El desierto que guarda memoria

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En Baja California Sur la luz cae con precisión implacable. Blanquea La Paz, endurece Santa Rosalía, vuelve metálico el aire de Loreto y deja en Los Cabos una postal perfecta: mar, hoteles, campos verdes, anuncios de lujo. Pero hay otra geografía. Está detrás de las puertas de los museos, en objetos que no compiten bien contra el algoritmo ni contra el itinerario de playa: una punta Clovis, una roca con pintura rupestre, un esqueleto de cetáceo, una máquina de escribir minera. Son fragmentos de un estado que no empezó con la hotelería, ni termina en la temporada alta.

La primera cifra parece generosa: el Sistema de Información Cultural registra 16 museos en Baja California Sur. La segunda abre la grieta: en la Estadística de Museos 2025 del INEGI, sólo siete recintos sudcalifornianos reportaron información, con 51,420 visitantes en todo el año. No son 51,420 visitantes para una exposición, sino para el conjunto estatal que sí aparece en el registro estadístico. En términos nacionales, Baja California Sur aportó apenas 0.10% de la afluencia museística del país. Mientras Los Cabos presume una derrama turística de 133.3 mil millones de pesos en 2025 y más de una tercera parte de su empleo asociado al turismo, la memoria organizada del Estado cabe en una cifra menor que la asistencia anual de algunos recintos medianos.

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Lo que se conserva no es menor. El Museo Regional de Antropología e Historia, en La Paz, resguarda geología, fósiles, arqueología, pinturas rupestres, misiones, etnografía y siglo XX. El Museo de Arte de Baja California Sur nació como el primer espacio estatal dedicado y equipado para arte moderno y contemporáneo. El Museo de la Ballena y Ciencias del Mar conecta ciencia y asombro mediante esqueletos de mamíferos marinos. El Museo de las Misiones, en Loreto, explica las 18 misiones jesuitas. En Santa Rosalía, El Boleo conserva herramientas, maquinaria, documentos, planos y rastros de la compañía francesa que convirtió el cobre en ciudad. El problema no es la falta de historia. Es la falta de puente.

Los datos nacionales del INEGI ayudan a entender la fractura: en 2025, 80.6% de las personas entrevistadas visitaba el museo por primera vez; 56.8% permanecía menos de una hora; 61.9% tenía escolaridad superior. Entre los motivos para no asistir, los visitantes señalaron sobre todo falta de difusión o desconocimiento del acervo, y después falta de cultura o educación. Dicho con menos burocracia: muchos no van porque no saben qué hay.

En Baja California Sur esa distancia pesa más por el territorio. No es lo mismo programar una visita escolar en una ciudad compacta que cruzar una península dispersa, calurosa, cara y desigual. El joven de una colonia periférica de Los Cabos puede vivir más cerca de un hotel que de una política cultural. Puede pasar todos los días junto a la maquinaria del turismo y no entrar nunca a la sala donde se cuenta la historia natural de su municipio. No puedo confirmar, con los documentos públicos revisados, cuántos adolescentes entraron a cada museo sudcaliforniano durante 2025. Esa ausencia de desglose dice algo: si no se mide a quién se está perdiendo, difícilmente se sabrá cómo recuperarlo.

La contradicción es territorial y moral. El desarrollo turístico ha aprendido a narrarse: vende naturaleza, bienestar, lujo, gastronomía, conectividad, experiencia. Incluso incorpora el lenguaje de la sostenibilidad: protección hídrica, residuos, conservación del litoral, planeación urbana. Pero fuera del folleto, la península carga déficits de agua subterránea en acuíferos como Cabo San Lucas, La Paz y Los Planes. En la misma postal donde el césped promete abundancia, muchas colonias administran la escasez con pipas. Allí los museos parecen un asunto menor, hasta que se entiende que también son infraestructura de supervivencia: enseñan de dónde viene el territorio y qué costos se esconden detrás de cada auge.

Acercar los museos a los jóvenes no se resolverá con una campaña bonita ni con publicar horarios en redes. Hace falta presupuesto estable, medición por edad y municipio, transporte escolar, mediadores culturales, alianzas reales con escuelas, recorridos que hablen de agua, minería, turismo, pueblos originarios, biodiversidad y ciudad; hace falta que la cultura sea tratada como derecho y no como adorno del destino. También hace falta que los beneficiarios del relato turístico participen en sostener el relato histórico: hoteles, desarrolladores, fideicomisos, municipios y gobierno estatal no pueden vender territorio sin financiar memoria.

