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Convertir la península de Baja California en una isla: el sueño de Modesto Rolland

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). Nuestra maravillosa península de Baja California, un paraíso de flora y fauna, siempre ha sido codiciada por los estadounidenses y su política expansionista. Fuertes embates ha tenido que sortear la política mexicana para evitar que este brazo de nuestra patria caiga en manos de esa nación. Uno de los nobles hijos de esta tierra, el Ing. Modesto C. Rolland Mejía en su afán de evitar una factible anexión de nuestra península propuso una interesante solución que, a su ver, atenuaría el conflicto inminente que hasta el día de hoy se cierne sobre nuestra amada tierra.

En primer lugar, nos ocuparemos de hacer una muy breve semblanza de quién fue Modesto Rolland, para comprender su deseo de proteger y apoyar la causa de los pobladores de la península. Rolland nació en el Puerto de La Paz, territorio sur de la Baja California. En el año de 1881, muy pequeño tuvo la oportunidad de conocer este lugar, así como el centro minero de Santa Rosalía, donde se trasladó junto con su familia por motivo de trabajo de su padre. Al poco tiempo es enviado a Sinaloa donde estudió la carrera de profesor de instrucción primaria. Posteriormente, viajó a la Ciudad de México donde concluyó sus estudios de Ingeniero Civil, carrera que fue una de las grandes pasiones de su vida.

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Durante el movimiento de la Revolución Mexicana se integró a las filas maderistas como uno de los grandes propagadores de los ideales del movimiento. En los inicios de su vida profesional participó en la construcción del acueducto Xochimilco-México, así como dando cátedra en escuelas de formación de ingenieros. Luego del asesinato de Madero y Pino Suárez, viajó a Estados Unidos donde se unió al gobierno carrancista como coordinador de prensa y propagador de las ideas del movimiento constitucionalista en aquel país. Durante esos años, también participó en la dirección de los Ferrocarriles Nacionales y el gran movimiento agrario.

Fue presidente de la Comisión Nacional Agraria y de la Comisión de Puertos Libres Mexicanos donde desempeñó una carrera aliviando en gran medida los graves rezagos que había en estas áreas. Al mismo tiempo participó en la construcción de obras colosales como el estadio Xalapa y la Ciudad de los Deportes —en su primera etapa. Fue el precursor del cemento en México, escribió varios libros donde vertió sus amplios conocimientos surgidos de sus estudios acuciosos y su experiencia en obras construidas. Falleció en la ciudad de Córdova, Veracruz, el 17 de mayo de 1965, a la edad de 84 años.

El año de 1916, aproximadamente en la parte media del conflicto armado denominado como la Revolución Mexicana, el país se encontraba envuelto en un gran desorden propiciado por las facciones más numerosas de villistas y zapatistas, los cuales se negaban a reconocer al gobierno carrancista “de facto”. Fue en este año que los hombres de Francisco Villa realizaron una incursión a Estados Unidos provocando una serie de desmanes que nos tuvieron al borde de una guerra con este país. en este contexto, Modesto C. Rolland fue nombrado como vicepresidente de la Comisión de Paz Interamericana que tenía como objetivo buscar una solución pacífica al conflicto ya mencionado. Durante las negociaciones, pudo darse cuenta de la lamentable tendencia de muchos de los altos políticos y personas de gran influencia de aquel país por apropiarse de territorio mexicano a través de la invasión armada. Uno de estos objetivos era la península de Baja California.

Tal vez motivado por lo anterior, empezó a fraguar un plan que ayudaría, según su visión, a solucionar de forma tajante este sueño estadounidenses. En un ensayo escrito en este año, titulado Problema de la Baja California, reiteró muchos de los puntos que ya venía sosteniendo desde el año de 1911. Expuso la política imperialista que abanderaba los Estados Unidos con los países de Latinoamérica y hace un análisis de los motivos de la invasión de este país a México durante la guerra de 1846.

Su experiencia de haber vivido por varios años en Estados Unidos y estar muy de cerca con personas influyentes de la vida en aquella nación, le dejaron claro el deseo imperante por anexarse la península de Baja California ante la “mayor conexión de ésta con la California estadounidense que con el México continental”. Lamentablemente, el centralismo recalcitrante en la República Mexicana permitía que hubiera una comunicación “peligrosamente débil” entre esta parte de México y la capital del país.

