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¡Kayak en La Purísima!

05-Ene-2018

CRÓNICA Por Modesto Peralta Delgado

FOTOS: Modesto Peralta Delgado y Laura Esther Peralta Meza.

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hasta el más primerizo, y con poquísima condición física —como es el caso de éste que escribe— puede ver satisfecho el esfuerzo de remar en kayak en La Purísima, al contemplar, desde las aguas del arroyo, el majestuoso cerro El Pilón, símbolo de este pueblo y de San Isidro, y de hecho, de todo el municipio de Comondú. Desde hace tres años, realizar esta actividad representa un potencial atractivo turístico en estas tierras enclavadas al norte de Baja California Sur.

El pasado 26 de diciembre, nos tocó ir de Ciudad Constitución hasta La Purísima, en viaje familiar. Con todo el estrés típico de quedar en cierta hora de salida y salir más tarde, valía la pena pasear desde abuelos hasta bisnietos, hermanos e hijos, y desayunar los recalentados de Navidad y los burritos en los poblados que se encuentran al paso: Ciudad Insurgentes, Zaragoza, Francisco Villa y Las Barrancas.

Se puede ir bien desde cualquier vehículo, pero a partir del poblado Francisco Villa —que a su vez, es la entrada a San Miguel y San José de Comondú—, la carretera está en pésimo estado, por lo que no estaría mal que las autoridades taparan tanto bache, si lo que quieren es promover el turismo en Comondú —que por lugares hermosos para visitar, ¡no queda! Así que de dos horas, aproximadamente, que duraría el trayecto, se hace un poco más, loncheando en el camino, pero sobretodo, manejando más despacio para ir esquivando los agujeros de la ruta.

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La Purísima es uno de esos poblados antiquísimos que no cambia con el paso de los años, pero conserva en ello su encanto; así que desde que se entra al único camino por el que se se levantan muros viejos y casas más o menos nuevas, la vista del paseante no se resiste a ver —incluso, poder entrar— a las famosas huertas, que dotan de las uvas para hacer vino, así como higos, naranjas, habas y dátiles, con los que hacen dulces en conserva y panes. La experiencia inicia desde que se abandona el camino seco de matorrales,y se erigen las frondosas palmeras entre los cultivos y los corrales, que dan la seña exacta de que hemos llegado a un auténtico oasis.

El miércoles 27 de diciembre contratamos el servicio de kayak en La Purísima, en un hotel rústico de precios muy accesibles, donde se pasa la noche en calma —¡o será que uno iba de La Paz, donde no hay una sola noche en que no se escuchen patrullas y balaceras! Cabe aclarar, por aquellos interesados en visitar esta zona, que allí no hay conexión telefónica ni de Internet, salvo en pequeñísimos lugares o pagando una tarjeta para tenerlo vía satelital. Pero si se va en son vacacional, la verdad, hasta se descansa de esa moderna adicción a las redes sociales.

Aproximadamente a las 11:00 de la mañana, el guía de turistas Cristian Arce Mayoral, nos trasladó al arroyo, a escasos metros del hotel —y del pueblo en sí. Nos colocaron chalecos salvavidas y nos hicieron hacer un poco de ejercicio —insuficiente, claro, ¡para sacar los tamales y el menudo de la cena navideña!—, y con la ayuda de un par de trabajadores, los visitantes se instalan en solitario o en pares en los kayaks, a donde se puede ir con la ropa que se prefiera, aunque no es mala idea ir descalzo y con short, sobretodo a los primerizos que nos salpicamos mucho de agua.

Quieras o no, tienes que mover los brazos para que el kayak no se mueva loco como brújula, así que es un poco cansado para la parte de arriba, pero, de verdad, ¡vale la pena! Sobre el agua mansa y dulce del arroyo, se ven los más hermosos paisajes de La Purísima: los gajos de los cerros, la piedra blanca y el carrizal que bordean en arroyo, y el cerro El Pilón, que además se ve reflejado sobre el agua para las más espectaculares tomas fotográficas. Todo eso es, además de un ejercicio en la más virginal naturaleza, un rato de esparcimiento familiar accesible a todas las edades.

De regreso del paseo en kayak —que dura aproximadamente hora y media—, Cristian Arce Mayoral nos contó que este mes de enero cumplirán tres años con este servicio. En estos pocos años, han visto crecer el turismo que, según sus cuentas, en temporada alta como Semana Santa, es de hasta 200 paseantes, mexicanos y extranjeros, por lo que no paran de trabajar con estos equipos deportivos. Nos confió que se pensó en tener paseos a caballo o en bicicleta por los senderos, pero salía cara la manutención; por supuesto, quien lleve su vehículo lo puede hacer, pero al menos con ellos no hay donde rentarlos. Por cierto, los senderos interpretativos abarcan hasta seis kilómetros donde se van guiando a los visitantes a pie por las rutas más representativas del oasis, mostrando su vida silvestre y los vestigios del pasado.

La Purísima fue fundada por los jesuitas en el siglo XVIII, en el sitio denominado Cadigomo, que significa Arroyo de carrizales en cochimí, indígenas que habitaban esta zona y de los que ya no queda uno solo, ni tampoco hay vestigios de lo que fue la misión de Nuestra Señora de La Purísima Concepción, terminada en 1720. Este oasis fue visitado por primera vez en 1712 por el misionero Francisco María Píccolo, pero sólo cinco años después, quedó a cargo del sacerdote Nicolás Tamaral; fue éste quien impulsó los huertos, sin embargo, llegó el momento en que la región se despobló y se dejó abandonada la misión que terminó por destruir el arroyo. Aunque la vida no acabó totalmente, y con poco más de 300 años, este poblado sigue siendo un referente obligado del municipio de Comondú. Esto es verdadera sudcaliforneidad.