Sergio Emilio Montúfar Codoñer, el hombre que persigue la noche: astrofotografía, ciencia y resistencia (I)

FOTOS: Cortesía.
Tierra Incógnita
Sealtiel Enciso Pérez
La Paz, Baja California Sur (BCS). A finales de enero de 2025 ocurrió uno de esos encuentros que, sin anunciarlo, terminan dejando una estela duradera. En la sobriedad discreta de la oficina del Consulado Honorario de Guatemala en La Paz, fui presentado por el cónsul Daniel Ruiz Isáis a Sergio Emilio Montúfar, astrofotógrafo guatemalteco, hombre de trato afable y palabra precisa. Bastaron unos minutos para advertir que no se trataba de una conversación cualquiera: su mirada, entrenada para descifrar el cielo nocturno, también parecía leer con lucidez los desafíos de la Tierra. Hablamos de las antiguas comunidades de la península, de cómo integraron los astros en su cosmovisión y de la urgencia de rescatar ese vínculo en un mundo cada vez más encandilado por su propia luz artificial. La charla derivó, casi de manera inevitable, hacia la necesidad de impulsar un turismo astronómico sustentable en Baja California Sur, como puente entre conocimiento, conservación y desarrollo.
Aquella conversación, tan reveladora como inspiradora, dejó abierta una puerta. Hoy, meses después, la cruzo nuevamente: sostengo con Montúfar una videoentrevista para profundizar en dos temas que lo apasionan —y que deberían inquietarnos a todos—: la astrofotografía y la creciente contaminación lumínica que amenaza nuestros cielos.
Lee la segunda parte de la entrevista AQUÍ
¿Tu historia con el cielo comienza en la infancia, recuerdas el momento exacto en que mirar las estrellas dejó de ser mera curiosidad y se convirtió en tu vocación? Recuerdo esas noches como si aún estuviera ahí, con los ojos alzados y el mundo en silencio. Subía a la terraza buscando el cielo, esperando el trazo fugaz de una lluvia de meteoros, o dejándome hipnotizar por ese pequeño racimo de luz que hoy sé que son las Pléyades. Entonces no entendía por qué no aparecían en los mapas como una constelación; para mí lo eran, un dibujo perfecto en la oscuridad. Años después supe que pertenecen a otra constelación, que son un cúmulo abierto de estrellas. Pero en aquel tiempo, el conocimiento no estaba al alcance de un clic: había que perseguirlo. En la Guatemala de los años noventa, aprender de astronomía era casi un acto de terquedad. Dependíamos de revistas, de notas perdidas en la prensa. Recuerdo a mi abuela llevándome de la mano a buscar, entre páginas impresas, alguna mención al cielo que yo ya contemplaba cada noche. Así crecí: mirando hacia arriba, reconociendo cometas, celebrando lluvias de estrellas, construyendo preguntas sin respuesta inmediata. Y, sin darme cuenta, también fui testigo de una pérdida silenciosa. El cielo empezó a cambiar. Las estrellas, una a una, comenzaron a desvanecerse. No sabía entonces que tenía nombre: contaminación lumínica. Solo sentía que algo inmenso, y profundamente hermoso, se nos estaba escapando.
En una parte de lo que me dices mencionas a tu abuela como una figura clave en tu conexión con el universo, ¿Qué te enseñó ella que aún guía tu trabajo hoy? Crecí mirando el cielo con una brújula defectuosa, pero encendida. Mi abuela y yo compartíamos la misma fuente de asombro… y la misma desinformación. Nuestras lecturas no venían de revistas científicas, sino de publicaciones cargadas de profecías apocalípticas, ovnis y teorías que distorsionaban la realidad del universo. Aun así, en medio de ese ruido, algo genuino germinaba. De vez en cuando aparecía un destello de claridad: un recorte de prensa, un mapa celeste que mi abuelo consiguió —un tesoro—, o aquel pequeño telescopio que mis padres me regalaron, con el que apenas podía ver la Luna, pero que para mí era una ventana al infinito. No era conocimiento riguroso, para mí era combustible. Salía al patio cada noche, impulsado por una curiosidad que no necesitaba permiso. Luego vinieron los momentos que marcan una vida: el eclipse total de Sol de 1991, el impacto de un cometa en Júpiter, el tránsito de Venus en 2012. Ya dentro del mundo académico entendí algo crucial: la ciencia no basta con descubrir, necesita ser contada. Durante años, el conocimiento se quedó atrapado en papers incomprensibles para la mayoría. Ahí comprendí la urgencia de los divulgadores científicos. Paradójicamente, fue esa infancia entre mitos y estrellas la que me enseñó a comunicar con precisión. Hoy sé que encender la curiosidad es tan importante como decir la verdad.