Los museos de Baja California Sur no son mausoleos: son estaciones de alarma. En sus salas se entiende que toda prosperidad que olvida su origen termina administrando ruinas. La pregunta no es si los jóvenes quieren ir a los museos; la pregunta es si el estado está dispuesto a llevarles la historia del suelo que pisan. Porque un territorio que enseña a sus hijos a servir al visitante, pero no a leer su memoria, no está formando futuro: está alquilando el alma.

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Historia y legado de Fray Junípero Serra en las Californias

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En las áridas tierras de la península de Baja California, donde el desierto se encuentra con el mar, y en las fértiles costas de la Alta California, hoy territorio de Estados Unidos, persiste una huella profunda del siglo XVIII. Es la marca de un proyecto religioso, político y cultural encabezado por un fraile franciscano mallorquín: Fray Junípero Serra. Su figura, considerada por algunos como fundador espiritual de California y por otros como símbolo de la colonización europea, continúa generando debate. Pero más allá de la polémica contemporánea, su vida y obra se inscriben en un proceso histórico más amplio: la expansión del imperio español, la evangelización de los pueblos indígenas y la transformación radical del territorio californiano.

Junípero Serra nació en 1713 en Petra, Mallorca, bajo el nombre de Miguel José Serra Ferrer. Desde joven ingresó a la orden franciscana, donde destacó como teólogo y docente antes de emprender su viaje a la Nueva España en 1749. Su llegada a América no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de la Iglesia y la monarquía española. Durante el siglo XVIII, el Imperio buscaba consolidar sus territorios frente a la amenaza de otras potencias europeas, como Inglaterra, Francia y Rusia, especialmente en las regiones del Pacífico norte. Antes de llegar a California, Serra trabajó en la Sierra Gorda de Querétaro, donde aprendió lenguas indígenas y desarrolló métodos de evangelización que combinaban enseñanza religiosa con prácticas agrícolas y oficios. Esta experiencia sería fundamental para su posterior labor en las Californias.

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El año 1767 marcó un punto de inflexión en la historia de la región. La expulsión de los jesuitas por orden del rey Carlos III dejó vacantes las misiones que estos habían establecido en Baja California. Fue entonces cuando Serra fue nombrado presidente de las misiones franciscanas en la península. Desde Loreto, considerada la “madre de las misiones”, reorganizó el sistema misional y asignó nuevos religiosos a los asentamientos existentes. La Baja California del siglo XVIII era una región de baja densidad poblacional, habitada por diversos grupos indígenas con economías basadas en la caza, la pesca y la recolección. La introducción del sistema misional transformó profundamente su modo de vida. Los franciscanos impulsaron la agricultura, la ganadería y la construcción de comunidades sedentarias, lo que implicó cambios culturales radicales. Este proceso no puede entenderse únicamente como evangelización. En términos políticos, las misiones funcionaban como instrumentos de control territorial y de expansión imperial. Al establecer comunidades organizadas bajo la autoridad española, se aseguraba la presencia efectiva de la corona en regiones alejadas y estratégicas.

El siguiente paso en el proyecto fue la expansión hacia el norte. Impulsada por el visitador José de Gálvez, la colonización de la Alta California respondió a una lógica geopolítica: evitar que otras potencias ocuparan el territorio. En 1769, Serra participó en la expedición encabezada por Gaspar de Portolá, que partió desde Loreto hacia la bahía de San Diego. Durante el trayecto, fundó la misión de San Fernando de Velicatá, la última en territorio de la actual Baja California. Ese mismo año se estableció la misión de San Diego de Alcalá, considerada la primera de la Alta California. Este evento marcó el inicio de una red de misiones que se extendería a lo largo de la costa del Pacífico.

