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¿Sirven de algo las marchas por la paz que se hacen en BCS?

11-Nov-2017

OPINIÓN Por Raúl Carrillo Arciniega

FOTO: Archivo.

Colaboración Especial

Por Raúl Carrillo Arciniega

 

Charleston, Carolina del Sur (EE.UU.). Baja California Sur ha dado la nota mundial por primera vez en su historia. El máximo diario global de habla hispana, El País, publicó en días pasados en su versión en línea una nota en la que se presenta un simulacro de balacera en una primaria de la ciudad capital. La Paz, BCS, había sido el paradigma de la calma e incluso en mis años juveniles de un aburrimiento casi catatónico. En La Paz no pasaba nada. No había ni siquiera una población mayor a los 300 mil habitantes en todo el Estado. Dejar el carro abierto o dormir con las puertas y ventanas abiertas era la norma. No soy tan viejo como situar estas anécdotas más allá de unos 12 años, mismos años que coinciden con la guerra contra el narco que Calderón desató y a la que Peña Nieto no ha prestado mayor atención. Cuando se tocaba en casa el tema de la delincuencia, a quien más se le temía era al Nagudo, una especie de voyeur que veía por las ventanas cuando las doncellas se desnudaban.

Cuando llegué a vivir a La Paz, después de haber terminado la universidad, alquilé una pequeña casa en lo que se consideraba un poco el centro de la ciudad. No era una zona residencial de prestigio como en donde vivían mis padres, sino que era parte del barrio El Esterito muy cerca de la Fundación Mutualista que lleva el nombre de mi abuelo: Raúl A. Carrillo.

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Señalo esto por que para mí el DF había sido una experiencia que podría catalogar de traumatizante y aterradora. Mi madre no dejaba de advertirme de los peligros que se corrían en una de las ciudades más pobladas y contaminadas del mundo. También lo cierto es que me pasaron varias cosas en aquella capital del país: fui asaltado una vez por unos chavos banda a la salida del metro Tasqueña a punta de navaja; y golpeado por un imbécil mientras hablaba con mi novia porque no colgaba y él necesitaba hablarle a la suya. Los cuatro chavos, de 13 a 15 años, que me asaltaron llevándose mi efectivo y mi reloj, seguro se fueron a comprar chemo y unas caguamas; el agresor del teléfono después de haberme descontado corrió a su coche, lo derrapó y me gritó un improperio más mientras me mostraba su dedo medio al aire de un brazo que salía de la puerta del conductor. Esto sucedió en el Eje 8 entre Patricio Sanz y Moras. En ambas ocasiones sentí impotencia e inutilidad por no haberme defendido. Un par de años más tarde, me robaron mi coche del estacionamiento de paga de la universidad. Los judiciales me pidieron dinero para buscarlo, con la advertencia de que tal vez no lo encontraría porque a los bochos los “buscaba mucho la gente” (fue su eufemismo para referirse a los delincuentes).

Ya en La Paz, hacia finales de los años noventa, mientras me duchaba, oí que alguien aprovechaba mi aseo personal para serruchar el árbol al cual ataba mi bicicleta que veía menearse a través de la pequeña ventana del baño. Cuando caí en cuenta de que tanto movimiento del árbol no era ocasionado por una extraña ventisca salí entoallado para descubrir que el malandrín huía montado en mi bici con rumbo desconocido. Me puse ropa lo más rápido posible y me monté al carro para peinar la zona y buscar al malandro que de seguro —pensé—, sería un vecino de los alrededores puesto que sabía que la bici estaba amarrada a un árbol de papaya y había llegado con todo y segueta. Mi madre me increpó con un “te lo dije” para decirme que el robo había sucedido porque me había metido a vivir en lo que llamó barrio pobre, al tiempo que culpaba mi “mística de la pobreza” por haber estudiado algo que no me daría de comer y me tenía secuestrado en mi pequeña casa alquilada.

Puse una denuncia en el juzgado correspondiente. Acordé conmigo mismo que tenía que utilizar las vías legales para dar con el malandro. Ahora que me había independizado de mis padres era un ciudadano común y corriente que hacía uso de los mecanismos a disposición de todos. Después de haber asentado mi denuncia, y al cabo de una hora de espera, me pasaron con los encargados de buscar mi bici, sospecho que eran una especie de detectives. Al pasar con ellos sacaron una carpeta llena de fotografías de delincuentes activos en mi zona. Me sorprendió que hubiera tantos y que a pesar de que había fotos todos estuvieran libres. Me preguntaron si reconocía a alguno. Yo sólo había visto al malhechor de espaldas y a la distancia. Traté de hacer memoria y podía ser cualquiera porque todos los que se dedicaban al robo de casa-habitación, como me dijeron que se llamaba, eran chavos de 15 a 20 años, de complexión delgada. Al no poder dar más información me fui de la Procuraduría de Justicia sintiendo que lo único que se me había procurado en aquel lugar era el desasosiego de saber que estaba solo contra el mundo. No encontré la bici y para ese momento de seguro ya la habrían pintado de color o vendido en partes.

Mis incursiones, pues, por la procuración de justicia habían sido bastante infantiles y hasta cierto punto, baladí. Al correr de los años ese sentimiento de indefensión ha crecido en la mayoría de la población. Tal vez todos estemos preocupados por el sesgo que ha tomado la violencia en México y particularmente aquellos que procedemos de lo que era una de las ciudades más remotas, ignoradas y seguras de la República Mexicana.

