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La venta guadalupana; terminaron las procesiones al Santuario de La Paz

13-Dic-2016

CRÓNICA Por Modesto Peralta Delgado
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13 días de procesiones a la Virgen de Guadalupe, en el Santuario de La Paz, terminaron este lunes 12 de diciembre. Fotos: Modesto Peralta Delgado.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Llévela, llévela, más barata que en el Oxxo, gritaba una mujer vendiendo rosas a la puerta del Santuario de La Paz la noche de este domingo 11 de diciembre, para que los fieles católicos le llevaran alguna flor a la Virgen de Guadalupe, en la víspera de su celebración. La joven fue una de las decenas de comerciantes que se apostaron alrededor del atrio para ofrecer sus productos en el evento religioso que inició el 30 de noviembre y terminó anoche, lunes 12 de diciembre.

Las procesiones a la Virgen de Guadalupe comenzaban desde la madrugada; así fue por de 13 días. Los de las 5 ó 6 de la mañana fueron, mayormente, los caminantes más discretos, porque hacia la tarde y noche, parecía una competencia por la marcha más escandalosa, que iba desde los frenos de mano de tráileres hasta el pitido de camiones de la basura, con el irónico lema de La Paz que queremos a sus costados. Sobre las batangas, grupos en vivo cantaron —o llevaban grabada— La Guadalupana en versiones tan polifacéticas que iban desde la norteña hasta el pop, pasando por el reggaeton y la banda sinaloense.

Una de las últimas procesiones —este domingo, el día con más movimiento—, incluyó el paso de jinetes tomando cerveza a lomo de sus caballos, banda sinaloense en vivo, autobuses del Águila con viajeros de diferentes partes de Baja California Sur, y fuegos pirotécnicos con cuetes que a uno que otro de los habitamos el Barrio del Santuario, de no recordar que estaba en pleno este evento, nos remitió a un par de balaceras que han ocurrido en las cercanías del templo.

Durante estos días se vieron, de madrugada y de noche, grupos de hombres y mujeres con veladoras y cuadros religiosos, detrás de niños y adolescentes vestidos de indígenas que bailaban al ritmo monótono de tambores, mezclando oraciones con cánticos, en una verdadera fiesta de la fe. Aunque me sería difícil precisar una cantidad, es seguro que diariamente la convocatoria de la iglesia católica era de cientos de feligreses, de todas las edades, aunque el mayor porcentaje —probablemente— fue de mujeres.

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La 5 de Febrero, entre las calles Guillermo Prieto y Revolución, diariamente eran cerradas por policías, especialmente muy de mañana o cayendo el sol, pues la vialidad del Santuario se reservaba para las procesiones que partieron desde diferentes puntos de La Paz. Desde la menos ruidosa hasta la más sonora, se adivinaba la cercanía de una procesión por el doblar de las campanas, que en en los primeros días de diciembre fueron muchas y a todas horas. Sólo al mediodía, en ocasiones, descansaba un poco el aire de estas efusivas muestras de fe.

Además de las procesiones en sí, sobresalió el comercio que se hace en el evento. Churros rellenos, papitas fritas, tostilocos, elotes, buñuelos, empanadas, pozole, tamales y hot dogs se competían a la clientela entre los que reunían fondos para este templo con décadas en construcción, y los de la calle. Hay el rumor de que ya luego no nos dejarán vender, que porque le hacemos mucha competencia a los puestos de la iglesia, dijo una de las vendedora de churros, quien asegura que el año pasado fue mucho mejor en ventas que este 2016; ella ha trabajado su puesto en este evento, por unos ocho años.

El asunto de la vendimia no fue sólo comida. Los cuadros de la Virgen de Guadalupe de cien pesos, fueron de los que más llamaron la atención entre los asistentes que rodeaban los puestos de objetos religiosos. Los cristos de madera colgados en los puestos de artesanías vieron el ir y venir del dinero por varios días. Ni qué decir de los vendedores de globos, de camisas estampadas o de banderas del América y otros equipos de fut. Nada se escapa de la mercadotecnia guadalupana.

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Además, la faena de la compra no era sólo de noche, sino que desde mañana o mediodía ya había puesteros. Incluso, no sólo dentro de la iglesia y en el atrio, también negocios a un par de cuadras a la redonda subieron sus ventas, entre restaurantes, cafés y puestos de hot dogs. No todo acercamiento a la iglesia fue a pie, los estacionamientos a la redonda se abarrotaron de vehículos, los taxistas tuvieron mucho trabajo, y aunque se interrumpía el tráfico de peseros entre abrir y cerrar la calle, de todos modos tuvieron mucho pasaje, como en esos días de llevar paseantes al Carnaval.

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