Durante los siguientes 15 años, Serra fundó nueve misiones, entre ellas San Carlos Borromeo en Monterey, San Gabriel, San Francisco y San Buenaventura. Estas misiones no solo eran centros religiosos, sino también unidades económicas y sociales. En ellas, los indígenas convertidos —llamados “neófitos”— eran integrados a una vida comunitaria organizada alrededor del trabajo agrícola, la ganadería y los oficios. Se les enseñaban técnicas europeas y se buscaba su incorporación a la sociedad colonial. Sin embargo, este modelo también implicaba restricciones severas. Diversas investigaciones históricas señalan que los indígenas no podían abandonar libremente las misiones y eran sujetos a disciplina estricta. Además, enfermedades, sobreexplotación y cambios en su modo de vida provocaron un fuerte descenso demográfico en las comunidades originarias. El sistema misional cumplía así una triple función: evangelizar, organizar la economía colonial y asegurar la presencia española en territorios estratégicos. La producción agrícola y ganadera de las misiones fue clave para sostener las colonias, llegando incluso a generar excedentes comerciales hacia finales del siglo XVIII.

El proyecto de Serra no estuvo exento de conflictos. Uno de los más significativos fue su enfrentamiento con autoridades militares, como el gobernador Pedro Fages. Serra viajó a la Ciudad de México para denunciar abusos contra los indígenas y logró que el virrey fallara a su favor en la mayoría de sus demandas. Este episodio revela una dimensión compleja de su figura: por un lado, formaba parte del aparato colonial; por otro, buscaba limitar los excesos de las autoridades civiles y militares. Algunos historiadores destacan su defensa de los indígenas frente a los colonos, mientras que otros subrayan que el propio sistema misional implicaba formas de control y subordinación.

Las misiones fundadas por Serra dieron origen a algunas de las ciudades más importantes de la actual California, como San Diego, Los Ángeles y San Francisco. Más allá de su dimensión religiosa, estas fundaciones sentaron las bases del desarrollo urbano y económico de la región. Las rutas entre misiones, conocidas como “El Camino Real”, estructuraron el territorio y facilitaron la comunicación entre asentamientos. En términos culturales, el legado es ambivalente. Por un lado, las misiones introdujeron nuevas técnicas agrícolas, arquitectónicas y artesanales. Por otro, contribuyeron a la pérdida de lenguas, tradiciones y formas de vida indígenas.

La polémica alrededor de Junípero Serra

En las últimas décadas, la figura de Junípero Serra ha sido objeto de intensas controversias. Su canonización en 2015 por el papa Francisco reavivó el debate sobre su legado. Mientras la Iglesia lo presenta como un misionero comprometido con la evangelización y la defensa de los indígenas, sectores académicos y comunidades originarias lo consideran parte de un sistema que provocó sufrimiento y despojo cultural. Las protestas en Estados Unidos, que incluyeron la retirada de estatuas de Serra, reflejan esta tensión entre memoria histórica y revisión crítica del pasado.

Para comprender plenamente la obra de Serra, es necesario situarla en el contexto del siglo XVIII. La Ilustración, las reformas borbónicas y la competencia entre imperios europeos influyeron en la política colonial española. La expulsión de los jesuitas, que abrió paso a los franciscanos, fue parte de un intento de centralizar el poder y reducir la influencia de órdenes religiosas consideradas autónomas. Las misiones, en este contexto, no fueron solo iniciativas religiosas, sino instrumentos de política imperial. Su legado se extiende más allá de la época colonial: configuraron el territorio, la economía y las relaciones sociales de la región.

Hoy, en Baja California Sur y en California, las antiguas misiones siguen en pie como testigos de un pasado complejo. Son monumentos históricos, destinos turísticos y espacios de reflexión sobre la identidad y la historia. La figura de Junípero Serra, lejos de ser un personaje unidimensional, encarna las contradicciones de su tiempo. Fue un hombre de fe, un agente del Imperio y un actor clave en la transformación de las Californias. Su historia invita a mirar el pasado con una perspectiva crítica y contextualizada. No se trata de juzgar con parámetros contemporáneos, sino de comprender los procesos históricos en toda su complejidad: las motivaciones, las acciones y sus consecuencias.

El legado de Fray Junípero Serra en la Alta y Baja California es inseparable de la historia de la colonización española en América. Su obra misionera contribuyó a la expansión territorial, la evangelización y la formación de nuevas sociedades, pero también implicó profundas transformaciones —y en muchos casos, rupturas— en las culturas indígenas. A más de dos siglos de su muerte en 1784, su figura sigue generando debate, reflejo de un pasado que aún interpela al presente. Entre la devoción religiosa y la crítica histórica, Junípero Serra permanece como una figura clave para entender el origen y desarrollo de las Californias, y los complejos procesos que dieron forma al mundo moderno en esta región del continente.

