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El problema de la conciencia

28-Sep-2021

ARTÍCULO por Mario Jaime
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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Según René Descartes los animales no humanos eran “bestias sin pensamiento”, no de vida o sensación.

Escribió el mercenario francés: No niego la vida de los animales, dado que considero que esta consiste simplemente en el calor del corazón; y no niego sensación, en tanto esta depende de un órgano corpóreo. Los animales serían maquinas simplemente, sin mente o espíritu, Res pensante propia sólo del humano.

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Cuando René arguye “pensamiento” se refiere a “conciencia”. Es decir, que se percaten de esas sensaciones de forma consciente. Viniendo esto del autor que grabó con letras de bronce el apotegma Cogito ergo sum, parece ser muy convincente, pero sin pruebas suficientes no pasa de ser una falacia ad verecundiam.

En realidad, esta idea proviene de un prejuicio religioso. Descartes era católico fiel del siglo XVII, cristianismo cuya doctrina es eminentemente antropocéntrica. Los seguidores de este filósofo, a los que un autor anónimo llama “científicos” justificaron la crueldad con argumentos cartesianos.

Administraban golpes a los perros con una perfecta indiferencia y se burlaban por los que sentían compasión por esas criaturas como si sintieran dolor. Decían que los animales eran relojes…

En contaste ha habido filósofos que han considerado el pensamiento y la racionalidad constitutivos de lo vivo, más allá de la especie.

Empédocles aseguraba que, los animales piensan desde una función fisiológica. El pensamiento animal es inmanente, inseparable de la sensación. Se piensa con todo el cuerpo, cerebro, pulmones, hígado. Lo que concentra las facultades cognitivas es la sangre. El movimiento continuo de la sangre renueva el pensamiento. Dos fuerzas fundamentales en una dialéctica infinita causan la evolución; son el amor y el odio. El amor piensa en la sangre la armonía del mundo.

El hombre logra un pensamiento abstracto que el animal no alcanza, pero eso no significa que sea mejor.

Epicuro desde su materialismo pensó que, el pensamiento depende de los sentimientos, los cuales dependen de la disposición corporal. La sensación es la base de todo el conocimiento y se produce cuando las imágenes que desprenden los cuerpos llegan hasta nuestros sentidos. Ante cada sensación el ser humano reacciona con placer o con dolor, dando lugar a los sentimientos, pero siguiendo su lógica no sólo el humano. Cualquier criatura con cuerpo terminaría por pensar con diferencias de grado.

Ni Aristóteles, ni Descartes conocieron las neuronas, los procesos metabólicos o fisiológicos, los miles de estudios etológicos, donde la mente es cada vez un concepto más difuso, relegado a viejas filosofías.

Así como no puede haber software sin hardware, lo que llamamos procesos mentales requieren un cuerpo, conexiones, materia, compuestos químicos, señales eléctricas. Ernst Mayer propuso que lo mental emerge del cerebro como un epifenómeno de la materia.

Sea como sea la discusión sobre la “mente” da lugar a otro concepto problemático: la conciencia. Comúnmente, se confunde la conciencia con el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo —estar consciente en este sentido sería estar despierto.

Filosóficamente, la conciencia es la relación del alma (mente) consigo misma. Desde el neoplatonismo de Plotino se entiende que el hombre se separa de las cosas y de los demás retornando a sí mismo para encontrar el bien absoluto. Así, la conciencia es tanto la cualidad de conocimiento a través de la psique como la actitud del regreso a sí mismo.

Este reconocimiento parte principalmente de los estoicos. Crisipo fue el que distinguió la diferencia entre el pensamiento y la conciencia de tal pensamiento (muerto circa 208 a.C). A partir de él, se convirtió en concepto común en la discusión sobre la moral estoica y luego fue tomado por los neoplatónicos como la separación del hombre y del mundo.

