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UNAM: ¿La Máxima Casa de la Violencia?

10-Sep-2018

REPORTAJE Por Roberto E. Galindo Domínguez

FOTOS: Nuestro País / Noticieros Televisa.

Colaboración Especial

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los hechos violentos que se suscitaron el 3 de septiembre en Ciudad Universitaria (CU) en la Ciudad de México, en los que un grupo de porros atacó con excesiva agresividad a estudiantes de los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH) Azcapotzalco y Oriente, así como de algunas preparatorias, que se manifestaban pacíficamente afuera de la Torre de Rectoría, son una muestra de la alarmante descomposición de la vida al interior de la UNAM; ya que entre las demandas de los bachilleres están la eliminación de los grupos porriles, además de que querían evidenciar ante el rector Enrique Graue –dudo que no lo supiera antes–, la situación de inseguridad que viven al interior y en las inmediaciones de sus planteles.

La protesta en CU deriva de un conflicto previo en el CCH Azcapotzalco entre los estudiantes y la anterior directora del plantel, María Guadalupe Márquez, quien dimitió como consecuencia de éste. Las demandas de los de Azcapotzalco eran en un principio sobre mejoras de las condiciones académicas, pues han externado la falta de maestros y los grupos sobresaturados de hasta 60 alumnos, así como cobros indebidos y la eliminación de algunos murales estudiantiles ordenada por Márquez, este fue uno de los detonantes de las  protestas previas en ese CCH. Por su parte la principal demanda de los cecehacheros del plantel Oriente es el esclarecimiento del asesinato cometido hace unas semanas contra una de sus compañeras, quien fue vista con vida por última vez al salir del plantel, lamentablemente su cuerpo calcinado fue localizado en el Estado de México; este crimen es sólo uno de varios de los perpetrados contra estudiantes de bachillerato o licenciatura que se han dado en instalaciones de la UNAM o en sus inmediaciones.

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En años recientes los casos de agresiones sexuales contra mujeres de la UNAM son cada vez más frecuentes. En febrero pasado se denunció el ataque a una estudiante en los baños del CCH Vallejo, el agresor era un trabajador de la cafetería del plantel. En marzo de este año una alumna de la Escuela Nacional de Trabajo Social fue violada en las baños de esas instalaciones. En agosto de 2017 se desató un escandalo en la Facultad de Economía, varias alumnas acusaron de abuso sexual a un estudiante y profesor adjunto, asunto en el que se señaló como encubridor al director del plantel. En el Estado de México la situación no es menos salvaje, en agosto pasado una estudiante de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán fue violada en la calle en las inmediaciones del Periférico en Naucalpan. En la FES Aragón los asaltos, el acoso y los ataques de diversa índole a la comunidad estudiantil son una constante.

Desafortunadamente los actos de violencia del 3 de septiembre y los mencionados arriba son sólo una muestra del crimen y la barbarie que se vive en las inmediaciones y al interior de la UNAM, donde la aparición de cadáveres supera la treintena en las últimas tres administraciones de la institución, lapso en el que se han reportado más de 300 ataques sexuales. Incluso desde hace unos años CU es una plaza de venta de drogas en disputa entre bandas criminales. Una extensa investigación de Zósimo Camacho sobre la crisis de inseguridad y violencia de los últimos años en la UNAM puede ser consultada en el portal de la revista Contralínea. La ineficacia de los últimos rectores para mantener una vida académica segura y aceptable queda evidenciada en el simple, pero contundente hecho, de que el auditorio Justo Sierra, renombrado como “Che Guevara”, de la Facultad de Filosofía y Letras lleve ocupado por diversos grupos desde 1999; un espació que ha sido separado de la vida académica al interior de la cede más importante de la UNAM. Aunque cabe mencionar que en un principio fue tomado por universitarios, cuando su renombramiento no podía ofender a nadie, pues el uso del espacio tuvo entonces un sentido de lucha por causas académicas y sociales durante la huelga estudiantil de ese tiempo; auditorio que hoy está usurpado y reducido a espacio habitacional y negocio por personas incluso ajenas a la Universidad, lo que ha sido sobreseído por los últimos tres rectores.

La situación de violencia que afecta a la UNAM es complicada debido a que en teoría la responsabilidad sobre la seguridad de los estudiantes y los académicos al interior de la universidad es de las autoridades escolares, de acuerdo con la autonomía de la institución; y la seguridad de los mismos una vez que dejan los planteles es responsabilidad de las autoridades municipales y estatales en el Estado de México y de las correspondientes en la Ciudad de México, ya que algunos de los planteles de la UNAM están emplazados en estas dos demarcaciones del área metropolitana. Lo cierto es que para resolver el problema universitario se necesitará de la acción de académicos, servidores públicos y corporaciones policíacas, además claro de los estudiantes.