Es aquí donde plantea una solución bastante ingeniosa, y por decir lo menos, utópica, la cual se plantea en el libro Apóstol del progreso Modesto C. Rolland, el progresismo global y la ingeniería en el méxico posrevolucionario de la autoría de J. Justin Castro: Para contrarrestar la largamente-presente amenaza de E.U., Rolland ofreció una solución singular: el gobierno carrancista debía construir un canal en el norte de Baja California, desde la desembocadura del Río Colorado en el Mar de Cortés hasta el Pacífico cerca de Tijuana, convirtiendo a Baja California en una isla (aconsejó se formara una comisión para estudiarlo pues no encontró planos suficientemente detallados).

La justificación de esta acción así como los beneficios inminentes los plantea así: además de crear un nuevo límite físico, la vía acuática estimularía el desarrollo local en la región, conectando mejor el continente mexicano con Baja California y el comercio del Pacífico. Rolland específicamente indicaba que los estados de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua verían una ganancia económica significativa al facilitar su acceso al Pacífico y a los mercados de Mexicali, Tijuana y el oeste de Estados Unidos.

Para solucionar el grave obstáculo que representaría la forma en la que se financiaría esta obra, Rolland ofrece esta solución: estos estados mexicanos [Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua], según Rolland, deberían recaudar dinero a través de préstamos, que en combinación con las ventas de bonos nacionales financiarían el proyecto.

A pesar de haber salido desde muy pequeño de su tierra natal, Modesto Rolland siempre estuvo en contacto con la gente de Baja California, así como con sus graves problemas. Realizó varios viajes de estudio y reconocimiento de estas tierras y mares por lo que no le eran desconocidas todas las bondades que tenía y que puso de manifiesto en este documento para ayudar a promover la realización de su plan: para endulzar el concepto, Rolland proporcionó una descripción de los recursos agrícolas, marinos y minerales de la península, especialmente en los valles de México que bordean Estados Unidos, que producen una amplia variedad de frutas y algodón. También promovía la explotación de la orchilla, usada para hacer un tinte púrpura, y el guano de excrementos de aves, usado para hacer fertilizantes.

A pesar de que sus ideas atrajeron a una buena cantidad de simpatizantes en el bando constitucionalista no fueron suficientes como para impulsar este proyecto más allá de la mesa de trabajo de Rolland. El país se encontraba sumido en una guerra civil, con graves carencias en la Hacienda y en muchas otras partes de un gobierno que aún no terminaba de concretarse. Debido a todo lo anterior, su proyecto sólo quedó en eso, pero sus llamados para que el gobierno central volteara hacia esta parte de México no fueron olvidados y de forma paulatina e inexorable serían escuchados.

Bibliografía:

Apóstol del progreso Modesto C. Rolland, el progresismo global y la ingeniería en el méxico posrevolucionario, de J. Justin Castro.

Problema de la Baja California, de Modesto c. Rolland Mejía.

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De jesuitas y zorrillos en la Antigua California

Foto ilustrativa de Internet

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). Al llegar a la California, los jesuitas descubrieron una gran cantidad de flora y fauna, lo cual hizo que inmediatamente su espíritu inquisidor e ilustrado tratara de hallar referentes en animales y plantas que ya eran conocidas en otras partes del mundo. Fue por ello que casi siempre en sus observaciones hacían comparaciones por lo general acertadas, y otras no tanto, en donde trataban de ejemplificar que tal o cual animal o planta “era como” tal o cual otra ya conocida. A los ignacianos y sus portentosos escritos se debe que nuestra biodiversidad haya sido conocida muy bien en diversos lugares de Europa antes que, incluso, en la misma Nueva España.

El caso que hoy nos ocupa es la forma en que Miguel del Barco insigne jesuita español que misionó por más de 32 años en la California, 30 de ellos en la misión de San Francisco Xavier de Vigge Biaundó, describe al tristemente célebre zorrillo californiano. Este sacerdote lo describe como “un animalito bastante peludo, lleno de listas blancas y negras en el lomo y costados. Muchos, en lugar de las listas negras, las tienen pardas. Son muy hermosos a la vista, especialmente los primeros”.

