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Imprecisiones sobre la violencia escolar. No se llama así, se llama bullying

21-Sep-2018

ARTÍCULO Por Xire Gal

FOTO: Animal Político.

Colaboración Especial

Por Xire Gal

 

Cabo San Lucas, Baja California Sur (BCS). La mayoría de las y los que nacimos antes de 1995 sobrevivimos los tortuosos años de la educación escolar sin escuchar la palabra bullying. Seguramente fue una sorpresa descubrir que la bipolaridad sufrimiento-placer que a diario vivíamos, dentro y fuera del salón de clases, por fin tenía nombre. Porque anteponiendo la honestidad, hay que sincerarnos, a veces fuimos victimas a veces victimarios, en menor o mayor medida, ¿o no? Todo dependía de una serie de factores azarosos que en el fondo suplicábamos se acomodaran de tal manera que nos permitieran ser como esos guardias que en el fascinante cuento, del filosofo J. P. Sartre, titulado El Muro, gozaban torturando a los presos mientras los interrogaban. Y siempre que estábamos del otro lado, cuando nos tocaba ser como los presos, nos consolábamos pensando igual que Pablo lbbieta, personaje que narra los hechos del cuento: Estos dos sujetos ataviados con sus látigos y sus botas, eran igualmente hombres que iban a morir. Poco después que yo, pero no mucho más.

Al parecer el hombre blanco y angloparlante, de nueva cuenta, fue el valiente y osado aventurero que  descubrió y bautizó, con la precisión que sólo él posee, la crueldad del ser humano, más específicamente esa que ocurre en las escuelas. Al fin podemos redimir nuestros pecados confesando con precisión lingüística: “hicimos bullying”, o bien, convertirnos en mártires: “padecimos bullying“. Lo que quiero decir es que desde antes de que esa palabra inglesa se popularizara ya se hablaba de violencia escolar, pero parece que tal concepto, al parecer imperfecto por ser en castellano, nunca tuvo la fuerza que hoy día tiene el término inglés. Y no deja de sorprenderme que los especialistas en la materia  siempre usen bullying y no violencia escolar. ¿Lo hacen por moda o por precisión conceptual?

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Puede ser que el concepto de violencia escolar, sea inexacto, pero si pensamos con Nietzsche ningún idioma se salva de la inexactitud, en esto fue claro Los diferentes idiomas, reunidos y comparados unos a otros, muestran que con las palabras no se llega jamás a la verdad ni a una expresión adecuada, pues, de lo contrario, no habría tantos. Entonces, si todos los lenguajes cojean del mismo pie nada justifica que se use bullying por violencia escolar, al menos claro, que sea más por moda que por otra cosa, para no parecer desactualizado.

Hay que puntualizar algo antes que se distorsione lo que se quiere decir, pues nunca faltan los despistados: no es tanto que se reproche el uso de una palabra inglesa (nótese que se dijo “no es tanto”, por lo que sí hay algo de reproche al respecto) sino, más precisamente, dejar bien en claro que no se trata de un tema actual. Me temo que es tan antiguo que se puede encontrar hasta en el Viejo Testamento. Vamos, cualquier infante diría que lo que Dios y El Diablo le hacen al pobre de Job es bullying.

Lo que hace que se pierdan los cabales, al menos lo que hace que yo los pierda, es esa absurda pretensión que busca hacerlo un problema del siglo XXI. Los medios de comunicación así lo presentan, los especialista lo reafirman; luego, entonces, los/as niños/as y los jóvenes lo creen, y lo que es peor los padres y madres de familia entran en el juego, ¿en verdad a los progenitores se les olvida que ellos lo padecieron y que la mayoría salió medianamente bien librado?

Insisto, a lo que voy: la palabrita es nueva, el alcance mediático también, y hasta las consecuencias dan la impresión de serlo. Parece que hoy para muchos optar por el suicidio es la solución más viable. Sin embargo, cabe la posibilidad que siempre haya sido así, y que antes no se le prestara la atención que hoy se le da, lo que resulta en verdad preocupante. Puede que sea cierto que nunca sea tarde para enfrentar un problema, pero se imaginan todo lo que se ha desatendido por la falta de atención al tema. Cuántos adultos de hoy viven soportando las secuelas de una infancia en la que era normal la violencia escolar, y cuántos no llegaron a ser adultos a causa de ella. Pero en fin, demos gracias que se descubrió el bullying, y ya nadie puede ignorar esa particular manifestación de violencia.