El poder del narco —entendido éste como poder para descargar un arma a diestra y siniestra—, se ha extendido por las dos principales concentraciones urbanas de la Baja en donde se encuentra el noventa por cierto de la densidad de población. Hablar del narco es para mí sólo una especulación de todo lo que veo en los diarios y de las anécdotas que me han contado. Al mismo tiempo, es pensar en la indefensión y vulnerabilidad que sienten aquellos que no tienen más que confiar en la suerte porque las autoridades no están ahí para servir sino para servirse. El gobierno pide que no se le juzgue porque es un “problema entre ellos” y aseguran que sólo se matan los que tienen nexos con el narco. Por supuesto que ha habido daños colaterales con balas perdidas, pero eso ya sólo es mala suerte y todos estamos sujetos al karma. Andar por las calles en el momento equivocado o ser confundido con otro es el riesgo de vivir en una zona de guerra. Mejor valdría no salir para minimizar el efecto del azar en nuestra contingencia. Al pensar el problema me gustaría plantear alguna posibilidad que no sea el del repliegue de la sociedad civil. Entiendo que ha habido marchas, muy pequeñas en números, que pugnan por un “¡Ya basta!”, mismo que hemos oído en un sinnúmero de marchas que no han resuelto nada.

FOTO: Modesto Peralta Delgado.

Una marcha es la manera en que la sociedad civil —como ahora se le llama a todos aquellos que son víctimas—, trata de operar mediante elementos tradicionales. Si hay alguna marcha se le deja manifestarse; se deja que los rebeldes se expresen sin que intervengan las fuerzas de choque o de golpeo. Con esto la manifestación se deja morir y no pasa a mayores. Lo hemos visto en todas las marchas de la Ciudad de México en donde una vez consumada sólo queda la basura como recuerdo de que por ahí pasaron montones de gente.

Los individuos han hecho algo y han puesto su “granito de arena”. Las marchas sólo sirven para liberar la conciencia de todos aquellos que temen ir más allá. No se marcha por la paz, ni por un “estamos hasta la madre”, se marcha para simular una acción trascendente. Las marchas son la muestra de que el capitalismo todo lo compra y lo vende una vez integrado en su sistema. Se marcha porque es lo que el capitalismo en su vertiente neoliberal es lo que marca cuando se plantea una inconformidad. La persona individual está molesta porque la delincuencia nos ha rebasado y con lo único que cuenta es con la marcha. La toma de la calle por algunos momentos para levantar una pancarta y gritar una consigna que le diga a los representantes del gobierno que hagan algo para detener la ola de violencia en la que hemos estado inmersos. Sólo que no sucede nada.

El orgullo personal por haberse expresado es el que quedará en la conciencia del “marchante” (y con este término quiero aludir a aquel que marcha y al mismo tiempo a aquel que compra algo). Es el Efecto Starbucks del que habla Zizek, por el que al comprar un café el uno por ciento de la venta es destinado a un trabajo comunitario en un sitio que desconocemos y al final no importa. Hemos ayudado a la causa al comprar un café sin sentir remordimientos por el consumo. Las marchas operan de la misma manera. Hemos hecho el esfuerzo de salir de nuestro lugar de trabajo, casa o actividad recreativa para interrumpir nuestro fin de semana y hacer una labor que refleje nuestro compromiso. En lugar de salir a correr, vamos a la marcha a ejercitarnos un poco y de paso a mostrar una indignación.

Mi pregunta es ¿qué es lo que viene después de la marcha? ¿Qué sigue en el proceso de demostración ciudadana? Lo que tendría que seguir sería que las autoridades salieran a dar la cara y dijeran por qué no se ha podido detener la violencia y el estado de sitio en el que se vive. No lo hacen tal vez porque no tienen un interés en el bienestar de la gente que mal que bien los ha elegido. El mecanismo de la marcha y de la protesta ciudadana debería funcionar. Prueba de ello que en otros países por menos han caído gobernantes. México pasa por el peor momento de su historia moderna. El narco es el nuevo poder que corrompe a todos los que toca. El acceso al dinero que provee es de alto retorno de inversión.

En La Paz se acaba de abrir una concesionaria de Mercedes-Benz donde se venden autos del lujo del año que no son comprados por el ciudadano empleado en el gobierno. La única derrama económica que se puede ver es el turismo que antes daba el único impulso que el Estado podía generar. Ahora circulan coches de último modelo con gente “no conocida” porque la parafernalia del gobierno sigue siendo la Suburban, las comilonas y la exhibición en lugares públicos y ellos sí que quieren ser notados. Me gustaría que el tema político mexicano girara en otras vertientes, bajo otros paradigmas menos banales y mundanos. Ya me lo han dicho varios en el gobierno, “aquí nunca ha habido ideologías partidistas, todos somos los mismos”, lo que hay es bandos, grupúsculos en el poder que buscan preservarse y una vez que pierden espacios, los otros traen a su gente. Los derrotados buscan acomodo en otros puestos delegacionales lejos de la injerencia estatal.

De ahí que hacer análisis político en México sea tan infructuoso como el árbol de papayas que tenía plantado en mi pequeña casa. No hay manera de hablar más que de tramas intrincadas de financiamiento dudoso, de desvío de recursos para la construcción de casas, viajes al extranjero y compras millonarias con el dinero de todos los mexicanos que estos representantes del pueblo adquieren con el sudor del trabajo ajeno. Tienen desatinos lingüísticos de marca como el recientemente inaugurado “Centro Estatal de Política Criminal” donde ninguno de los colaboradores tiene la suficiente capacidad para advertir que lo que se expresa es un lapsus lingüístico que denota el lugar donde se planea la política criminal que se habrá de generar. Es completamente triste que se tenga que llegar a estos desvaríos donde nadie pone atención a los nombres y todo lo que exhiben. Hablar de política no es hacer análisis de lo que dicen los representantes sino entregarnos a ver cómo simulan que gobiernan mientras en las escuelas se simula que hay alguien que los defiende.