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¿Por qué no cumplimos los propósitos de Año Nuevo?

08-Ene-2019

ARTÍCULO Por Yaroslabi Bañuelos

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Sexo + Psique

Por Yaroslabi Bañuelos 

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El inicio del nuevo año nos explota en la cara, con sus mañanas frías, las deudas navideñas, los kilos de más que dejó diciembre y las garras financieras de la temida cuesta de enero; pareciera que apenas nos adaptábamos a las vicisitudes del 2018, cuando de pronto debemos dar el gran salto a un intempestivo 2019 que nos lanza fuegos artificiales para animarnos a seguir adelante, aunque la ansiedad postvacacional ya se haya apoderado de nosotros.

Algunos biólogos opinan que conforme envejecemos, la percepción del tiempo se acelera, el ritmo de vida cambia y empezamos a sentir que las semanas se escurren como agua frente a nuestros ojos; esto posiblemente debido a los patrones de hábitos, la rutina o los múltiples cambios del organismo, como las variaciones de la presión arterial o alteraciones  fisiológicas. Joaquín Sabina retrata a la perfección este efecto de la edad en uno de los versos de Lagrimas de mármol: Pero el futuro es cada vez más breve y la resaca es larga. Quizás por eso el Año Nuevo siempre nos toma desprevenidos.

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Y bien, como la tradición lo dicta, el comienzo de otra vuelta al sol es un momento clave para hacer un balance de los logros y las pérdidas, de los aprendizajes personales y los tropiezos. Para millones de personas, el 1 de enero es una fecha estratégica en la planeación de las metas a cumplir en los próximos 365 días. Sin embargo, sabemos de antemano la dolorosa verdad, muchos de estos propósitos se convierten en un simple repertorio de utopías, buenas intenciones que se abandonan en el pedregoso camino del calendario ante la primera dificultad que se presente.

Hacer ejercicio, bajar de peso, dejar de fumar, aprender un nuevo idioma, comer saludable, viajar por el mundo o leer más libros, son algunos de los objetivos que solemos repetir hasta el cansancio en la típica lista decembrina y, en definitiva, son metas que anhelamos ferozmente porque —suponemos—, mejorarán nuestra calidad de vida, pero… ¿Por qué no logramos materializar esos propósitos que nos planteamos con tanto ahínco al inicio del nuevo año?

No son metas realistas

Hay que considerar que no es muy realista empezar enero con un radical cambio de hábitos, sobre todo después de vivir semanas entre los excesos: gastos desmedidos, abundante comida, grandes dosis de alcohol, holgazanería e infinitas horas de Netflix. Es normal sentir pereza al intentar levantarnos de la cama para salir a correr con la mejor sonrisa del mundo, como si de un comercial de bebidas energéticas se tratara; es normal repudiar un plato de lechuga y betabel, y luego fantasear con los suculentos platos de pozole que inundaban las pasadas fiestas; es normal extrañar las viejas rutinas.

Los hábitos son comportamientos muy arraigados a nuestra personalidad, se trata de conductas aprendidas a lo largo de los meses, años, incluso décadas; sería muy ambicioso e irracional creer que podemos eliminar o desaprender un vicio de “la noche a la mañana”, o por otro lado, aprender por “arte de magia” una nueva serie de conductas que jamás hemos puesto en práctica.

Los seres humanos nos sentimos seguros y protegidos en ambientes que nos resultan familiares, donde no corremos ningún peligro y estamos a salvo del salvaje mundo exterior, es decir, la zona de confort; sin embargo, olvidamos el estado de transitoriedad de las cosas y la naturaleza cambiante de las relaciones y las dinámicas personales: la transformación de todo lo que conocemos es inevitable, el cambio es vital para la salud mental.

Una estrategia efectiva para vencer a la zona de confort y la desidia, es plasmar tus metas por escrito y evitar que los propósitos se conviertan en oraciones vagas o pocos definidas; entre más específicos sean los objetivos, más realista será la planificación y existirán más probabilidades de que tu soñado plan se materialice. Se trata de traducir las buenas intenciones en conductas concretas.

Por ejemplo, podríamos modificar la imprecisa frase “empezaré a hacer ejercicio”, por “todos los días de enero saldré a caminar 40 minutos. Durante el mes de febrero caminaré 50 minutos cada día. A partir de marzo voy a caminar diariamente durante 1 hora”. En este caso, observamos que la “intensidad” fue aumentando y eso permite adaptarnos mucho mejor a las nuevas conductas que queremos implementar.

Autoengaño

Una actitud optimista siempre ayuda, sin embargo, hay que reconocer que los propósitos más populares provienen de aspectos que nos desagradan de nosotros mismos, incluso que odiamos; quisiéramos desaparecer para siempre todos los defectos terribles que tenemos, no obstante, al tratar de ocultar o reprimir esas imperfecciones sólo cultivamos el auto-rechazo, ya que estamos percibiéndonos como un enemigo a vencer sin apreciarnos en el espejo como un ser integral.

Es mucho más saludable emocionalmente, entender la personalidad como un Todo, como un paisaje con múltiples matices en donde se mezclan la luz y la sombra. El psicólogo humanista Carl Rogers señala que la capacidad de aceptación total de quién eres y de las experiencias que sufrimos es necesaria ante cualquier proceso de transformación individual: La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo empezar a cambiar.

La impaciencia

En una época donde lo “normal” es ir a un ritmo hiperacelerado, resulta comprensible que durante las primeras semanas nos frustremos y hasta perdamos el buen ánimo al no observar resultados rápidos; muchas veces deseamos un cambio instantáneo, pero las expectativas son altas y el fruto de tanto esfuerzo no es el esperado. Es precisamente en este punto cuando corremos el riesgo de abandonar el camino hacia la meta.

No obstante, hay que recordar que un cambio conductual duradero es progresivo, por lo que sería muy difícil simplemente hacer “borrón y cuenta nueva”, por ello la clave del proceso de transformación se encuentra en la motivación y la disciplina. A veces la habilidad de concentrarse en el presente también puede ayudar; no es una obligación esperar hasta fin de año o hasta que tu propósito se cumpla por completo para celebrar todo el esfuerzo dedicado, por cada avance otórgate un premio o estímulo que te impulse a seguir con entusiasmo el duro camino de la fuerza de voluntad.

También puedes elaborar una lista de todos los beneficios que traerá a tu vida el cumplir con estos objetivos, y por último, prémiate en el momento que logres cumplir un paso hacia tu objetivo final, pero sobre todo, disfrútalo. Recuerda que los propósitos de Año Nuevo no deben significar una carga o un sufrimiento intolerable, sino una oportunidad para reinventarnos y motivarnos en el día a día.

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