la amenaza de otras potencias europeas, como Inglaterra, Francia y Rusia, especialmente en las regiones del Pacífico norte. Antes de llegar a California, Serra trabajó en la Sierra Gorda de Querétaro, donde aprendió lenguas indígenas y desarrolló métodos de evangelización que combinaban enseñanza religiosa con prácticas agrícolas y oficios. Esta experiencia sería fundamental para su posterior labor en las Californias.

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El año 1767 marcó un punto de inflexión en la historia de la región. La expulsión de los jesuitas por orden del rey Carlos III dejó vacantes las misiones que estos habían establecido en Baja California. Fue entonces cuando Serra fue nombrado presidente de las misiones franciscanas en la península. Desde Loreto, considerada la “madre de las misiones”, reorganizó el sistema misional y asignó nuevos religiosos a los asentamientos existentes. La Baja California del siglo XVIII era una región de baja densidad poblacional, habitada por diversos grupos indígenas con economías basadas en la caza, la pesca y la recolección. La introducción del sistema misional transformó profundamente su modo de vida. Los franciscanos impulsaron la agricultura, la ganadería y la construcción de comunidades sedentarias, lo que implicó cambios culturales radicales. Este proceso no puede entenderse únicamente como evangelización. En términos políticos, las misiones funcionaban como instrumentos de control territorial y de expansión imperial. Al establecer comunidades organizadas bajo la autoridad española, se aseguraba la presencia efectiva de la corona en regiones alejadas y estratégicas.

El siguiente paso en el proyecto fue la expansión hacia el norte. Impulsada por el visitador José de Gálvez, la colonización de la Alta California respondió a una lógica geopolítica: evitar que otras potencias ocuparan el territorio. En 1769, Serra participó en la expedición encabezada por Gaspar de Portolá, que partió desde Loreto hacia la bahía de San Diego. Durante el trayecto, fundó la misión de San Fernando de Velicatá, la última en territorio de la actual Baja California. Ese mismo año se estableció la misión de San Diego de Alcalá, considerada la primera de la Alta California. Este evento marcó el inicio de una red de misiones que se extendería a lo largo de la costa del Pacífico.

Durante los siguientes 15 años, Serra fundó nueve misiones, entre ellas San Carlos Borromeo en Monterey, San Gabriel, San Francisco y San Buenaventura. Estas misiones no solo eran centros religiosos, sino también unidades económicas y sociales. En ellas, los indígenas convertidos —llamados “neófitos”— eran integrados a una vida comunitaria organizada alrededor del trabajo agrícola, la ganadería y los oficios. Se les enseñaban técnicas europeas y se buscaba su incorporación a la sociedad colonial. Sin embargo, este modelo también implicaba restricciones severas. Diversas investigaciones históricas señalan que los indígenas no podían abandonar libremente las misiones y eran sujetos a disciplina estricta. Además, enfermedades, sobreexplotación y cambios en su modo de vida provocaron un fuerte descenso demográfico en las comunidades originarias. El sistema misional cumplía así una triple función: evangelizar, organizar la economía colonial y asegurar la presencia española en territorios estratégicos. La producción agrícola y ganadera de las misiones fue clave para sostener las colonias, llegando incluso a generar excedentes comerciales hacia finales del siglo XVIII.

El proyecto de Serra no estuvo exento de conflictos. Uno de los más significativos fue su enfrentamiento con autoridades militares, como el gobernador Pedro Fages. Serra viajó a la Ciudad de México para denunciar abusos contra los indígenas y logró que el virrey fallara a su favor en la mayoría de sus demandas. Este episodio revela una dimensión compleja de su figura: por un lado, formaba parte del aparato colonial; por otro, buscaba limitar los excesos de las autoridades civiles y militares. Algunos historiadores destacan su defensa de los indígenas frente a los colonos, mientras que otros subrayan que el propio sistema misional implicaba formas de control y subordinación.

