Culco | Cultura y Comunicación de B.C.S

La leyenda de la carroza lúgubre y la Ciénega de las Flores

07-Feb-2019

ARTÍCULO Por Gilberto Manuel Ortega Avilés

FOTO: Internet

California Mítica

Por Gilberto Manuel Ortega Avilés

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hace algunos años desapareció lo que quedaba de la Ciénega de las Flores, ubicada en las afueras de la ciudad de La Paz; se trababa de un huerto que se localizó en el sitio donde hoy se encuentra la Escuela Secundaria Técnica No. 1, institución que lleva el nombre de la insigne educadora Concepción Casillas Seguame. Una ciénega —o ciénaga como también suele llamarse— es un pantano cuya humedad se aprovecha para cultivar plantas, ésta  era llamada “de las flores”, precisamente porque desde la antigüedad había sido un lugar apropiado para la siembra de diversas variedades de plantas de ornato y flores multicolores.

La Ciénega de las Flores se formó de manera natural debido a un accidente geográfico, provocado por el cauce que dejaban las lluvias y los arroyuelos en la parte alta del oriente de la ciudad. En esta zona había un rancho tradicional, con corrales llenos de ganado fino y un pozo abierto del que se extraía agua con un molino de viento en temporada de sequía. Se cuenta que alrededor de 1940, cuando la ciénega aún tenía vida, en una tarde friolenta de enero, el cuidador del rancho vio llegar una bella carroza tipo Cabriolet, muy antigua, desusada, como una especie de aparición misteriosa, de la que bajó, después del cochero, una hermosa dama ataviada al estilo del siglo XIX.

También te podría interesar: El mito de las sirenas en la Antigua California

Ejemplo de una Ciénega. FOTO: Amantoli Cultura

El conductor ayudó a su ama a llegar al interior de la huerta, como si ambos flotaran entre nubecillas vaporosas. Don Porfirio, como se llamaba el cuidador de la ciénega, se encaminó cauteloso hacia los extraños visitantes para saber la razón de su llegada, pero se quedó mudo de terror; la carroza negra y reluciente, parecía salida de un antiguo cuentos de hadas, y la presencia de la mujer, pese a su hermosura, ponía los pelos de punta. Entonces, don Porfirio vio que la dama de lúgubre presencia cortaba algunas flores, hacía con ellas un ramo y subía nuevamente, ayudada por su cochero, a la imponente carroza.

Esta escena, que podría haber sido común a fines del siglo XIX, resultaba patética en plena década de los 40’s, ya que en esa época, en La Paz solamente quedaba la carroza mortuoria, ya desvencijada, de Trasviñita; sin embargo, mientras la carroza funeraria de aspecto tétrico, ornamentada con crespones de colores negro y violeta, imponía el terror a su paso por las calles de la pacífica ciudad, la carroza de la dama de negro era brillante y con arzones de las cabalgaduras que lucían refulgentes a la luz de la Luna.

Tan silenciosamente como llegaron, la carroza y sus ocupantes partieron sin decir una sola palabra. Ni siquiera hablaron para preguntar el precio que —lógicamente— deberían haber pagado por el ramillete de fragantes rosas, nardos, caléndulas, nomeolvides y claveles. Era tanto el miedo que invadía al señor Porfirio que pasó por alto el cobro de las flores. Al día siguiente, a la llegada de los propietarios del huerto, el cuidador les platicó azorado la inexplicable escena de la tarde anterior.  Por supuesto nadie le creyó. Además, pensaron que Porfirio había bebido y que la fantasía era fruto, como en varias ocasiones anteriores, de su deplorable estado.

Ejemplo de una carroza antigua. FOTO: Universidad de Navarra

No obstante, diez días después apareció otra vez la carroza, ahora solamente iba tirada por dos enormes caballos de color negro resplandeciente, sin cochero ni pasajera. ¿Qué hacía ahí esa carreta?, ¿de dónde venía?, ¿qué buscaba? Don Porfirio se acercó, primero temeroso y resuelto después, para ver de cerca dicha carroza. Del interior del antiguo vehículo salía un empalagoso olor a extraños perfumes, y los escudos que adornaban cada espacio, se antojaban de oro puro, pues era impresionante el brillo que desprendía al contacto con los rayos de la luna, la cual empezaba a asomar por encima de las serranías. Inmóviles durante largo rato, los caballos tenían ojos diabólicos; al cuidador de la ciénega le parecían dos pares de tizones rojos que proyectaban destellos como para ablandarle las piernas a cualquiera.

Porfirio fue ante el Delegado para enterarlo detalladamente de las apariciones de la misteriosa carroza, ya que sus patrones, definitivamente, jamás le creerían. Por más que las autoridades mandaron gendarmes para buscar, espiar y esperar pacientemente el siguiente arribo del carromato misterioso, éste nunca llegó. Sin embargo, no fue únicamente el viejo Porfirio el que daba razones de la carroza. Cierta noche había sido vista a orilla de la carretera — hoy avenida Isabel La Católica—  por poco más de una veintena de personas residentes. Este grupo de gente acudió a dar testimonio en forma voluntaria ante las autoridades policíacas, cuando un periódico hizo públicas las declaraciones del inspector de policía; las aseveraciones del inspector coincidían con las observaciones de los testigos y los detalles aportados por don Porfirio en cuanto a las características de la carroza.

Todos aseguraban haber visto tanto al cochero de levita como a la elegante dama vestida de negro. Hubo quien abundó más en sus declaraciones, asegurando haber observado el rostro blanquísimo, de belleza indescriptible, de aquella misteriosa mujer que viajaba en el coche fantasma, el cual ya había despertado la psicosis colectiva de gran parte de la entidad sudcaliforniana. Con el paso del tiempo, la misteriosa presencia de la carroza enjoyada de la Ciénega de las Flores empezó a olvidarse.

Nunca se supo nada más sobre las apariciones, pero algunas personas que fueron testigos de este relato, entre ellos don Porfirio —quien aún vive—,  siguen esperando que una tarde vuelva, por el mismo camino que décadas atrás, la carroza tirada de briosos corceles, el cochero y la elegante dama de rostro blanco y oscuro ropaje, que en dos ocasiones llegaron hasta la desaparecida Ciénega de las Flores.

__

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.