Ahora que lo mencionas, eres artista, científico, activista, ¿En qué momento decidiste no elegir sólo un camino, sino integrar todos? Volver a estudiar después de diez años fue como intentar leer el universo con un idioma que nunca me enseñaron. Venía de un sistema educativo donde las matemáticas se memorizaban, pero no se comprendían; donde resolver no significaba entender. Y así, con un razonamiento débil y muchas dudas, llegué a la Universidad de La Plata, en Argentina, donde jóvenes de 18 años ya pensaban con una lógica que en mí apenas comenzaba a formarse. No fue fácil. Avancé a mi ritmo, reconstruyendo mi forma de pensar desde cero. Pero en ese proceso descubrí algo que cambiaría mi vida: la astrofotografía no era solo una herramienta estética, era un lenguaje. Empecé enseñando fotografía del cielo, pero pronto entendí que en realidad estaba enseñando ciencia. Luego vino la conciencia sobre la contaminación lumínica, y más tarde, algo aún más profundo: mi trabajo estaba inspirando a otros, especialmente a niños, a interesarse por el conocimiento. Sin darme cuenta, me convertí en un puente. Mis imágenes comenzaron a servirle a científicos, investigadores, comunidades. Dejé de ser solo un fotógrafo para convertirme en un transmisor de ideas, en un educador. Fue entonces cuando tomé la decisión de dedicarme por completo a esto. Con el tiempo entendí otra verdad incómoda: la conservación no existe sin un modelo económico. No basta con desear proteger un lugar si quienes viven en él no tienen alternativas para sostenerse. Así nació mi propuesta: el turismo astronómico como una vía para preservar los cielos oscuros y, al mismo tiempo, generar oportunidades para las comunidades. Pero mi visión va más allá. Observar el cielo me enseñó a cuestionar, a pensar, a entender que todos compartimos el mismo origen: somos polvo de estrellas. Hoy sé que mirar hacia arriba no es un lujo, es una necesidad. Porque solo cuando comprendemos nuestro lugar en el universo, empezamos realmente a evolucionar como sociedad.
Ante la siguiente pregunta, Sergio se irguió en su asiento de forma inmediata y sus ojos emitieron un brillo, como cuando un niño descubre que ha logrado armar un cubo de Rubik. ¿Cómo describirías tu trabajo a alguien que nunca ha oído hablar del turismo astronómico? Como astrofotógrafo, mi oficio comienza donde termina la luz artificial. Tengo que huir de las ciudades, escapar del resplandor que borra las estrellas, internarme en territorios donde la noche aún es verdaderamente noche. Mi trabajo no es solo tomar fotografías: es buscar esos últimos refugios de oscuridad intacta, paisajes donde el cielo respira libre y se revela en toda su profundidad. Viajo hacia zonas rurales, hacia lugares apartados que muchos consideran lejanos, pero que para mí son tesoros. Ahí, donde el silencio pesa y el horizonte se abre sin interferencias, encuentro los cielos mejor conservados. Esos espacios son mi estudio, mi laboratorio y, al mismo tiempo, mi mayor responsabilidad. Porque no son solo escenarios: son territorios vivos, vulnerables. Lugares donde habitan comunidades que, muchas veces sin saberlo, custodian un patrimonio invaluable. Un cielo limpio es un diamante en bruto, y mi papel no es extraerlo, sino ayudar a pulirlo sin destruirlo. Cada imagen que capturo tiene un impacto. Puede atraer miradas, despertar interés, incluso transformar esos sitios en destinos. Por eso mi trabajo va más allá de la estética: implica proteger, educar y colaborar. Entender que la belleza del cielo nocturno no me pertenece, sino que es un legado compartido. Al final, no solo busco estrellas. Busco preservar la oscuridad que las hace visibles.