Las misiones fundadas por Serra dieron origen a algunas de las ciudades más importantes de la actual California, como San Diego, Los Ángeles y San Francisco. Más allá de su dimensión religiosa, estas fundaciones sentaron las bases del desarrollo urbano y económico de la región. Las rutas entre misiones, conocidas como “El Camino Real”, estructuraron el territorio y facilitaron la comunicación entre asentamientos. En términos culturales, el legado es ambivalente. Por un lado, las misiones introdujeron nuevas técnicas agrícolas, arquitectónicas y artesanales. Por otro, contribuyeron a la pérdida de lenguas, tradiciones y formas de vida indígenas.

La polémica alrededor de Junípero Serra

En las últimas décadas, la figura de Junípero Serra ha sido objeto de intensas controversias. Su canonización en 2015 por el papa Francisco reavivó el debate sobre su legado. Mientras la Iglesia lo presenta como un misionero comprometido con la evangelización y la defensa de los indígenas, sectores académicos y comunidades originarias lo consideran parte de un sistema que provocó sufrimiento y despojo cultural. Las protestas en Estados Unidos, que incluyeron la retirada de estatuas de Serra, reflejan esta tensión entre memoria histórica y revisión crítica del pasado.

Para comprender plenamente la obra de Serra, es necesario situarla en el contexto del siglo XVIII. La Ilustración, las reformas borbónicas y la competencia entre imperios europeos influyeron en la política colonial española. La expulsión de los jesuitas, que abrió paso a los franciscanos, fue parte de un intento de centralizar el poder y reducir la influencia de órdenes religiosas consideradas autónomas. Las misiones, en este contexto, no fueron solo iniciativas religiosas, sino instrumentos de política imperial. Su legado se extiende más allá de la época colonial: configuraron el territorio, la economía y las relaciones sociales de la región.

Hoy, en Baja California Sur y en California, las antiguas misiones siguen en pie como testigos de un pasado complejo. Son monumentos históricos, destinos turísticos y espacios de reflexión sobre la identidad y la historia. La figura de Junípero Serra, lejos de ser un personaje unidimensional, encarna las contradicciones de su tiempo. Fue un hombre de fe, un agente del Imperio y un actor clave en la transformación de las Californias. Su historia invita a mirar el pasado con una perspectiva crítica y contextualizada. No se trata de juzgar con parámetros contemporáneos, sino de comprender los procesos históricos en toda su complejidad: las motivaciones, las acciones y sus consecuencias.

El legado de Fray Junípero Serra en la Alta y Baja California es inseparable de la historia de la colonización española en América. Su obra misionera contribuyó a la expansión territorial, la evangelización y la formación de nuevas sociedades, pero también implicó profundas transformaciones —y en muchos casos, rupturas— en las culturas indígenas. A más de dos siglos de su muerte en 1784, su figura sigue generando debate, reflejo de un pasado que aún interpela al presente. Entre la devoción religiosa y la crítica histórica, Junípero Serra permanece como una figura clave para entender el origen y desarrollo de las Californias, y los complejos procesos que dieron forma al mundo moderno en esta región del continente.

Referencias

Palóu, F. (1988). Junípero Serra y las misiones de California. Madrid: Historia 16.

Palóu, F. (2013). Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California septentrional. Hardpress Publishing.

Geiger, M. J. (1959). The life and times of Fray Junípero Serra, O.F.M. (2 vols.). Washington, D.C.: Academy of American Franciscan History.

Hackel, S. W. (2013). Junípero Serra: California’s founding father. New York: Hill and Wang.

Beebe, R. M., & Senkewicz, R. M. (2015). Junípero Serra: California, Indians, and the transformation of a missionary. Norman: University of Oklahoma Press.




Invita ISC a disfrutar museos de BCS en Semana Santa

FOTO: ISC.

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Instituto Sudcaliforniano de Cultura (ISC) invita a la ciudadanía y a visitantes a aprovechar el periodo vacacional de Semana Santa para conocer y disfrutar la oferta cultural de los museos en Baja California Sur.

El director general del ISC, Víctor Hugo Caballero Gutiérrez, destacó que estos espacios se encuentran abiertos al público con exposiciones accesibles para todas y todos, y subrayó la importancia de los museos como espacios de encuentro, aprendizaje y reflexión durante el periodo vacacional. “Nuestros museos están listos para recibirles con propuestas muy interesantes”, expresó.