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No tardó mucho tiempo en encontrar el mecanismo de defensa de este animalito: “cuando se asustan o tienen miedo, levantan derechamente en lo alto la cola, cuyos largos pelos, saliendo en su principio juntos, se esparcen en lo más alto vistosamente hacia todos lados, formando la figura de una garzota, pero más abierta y extendida en lo alto. Su principal arma para defenderse de sus enemigos, y aun para ofenderlos, es un fetor intensísimo, que despiden de sí, cuando se ven en los mayores aprietos”. Con su carácter curioso y su mente siempre dispuesta a realizar un análisis escolástico profundo de todos los sucesos que presenciaba, del Barco ejemplificaba los efectos que producía este “fetor” en diferentes circunstancias:

a) “Si un zorrillo se ve muy acosado de un perro, cuando éste va ya a echarle sus dientes, despide el zorrillo oportunamente su arma; y es tan fuerte que el perro como aturdido con ese fetor infernal, prontamente se retira, sacudiendo el hocico y respirando fuerte en ademán de quien dice: ¡esto no se puede aguantar!”

b) “Si el indio, al disparar la flecha le acierta tan bien que al primer golpe le deja muerto de repente, no hecha hedor; mas si se siente herido, sin quedar luego muerto, entonces suelta un fetor intolerable, como si quisiera vengarse de quien le hirió y deja la pieza inficionada para mucho tiempo. Para evitar este inconveniente se experimentó ser mejor sacarlos vivos, tomados por la cola, lo cual es fácil, porque como el zorrillo la levanta en alto cuando tiene miedo, como antes dije, y se mete detrás de cualquiera cosa para esconderse, se le coge de la cola y se levanta en alto, quedando con la cabeza abajo sin poder morder. Si prontamente le sacan fuera y llevan algo lejos, el que le lleva asido de la cola le da una fuerte sacudida contra una piedra, queda muerto sin fetor. Más si después de cogido, se hace mucho ruido y algazara, como suelen los muchachos cuando han cogido la presa, sucede que el desventurado, con el gran miedo, despide su arma, como delante de mí sucedió algunas veces”.

El padre Miguel pudo determinar los hábitos de vida del zorrillo. Nos dice que por lo general acostumbra comer huevos de gallina, y en caso de lograr atrapar a alguna de estas aves solamente las degüella y bebe su sangre, comiendo muy poco de su carne. Suele esconderse en los corrales de estos animales e irlos devorando poco a poco hasta que acaba con todos ellos. También, se alimenta de insectos como el ciempiés. Sus hábitos son nocturnos por lo que en el día es raro que se vea alguno merodeando. Observó que, las temporadas en que es más común observarlos es a finales del otoño y principios del invierno. Son animalitos asustadizos que prefieren esconderse y rehuir la pelea, solamente cuando se ven acorralados y en peligro inminente es cuando hacen uso de su “arma pestilente”.

El sacerdote del Barco comenta que apreció la duración del hedor que producía esta arma del zorrillo en varias ocasiones las cuales ejemplifica: “una de ellas, cerca de la puerta, al sacarle de mi aposento colgado de la cola; lo cual fue bastante para que la madera de la puerta recibiese la impresión tan fuertemente que, por muchos días y aun semanas, se percibía al entrar y salir el hedor del zorrillo, no obstante, que la puerta caía al aire libre”.

Otra oportunidad fue esta: “en una ocasión despidió su arma junto a cierta vasija de metal de China y por el lado en que recibió la impresión la conservó tan tenazmente que, después de muchos días, la mano que tocaba aquella vasija quedaba infeccionada del mismo fetor. Traté de fregar y frotar despacio para que le perdiera y trayéndomela después, advertí que, aunque ya menos que antes, aún se percibía el hedor. Volvieron a repetir la operación fuerte, hasta que en fin le perdió”.

