La huella del Estado: cuando la identidad se vuelve biométrica

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La mañana en que una persona acude a actualizar su identidad ya no se parece a la de antes. No hay solo un formulario, ni una ventanilla. Hay un lector de huellas, una cámara fija y una sensación nueva: la de estar dejando algo más que un nombre. La CURP biométrica dejó de ser una idea abstracta y empezó a tomar forma en México, entre anuncios oficiales, pruebas piloto y una conversación pública que crece, a veces con entusiasmo y a veces con desconfianza.

¿Qué es? Es la evolución del documento que desde hace décadas acompaña trámites, escuelas y hospitales. La propuesta consiste en vincular la Clave Única de Registro de Población con datos biométricos —principalmente huellas dactilares y fotografía— para fortalecer la identificación de las personas y reducir suplantaciones. ¿Quién impulsa el cambio? El Registro Nacional de Población, bajo la órbita de la Secretaría de Gobernación, que coordina el sistema de identidad del país. ¿Cómo avanza? De forma gradual, mediante programas piloto en entidades seleccionadas. ¿Dónde estamos hoy? No es obligatoria a nivel nacional. Esa precisión importa.

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En el discurso institucional, la biometría promete orden en un país donde la identidad es llave de derechos: acceso a salud, programas sociales, educación y servicios financieros. Integrar rasgos físicos busca cerrar la puerta al fraude, a la duplicidad de registros y a la corrupción administrativa. En términos simples, hacer coincidir a la persona con su registro. El argumento es potente. También incompleto.

Porque la identidad no es solo técnica; es política y es cotidiana. En Baja California Sur, donde la vida se reparte entre ventanillas municipales, clínicas y escuelas, la pregunta no es si la tecnología funciona, sino si la confianza alcanza. Personas que han pasado por trámites recientes describen procesos más largos, equipos que fallan y la incertidumbre de no saber para qué más se usarán esos datos. No hay denuncias masivas ni pruebas de abusos generalizados; sí hay inquietud. Y la inquietud, cuando no se atiende, erosiona la legitimidad.

El Estado insiste en que los datos están protegidos. Se habla de resguardos, controles y finalidades específicas. Se subraya que la biometría no sustituye derechos, los facilita. Al mismo tiempo, especialistas recuerdan que ningún sistema es infalible y que el valor de la biometría —su carácter permanente— vuelve crucial la seguridad: una contraseña se cambia; una huella no. En México existe un marco de protección de datos personales, pero la implementación real depende de protocolos claros, auditorías y sanciones efectivas cuando algo falla. Aquí el debate se vuelve serio.

La historia reciente añade contexto. México ha avanzado en digitalización a trompicones, entre promesas de eficiencia y experiencias desiguales. La biometría llega a un país con brechas tecnológicas y desconfianza histórica hacia el manejo de la información personal. No se trata de paranoia; se trata de memoria. En ese terreno, la transparencia no es un gesto, es una obligación.

¿Por qué ahora? Porque la identidad es el cimiento de políticas públicas más ambiciosas: padrones confiables, interoperabilidad de servicios, combate a delitos financieros. Sin una identificación robusta, todo se tambalea. Pero robusto no puede significar opaco. La conversación pública ha señalado rutas sensatas: voluntariedad clara mientras dure el piloto, información accesible sobre qué se captura y para qué, mecanismos de corrección cuando hay errores y controles independientes que vigilen el uso de los datos.

En los pasillos de oficinas y en charlas de café, el tema se traduce a lo esencial: ¿me servirá?, ¿me cuidará?, ¿me complicará la vida? A falta de certezas plenas, la respuesta honesta es mixta. Puede mejorar trámites. Puede reducir fraudes. También puede fallar si se impone sin pedagogía ni garantías.

El cierre de esta historia no está escrito. La CURP biométrica es una realidad en construcción, no un decreto consumado. Su destino dependerá menos del hardware y más del contrato social que logre tejer: reglas claras, datos mínimos, vigilancia constante y una rendición de cuentas que no se esconda detrás de acrónimos.

Porque la identidad, al final, no es una huella en un lector: es la confianza entre quien gobierna y quien vive el país. Y esa huella, la más importante, se construye o se pierde para siempre.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Encabezó Gobernador XXXI Festival de la Ballena Gris en Puerto Adolfo López Mateos

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La Paz, Baja California Sur (BCS). El pasado viernes, en el marco de la inauguración oficial de la temporada de avistamiento de la ballena gris en Puerto Adolfo López Mateos, el gobernador del Estado, Víctor Manuel Castro Cosío, reiteró su compromiso de respaldar este tipo de eventos que impulsan el desarrollo económico regional y fortalecen la identidad social y cultural de las comunidades del municipio de Comondú.