El Museo de Arte de Baja California Sur (MUABCS) ofrece exposiciones permanentes y temporales con obras de artistas locales y nacionales, que permiten apreciar las expresiones plásticas contemporáneas y el talento sudcaliforniano, y abre de martes a domingo, en un horario de 10:00 a 18:00 horas.

Por su parte, el Museo Regional de Antropología e Historia de Baja California Sur brinda un recorrido por el pasado de la entidad, a través de exhibiciones que incluyen arqueología regional, pinturas rupestres y pasajes históricos fundamentales, y se encuentra abierto de lunes a domingo, de 9:00 a 18:00 horas.

Finalmente, el Instituto convocó a la población a no dejar pasar la oportunidad de explorar, aprender y disfrutar de la riqueza cultural del estado durante estos días de asueto.

Para mayores informes, se invita al público a consultar las redes sociales del ISC y de ambos recintos, o bien comunicarse a los teléfonos 612-12-5–6424 y 612-12-9-41-76.




Cómo nacieron las rancherías de BCS: de las misiones jesuitas a los ranchos familiares

FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En San Javier, la misión no parece un edificio: parece una declaración de guerra contra el desierto. La cantera se levanta en medio de la sierra como si alguien hubiera querido fijar con piedra lo que aquí siempre fue movimiento: el agua que aparece y desaparece, las veredas que se abren entre cañadas, la vida que resiste lejos de los centros. Alrededor de ese templo, y de otros como Loreto, Comondú o Mulegé, fue creciendo una forma de habitar Baja California Sur que todavía define a buena parte de su memoria profunda. No nació en las ciudades ni en los puertos. Nació en la intemperie. En los márgenes de la misión. En el rancho.

Pero esa historia no comienza con los jesuitas. Antes de que la cruz y la campana organizaran el territorio, la península ya estaba habitada por pueblos indígenas como pericúes, guaycuras y cochimíes. Las fuentes históricas hablan de rancherías indígenas, aunque el término no describía necesariamente un pueblo fijo, sino más bien un grupo humano ligado a formas de movilidad adaptadas a la aridez, a la caza, a la recolección y al conocimiento del agua. La primera verdad incómoda de esta crónica es esa: las rancherías sudcalifornianas no surgieron sobre un vacío, sino sobre un territorio ya vivido, ya nombrado y ya recorrido mucho antes de la evangelización.

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La fundación de la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, el 25 de octubre de 1697, abrió otra época. Desde ahí se desplegó una red de misiones que el INAH resume en 18 establecimientos jesuitas en la península. Aquellas misiones fueron templos, sí, pero también centros de control territorial, agrícola y humano. Se instalaron donde el agua lo permitía: oasis, cañadas, pequeños valles. Introdujeron ganado, huertas, cereales, nuevas jerarquías, nuevos calendarios y una disciplina del trabajo que buscó fijar en torno a la misión a poblaciones que hasta entonces habían vivido bajo otros ritmos. La misión fue una máquina de concentración. Quiso reunir, ordenar y convertir. Quiso transformar el desierto en provincia.

Pero la misión nunca dominó del todo. Los estudios de Ignacio del Río muestran que la relación entre los pueblos originarios y el sistema misional estuvo atravesada por tensiones, resistencias y regresos al monte. La piedra del templo no canceló la memoria del territorio. Y, al mismo tiempo, la colonización produjo una devastación demográfica y cultural de enorme escala. Ahí está la segunda verdad incómoda: el origen del rancho sudcaliforniano no puede contarse como una estampa pintoresca de autosuficiencia sin reconocer que antes hubo despojo, reorganización forzada y derrumbe de mundos indígenas. La ranchería actual hereda saberes de adaptación al medio, pero también nace sobre una fractura.

El punto de quiebre llegó con la expulsión de los jesuitas en 1767, consumada en California al año siguiente, y con la posterior secularización de las misiones en el siglo XIX. La vieja organización eclesiástica perdió cohesión, los bienes misionales cambiaron de manos y el territorio dejó de girar exclusivamente alrededor del campanario. Entonces comenzó otra dispersión: alrededor de antiguos centros misionales, ojos de agua y sierras fueron tomando forma pequeños ranchos y rancherías familiares. Investigaciones de la UABCS y trabajos sobre patrimonio ranchero coinciden en que la identidad social de esos asentamientos deriva del establecimiento de las misiones y de los esfuerzos de poblamiento del siglo XVIII, y que en muchos de esos ranchos la unidad básica terminó siendo la familia nuclear, organizada alrededor del trabajo cotidiano, el ganado, la huerta y el aprovechamiento integral del entorno.

