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La rebelión de los pericúes. Un grito de rebeldía en la California ancestral

25-Oct-2018

ARTÍCULO Por Sealtiel Enciso Pérez

FOTOS: Internet.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Este mes de octubre se cumplen 284 años de uno de los sucesos que conmovió la vida en la tranquila península de California. Me refiero al alzamiento de miles de indígenas de la tribu pericú contra el sistema de vida que intentaban imponerle los misioneros jesuitas y los colonos europeos.

Corría el año de 1734, hacía ya 37 años que se había fundado el primer asentamiento colonizador fijo en la península de California, el cual era el Puerto de Loreto. Los sacerdotes jesuitas iniciaban la colonización de nuevos territorios hacia el sur de la península. Establecieron las Misiones de La Paz Airapí, Todos Santos, Santiago de Los Coras Añiñí y la de San José del Cabo Añuití. Con la llegada a estos nuevos territorios, en la región más austral de la California, iniciaron con el proceso de aculturación del grupo étnico que lo habitaba: los pericúes. Los sacerdotes se aproximaron paulatinamente a estos indígenas y los convencieron de acercarse a sus iglesias – misiones a través de regalos como pinole, pozole y objetos de colores brillantes y vistosos. Una vez que tenían a su alcance un buen número de ellos, empezaban a catequizarlos y a imponerles la monogamia —pues los pericúes era polígamos—, también les pedían que se mantuvieran alrededor de las misiones, abandonando sus ancestrales hábitos nómadas para búsqueda de alimentos.

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Aunado a las anteriores imposiciones los obligaban a renegar de sus prácticas de idolatría así como a quemar todos los objetos que les habían sido entregados por sus “guamas” o hechiceros, y a desobedecer cualquier indicación que les dieran estos oscuros y poderosos personajes. Con el paso del tiempo los soldados y colonos que llegaron a vivir en las misiones empezaron a cometer todo tipo de actos vandálicos con los pericúes: violaban a sus mujeres, vejaban y humillaban a los hombres; los golpeaban y daban malos tratos e incluso los asesinaban sin justificación alguna. Aunado a lo anterior, los colonos abusivos raras veces recibían algún tipo de castigo por parte de los sacerdotes.

 

Algo que muy tarde descubrieron los jesuitas fue que los pericúes era el grupo indígena más rebelde y difícil de someter de todas las comunidades que habitaban la antigua California. Al empezarse a difundir las arbitrariedades cometidas contra su gente, los líderes de estos grupos, azuzados por los “guamas”, empezaron a tramar la forma en la cual vengar las ofensas recibidas y castigar a los soldados y a los sacerdotes, a quienes consideraban como los causantes de la destrucción de su antigua forma de vida y la decadencia de su pueblo. Es aquí cuando entran en escena los dos cabecillas y autores de la rebelión más grande que ocurrió en el sur de la península: Chicori y Botón.

Botón era el jefe de la ranchería que se encontraba en el lugar al cual los misioneros denominaron Santiago. Con el establecimiento de la misión en aquel sitio y ante la necesidad de controlar a los indígenas que ahí se iban agrupando, los sacerdotes nombraron a este jefe como “gobernador” y le dieron cierta autoridad y autonomía en sus funciones. Sin embargo por alguna desavenencia que tuvo con el sacerdote Lorenzo Carranco, el cual en ese año se encontraba al frente de la Misión, fue reconvenido públicamente y se le quitó el puesto que hasta ese momento había tenido. Ante esta situación, la cual Botón consideró humillante e injusta, decidió viajar hasta la región de Yenecamú —hoy Cabo San Lucas— en busca de un mulato que vivía en ese sitio, quien era apreciado y reconocido por las bandas y rancherías que habitaban dicho lugar. Ambos planearon vengarse de los sacerdotes que habitaban en las misiones y asesinarlos junto con los soldados que los protegían, asegurando con ello el regreso a sus antiguas costumbres.

La rebelión empezó en la misión de Todos Santos, en donde un grupo de indígenas rebeldes asesinaron al soldado que se encontraba custodiándola. De ahí se trasladaron a este puerto de La Paz —conocido como Airapí— en donde el soldado que ahí habitaba, cuidando al misionero del lugar, corrió la misma suerte que su compañero. Mientras tanto en la misión de Santiago de Los Coras Añiñí, el sacerdote Lorenzo José Carranco había observado una gran inquietud entre los pericúes de la misión, por lo que envió a uno de los indígenas que había catequizado y que le era leal, a que los espiara para conocer sus aviesas intenciones. Su espía regresó y confirmó sus sospechas: los indígenas se estaban preparando para ir a buscar al padre Nicolás Tamaral de la Misión de San José del Cabo Añuití para asesinarlo. De inmediato envía a un grupo de indígenas leales a que pongan sobre aviso al padre Tamaral y le pidan que se vaya a refugiar a su misión de Santiago. Cuando llegan con el sacerdote, éste amablemente les dice que no desea abandonar su misión y que si tiene que sufrir el “sacrificio máximo por llevar la Palabra de Dios a esta gente. Que así sea”.

El día primero de octubre de 1734, un numeroso grupo de indígenas llega al poblado de Santiago de Los Coras Añiñí y toma prisionero al sacerdote Lorenzo José Carranco. Lo sacan a golpes de su cuarto en el interior de la misión y lo asesinan de forma cruel: atravesándolo con flechas y lanzándole piedras. También asesinan a un indígena que era fiel al sacerdote y a los dos soldados que lo custodiaban. Finalmente arrojan los cuerpos a una hoguera junto con diversos objetos litúrgicos extraídos de la iglesia. Dos días después esta banda de indígenas llega a la Misión de San José del Cabo Añuití, en donde sorprenden al sacerdote Javier Nicolás Tamaral y corre la misma suerte que su hermano de cofradía. Es importante mencionar que sólo murieron estos dos sacerdotes y cuatro soldados, sin embargo el número de indígenas que fueron asesinados por haberse convertido a la religión de los extranjeros fue de 27.

 

Al poco tiempo, avisado por los sacerdotes jesuitas restantes, arribó a estas tierras el gobernador de Sinaloa, Manuel Bernardo Huidobro, acompañado de una gran cantidad de soldados y 60 indios de la tribu yaqui, los cuales tardaron 3 años en sofocar este alzamiento. En los años subsecuentes y debido a la llegada de más colonos y soldados al sur de la California, los vejaciones y crímenes contra este grupo indígena de los pericúes se incrementó al tiempo que hubo una gran cantidad de epidemias de sífilis y viruela, contagiada por estos extranjeros. Lo anterior devino en el exterminio total de este grupo étnico hacia la segunda mitad del siglo XVIII.

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