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Yo vi el eclipse de Sol de 1991. La inolvidable noche de un mediodía

11-Jul-2017

CRÓNICA Por Modesto Peralta Delgado

FOTOS: Internet.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hoy se cumplen 26 años del famoso eclipse de Sol de 1991, que se vio en buena parte de Baja California Sur. ¡Caray, hace tanto, que cuesta trabajo rastrear en mi memoria cuando contaba con sólo 13 años! Sin embargo, fue una experiencia tan única —perdón la redundancia— en mi vida, que hay partes que simplemente nunca se olvidarán.

Los sudcalifornianos fuimos afortunados. La escena celestial —más bañada de misticismo que de ciencia— de poco más de seis minutos parecía sacada de una leyenda: se oscureció totalmente el mediodía, y recuerdo que hasta los gallos cantaron en el ‘segundo amanecer’ de ese 11 de julio de 1991. Hubo toda una parafernalia antes y después, y después, también, ¡nos preguntábamos si alguien no se había quedado ciego!

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Estaba yo en Ciudad Constitución, donde nací y viví toda mi infancia y juventud —entonces, estaba en la Secundaria “Ricardo Flores Magón”. El fenómeno había sido publicitado por todos los medios existentes —entonces, la poderosa televisión (léase Televisa): ni cuando haber el impacto del Internet—, y si algo acompañó siempre a la información del eclipse total de Sol, era ¡no verlo directamente, pues te podías quedar ciego! Creo que la campaña funcionó muy bien, pues nunca supe de alguien que haya quedado así tras el evento.

Acá entre nos: yo volteé un par de segundos cuando se eclipsó totalmente y también cuando estuvo a punto de. No presumo la irresponsabilidad, pero yo estaba enajenado por el fenómeno natural que juré que no me lo perdería en su punto más impresionante, y no me aguantaba de preguntar cuándo “ya” podía voltear, así que fue también poco antes. Sabía que estaba ante uno de los espectáculos más inolvidables de mi vida. Dije que batallaría para recordarlo, pero veo que no: el eclipse de Sol no se me olvidará nunca.

Y bueno, la familia nos fuimos en caravana a la casa de mis tíos Samuel y Lupe. No sé, como que era algo especial para estar en bola. Desde antes, en la casa de mis papás, se veían formarse lentamente las caprichosas formas de luz que se proyectaban en el piso y la tierra. Mientras se iba eclipsando en el cielo, en el suelo, poco a poco, si estabas en a la sombra de un tejabán con algunos agujeros, o debajo de un árbol —en mi caso, lo vi de abajo del guayabo y los naranjos del patio—, esos círculos de luz que daba naturalmente el sol, empezaban a menguarse. Por todos lados donde hubiera agujeros ¡se vieron medias lunas de luz!

Ya en casa de mis tíos, íbamos, niños y adultos, en bola al patio, con algunos lentes que se habían repartido, unas placas de radiografía que hasta doblamos a la mitad para darle ‘más filtro’ y hasta alguna mascareta para soldar. Yo pude verlo formarse poco a poco. De reojo, con esos filtros, y con mucho miedo de quedarme ciego, pero al mismo tiempo, la emoción, que creció gradualmente al ver pardearse el cielo en pleno mediodía. No hay mejor forma de describirlo: atardeció y oscureció en minutos para dar paso a otra luz de amanecer.

Y no recuerdo bien cuánto sería, pero fueron unos segundos, lo que vi directo al cielo el eclipse solar total, cuando, se supone, ya no te haría ningún daño, pero había qué volver la vista pues en cuanto pasara los rayos que dejaría serían peligrosos. Ahí estaba el anillo de luz en el cielo: la Luna exactamente en medio del Sol y la Tierra. Todo oscuro alrededor. Una extraña coincidencia y una maravilla visual. No estuve en medio de ningún ritual, ni en un lugar especial o rodeado de mucha gente, era sólo un muchacho de 13 años en la casa de sus tíos en un pueblo que ya tenía algo que contar en su Historia.

Luego, en el horizonte se veía la alborada. Los gallos de mi tío cantaron. Regresamos a casa más tarde —¿o debo decir, en los primeros minutos del día siguiente? La televisora aún transmitía el fenómeno —recuerdo que hasta entonces conocí la existencia del poblado La Matanza, desde donde Televisa dio una especial cobertura. La Luna se le había atravesado al Sol y esa línea oscura se dejó ver desde Hawái hasta Sudamérica. Sí, los sudcalifornianos fuimos muy, muy afortunados. Los que lo vimos es probable que jamás lo volvamos a ver.