Lo decisivo fue la geografía. En Baja California Sur, el rancho no podía expandirse como hacienda continental porque el agua imponía su propia ley. Los oasis sudcalifornianos, explica la investigación de Micheline Cariño y Antonio Ortega, fueron sistemas agroecológicos de alta complejidad levantados en condiciones extremas de aislamiento y aridez. Harry Crosby, al reconstruir la vida de los últimos californios, retrató justamente eso: ranchos pequeños, serranos, amarrados a manantiales, con huertas mínimas, bestias de carga, caprinos y bovinos obligados a vivir entre laderas secas. Aquí el rancho no fue exceso. Fue cálculo. No fue abundancia. Fue permanencia. De ahí salió el tipo humano que aún hoy se reconoce como ranchero sudcaliforniano: austero, móvil, diestro en oficios, dependiente del agua y de un conocimiento íntimo de la sierra.

Con el tiempo, esa forma de vida produjo más que economía: produjo cultura. El aislamiento empujó a las familias rancheras a fabricar herramientas, a trabajar la talabartería, la herrería, los bordados, el queso, el vino y una cocina de supervivencia convertida en identidad. La propia Secretaría de Cultura reconoce en las comunidades serranas de Baja California Sur una tradición ligada al rancho heredado del tiempo misional, mientras estudios de la UABCS sobre las sierras La Giganta y Guadalupe hablan de un patrimonio cultural ranchero que no se reduce a nostalgia: es una manera de leer el paisaje, de nombrar plantas, de administrar el agua, de repartir tareas y de entender la distancia. La ranchería no fue solamente un asentamiento. Fue una escuela de mundo.

Esa escuela, sin embargo, vive bajo presión. El Censo Agropecuario 2022 registró en Baja California Sur 4,606 unidades de producción agropecuaria, con 122,698 bovinos y 66,683 caprinos: el rancho sigue ahí, pero más acorralado. Al mismo tiempo, investigaciones recientes sobre las rancherías de Los Comondú y reportes sobre la sequía extrema de 2020 a 2022 muestran un sistema social frágil ante la despoblación, la incertidumbre climática y la atracción económica de las costas turísticas. En 2024, un estudio con 98 ranchos reportó que muchos ganaderos estiman que podrían resistir apenas dos o tres años más de sequía sostenida antes de abandonar la actividad. Lo que antes resistía al aislamiento ahora resiste al mercado, al clima y al olvido estatal.

Por eso, preguntarse cómo nacieron las rancherías sudcalifornianas no es una curiosidad del pasado. Es preguntarse qué sobrevive cuando un territorio deja de mirarse a sí mismo desde la sierra y empieza a contarse solo desde el hotel, la carretera y la plusvalía costera. Las rancherías nacieron de una violencia colonial, sí, pero también de una capacidad descomunal para domesticar la escasez sin destruir del todo el sitio donde se vive. Entre la misión y el monte, entre la cruz y el ojo de agua, los sudcalifornianos levantaron una de las culturas rurales más singulares del país. Perderla sería algo más que perder un paisaje: sería olvidar la forma exacta en que esta tierra aprendió a permanecer.

Referencias:

INAH, Misiones Jesuíticas, Baja California Sur I y Museo de las Misiones.

  • SETUES Baja California Sur, Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó.
  • Ignacio del Río, UNAM, Conquista y aculturación en la California jesuítica, 1697-1768.
  • Micheline Cariño y Antonio Ortega, Oasis sudcalifornianos: transferencia cultural del Viejo al Nuevo Mundo áridos.
  • Harry W. Crosby, Los últimos californios.
  • UABCS / Áreas Naturales Protegidas Scripta, Patrimonio cultural ranchero de las sierras La Giganta y Guadalupe, BCS, México.
  • UABCS, tesis y estudios sobre identidad ranchera y origen de ranchos y rancherías.
  • INEGI, Censo Agropecuario 2022. Baja California Sur.
  • University of Utah, Adaptive responses to extreme drought: A case study of rural ranchers in Baja California Sur, Mexico.
  • Estudios sobre la dinámica del sistema de rancherías de Los Comondú.

