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Astrología vs astronomía; ¿porqué la gente cree en los horóscopos?

17-Ene-2017

ARTÍCULO Por Miguel Ángel Norzagaray Cosío
horoscopos-portada

A pesar que desde hace siglos, la ciencia ha echado abajo los argumentos de la astrología, ésta sigue vigente. Fotos: Internet.

Científicamente divertido

Por Miguel Ángel Norzagaray Cosío

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La confusión entre ambos términos es interminable. Una y otra vez los empleamos de manera indistinta o invertimos su uso por confusión o simple e inevitable error. Pero ¿cuáles son las verdaderas diferencias entre astronomía y astrología? ¿Es realmente necesario distinguirlos? Veamos un poco al respecto.

Se da por entendido que, en los inicios de la humanidad, hace cientos de miles de años, cuando nos hicimos conscientes de nuestra existencia y muchas otras cosas, también comenzamos a observar el mundo con curiosidad y poco a poco fuimos entendiendo algunas cosas y haciendo preguntas sobre lo que nos rodeaba. Observar el mundo incluyó darse cuenta de los cambios en los astros.

Nuestros primitivos antepasados no entendían qué eran el Sol, la Luna, las estrellas ni esas otras estrellas brillantes que cambiaban de posición entre ellas. Tampoco las estrellas fugaces ni los cometas. Ante el miedo a lo desconocido y la necesidad de creer en algo que reconforte, se les dio significado divino o interpretó como malos augurios, mensajeros de calamidades. Surgieron así los primeros dioses, sin atributos antropomorfos, y les inventamos historias. Cada civilización alrededor del mundo creó poco a poco la suya. Al mismo tiempo, se imaginaron formas en el cielo, interpretando las estrellas como dibujos, creando las primeras constelaciones y las historias entre ellas. Mitologías de todo tipo surgieron, algunas seguramente perdidas en el tiempo.

El tiempo pasó y se reconoció que los astros permitían medir el tiempo: de un amanecer a otro se definió como día y de una luna llena a otra como el mes. Ante los cambios de posición del Sol, identificable fácilmente en la inclinación de las sombras, surgió el concepto de año. Es natural y especular que miles de años de prueba y error, midiendo, contando y desarrollando la aritmética terminaron en un año con 12 meses y algo así como 360 días. Mucho tiempo habría de pasar antes de darse cuenta de la cantidad exacta y la necesidad de años bisiestos, como medida correctiva.

De estas prácticas y la observación general del cielo surgió el estudio del cosmos, la cosmología, reconocida como una de las ciencias más antiguas. El dibujo, los grabados y posteriormente la escritura permitieron registros de observaciones que pasaron de generación en generación, acumulando conocimiento, permitieron analizar y encontrar patrones de comportamiento en muchos fenómenos, incluidos los de los cuerpos celestes.

Cuando los Caldeos encontraron que el Sol pasa por las mismas posiciones cada año, les dieron más importancia, dividieron esa franja del cielo en 12 regiones y definieron las constelaciones zodiacales que llegaron para quedarse. Se definieron las fechas en las que el Sol entra en cada constelación No han desaparecido desde entonces. Ya desde antes se intentaba interpretar los astros, tratando de hacer coincidir asuntos de la vida cotidiana con sus movimientos. La definición de tales constelaciones especiales dio pie a interpretaciones más específicas y el intento de predecir el futuro. Cada civilización antigua creyó que sus movimientos influían en la vida de la humanidad.

Los horóscopos llegaron y dieron paso a herramientas como las cartas astrales, que pretendían mayor precisión en los intentos de adivinar. Fue el griego Hiparco de Nicea quien encontró que las fechas en las que el Sol entra en cada constelación zodiacal cambia con el tiempo, debido a lo que llamó precesión de los equinoccios. Con el paso de los siglos las fechas ya tenían diferencias de días, pero se continuó con las fechas tradicionales determinadas por los Caldeos. Parte de la tarea de los cosmólogos seguía siendo la interpretación de los astros y los horóscopos de las clases dominantes. Pasaron siglos con estas tareas.

Entre muchas grandes cosas, El Renacimiento trajo consigo una división cada vez mayor entre los cosmólogos, con unos defendiendo las fechas tradicionales y otros exigiendo con urgencia una actualización, pues el desfase del Sol era ya de casi un mes. La popularización del modelo de Copérnico, el apoyo de Galileo usando telescopio, las leyes de Kepler y Newton terminaron por concretar el divorcio entre las dos corrientes de cosmólogos.

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De esta manera, surgió la astronomía, ciencia dedicada al estudio de los astros aplicando el método científico, basado en evidencias, y por otra parte siguió su camino la astrología, práctica no científica basada en supersticiones. Por sus características, la astrología, particularmente los horóscopos, han resultado de gran atractivo desde el inicio de su existencia.

La veracidad de los horóscopos ha sido sometida a prueba con metodologías científicas en muchas ocasiones, al menos desde mediados del siglo XX. Aunque cada estudio ha revelado la falsedad de esta práctica, sigue teniendo gran popularidad en todo el mundo y parece no haber manera de quitar del pensamiento de las sociedades las ganas de que los horóscopos sean veraces.

No tengo duda de que, por la similitud de los dos nombres, la gente seguirá confundiendo los términos y más considerando que las diferencias no son conocidas por el grueso de la población. Bien se entiende en psicología que preferimos creer ciertas frases vagas, cuando aseguran cosas que nos convienen. Lo cierto es que hay gran diferencia entre lo que hay que creer sin aportar pruebas y lo que va ganando credibilidad conforme la evidencia y experimentos bien diseñados arrojan el mismo resultado una y otra vez.

Mientras los horóscopos y toda práctica astrológica se mantengan a nivel de juego, no hay problema, pero cuando a la gente le cobran grandes cantidades de dinero tratando de cambiarle aquello que está supuestamente designado por los astros se trata de un verdadero fraude, un robo. Además, se sabe que cada que aceptamos creer en una superstición, estamos más predispuestos a creer en otras y si eso se mezcla con oportunismo, la combinación suele ser mala.

Por lo pronto, seguiré escribiendo sobre astronomía, donde siempre se encuentran maravillas del universo de las que vale la pena hablar sin necesidad de inventar fenómenos, formar asociaciones imaginarias ni forzar falsas correlaciones.