Con su mente analítica, el sacerdote da una explicación de cuál es el origen de esta extraña arma del zorrillo, que es tan efectiva para ahuyentar a todo aquel que intente provocar su ira. No olvidemos que los jesuitas durante sus estudios en los colegios recibían materias y leían libros sobre botánica y zoología lo que les ayudaba mucho cuando tenían que hacer sus informes sobre estos aspectos de la región donde les tocaba ejercer su ministerio.

La explicación que desarrolló el ignaciano fue la siguiente: “comúnmente se cree que este fetor proviene de la orina de este animalito. A mí me parece que no nace, sino de un flato que despide, de un aire espesísimo, el cual difundiéndose y mezclándose con el aire común que respiramos, no sólo le comunica su fetor, sino que experimenta que dentro de la circunferencia de algunos pasos, verbi gratia seis o más hacia todos lados en distancia de su origen, todo el aire se espesa y se engruesa, de suerte que aun por sólo este título parece que dificulta la respiración y casi se puede palpar”.

Durante su discurso sobre este tema Del Barco niega que el olor tan fétido provenga de la orina del animalito, ya que él no ha observado que cuando este animal lanza su “arma” queden gotas de orina en el suelo, además que para él es imposible que la orina líquida pueda transmitir ese fetor hacia el aire cercano al animal, por lo que concluye: “si esto fuera así, debía ser en tal cantidad —la orina— que a una ojeada, no pudiera escaparse a la vista, pero ésta nunca lo ha descubierto y así concluyo que no la orina, sino un flato causa el fetor del zorrillo”.

En la actualidad se ha podido comprobar que lo que produce el fuerte olor que secretan los zorrillos (mofetas) es un líquido producido por unas glándulas anales. Este líquido es expulsado con tal fuerza que logra llegar hasta dos metros de distancia, es por ello que en ocasiones sale “pulverizado” en pequeñas gotas que son difíciles de percibir a simple vista —y menos cuando es en la noche—. La sustancia activa de este olor tan desagradable (fetor) es el azufre.

Como apunte final les comento que Miguel del barco dejó asentado que el nombre que los cochimíes daban a este animal era “yijú”.

Bibliografía:

Historia natural y crónica de la Antigua California – Miguel del Barco.

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Francisco María Nápoli SJ entra a la nación cora

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). En muchos trabajos como la milicia, la docencia en educación básica, las misiones culturales y unos pocos más, es común que a los que se inician en estas labores se les envíe a zonas precarias y los que ya han estado antes desean salir lo más pronto posible para acercarse a un lugar más poblado y con mayores posibilidades de progreso. Sin embargo, hubo un tiempo en que acudir a los sitios más apartados y peligrosos fue algo deseable por parte de un grupo de individuos, como lo fueron los misioneros de la Compañía de Jesús.

A partir del año de 1697, el sacerdote Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó en la California, el sitio más apartado y agreste de lo que en ese entonces era la Nueva España. El clima árido y extremoso de estas tierras hacía que la vida de sus habitantes nativos y de los colonos que llegaban a ella fuera un suplicio. Era común que se vivieran grandes hambrunas, así como epidemias que diezmaban no sólo a los californios, sino también a aquellos que se aventuraba a realizar sus labores en estas latitudes.

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Tarea permanente de los jesuitas fue el establecer una cadena de misiones que abarcara toda la península. En el año de 1721, se había reiniciado el establecimiento gracias a la llegada de más misioneros. Fue para el mes de marzo de este año que arribó a Loreto el sacerdote italiano Francisco María Nápoli, el cual de inmediato fue comisionado por el sacerdote Juan de Ugarte, que en ese entonces tenía bajo su responsabilidad la dirección de las misiones de California, para que estableciera una misión en un sitio que se denominaba La ensenada de las palmas y que estaba ubicado al sur de la misión de Nuestra Señora de La Paz Airapí.

De forma apresurada se le entregó bastimento, así como objetos que entregaría a los habitantes del sitio donde establecería la misión para granjearse sus favores y amistad, algo muy usual cuando se pretendía ingresar a un territorio inexplorado y/o establecer una misión. Para que fuera más rápido el traslado del padre Nápoli a la misión de La Paz, se decide que se le lleve en el barco con el que se contaba en Loreto, sin embargo, lejos estaba de ser una buena idea. Debido a que durante los meses en que se inició la empresa son comunes los temporales en el Golfo de California, tuvieron mal tiempo por lo que este periplo duró 14 días, en los cuales el mismo Nápoli sentía que iban a ser los últimos de su existencia.