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Entre la expulsión y la frontera: Aniversario de cuando los franciscanos heredaron las misiones de California

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Loreto, 1768. El campanario de la Misión de Nuestra Señora de Loreto —cabeza del sistema misional jesuita en la península— marcaba el ritmo de una comunidad golpeada por la incertidumbre. Un año antes, por orden de Carlos III, la Compañía de Jesús había sido expulsada de todos los dominios españoles. En su lugar, un grupo de frailes franciscanos, encabezados por fray Junípero Serra, desembarcó para hacerse cargo de un entramado de misiones que durante siete décadas había articulado la vida religiosa, económica y política de la Baja California. La escena fue el punto de partida de una reconfiguración profunda del norte novohispano: un cambio de órdenes religiosas que respondió a las reformas borbónicas, abrió la puerta a la expansión hacia la Alta California y dejó huellas duraderas en las poblaciones indígenas de la península.

La expulsión de los jesuitas en 1767 no fue un hecho aislado. Formó parte de una política más amplia de centralización y control impulsada por la monarquía borbónica. La Real Pragmática Sanción ordenó la salida inmediata de la Compañía de Jesús de los territorios españoles y la incautación de sus bienes. La Biblioteca Nacional de España conserva documentación oficial sobre las instrucciones giradas para ejecutar la medida y ocupar las “temporalidades” jesuitas. En Nueva España, la orden se ejecutó con rapidez. Las misiones de la península de California —fundadas desde 1697— quedaron súbitamente sin sus administradores. El vacío preocupaba a la Corona por razones estratégicas: la península era un enclave clave frente a las ambiciones rusas e inglesas en el Pacífico norte.

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Investigaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM subrayan que el arribo de los franciscanos en 1768 debe entenderse dentro del proyecto reformista y militarizador encabezado por el visitador José de Gálvez, enviado por La Corona para reorganizar la región y preparar la expansión hacia el norte. No se trataba sólo de evangelizar, sino de consolidar la soberanía española. Fray Junípero Serra y un contingente de franciscanos del Colegio de San Fernando de México llegaron a Loreto en abril de 1768. Recibieron un sistema compuesto por quince misiones dispersas en un territorio árido, con poblaciones indígenas diezmadas por epidemias y una economía frágil basada en la agricultura de subsistencia y el ganado.

Un estudio publicado en Historia Mexicana, de El Colegio de México, analiza los informes que los propios franciscanos elaboraron tras asumir el control. En ellos describen las condiciones materiales de las misiones, la disminución demográfica y las tensiones heredadas. Estos documentos, más allá de su tono administrativo, revelan la magnitud del reto: sostener comunidades aisladas en un entorno hostil, con recursos limitados y bajo la supervisión directa del visitador Gálvez. Los franciscanos emprendieron una revisión de inventarios, reorganizaron la producción agrícola y reforzaron la disciplina religiosa. La prioridad era garantizar la continuidad del culto y evitar el colapso de los asentamientos indígenas congregados en torno a las misiones.

Sin embargo, el contexto había cambiado. A diferencia del periodo jesuita, los franciscanos operaron bajo una vigilancia más estrecha del poder civil. Gálvez impulsó reformas económicas y administrativas que limitaron la autonomía misional. La tensión entre la autoridad eclesiástica y la civil fue una constante en estos años. Mientras se consolidaba el relevo en la península, la mirada de La Corona se dirigía hacia la Alta California. El temor a la presencia rusa en el Pacífico Norte aceleró los planes de ocupación. Desde Loreto se organizaron las expediciones terrestres y marítimas que, en 1769, fundarían las primeras misiones y presidios en el actual Estado de California, Estados Unidos.

