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‘La Perla de La Paz’, más que un negocio un símbolo de Baja California Sur

01-Ago-2018

ARTÍCULO Por Sealtiel Enciso Pérez

FOTOS: Archivo Histórico “Pablo L. Martínez”.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS).  La Paz de antaño: donde no existían más ruidos que pudieran interrumpir la tranquilidad del puerto que el chirriar de las llantas de las carretas y el de la maquinaria de los molinos de viento que extraían agua para regar las huertas; nuestro antiguo puerto, que alguna vez dio la bienvenida a Hernán Cortés, Sebastián Vizcaíno, Jaime Bravo, Clemente Guillén; en esta ciudad que estaba floreciendo como la cabecera del Territorio Sur de la Baja California, se plantó y creció una empresa que durante muchos años —casi 146—, dio trabajo y sustento a muchos paceños; que además fue proveedora de abarrotes, equipo para las minas, la pesca y el trabajo en los ranchos; y vendió perfumería, porcelana, brocados y vestidos franceses y estadounidense. Me refiero a la mundialmente famosa La Perla de La Paz.

Al hablar de esta tienda departamental no podemos dejar de mencionar a la familia que la creó y consolidó a través de los años: la familia Ruffo. Los fundadores, los señores Antonio Ruffo y Josefa Santa Cruz, se avecindaron en esta ciudad a partir del año de 1832, aunque desde 4 años antes realizaban constantes viajes a este puerto para comerciar abarrotes con los comercios que recién se abrían. En el año de 1849 fallece el patriarca y como sus hijos estaban pequeños no pueden hacerse cargo de los negocios y se nombran “agentes” para que los apoyen mientras cumplen la mayoría de edad.

Fue en el año de 1860 que se crea un negocio llamado González y Ruffo, conformado por la sociedad que formaron al casarse Miguel González y Soledad Ruffo Santa Cruz. Con el pasar de los años esta sociedad se deshizo y el negocio pasó a recibir sucesivamente nombres como Don Antonio Ruffo y Ruffo Hermanos. En este comercio se vendía infinidad de mercancías, lo cual se llevaba a cabo en mayoreo (para los comercios situados en la ciudad o en poblados cercanos a ella) y menudeo (para los pobladores de esta capital o aquellos que venían cada 15 días o cada mes de las rancherías circundantes).

En el año de 1899, el escritor J.R Southworth, realizó un interesante recuento, en su revista titulada Baja California Ilustrada, de los artículos que se podían encontrar en este comercio: “Y aquí se tiene un surtido completo de toda clase de mercancías generales, como son abarrotes, licores, cervezas, puros, telas, sedas, efectos de mercería, de cristal y surtido general de útiles para mineros, productos del país y extranjeros, semillas, harina etc. También hay allí un surtido de toda clases de maderas”. Posteriormente se amplió la tienda al incorporarle una panadería, la cual ofrecía un surtido y delicioso producto que era muy solicitado en toda la ciudad, y una farmacia o botica.

El nombre con el cual se conoció en el siglo XX a esta negociación, La Perla de La Paz, lo obtuvo, según una interesante narración que realiza el señor Casimiro Gadea Orozco en su página Navegante Californio, de una manera por demás imprevista y curiosa. En 1883, los buzos Juan Vacaseque Calderón y Antonio Cervera, ambos trabajadores de la empresa armadora González y Ruffo, S.A. sacaron de un sitio de extracción cercano a la isla Espíritu Santo, una perla del tamaño de “un limón regular”, de una belleza singular y de un oriente extraordinario. Al ser entregada a los dueños de la empresa le ponen el nombre de Carmenaida, en honor a las señoras Carmen y Adelaida Ruffo Santa Cruz. Se dice que durante varios años estuvo en el aparador de la tienda Ruffo Hermanos para deleite de los habitantes de esta ciudad así como de los visitantes.

Durante uno de los constantes viajes de Antonio Ruffo Santa Cruz a la ciudad de San Francisco, California, mostró la perla al embajador de reino unido en ese país, Sir Anthony Fein, el cual quedó altamente impresionado por la belleza de aquella joya. Intentó comprársela sin éxito al señor Ruffo Santa Cruz, el cual en un acto de gran desprendimiento decide regalársela al Rey Eduardo VII por intermedio de su embajador. Según cuenta el relato, la corona que actualmente porta la Reina Isabel II tiene engarzada en su parte frontal la mencionada perla, la cual fue rebautizada con el nombre de Great Lemon. Y es así, en honor a esta hermosa perla que fue obtenida de las aguas del Mar Bermejo y como un recuerdo de la empresa perlera que durante varios años diera fama y fortuna a la Familia Ruffo, que a partir de esa fecha se le llamó al negocio La Perla de La Paz.

El edificio que albergó a este prestigiado negocio, inició su construcción en el año de 1907, y al finalizarse la parte donde se encontraban las oficinas administrativas fue una muestra de lujo y elegancia pocas veces vista en esta ciudad. Tenía arcos de medio punto, balcones, pilastras con capitel, cornisas corridas, dinteles en arco y rectangulares y muchos detalles más que hacían a todos los paseantes detenerse a admirarlo. Lamentablemente, en el año de 2006, el 12 de octubre, un terrible incendio dio cuenta con prácticamente todo el edificio así como la mercancía que contenía. Debido al daño estructural tuvieron que demolerse las paredes que quedaron en pie y solamente la fachada, sostenida por una estructura metálica aún se puede observar en recuerdo de este soberbio edificio.

Nada es para siempre, reza aquel sabio refrán, sin embargo, como seres humanos, llenos de sentimientos y pensamientos contradictorios, quisiéramos que esta regla tuviera sus contadas excepciones, como en este caso sería la legendaria La Perla de La Paz.