Acompañado por el alcalde Roberto Pantoja Castro; la presidenta del Sistema Estatal DIF, Patricia López Navarro; y la delegada municipal, Bertha Vázquez Domínguez, el mandatario estatal invitó a las familias sudcalifornianas y a visitantes nacionales e internacionales a participar en esta actividad, destacando que representa una importante derrama económica en beneficio directo de prestadores de servicios turísticos, restauranteros y comerciantes locales.

Castro Cosío subrayó que las zonas de avistamiento de la ballena gris en Baja California Sur se han consolidado de manera progresiva en los mercados nacional e internacional, resultado del trabajo coordinado entre los tres órdenes de gobierno, el sector productivo y la propia comunidad, siempre con un enfoque de respeto al medio ambiente y aprovechamiento responsable de los recursos naturales.

El programa del festival contempló actividades culturales, artísticas y recreativas durante tres días, entre las que destaca la coronación de Migdalia I como reina de las festividades, reafirmando el valor de las tradiciones y la participación comunitaria.

Previamente, el Gobernador sostuvo una reunión de trabajo con pescadores y prestadores de servicios turísticos, con quienes estableció compromisos orientados a mejorar la infraestructura del muelle y fortalecer las condiciones para el desarrollo ordenado y seguro de sus actividades productivas.




Celebran 40 años del Teatro de la Ciudad con concierto de la OSABCS

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La Paz, Baja California Sur (BCS). En el marco del 40 aniversario del Teatro de la Ciudad de La Paz, uno de los recintos culturales más emblemáticos en la entidad, la Orquesta Sinfónica de Alientos del Gobierno del Estado de Baja California Sur (OSABCS) ofreció un magno concierto que reunió a familias y amantes de la música en una noche de arte y tradición.

Como parte de su primer concierto de temporada, la OSABCS presentó un programa diverso que incluyó obras sinfónicas contemporáneas, así como piezas de jazz, pop y música cinematográfica, cautivando al público paceño por su calidad y versatilidad interpretativa.

La velada inició con Encanto, de Robert W. Smith, y Concerto d’Amore, de Jacob de Haan, que marcaron una apertura solemne. El programa también rindió homenaje a grandes figuras como Duke Ellington y Frank Sinatra, evocando la época dorada del jazz y el swing.

El repertorio continuó con Eighties Flash Back, clásicos como Crazy Little Thing Called Love, de Queen, y Music of The Beatles. Uno de los momentos más aplaudidos fue el bloque dedicado al cine y la animación, con A Disney Spectacular y Pixar Movie Magic, que entusiasmó a público de todas las edades.

Esta presentación reafirmó al teatro como un espacio clave para la vida cultural de La Paz y el compromiso de la OSABCS con la difusión de la música sinfónica.

Con este concierto, la Orqueta rindió homenaje a cuatro décadas de historia, arte y cultura, consolidando al Teatro de la Ciudad como uno de los recintos más representativos.




Jesús Castro Agúndez: Un constructor de la formación de Baja California Sur

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la historia de Baja California Sur del siglo XX destacan personajes cuya influencia trascendió más de un solo ámbito de acción. Uno de ellos fue Jesús Castro Agúndez: maestro normalista, funcionario educativo, político y escritor, cuya vida estuvo dedicada a construir instituciones, promover la educación y fortalecer la identidad cultural de la región en un periodo decisivo para la entidad.

Jesús Castro Agúndez nació el 17 de enero de 1906 en el poblado de El Rosarito, entonces perteneciente al Distrito Sur del Territorio de la Baja California. Fue hijo de Valentín Castro Araiza y Guadalupe Agúndez Avilés de Castro, y creció en un entorno rural caracterizado por el aislamiento geográfico y la escasez de servicios educativos. Estas condiciones marcaron profundamente su visión del papel social de la escuela y del maestro. Realizó sus primeros estudios en su lugar de origen y posteriormente continuó su formación en San José del Cabo. Muy joven viajó a la Ciudad de México, donde ingresó a la Escuela Normal de Maestros. Ahí obtuvo el título de profesor de educación primaria, culminando su preparación profesional en la década de 1920. Esta experiencia fue decisiva: el contacto con los proyectos educativos nacionales le permitió comprender la importancia de llevar la enseñanza a las regiones más apartadas del país.