El National Park Service de Estados Unidos documenta que la Misión de San Diego de Alcalá fue establecida en 1769 por fray Junípero Serra y el gobernador Gaspar de Portolá. Este hecho marcó el inicio del sistema misional en la Alta California, que en las décadas siguientes se expandiría hacia el Norte. La empresa no habría sido posible sin la experiencia acumulada en Baja California. Desde la península se reclutaron indígenas neófitos, se trasladaron semillas, ganado y herramientas, y se diseñó la logística de las expediciones. La misión de San Fernando Velicatá, fundada en 1769 en el norte de la península, funcionó como punto de enlace entre ambas Californias. Así, la presencia franciscana en Baja fue breve pero decisiva: sirvió de puente entre el legado jesuita y la expansión hacia territorios que hoy forman parte de Estados Unidos.

Cualquier balance del periodo debe considerar el impacto en los pueblos originarios: cochimíes, guaycuras y pericúes, entre otros. Desde el siglo XVII, las misiones habían transformado sus formas de vida, concentrándolos en asentamientos permanentes y sometiéndolos a un régimen de trabajo agrícola y catequesis. Los informes franciscanos citados por El Colegio de México registran una población en descenso y múltiples dificultades para sostener las comunidades. Las epidemias, la movilidad forzada y los cambios en la dieta contribuyeron a la crisis demográfica.

Si bien los franciscanos mantuvieron el modelo misional heredado, el contexto de mayor control civil alteró el equilibrio previo. Las reformas borbónicas buscaban hacer más productivas las misiones y reducir su dependencia de subsidios. Esto incrementó la presión sobre los recursos locales y, en algunos casos, sobre la mano de obra indígena. La historiografía contemporánea coincide en que el sistema misional fue un instrumento de colonización que implicó tanto procesos de evangelización como de subordinación cultural. La etapa franciscana en Baja California, aunque corta, formó parte de esa dinámica estructural.

La permanencia franciscana en la península fue transitoria. En 1772-1773, la Orden de Predicadores (dominicos) asumió el control de las misiones bajacalifornianas, mientras los franciscanos concentraban sus esfuerzos en la Alta California. Estudios académicos, como los disponibles en repositorios universitarios de Baja California Sur, documentan este proceso de transferencia y la posterior delimitación de zonas de acción entre ambas órdenes. La línea divisoria se estableció en el Norte de la península, consolidando a San Fernando Velicatá como frontera simbólica entre las jurisdicciones. Este reordenamiento respondió tanto a disputas internas entre órdenes como a la estrategia de expansión hacia el Norte. Con el relevo, los franciscanos cerraron un capítulo de apenas cinco años en Baja California. Sin embargo, su paso dejó transformaciones: fortalecieron la infraestructura misional, articularon la logística de las expediciones y redefinieron la relación entre Iglesia y Estado en la región.

Hoy, las antiguas misiones de Baja California son patrimonio histórico y objeto de investigación académica. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) resguarda y difunde la memoria de estos espacios, como el Museo de las Misiones Jesuíticas en Loreto. Su conservación recuerda que la historia de la península no puede entenderse sin el ciclo jesuita, el interludio franciscano y la posterior etapa dominica. La figura de Junípero Serra, canonizado en 2015, continúa generando debate. Para algunos sectores, simboliza la expansión del cristianismo y la fundación de ciudades; para otros, representa un sistema que contribuyó a la desestructuración de pueblos indígenas. El análisis histórico exige situar su actuación —y la de los franciscanos en Baja California— en el marco de las políticas imperiales del siglo XVIII.

La llegada de los franciscanos a Baja California fue consecuencia directa de una decisión política tomada en Madrid. La expulsión de los jesuitas respondió al deseo de La Corona de afirmar su autoridad y limitar el poder de una orden percibida como demasiado autónoma. En la península, esa decisión se tradujo en una transición acelerada que puso a prueba la capacidad de adaptación de los nuevos misioneros. Las consecuencias fueron múltiples. En el corto plazo, se evitó el abandono de las misiones y se garantizó la continuidad institucional. En el mediano plazo, la reorganización permitió lanzar la colonización de la Alta California, extendiendo la presencia española hasta San Francisco. En el largo plazo, el sistema misional configuró patrones de poblamiento, rutas comerciales y estructuras sociales que influyeron en la formación de identidades regionales tanto en México como en Estados Unidos.