¿Los escritores también?

Como antes dije, el tema de la violencia durante la edad escolar no es nuevo, y nadie nos salvamos de ella, ni siquiera quienes se abrían de convertir en dos de nuestros más reconocidos escritores.

El primero de estos escritores es el del ilustre Alfonso Reyes. En el tomo IX de sus Obras completas, editadas por el Fondo de Cultura Económica, hay un breve texto que se titula APODOS. Reyes inicia el escrito así: La infancia va acompañada de una cierta crueldad; con estás primeras palabras  (que parecen a la vez un lamento), más el titulo, uno puede aventurarse a suponer de que va el texto. Con la fluidez que caracteriza su prosa, el escritor nuevoleonense hace una descripción de los efectos que trae consigo el uso de los apodos. Para ello, se apoya de la literatura, de vivencias personales y de otras contadas por conocidos. Llama la atención que no se censura y admite su participación como agresor, dice: En mi infancia le llamábamos a un muchacho ‘la chachalaca’, por su modo de hablar, y a otro, por su color trigueño subido, ‘el güero color de urraca’. Lo que omite confesar en el texto es cómo le apodaban a él, ¿acaso lo habrá olvidado? Apuesto que no, pero para que dar material para bromas a los amigos.

Reyes hace una observación interesante en su texto. Dice: El niño es indiferente al daño que causa cuando aplica un apodo que es la caricatura de algún defecto visible. Pero también el que recibe el apodo lo toma con indiferencia. La primera parte la usaré como referencia más adelante. De la segunda pregunto lo siguiente: si el niño que recibía el apodo, que bien pudiera ser otra forma de violencia, era indiferente a sus efectos en aquellos años de infancia de Reyes, por qué parece que en la actualidad los niños parecen ser más vulnerables a los embates de sus compañeros, ¿qué fue de esa protección que brindaba eso que Reyes llama indiferencia y que a muchas y muchos nos ayudó a soportar la crueldad de la infancia? Mamá y papá tendrán algo que ver, no creo, que atrevido siquiera plantearlo.

El segundo caso lo encontré relatado de manera indirecta por Guillermo Sheridan en un breve texto de su blog en línea que difunde la página web de la Revista Letras libres. El tema que trata Sheridan es… Adivinen, así es la violencia escolar. La fecha del escrito es del 4 de diciembre de 2014 y en él escribe acerca de un video que se hizo viral en la Internet. El video muestra como una niña de nombre Angelina es brutalmente agredida, de forma física, por otra niña de nombre Rosa, además de las agresiones verbales (insultos y burlas) que ejercen otros jóvenes. Al parecer la violencia se deriva por un claro y lamentable racismo, al ser Angelina de ascendencia indígena. Después de dar su opinión, y ya casi para finalizar, Sheridan escribe:

Según el doctor Guillermo Haro y Paz, su primo Octavio fue repetidamente víctima de bullying en el Colegio Francés del Zacatito. Cuando ingresó a primer año “los niños lo molestaban y golpeaban” porque era “bonito y atildado” y le causaron “muchos sinsabores”. Guillermo, que era dos años mayor, lo defendía pero Octavio “tuvo que pelear muchas veces”. Y es curioso, porque era un hostigamiento que también emanaba del lodo racista, pues sus compañeros lo acusaban de extranjero.

Octavio Paz como Angelina sufrieron por el siempre presente racismo que invade, como dice Sheridan, la mala consciencia mexicana (tan racista que abraza cualquier causa que la enmascare un poco). Entonces, si el motivo de la violencia en estos particulares casos (el de Angelina y el de Paz), que fácilmente pueden coincidir con otros miles, es el racismo deberían ser combatidos como tales, es decir, como actos racistas. He aquí un problema serio, pues una de las consecuencias del usos frecuente he indiscriminado de la palabra bullying es su trivialización; entonces, si cada caso de violencia escolar se etiqueta con dicho anglicismo se corre el riesgo de que las y los mismos estudiantes le resten la importancia que debería tener, a consecuencia de este uso trivializado. Colegas ¿acaso no les ha tocado que un/a alumno/a les diga que le están bullyando porque le pusieron una calificación reprobatoria? Espero que con este ejemplo ilustre el punto, sino pues…