La actitud de autoauscultación es mucho más antigua y la podemos rastrear hasta los hombres santos (punjam yoguis) del hinduismo y sus sectas como el jainismo y el budismo que buscaban encontrar la iluminación en la negación del ser al meditar.

El cristianismo se apropió del concepto de Plotino al identificar el supremo bien con el Dios cristiano. La forma de encontrarlo sería en la indagación interior por medio de la inteligencia, la memoria, y la voluntad según San Agustín. Esta vía de conocimiento sería considerada como la mejor y, según Nicolás Abbagnno, sería un tema de los más repetidos durante siglos en el medioevo bajo pensadores de la talla de Escoto Erígena, San Anselmo, y Santo Tomás de Aquino.

Este último, redujo la conciencia a la aplicación del conocimiento moral. En Contra gentiles escribió: Nuestra mente se conoce a sí misma por sí misma en cuanto conoce su propia existencia, al percibir su propia actividad percibirá su propia existencia.

No es de extrañar, que Descartes beba de toda esta tradición que fluye a través de su religión. El cogito ergo sum como la autoevidencia existencial del pensamiento es sólo la síntesis de la tradición cristiana que a su vez tomó del neoplatonismo y el estoicismo.

En la Modernidad la discusión de la conciencia se amplió, tergiversó y fue pilar muchos sistemas filosóficos. No puede entenderse la obra de Hume, Locke y los empiristas que dio origen a la crítica kantiana sin ella. También, fue un tema central o a superar en los movimientos ilustrados que buscaron vencer la escolástica como los de Bacon, Suárez, e incluso, en el enciclopedismo francés dónde radicales como Sade, La Mettrie, Condillac o d’ Holfbach se aferraron a un mecanicismo total que dieron origen a concepciones de las facultades biológicas como meros fenómenos físico-químicos.

El debate sobre la conciencia y la autoconciencia tuvo su protagonismo en el romanticismo gracias a idealistas como Fichte y Hegel que parten del omnipresente Kant, y encontró monumental presencia en la obra de Husserl y Heidegger.

El siglo XX fue la era donde se dudó de la conciencia. Hasta la definición de Freud es paradójica cuando señala que la conciencia es la parte de una realidad psíquica predominantemente inconsciente.

Abbagnano dice que, la decadencia contemporánea de este concepto es síntoma de un nuevo planteamiento en el problema de que es el humano y yo añadiría: los demás sistemas vivientes.

Por ejemplo, el conductismo que la única realidad psíquica descriptible es el comportamiento observable de los individuos. Skinner asentó que, los filósofos que discuten sobre la conciencia sólo pierden el tiempo.

El estructuralismo y la filosofía de la mente niegan que exista la conciencia desde una postura antihumanista. Algunos filósofos como Peter Carruthers sugieren que la conciencia, el pensamiento, el juicio, y la voluntad son meras ilusiones. Nombres de epifenómenos corporales que apenas y podemos entender.

El neurocientífico Stanislas Dehaene propuso una teoría de la conciencia llamada Global Workspace Theory. En donde para que un estado mental sea considerado consciente debe estar entre la memoria dinámica, una interfaz cerebral y debe estar disponible para otras funciones como la verbalización o la decisión.

Otros, como Michael Graziano y David Rosenthal piensan que un estado consciente simplemente es aquello en que uno está al tanto de él. No difiere tanto esto de las nociones medievales.

Carruthers niega que esto sea conciencia, según él en ambas teorías lo que consideramos como pensamientos, decisiones o juicios no deben ser considerados parte de la conciencia.

Los descubrimientos en neurobiología no aclaran el debate, pero inclinan la balanza hacia un materialismo fisicoquímico. Desde aquí se clama que inevitablemente la conciencia se relaciona con modalidades sensoriales. De lo que somos conscientes es de los contenidos mnemotécnicos o de la memoria basados en las sensaciones. Epicuro ha revivido.

Continuará…

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