Sergio, la contaminación lumínica es un problema invisible para muchos, ¿cuál ha sido la reacción más sorprendente que has recibido al hablar de este tema? Es un problema invisible… y por eso mismo, profundamente peligroso. Durante años, apenas el uno por ciento de la población sabía qué era la contaminación lumínica. Hoy, gracias a las redes sociales, el tema comienza a asomarse en la conversación pública, pero seguimos viviendo en una paradoja: mientras más avanzamos tecnológicamente, más nos alejamos del cielo. Nos desconectamos. Dejamos de mirar hacia arriba. Y en ese abandono no solo perdimos estrellas, perdimos perspectiva. Empezamos a creer que el desarrollo se mide en cemento, en edificios, en calles encendidas como si la noche fuera un error que hay que corregir. Pero esa idea está equivocada. La luz, mal utilizada, no es progreso: es desperdicio. Porque no se trata de apagar el mundo, sino de iluminarlo bien. A la hora correcta, en el lugar adecuado, con la intensidad necesaria. Hoy iluminamos de más y de peor manera. Y las consecuencias ya están aquí: afecta nuestra salud —especialmente por la exposición constante a luz blanca—, altera los ciclos naturales de animales y ecosistemas enteros, y rompe el equilibrio con el que evolucionamos durante miles de años. Paradójicamente, tampoco nos hace más seguros. La mayoría de los delitos ocurren de día, no bajo la oscuridad que tanto tememos. Pero hay algo aún más profundo: hemos perdido el asombro. Porque no existe ser humano que no se detenga ante la Luna o que no se maraville con un cielo estrellado. Ese vínculo sigue ahí, intacto, esperando ser recuperado. Entender la oscuridad también es entendernos a nosotros mismos.
Leí que formas parte de la junta directiva de DarkSky International, ¿qué avances reales has visto en la lucha para proteger los cielos oscuros? Hoy puedo decir que tengo el privilegio —y también la responsabilidad— de formar parte de la directiva de DarkSky International, la organización líder en la defensa de los cielos nocturnos a nivel mundial. Desde esa posición he sido testigo de algo que, hace apenas unos años, parecía improbable: un crecimiento exponencial en la certificación de espacios protegidos contra la contaminación lumínica. No es solo un número que aumenta; es un cambio de conciencia que se expande. Cada nuevo sitio certificado representa una victoria silenciosa: un territorio que decide resistir al exceso de luz, que apuesta por conservar la oscuridad como patrimonio natural. Y lo más relevante es que este esfuerzo ya no está limitado a un grupo reducido de especialistas. Está alcanzando a comunidades, gobiernos, empresas y ciudadanos comunes. El movimiento crece, se fortalece, se multiplica. La educación ha sido clave: año con año, más personas comprenden que proteger el cielo no es un lujo, sino una necesidad. Y ese conocimiento empieza a traducirse en impacto real. Ejemplos concretos ya están marcando el camino. En el norte de Baja California, el rancho La Concepción fue recientemente certificado como DarkSky Approved Lodging, convirtiéndose en un referente regional. Este tipo de logros no solo protege el entorno: también abre la puerta a nuevas oportunidades, como el turismo astronómico. Cada certificación es una semilla. Y lo que estamos viendo ahora es el inicio de un bosque.

Has trabajado en más de 16 países, ¿Qué has aprendido sobre la relación entre cultura y cielo en los distintos lugares del mundo? Mi trabajo, más que viajar, ha sido reescribir una narrativa. Desde el primer momento entendí que no basta con mostrar Guatemala al mundo: hay que mostrarla de otra manera. No la imagen repetida, desgastada, que circula sin profundidad, sino esa esencia invisible que incluso nosotros mismos hemos olvidado mirar. He llegado a lugares donde nadie imaginaba que Guatemala tuviera esa dimensión: un país conectado con el cielo, con historias que no están en los libros, con paisajes que hablan en silencio bajo las estrellas. Y ahí ocurre algo poderoso: la sorpresa. Porque cuando las personas descubren esa otra cara, no solo cambian su percepción de un país, cambian su forma de entender el mundo. En ese camino, la astrofotografía dejó de ser solo imagen para convertirse en lenguaje. Un medio de comunicación capaz de cruzar fronteras, de conectar culturas, de representar no solo a una comunidad científica, sino a pueblos enteros que encuentran en el cielo una parte de su identidad. He aprendido que no importa dónde estés: en todos los rincones del planeta existe una relación profunda con el firmamento. Solo que muchas veces permanece dormida, esperando ser contada. Y cuando esas historias emergen —cuando alguien vuelve a mirar hacia arriba y se reconoce en ese universo— algo se transforma. Porque al final, no se trata solo de observar estrellas. Se trata de redescubrir quiénes somos bajo ellas.
—–
AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.