La moral en el niño

Antes dije que abordaría con mayor detalle la observación de Alfonso Reyes sobre la indiferencia que al parecer los niños tienen del daño que causa su habito de caricaturizar lo defectos de sus pares a través de los apodos, ahora es el momento. Determinar si un comportamiento es bueno o malo es un juicio que recae en la consciencia moral de la persona. Tarea de suyo bastante compleja para un adulto, cuanto más para un niño en un estadio de desarrollo cognitivo distinto al de aquel. Tiene razón Reyes cuando dice: No nos atreveríamos hoy a seguirles llamando así (se refiere a los apodos), a gritos, en mitad de la calle y delante de todo mundo, a los adultos que han crecido de aquellos niños. Claro que nos atreveríamos, porque el adulto tiene la capacidad para juzgar sus actos por el acto mismo, gracias al desarrollo alcanzado en su consciencia moral que media su comportamiento, algo que la niña y el niño apenas está estructurando.

El desarrollo de la consciencia moral en el niño es análogo al desarrollo del pensamiento y el lenguaje. El psicólogo Jean Piaget se dio a la terea de estudiar dicho desarrollo y llegó a conclusiones en verdad dignas de ser consideradas por los padres, madres, profesores, y todo aquel que intervenga en la educación formal e informal del infante, aunque para ello se debe hacer un ejercicio complicadísimo: leer a Piaget.

El infante crece en un mundo que restringe a diario su comportamiento, sin siquiera ser, todavía, capaz de saber el por qué. Por ello dice Piaget: las primeras formas de la consciencia del deber en el niño son esencialmente formas de heteronomía. El infante tiende a considerar los deberes y valores como subsistentes en sí mismos, independientes de la conciencia y como obligatoriamente impuestos. A esto el psicólogo suizo lo llamó realismo moral, el cual presenta tres caracteres: primero, que debe ser heterónomo, en otras palabras, las reglas no son elaboradas en la consciencia del infante sino que vienen del exterior, por lo que define si un comportamiento es bueno o malo es la sujeción a la regla; segundo, se debe seguir la regla al pie de la letra y no en espíritu, sin embargo, advierte Piaget, hay una heteronomía que insiste en el espíritu de estás, lo que ya no sería una actitud realista sino que tiende a la racionalidad y la interioridad, lo que hablaría de un desarrollo moral en el niño; y tercero, el realismo moral trae consigo una concepción objetiva de la responsabilidad, con objetiva debe entenderse que viene de fuera.

El comportamiento moral inicia concibiendo las reglas al pie de la letra y definiendo el bien sólo a través de la obediencia, luego el niño empezará, efectivamente, por evaluar los actos no en función de la intención que los ha desencadenado, sino en función de su conformidad material con las reglas planteadas. Lo que esto quiere decir es que el infante en un primer momento juzga sus actos en función de su relación directa con los objetos, no por las intenciones. Por ejemplo, el infante, hasta cerca de los nueve años, considera que es más “malo” romper quince vasos por descuido que romper uno por desobedecer una orden. No será hasta después de los nueve años que se pase a una etapa de responsabilidad subjetiva, en la que los actos empiecen a ser juzgados no por su relación con lo material sino por la intencionalidad con los origina. Esta capacidad para juzgar subjetivamente, es la necesaria para evaluar los actos morales, por ejemplo evaluar si es bueno o malo golpear a un/a compañero/a.

Lo interesante en el estudio de Piaget es que llega a una hipótesis que viene al caso que vengo planteando. Resulta que encuentra que hay infantes que en edades tempranas dan respuestas de responsabilidad subjetiva, por lo que plantea que las evaluaciones basadas en la pérdida material son solo un producto de la presión adulta reflejada a través del respeto infantil más que un fenómeno espontaneo de la psicología del niño.

¿Qué implicaciones puede tener esta imposición? En realidad muchas, la más importante para el caso de la violencia escolar es que si los infantes o los jóvenes ponderan sus actos comportamentales por consecuencias materiales y no por intencionalidad se puede inferir que si el acto no causa un malestar material, por ejemplo un castigo, como quedarse sin recreo o sin celular por una semana, el sujeto que lo realice no discernirá si hizo bien o mal en sentido moral, por tanto volverá a repetir el comportamiento una y otra y otra vez, de tal suerte que cuando llegue el castigo, le será dificil revalorarlo desde un criterio moral. Interesante, ¿no?