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Su carrera docente comenzó en escuelas rurales del Sur peninsular. No se limitó a la enseñanza en el aula, sino que pronto asumió responsabilidades de mayor alcance, como director escolar e inspector de zona. Desde estos cargos impulsó la creación y reorganización de escuelas, promovió la alfabetización y fortaleció la educación básica en comunidades como San José del Cabo y Todos Santos. Castro Agúndez concebía la educación como un proyecto integral: formar alumnos, capacitar maestros y construir una estructura administrativa que garantizara continuidad. Su trabajo contribuyó a sentar las bases del sistema educativo regional en una época en que la dispersión poblacional hacía especialmente difícil el acceso a la escuela.

Su prestigio como educador lo llevó a ocupar cargos de mayor responsabilidad. Fue director de la Escuela Regional Campesina de San Ignacio y posteriormente encabezó instituciones similares en otras regiones del país. Más adelante ingresó a la Secretaría de Educación Pública, donde desempeñó funciones como subjefe del Departamento de Internados e inspector general de educación en el Noroeste. Uno de sus mayores aportes fue el impulso a los internados rurales, concebidos para atender a niños y jóvenes de comunidades alejadas que no podían trasladarse diariamente a las escuelas. Bajo su gestión, este modelo se consolidó como una herramienta clave para ampliar la cobertura educativa en zonas rurales y semidesérticas como Baja California Sur.

La vocación de servicio de Castro Agúndez también se expresó en la política. Militó en el Partido Revolucionario Institucional y en 1967 presidió el comité directivo territorial del partido en Baja California Sur. Su momento político más relevante llegó en 1974, cuando el territorio se convirtió en Estado libre y soberano. Ese año fue electo senador de la República, formando parte de la primera representación senatorial sudcaliforniana. Desde el Senado participó en la construcción institucional del nuevo estado, aportando su experiencia administrativa y su conocimiento profundo de la realidad regional. Tras concluir su encargo legislativo, continuó colaborando en tareas públicas relacionadas con el desarrollo cultural y social de la entidad.

En 1932 contrajo matrimonio con Concepción Carrillo Chacón, con quien formó una familia numerosa. Tuvieron cinco hijos, aunque uno de ellos falleció al nacer, experiencia común en la época y que marcó profundamente a muchas familias. A pesar de las constantes mudanzas y responsabilidades públicas, Castro Agúndez mantuvo un fuerte vínculo familiar, que él mismo reconoció como un pilar en su vida personal y profesional. Además de educador y político, fue un escritor prolífico. Publicó obras de carácter autobiográfico, histórico y literario, entre las que destacan Más allá del Bermejo, Patria chica, El canto del caudel, Un viaje inolvidable y El Estado de Baja California Sur. Su producción escrita refleja un interés constante por preservar la memoria regional, fortalecer la identidad sudcaliforniana y acercar la historia a públicos amplios. Desde sus cargos educativos también impulsó la edición de materiales didácticos, libros infantiles, cuentos y textos sobre danzas y tradiciones, convencido de que la cultura debía formar parte esencial del proceso educativo.

Jesús Castro Agúndez falleció el 26 de marzo de 1984 en la ciudad de La Paz, Baja California Sur. Su muerte generó un amplio reconocimiento público a su trayectoria. Años después, su nombre fue otorgado a la Unidad Cultural “Profr. Jesús Castro Agúndez”, uno de los complejos culturales más importantes del Estado, que alberga teatro, biblioteca, archivo histórico y la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres. Como un justo reconocimiento a su vida ejemplar, las autoridades legislativas de su Estado natal, lo declaran “Sudcaliforniano Ilustre” mediante un decreto publicado el 13 de mayo de 1986, y sus restos mortales fueron reinhumados en la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres el 15 de mayo de 1986.

El legado de Jesús Castro Agúndez es profundo y múltiple. Como maestro y funcionario, contribuyó decisivamente a llevar la educación a regiones donde antes era casi inexistente. Como político, participó en el momento fundacional del Estado y ayudó a darle forma institucional. Como escritor y promotor cultural, dejó testimonios que permiten comprender la historia y la identidad sudcaliforniana desde dentro. Su vida resume el esfuerzo de una generación que entendió la educación como el principal motor de transformación social. En Baja California Sur, su nombre permanece asociado a la escuela, la cultura y el servicio público, convirtiéndolo en una figura clave para entender la construcción histórica del Eestado en el siglo XX.