Referencias

Palóu, F. (1988). Junípero Serra y las misiones de California. Madrid: Historia 16.

Palóu, F. (2013). Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California septentrional. Hardpress Publishing.

Geiger, M. J. (1959). The life and times of Fray Junípero Serra, O.F.M. (2 vols.). Washington, D.C.: Academy of American Franciscan History.

Hackel, S. W. (2013). Junípero Serra: California’s founding father. New York: Hill and Wang.

Beebe, R. M., & Senkewicz, R. M. (2015). Junípero Serra: California, Indians, and the transformation of a missionary. Norman: University of Oklahoma Press.




La huella del Estado: cuando la identidad se vuelve biométrica

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La mañana en que una persona acude a actualizar su identidad ya no se parece a la de antes. No hay solo un formulario, ni una ventanilla. Hay un lector de huellas, una cámara fija y una sensación nueva: la de estar dejando algo más que un nombre. La CURP biométrica dejó de ser una idea abstracta y empezó a tomar forma en México, entre anuncios oficiales, pruebas piloto y una conversación pública que crece, a veces con entusiasmo y a veces con desconfianza.

¿Qué es? Es la evolución del documento que desde hace décadas acompaña trámites, escuelas y hospitales. La propuesta consiste en vincular la Clave Única de Registro de Población con datos biométricos —principalmente huellas dactilares y fotografía— para fortalecer la identificación de las personas y reducir suplantaciones. ¿Quién impulsa el cambio? El Registro Nacional de Población, bajo la órbita de la Secretaría de Gobernación, que coordina el sistema de identidad del país. ¿Cómo avanza? De forma gradual, mediante programas piloto en entidades seleccionadas. ¿Dónde estamos hoy? No es obligatoria a nivel nacional. Esa precisión importa.

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En el discurso institucional, la biometría promete orden en un país donde la identidad es llave de derechos: acceso a salud, programas sociales, educación y servicios financieros. Integrar rasgos físicos busca cerrar la puerta al fraude, a la duplicidad de registros y a la corrupción administrativa. En términos simples, hacer coincidir a la persona con su registro. El argumento es potente. También incompleto.

Porque la identidad no es solo técnica; es política y es cotidiana. En Baja California Sur, donde la vida se reparte entre ventanillas municipales, clínicas y escuelas, la pregunta no es si la tecnología funciona, sino si la confianza alcanza. Personas que han pasado por trámites recientes describen procesos más largos, equipos que fallan y la incertidumbre de no saber para qué más se usarán esos datos. No hay denuncias masivas ni pruebas de abusos generalizados; sí hay inquietud. Y la inquietud, cuando no se atiende, erosiona la legitimidad.

El Estado insiste en que los datos están protegidos. Se habla de resguardos, controles y finalidades específicas. Se subraya que la biometría no sustituye derechos, los facilita. Al mismo tiempo, especialistas recuerdan que ningún sistema es infalible y que el valor de la biometría —su carácter permanente— vuelve crucial la seguridad: una contraseña se cambia; una huella no. En México existe un marco de protección de datos personales, pero la implementación real depende de protocolos claros, auditorías y sanciones efectivas cuando algo falla. Aquí el debate se vuelve serio.

La historia reciente añade contexto. México ha avanzado en digitalización a trompicones, entre promesas de eficiencia y experiencias desiguales. La biometría llega a un país con brechas tecnológicas y desconfianza histórica hacia el manejo de la información personal. No se trata de paranoia; se trata de memoria. En ese terreno, la transparencia no es un gesto, es una obligación.

¿Por qué ahora? Porque la identidad es el cimiento de políticas públicas más ambiciosas: padrones confiables, interoperabilidad de servicios, combate a delitos financieros. Sin una identificación robusta, todo se tambalea. Pero robusto no puede significar opaco. La conversación pública ha señalado rutas sensatas: voluntariedad clara mientras dure el piloto, información accesible sobre qué se captura y para qué, mecanismos de corrección cuando hay errores y controles independientes que vigilen el uso de los datos.