Más que un episodio aislado, el arribo franciscano a Baja California fue un eslabón en la cadena de transformaciones que marcaron el siglo XVIII novohispano. Fue resultado de las reformas borbónicas, motor de la expansión septentrional y parte de un proceso de colonización que redefinió territorios y culturas. En las paredes de adobe de Loreto, en las ruinas de San Fernando Velicatá y en las misiones que hoy se alzan en California, persiste la huella de aquellos frailes que heredaron una empresa en crisis y la convirtieron en plataforma de expansión.

Comprender su presencia en Baja California implica mirar más allá del relevo religioso: exige analizar las tensiones entre Iglesia y Estado, la estrategia geopolítica de la monarquía y el profundo impacto sobre las comunidades indígenas. Sólo así es posible dimensionar el significado histórico de aquellos años en que los franciscanos, llegados tras la expulsión jesuita, reescribieron el destino de las Californias.

Referencias:

  • Engelhardt, Z. (1908–1915). The missions and missionaries of California (Vol. 1: Lower California). James H. Barry Co.
  • Burckhalter, D., Sedgwick, M., & Fontana, B. L. (2013). Baja California Missions: In the Footsteps of the Padres. University of Arizona Press.
  • Mathes, W. M. (1977). Las misiones de Baja California, 1683–1849. Aristos.
  • Aschmann, H. (1959). The Central Desert of Baja California: Demography and Ecology. University of California Press.

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CCXCVI Aniversario luctuoso del jesuita Francisco María Píccolo. Pasos en el polvo de California

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Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los hombres del siglo XVIII gustaban de escribir cartas largas. Cartas que hablaban de sequías, de hambre y de luces que se apagaban en las vetas rocosas del desierto. Francisco María Píccolo escribió muchas de esas cartas. Las escribió desde lugares donde el sol caía a plomo y donde el mar quedaba lejos, como si se hubiera detenido mucho antes de completar su giro hacia el Norte. Él sabía de geografías pedregosas, de olores a polvo y a salitre que no siempre se captaban en las habitaciones con puerta y ventanas. Ese pedazo de mundo con él mismo cambió, se transformó, y quedó en papeles que viajan aún en bibliotecas y archivos.

Píccolo nació un 25 de marzo de 1654 en Palermo, Sicilia. De joven entró a la Compañía de Jesús y en 1684 llegó a la Nueva España con más ganas de caminar que de descansar. Fueron 13 años entre montañas abruptas y poblados remotos, trabajando entre los tarahumaras antes de que su destino lo llevara hacia el oeste, hacia un territorio que pocos europeos comprendían. La península de Baja California, a finales del siglo XVII, no tenía caminos trazados, ni trazos claros sobre los mapas. Era territorio que se intuía, territorio que se narraba cuando alguien traía noticias desde los confines. El 23 de noviembre de 1697, Píccolo llegó a la península. Fue el segundo jesuita en pisar esas tierras tras Juan María de Salvatierra, quien había fundado recientemente Nuestra Señora de Loreto, Conchó.

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El paisaje entonces era rudo. Desierto interminable, cerros áridos, ríos que a veces eran apenas cauces secos. En medio de eso, Píccolo caminó con pasos lentos, tratando de entender no sólo la tierra, sino las voces que venían de las rancherías cochimíes. Aprendió sus lenguas. Dedicó tiempo. Observó cómo las mujeres traían a sus hijos pidiendo bautismo y cómo los hombres miraban con silencio largo a los foráneos. El terreno exigía paciencia. En 1699, tras semanas de caminar por veredas apenas dibujadas, fundó la Misión de San Francisco Javier de Viggé-Biaundó, en un punto alto donde los cochimíes habían vivido desde tiempos inmemoriales. La misión se levantó con ayuda de indígenas que aceptaron colaborar sin artimañas, sino con la curiosidad que despierta lo desconocido. Allí comenzaron bautismos, rezos y encuentros que a veces eran tensos, otras veces largos silencios compartidos.