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Cadegomó y la frontera interior: La Purísima Concepción en el proyecto misional jesuita

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el corazón de la región central de la península de Baja California, en un entorno de oasis y serranías que contrasta con el desierto circundante, se estableció una de las misiones jesuitas menos conocidas pero más representativas de las dificultades del proyecto misional en la antigua California: la Misión de La Purísima Concepción de Cadegomó, conocida comúnmente como La Purísima. Aunque hoy casi no quedan restos visibles de ella, su historia refleja con claridad los esfuerzos, logros y límites de la obra misionera de la Compañía de Jesús en la península.

La fundación oficial de la misión se realizó el 1 de enero de 1720, cuando los jesuitas decidieron establecer un centro permanente de evangelización y agricultura en el valle de Cadegomó. Este sitio se encontraba estratégicamente ubicado en el interior peninsular, lejos de la costa, pero cercano a otros asentamientos misionales como Comondú y Mulegé. Antes de su fundación formal, la región ya había sido visitada por misioneros que exploraban rutas y mantenían contacto esporádico con los grupos indígenas locales, lo que permitió identificar el potencial agrícola del oasis y la disponibilidad de agua. El establecimiento de la misión respondió también al interés de consolidar una red interior de comunicación y producción que sostuviera a las misiones más antiguas. Como muchas otras fundaciones jesuitas, La Purísima contó con el respaldo económico de benefactores novohispanos, entre ellos el marqués de Villapuente de la Peña, quien financió diversas empresas misionales en la California.

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El principal impulsor de la misión fue el jesuita Nicolás Tamaral, misionero sevillano que desempeñó un papel clave en la expansión misional hacia el sur. Tamaral se enfrentó desde el inicio a uno de los mayores retos del territorio: convertir un entorno frágil en un espacio productivo y estable. Aunque el arroyo de Cadegomó proporcionaba agua, las crecidas repentinas destruían con frecuencia las tierras de cultivo y las obras de riego. Durante los primeros años, Tamaral intentó derivar el agua para establecer sembradíos, pero los resultados fueron limitados. Posteriormente, su sucesor trasladó el núcleo de la misión a un punto más adecuado del valle, donde se construyó una pequeña presa y se lograron mejores cosechas. Estos esfuerzos muestran la constante adaptación que exigía la vida misional en un medio natural tan variable.

La relevancia de la misión no radicó en su tamaño ni en la monumentalidad de sus edificios, sino en su función dentro del sistema misional. En primer lugar, La Purísima actuó como nodo de comunicación interior, enlazando caminos que conectaban distintos oasis y facilitaban el tránsito de personas, ganado y suministros. En segundo lugar, representó un intento serio de consolidar la producción agrícola en el centro de la península, con cultivos característicos de los oasis como higos, granadas, uvas y algodón. Además, la misión funcionó como punto de concentración de la población indígena de la región. Con el paso del tiempo, sin embargo, esta población disminuyó notablemente a causa de epidemias, cambios en el modo de vida y las exigencias del nuevo orden misional, lo que debilitó la base social que sostenía las labores agrícolas y constructivas.

El templo de La Purísima fue una construcción modesta, acorde con las posibilidades del lugar. Se edificó con piedra, lodo y adobe, y su techumbre se elaboró con tule o carrizo. Estas características, comunes en misiones menores, hacían a la iglesia especialmente vulnerable a las lluvias intensas y al abandono. A diferencia de otras misiones más conocidas, no se levantó un edificio de piedra duradero, lo que explica que hoy no existan ruinas claramente identificables. La decadencia de la misión fue gradual. Por un lado, la disminución de la población indígena redujo la mano de obra necesaria para mantener las acequias, presas y edificios. Por otro, los cambios institucionales tras la expulsión de los jesuitas en 1767 afectaron la continuidad del proyecto. Los franciscanos y posteriormente los dominicos asumieron la administración de las misiones, pero La Purísima ya era entonces un asentamiento frágil y con recursos limitados.

Con el tiempo, el sitio fue perdiendo importancia hasta quedar prácticamente abandonado. Para las primeras décadas del siglo XIX, la misión había dejado de funcionar como centro religioso y productivo, y sus edificaciones terminaron por desaparecer casi por completo.

La historia de la misión resume el sentido profundo de la obra misionera jesuita en la California: explorar territorios desconocidos, establecer comunidades sedentarias, introducir la agricultura de oasis y articular una red de caminos que dio forma al espacio peninsular. Aunque muchas misiones, como La Purísima, no dejaron monumentos visibles, su legado persiste en la organización del territorio, en la memoria histórica y en los cimientos culturales de Baja California Sur.

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