Al llegar a La Paz fue recibido de forma por demás afectuosa por los catecúmenos que ya estaba en proceso de evangelización por el padre Jaime Bravo. Algo muy interesante que sucedió fue que el padre Nápoli al entrar al puerto traía en sus manos un crucifijo, y se acerca a uno de los guaycuras más viejos del lugar preguntándole que si quién era al que traía en sus brazos, este le respondió “que era un viejo a quien le habían traído muerto en esta tierra, y nosotros le habíamos dado un flechazo porque no quería coger venados”. Poco después el sacerdote reflexionaba sobre el enfado que esta gente tenía siempre con los hombres de lengua barba ya que los consideraban capaces de hacer “más hechicerías”.

Durante los cinco o seis días que permaneció el sacerdote Nápoli en La Paz, auxilió al padre Bravo bautizando a algunos niños. También pudo apreciar la forma en que los californios trataban el cuerpo de sus difuntos, a los cuales incineraban, y en caso de sepultarlos lo hacían “retorciéndolos”, a decir del padre. Dentro de las explicaciones que le dio el padre Bravo sobre la ubicación de la ensenada donde plantaría la misión, le informó que había tenido oportunidad de conocer este sitio en el año 1708, cuando partiendo del puerto de Matanchel hacia Loreto, fue “arrebatado” por una tormenta y varó el barco en esa ensenada. Durante las horas que estuvo en el sitio pudo constatar el carácter afable de los pericúes, los cuales les regalaron fruta, pescados y cueros, además de tratarlos con cordialidad. El mismo testimonio daban los buzos que habián llegado a este sitio.

El día 17 de agosto de 1721, parten por tierra los sacerdotes Bravo y Nápoli, una pequeña escolta de cuatro soldados encabezados por el capitán Esteban Rodríguez Lorenzo y un pequeño grupo de guaycuras fieles, mientras tanto en algunas canoas deciden enviar a la ensenada, la mayor parte del bastimento y regalos. Durante ocho largos días se internaron por diferentes rutas rumbo a su destino, pero por ser camino inexplorado en ocasiones deben regresar o avanzar muy poco. El padre Nápoli hace referencia que en dos ocasiones el capitán Rodríguez Lorenzo y su caballo se despeñaron y sólo por la “intervención de la sagrada madona” no perdió la vida.

Algo que se le ha criticado al padre Nápoli son sus descripciones “alegres y fantasiosas” que realizó de los sitios que conoció en la California. Un ejemplo de ello fue lo que dejó escrito en el informe de este viaje y que a continuación transcribo:

“Gracias al Señor que al remate de esta pobre tierra haya puesto lo que tiene. Primeramente, es tierra llana y fertilísima, que lo denota su apariencia misma. Tiene llanos espaciosísimos hasta el cabo de San Lucas, y desiertos de gente, llenos todos de bellísimas y amenas flores, muchísima arboleda grande y gorda para mucha tablasón, que se hallan en tierras calientes, [in]números y cuantiosos arroyos, ríos, valles muy grandes y buenos y sin dificultad para que dicha agua baje a dichas tierras, para que pueda fructificar bastantísima copia de maíz, trigo y cuanto se sembrara, que bastaría para abastecer toda esta pobre tierra de California en un paraje muy hermoso que tiene llanos muy grandes y valles sin monte ninguno, donde se halla muchísima arboleda grande que da mucha sombra, al cual le puse Santa Rosalía.

Es bastante para nutrir muchísimo ganado así mayor como menor, y otras bestias por el bastante pasto y hermosos aguajes. Lo mismo digo del otro más importante paraje, que le puse San Bernardo por haberse descubierto el día del santo, y tiene hermosísimos llanos, bosques de flores, mucha arboleda grande. Llueve en mayor cantidad que en otras partes, tiene pastos riquísimos para muchísimo ganado mayor, tierras húmedas de por sí, bastantes palmares, muchas aguas corrientes y cuatro sacas de ellas, y cuantiosas de importancia que corresponden a las tierras bajas y cercanas, y despegadas de montes y limpias de piedras, que tienen varios carrizales de cañas muy gordas, que son las primeras descubiertas y vistas en la desdichada tierra de California”. 