En los pasillos de oficinas y en charlas de café, el tema se traduce a lo esencial: ¿me servirá?, ¿me cuidará?, ¿me complicará la vida? A falta de certezas plenas, la respuesta honesta es mixta. Puede mejorar trámites. Puede reducir fraudes. También puede fallar si se impone sin pedagogía ni garantías.

El cierre de esta historia no está escrito. La CURP biométrica es una realidad en construcción, no un decreto consumado. Su destino dependerá menos del hardware y más del contrato social que logre tejer: reglas claras, datos mínimos, vigilancia constante y una rendición de cuentas que no se esconda detrás de acrónimos.

Porque la identidad, al final, no es una huella en un lector: es la confianza entre quien gobierna y quien vive el país. Y esa huella, la más importante, se construye o se pierde para siempre.

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Encabezó Gobernador XXXI Festival de la Ballena Gris en Puerto Adolfo López Mateos

FOTO: Gobierno del Estado.

La Paz, Baja California Sur (BCS). El pasado viernes, en el marco de la inauguración oficial de la temporada de avistamiento de la ballena gris en Puerto Adolfo López Mateos, el gobernador del Estado, Víctor Manuel Castro Cosío, reiteró su compromiso de respaldar este tipo de eventos que impulsan el desarrollo económico regional y fortalecen la identidad social y cultural de las comunidades del municipio de Comondú.

Acompañado por el alcalde Roberto Pantoja Castro; la presidenta del Sistema Estatal DIF, Patricia López Navarro; y la delegada municipal, Bertha Vázquez Domínguez, el mandatario estatal invitó a las familias sudcalifornianas y a visitantes nacionales e internacionales a participar en esta actividad, destacando que representa una importante derrama económica en beneficio directo de prestadores de servicios turísticos, restauranteros y comerciantes locales.

Castro Cosío subrayó que las zonas de avistamiento de la ballena gris en Baja California Sur se han consolidado de manera progresiva en los mercados nacional e internacional, resultado del trabajo coordinado entre los tres órdenes de gobierno, el sector productivo y la propia comunidad, siempre con un enfoque de respeto al medio ambiente y aprovechamiento responsable de los recursos naturales.

El programa del festival contempló actividades culturales, artísticas y recreativas durante tres días, entre las que destaca la coronación de Migdalia I como reina de las festividades, reafirmando el valor de las tradiciones y la participación comunitaria.

Previamente, el Gobernador sostuvo una reunión de trabajo con pescadores y prestadores de servicios turísticos, con quienes estableció compromisos orientados a mejorar la infraestructura del muelle y fortalecer las condiciones para el desarrollo ordenado y seguro de sus actividades productivas.




Celebran 40 años del Teatro de la Ciudad con concierto de la OSABCS

FOTO: ISC.

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el marco del 40 aniversario del Teatro de la Ciudad de La Paz, uno de los recintos culturales más emblemáticos en la entidad, la Orquesta Sinfónica de Alientos del Gobierno del Estado de Baja California Sur (OSABCS) ofreció un magno concierto que reunió a familias y amantes de la música en una noche de arte y tradición.

Como parte de su primer concierto de temporada, la OSABCS presentó un programa diverso que incluyó obras sinfónicas contemporáneas, así como piezas de jazz, pop y música cinematográfica, cautivando al público paceño por su calidad y versatilidad interpretativa.

La velada inició con Encanto, de Robert W. Smith, y Concerto d’Amore, de Jacob de Haan, que marcaron una apertura solemne. El programa también rindió homenaje a grandes figuras como Duke Ellington y Frank Sinatra, evocando la época dorada del jazz y el swing.

El repertorio continuó con Eighties Flash Back, clásicos como Crazy Little Thing Called Love, de Queen, y Music of The Beatles. Uno de los momentos más aplaudidos fue el bloque dedicado al cine y la animación, con A Disney Spectacular y Pixar Movie Magic, que entusiasmó a público de todas las edades.

Esta presentación reafirmó al teatro como un espacio clave para la vida cultural de La Paz y el compromiso de la OSABCS con la difusión de la música sinfónica.

Con este concierto, la Orqueta rindió homenaje a cuatro décadas de historia, arte y cultura, consolidando al Teatro de la Ciudad como uno de los recintos más representativos.