Apenas llegada esa misión, Píccolo no se quedó quieto. Caminó hacia rincones más lejanos, hacia cantos que salían de humedales escondidos, hacia rutas que los pueblos nativos ya conocían desde siempre. Fue un camino largo hasta Mulegé, donde pronto colaboró con otros jesuitas en el establecimiento de otra misión, la de Santa Rosalía de Mulegé, en 1705. Su labor tomó matices distintos con el paso de los años. No se limitó a evangelizar. Se convirtió en explorador, pero también en alguien que debía gestionar alimentos, provisiones y apoyos económicos desde la Ciudad de México. Las misiones vivían de la generosidad que llegaba desde lejos, y muchas veces esa generosidad se demoraba, llegaba a medias o llegaba gastada por tormentas y contratiempos. Píccolo, con un informe en la mano, trató de convencer a jerarcas civiles y religiosos de que había una empresa valiosa en marcha en la península.

Ese informe, redactado en 1702, llevaba por título Informe del estado de la nueva cristianidad de California. Lo imprimieron y distribuyeron. Fue un documento que hablaba de tierra, de pueblos, de fauna y flora, y también de preocupaciones: sequías, hambre, caminos difíciles. Alguna vez el texto llegó a París y se tradujo al francés. Poco después se publicó en inglés en compilaciones sobre misiones jesuíticas. Si se lee hoy, hay en sus párrafos una forma de describir un mundo que no se parecía a nada que los europeos conocieran en sus mapas detallados, ni en sus oficinas a la orilla de un escritorio. Píccolo luchó por recursos, por mano de obra, por provisiones. Caminó por el desierto cuando otros ya se detenían. Hubo años en que la sequía azotó con fuerza, y hubo momentos en que la ausencia de lluvia empujó a sacerdotes y soldados a salir fuera de los muros misionales para buscar alimento como quien busca agua en una tierra reseca.

En un trayecto difícil, él observó todo. Describió rocas, tierra y clima. Habló de comunidades indígenas con lenguas y costumbres diversas. En esos encuentros, a veces se escuchaban risas, a veces sólo el crujir de ramas bajo los pies y el canto de aves lejanas. Con esos sonidos en la memoria siguió adelante. La labor de Píccolo lo llevó a ser visitador de las misiones de Sonora y California entre 1705 y 1709. Esa responsabilidad implicaba viajar sin tregua, de misión en misión, dialogar con indígenas, con soldados, con oficiales y con autoridades eclesiásticas. Fue un papel que exigía cintura, paciencia y mucha energía.

Durante ese tiempo, sus pasos también se internaron hacia lo que hoy es la Misión de La Purísima Concepción de Cadegomó. Aunque esa misión se concretó en años posteriores por otros religiosos, las exploraciones de Píccolo en esa región abrieron rutas y conocimiento sobre esos lugares en los que el agua brotaba con más generosidad que en otras partes. El final de su vida lo encontró todavía ligado a aquellos territorios. Entre viajes y gestiones, su salud se fue debilitando. Pasó largos años en la misión de Mulegé, con la mirada puesta en quienes trabajaban la tierra y caminaban por sendas abruptas para llegar a los bautismos y celebraciones. Murió un 22 de febrero de 1729 en Loreto, dejando atrás misiones que al principio eran apenas casitas de adobe y que luego se convirtieron en puntos de reunión, de rezos y de encuentros interculturales.

La huella de Píccolo sobre la California jesuítica no es fácil de medir con un solo número o una sola fecha. Está en los caminos que quedaron marcados, en los pobladores nativos que aprendieron a comunicarse con él, en la geografía descrita en sus informes y en los demás documentos que circulan aún por archivos de Sevilla, México y más allá.

Referencias bibliográficas

  • Píccolo, Francisco María. Informe del estado de la nueva cristiandad de California, 1702, y otros documentos. Edición, estudio y notas de Ernest J. Burrus, S.J. (Madrid: Ediciones José Porrúa Turanzas, 1962).
  • Ramos, Roberto. Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford. (México: Jus, 1958).
  • Venegas, Miguel, S.J. Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente (ediciones varias; una reimpresión común: México, 1943; también ediciones antiguas del siglo XVIII).
  • Del Barco, Miguel, S.J. Historia natural y crónica de la antigua California: adiciones y correcciones a la Noticia de Miguel Venegas. (México: UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1973; hay ediciones posteriores).
  • Salvatierra, Juan María de, S.J. Selected Letters about Lower California. Traducción y anotación de Ernest J. Burrus, S.J. (Los Ángeles: Dawson’s Book Shop, 1971).

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