Pero bueno, como descargo puedo decir que a los ojos de estos hombres de fe, de estos valerosos y abnegados misioneros que venían a dar la vida por su obra misionera, cualquier matorral verde en estas latitudes, se les antojaría como el abeto más grande de un bosque europeo. Además, el padre Nápoli había emprendido su viaje en la temporada de mayor lluvia en nuestra península, por lo que no miente al decir que todo era verdor y que encontró una gran cantidad de arroyos de agua bebible.

Al final, el 25 de agosto, llegó la expedición de tierra a La ensenada de las palmas, la cual describe de la siguiente forma el padre Nápoli: “Que es muy grande, teniendo de punta a punta cerca [de] doce leguas, es muy amena, así por el espacioso mar, como por las muchas lagunas que tiene de agua muy buena y los muchísimos palmares que parecen [otros] tantos bosques”. De lo que ocurrió en los siguientes días de su llegada al sitio nos ocuparemos en un nuevo reportaje.

Bibliografía:

“Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford”. Roberto Ramos (comp.).

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Los de antes

FOTOS: Roberto Morales Hirales

Colaboración Especial (*)

Por Roberto Andrés Morales Hirales

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En febrero del 2021 fue publicado el cortometraje Más allá del recuerdo, una charla con la familia Lucero acerca de las raíces culturales en la subdelegación El Cardonal. Tres personas de allí compartieron un fragmento de su vida. De todo el trabajo documental surge la denominación Los de antes, a las generaciones pasadas, refiriéndose a una temporalidad, aproximadamente, de 1930 para atrás.

Las personas de las generaciones anteriores tienen un espacio particular entre los sentimientos y los recuerdos de las personas, porque en el rancho permanecen nociones de habilidades y la historia de sus antepasados, un gesto de honor de pertenecer, reconocer, amar y trabajar el territorio natural que sus ancestros han cuidado, desarrollado, amado, durante muchos años. Las anécdotas perduran en la ranchería.

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Este racimo histórico y generacional fue con la idea de retratar —mediante una cápsula audiovisual—, algo muy curioso que sucede en las personas como narrar una anécdota. Parece sencillo, pero no lo es. La labor de mantener el hilo y el tono, es ya una disciplina, así que me di a la tarea de hacer una grabación.

¿Qué es un ranchero sudcaliforniano?

Lo más cercano que es posible definir esta identidad es una pieza fundamental: un narrador de historias. Esta es una pieza de la dinámica cultural. Un ejemplo recurrente de su presencia en las actividades, es el hecho de sentarse frente a la fogata y escuchar las historias que las personas mayores ofrecen. Momentos así cultivaron el recuerdo, el conocimiento y las nociones de lo que hoy existe en la ranchería.

¿Cómo se ha desarrollado la familia Lucero en la ranchería?

La familia vibrante con el corazón honroso, se originaron hace más de cuatro generaciones entre senderos de terracería, caminos que trabajaban con pico, pala y machete. Un lugar que tiene características con las prácticas del ranchero de la región, una variedad de enfoques de la vida para desarrollar la pesca, la ganadería, la herrería, la recolección de madera, la caza, incluso cuenta Juan —uno de los testimonios—, se vendían hasta las ardillas con la intención de generar un ingreso.

La cultura sudcaliforniana tiene el ingrediente particular de la facilidad del relato oral. Un almacén de una gran cantidad de anécdotas acerca de las generaciones pasadas, desde historias de los oficios, la música, el origen, las migraciones, entre otras. Estos relatos forman parte sustancial para la dinámica de la historia y cultura. La ranchería es una arquitectura social e histórica en la región, un vínculo social entre la naturaleza y lo histórico que se ha forjado en la memoria de cada participante.