Las paradojas de la vida y la incompetencia de las autoridades son evidentes en la Máxima Casa de Estudios, ya que los cecehacheros se manifestaron pacíficamente para denunciar, entre otras cosas, la presencia y acción de grupos porriles en la UNAM y en plena plaza de la Torre de Rectoría fueron atacados por porros con palos, piedras, bombas molotov y petardos, ahí bajo la mirada del rector Enrique Graue, quien se encontraba en el edificio, volaron envases de caguamas como balas de cañón, explotaron petardos, se incendió el suelo universitario con una bomba molotov y fueron acuchillados, cercenados, pateados y golpeados los universitarios más jóvenes, que fueron hasta ahí para pedir ayuda a Graue, pero la inacción del rector y de Auxilio UNAM fue contundente, aunque estos últimos no dejaron de dirigir el tránsito, obviamente obedeciendo órdenes.

La reyerta del 3 de septiembre es un asunto de la mayor relevancia, debido a que no sólo es una muestra del iceberg de violencia que se vive en la Máxima Casa de Estudios, ya que lo que sucede en nuestra universidad es una extensión de lo que acontece en la Ciudad de México y en el país. Aunque la actuación de grupos porriles en contubernio con algunas autoridades de diversos planteles, o como brazo represor de grupos políticos ajenos a la institución, no es nada nuevo. Es inadmisible que en la principal cede de la UNAM, afuera de la Torre de Rectoría se den golpizas a estudiantes. En cuanto a otros crímenes ocurridos al interior de las instalaciones universitarias y en las inmediaciones de estas, además de presionar al Rector, la demanda de esclarecimiento y solución deberá también ser extensiva y permanente para Claudia Sheinbaum, quien está apunto de tomar protesta como Jefa de Gobierno de la CDMX, pues difícilmente la administración saliente va a entregar resultados definitivos en dos meses. En cuanto al Estado de México, con la truculenta administración priísta que lo rige, será difícil resolver algo en una entidad en la que no se sabe a quién temer más, si a los delincuentes o a las autoridades. Aquí cabe exponer que las unidades de transporte que trasladaron a los porros hasta CU partieron de suelo mexiquense.

Por su parte en la UNAM de no haber un acto enérgico, efectivo y definitivo contra la violencia y la inseguridad que aqueja a la institución, los paros y protestas podrían escalar hasta pedir la dimisión de Graue y derivar en un conflicto prolongado. La expulsión de algunos de los “seudoestudiantes” identificados como pertenecientes a los CCH de Azcapotzalco y Naucalpan, a las FES Cuautitlán, Zaragoza, Acatlán e Iztacala, así como a las Facultades de Filosofía y Letras e Ingeniería contradicen los dichos del Rector de que los grupos de choque son ajenos a la universidad; la violencia aunque sea impulsada desde afuera de la institución está, desde hace mucho tiempo, bien representada al interior de la misma. Hay videos y fotografías donde aparecen los flagrantes agresores, así que ni para las autoridades de la UNAM, ni para las de la CDMX hay excusas para no proceder en contra de los criminales, pero aún eso no resolverá la grave crisis que atraviesa la UNAM.

A 50 años del movimiento estudiantil de 1968, que se detonó tras un pleito en el que estuvieron involucrados porros –las causas van más allá de una trifulca callejera–, es muy peligroso que se repitan incidentes violentos y más aún cuando estos se han dado a las puertas de la Rectoría de la UNAM. De no haber una acción inmediata y contundente por parte del Rector y de las autoridades de la Ciudad de México el conflicto puede crecer y desestabilizar no sólo a la UNAM. Es posible que la acción de los porros más allá de ser una tarea planeada, como ya ha dicho el Jefe de Gobierno de la CDMX, José Ramón Amieva, pueda ser una maniobra orquestada por grupos externos a la universidad, pero que mantienen operadores violentos insertos en ésta o que pueden servirse de ellos con la intención utilizar a la institución para afectar a otros intereses y grupos, pues estamos en un momento político crucial para la nación, en el que de no solucionar el conflicto universitario pronto y de raíz, éste podría también desestabilizar la transición política a que estamos asistiendo. Pero independientemente de los cambios en las administraciones capitalina y federal los porros deben desaparecer, los ataques sexuales y los asesinatos al interior de la universidad deben ser esclarecidos y no deben suceder más, eso deberá ser consigna y acción de Graue, de lo contrario la UNAM corre el riesgo de convertirse en la Máxima Casa de Violencia del país.