En este sentido, es que podría afirmar que existe la identidad forjada en un proceso oral, pero no en la historia escrita de la mayoría de las rancherías y es un proceso de archivo que los testimonios de El Cardonal afirman al aceptar como motivo: la conservación de la historia que ya no podrán contar. En este lugar los sucesos históricos transcurren de boca en boca. Su proceso social continúa hasta que una generación deje de contarla, solo así, la memoria que circula en la comunidad perdería eslabones hasta el momento de encontrarse con el olvido.

Por ello es que el patrimonio oral importa, para reconocer a sus participantes y la historia como un proceso de esfuerzo, disciplina, risas y mucho decoro, es por ello su importancia. Y si lo dejamos en el olvido, ¿qué pasaría? En algún momento llegué a escuchar: “Roberto, lo que me pides es difícil de escribir. Dame la oportunidad de sentarme a meditar, porque si quiero recordar algo, hago todo mi esfuerzo de ir desde la A a la Z”. Otro testimonio, Silvino Lucero, desde que lo conocí, tiene la convicción al narrar que es importante “conservar este conocimiento para las siguientes generaciones”.

El trabajo y la familia son dos de muchas palabras que tienen profundidad en este lugar. Rubén Lucero y Silvino aseguran que ya no hay personas parecidas a los de antes. Los pozos, los molinos, el ganado, el parto, las plantas, los batequis, el transporte de rocas enormes, las herramientas y las migraciones estacionarias que eran necesarias para conseguir comida, el vasto conocimiento que conforma la ranchería se encuentra en las anécdotas, en la memoria de El Cardonal.

¿Qué tanto tuvo que narrarle un hombre a su hijo, para que esté a su vez le hiciera entender al suyo, la forma de cómo no perecer ante la primera sequía? Ahora, parece difícil recordar caminos sin GPS, una historia sin un libro, un número sin agenda, una dieta sin una receta, un rostro sin foto, una palabra sin escritura. Pasan los años y la sabiduría se hace necesaria en un presente. Un narrador que nos cuente algo de aquellos recuerdos, para los que somos nuevos en estas tierras, conozcamos las premisas del porvenir. Como un viejo de la Ciudad de México decía: “somos hijos de nuestros recuerdos”.

(*) Este es un resumen de un ensayo que obtuvo Mención Honorífica en el Primer Certamen de Ensayo de Divulgación sobre Temáticas Sociales y Ecológicas “Mtro. Luis Alberto González Sotomayor”, en la UABCS.

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Los altares portátiles de los jesuitas en la California

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). Leyendo el libro Historia natural y crónica de la Antigua California, que fue producto de los afanes del Dr. Miguel León-Portilla por traernos hacia nuestro tiempo los manuscritos del jesuita Miguel del Barco, quien por 30 años misionó en esta California.

Me llama mucho la atención que en sus frecuentes exploraciones dentro de la península, los misioneros no dejaban de celebrar las misas los domingos y fiestas de guardar aún se encontraran en parajes recónditos y en condiciones poco propicias para estas celebraciones. Inmediatamente, surge en mi mente la duda de cómo fue que oficiaban estas misas y cómo trasladaban los objetos litúrgicos que se necesitaban.

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Como bien sabemos, la Compañía de Jesús fue una orden misionera que se destacó en el terreno de la evangelización, sobre todo, de territorios que marcaban los límites de la civilización en las tierras que se iban “descubriendo” en América. Para llevar a cabo este proceso de evangelizar las diferentes etnias que encontraron a su paso se valían, principalmente, de la apropiación de su lenguaje para establecer un nexo de comunicación efectivo.

Una vez logrado lo anterior —aunque en muchos casos no de forma perfecta—, procedían a dar a conocer el catecismo y la doctrina cristiana a través del uso de la nemotecnia (memoria), pero también se apoyaban en pinturas, estandartes y esculturas con temas sacros. Los jesuitas como fieles representantes de la contrarreforma daban una especial preponderancia a las imágenes religiosas como intercesoras entre los hombres y la divinidad por lo que procuraban su difusión y culto en donde quiera que se plantaban.

Un artículo religioso que les fue de inigualable valor para realizar este “teatro religioso” entendido “teatro” en el sentido que se le atribuía en los libros religiosos del siglo XVII y XVIII como un conjunto de sucesos, significados y conceptos que giran en torno a una situación, fueron los altares portátiles. Estos artefactos eran objetos de reducido tamaño que podían ser transportados con facilidad, y que en su interior preservaban los paramentos litúrgicos necesarios para oficiar la misa y realizar el acto de la consagración eucarística.

En un sentido amplio el altar portátil puede trasladarse de un lugar a otro, pero en un sentido litúrgico es un ara consagrada, lo suficientemente, grande como para contener la sagrada hostia y la mayor parte de la base del cáliz. Se emplean estrictamente para el oficio divino, de modo tal que a partir de ellos se determina el centro del culto.

Los mencionados altares eran utilizados por todas las órdenes religiosas misioneras, ya que por llevar a cabo su trabajo en lugares muy apartados y en la construcción de un templo donde se pudieran guardar estos objetos de culto podría tardar decenios, era necesario que el misionero los llevara consigo a donde se trasladara.

Incluso, aún cuando el sacerdote tuviera una iglesia de cabecera, le era necesario contar con un altar portátil debido a que muchos de sus catecúmenos se encontraban diseminados por un territorio grandísimo, a veces de varios cientos de kilómetros, tenía la obligación de trasladarse regularmente a visitarlos con el propósito de realizar la misa como una ceremonia vinculante y reafirmadora de la evangelización.

En el caso de la California, se sabe que desde el trayecto en los barcos que transportaron a los primeros expedicionarios que llegaron a estas tierras, se celebraban misas en alta mar, lo cual sólo podía ser posible si contaban con estos altares portátiles. Durante la estancia de Eusebio Francisco Kino en La Paz, San Bruno y Londó, se lee en los diarios que escribió, que siempre se celebraron las misas ya sea para dar gracias de haber llegado a un buen lugar para sentar el campamento, como en los días que marcaba el calendario litúrgico.

Otro ejemplo de lo anterior lo encontramos en una carta escrita por Juan María de Salvatierra al padre Juan de Ugarte, donde menciona la celebración de una misa en el barco que los llevó a la California en octubre de 1697 y que ofició antes de desembarcar:

Hasta aquí habíamos caminado (teniendo) a nuestra vista la embarcación chica cuando, esta noche, tuvimos así aires como fuertes corrientes que iban para adentro; y así, amanecimos el día 13, domingo, sin tener a la vista la lancha ni poder saber más de ella.

El viento lo tuvimos contrario el domingo y, así, no pudimos entrar en San Bruno, en su media ensenada, y, así, por tanta fuerza del (viento) sudueste, nos dejamos llevar para arriba, de suerte que el lunes 14 nos hallamos a vista de la serranía que llaman de las Vírgenes, y por no coger más altura nos entramos en una grande bahía llamada La Concepción, muy asegurados del aire.

Y quiso la Virgen tomar posesión de ésa, su bahía, de suerte que allí dije misa el día de la gloriosa Santa Teresa y salté en tierra, comimos unas pitahayas y no vimos gente, aunque reconocimos mucho rastro, y fresco”.

Es obvio que para celebrar esta ceremonia se valieron de un altar portátil que debieron traer con ellos, el cual contenía todos los objetos requeridos para el culto. Lamentablemente, a la salida de los jesuitas de la California y de acuerdo a lo consignado en los inventarios que se levantaron de los objetos que había en las misiones, no se registra la existencia de uno sólo de estos altares portátiles.

Podemos especular que no se registraron como tales por ser denominados de otra forma o bien porque, paulatinamente, fueron dejados de usar ya que la mayoría de los californios estaban habituados a vivir en las misiones por lo que acudían a misa en el templo de la misma.

Bibliografía:

Los altares portátiles tras la expulsión de la Compañía de Jesús en el Río de la Plata y Chile (1780-1820): una historia de agencias y resignificaciones – Nicolás Hernán Perrone y Vanina Scocchera

California jesuita (Salvatierra, Venegas, Del Barco, Baegert) Selección, introducción y notas de Leonardo Varela Cabral

Descripción e Inventarios de Las Misiones de Baja California, 1773 – Eligio M. Coronado.

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