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El genocidio de Ruanda. El día que Dios se fue de viaje

09-Abr-2019

ARTÍCULO Por Sealtiel Enciso Pérez

Sobreviviente del genocidio en Ruanda. FOTO: James Nachtwey / Interiores: El País

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). África siempre se ha caracterizado por ser una nación con inmensas selvas y sabanas en donde abundan animales salvajes como leones, cebras, elefantes; incluso se ha llegado a afirmar que este continente, uno de los más extensos sobre la tierra, fue la cuna de la humanidad. Lamentablemente, esta hermosa tierra también se caracteriza por tribus de gente pasional y bárbara que suele dirimir sus diferencias asesinando al contrincante por pretextos tan banales como diferencias políticas, clasistas e incluso sexuales. Únicamente analizando la historia de estos pueblos y naciones puede uno comprender los espantosos sucesos que ocurrieron durante 1994 y que ocasionaron la muerte de manera violenta de por lo menos 800 mil seres humanos.

La República de Ruanda es un país que se encuentra situado en la parte centro-oriental del continente africano. Está rodeada por los países de Uganda, Burundi, la República Democrática del Congo y Tanzania. Sus principales atractivos son las selvas y las miles de colinas que componen su orografía entre las cuales habitan los famosos gorilas lomo plateado. La mayoría de la gente vive de la agricultura y el turismo, y a partir de la primera década del siglo XXI empezaron a explotar la minería. Los asentamientos masivos en esta zona se dieron a partir del siglo X, cuando la mayoría de las personas se dedicaban a la explotación de las tierras de cultivo; sólo la décima parte de la población se dedicó a la ganadería. No obstante, con el paso del tiempo empezó a surgir una división natural entre estos grupos los cuales se denominaron como hutus (agricultores) y tutsis (ganaderos).

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Por desgracia, con la llegada de las potencias europeas a esta región del continente, Alemania a finales del siglo XIX, y Bélgica a partir de los años 30’s, empezaron a fomentar y ahondar las diferencias entre estos grupos, sobre todo, al imponerse un carnet de identidad en el que —obligatoriamente— referenciaban a qué grupo étnico pertenecía cada individuo.  Asimismo, se establecieron las “casta sociales”, siendo los tutsis el grupo más favorecido y privilegiado, ya que concentraban el mayor poder económico; sin embargo, eran considerados una minoría. Por otro lado, los hutus, quienes conformaban el 80% del total de la población del país, fueron relegados a los puestos de menor nivel dentro del gobierno, e incluso tenían menor acceso a los servicios de salud y educación. Ni siquiera los grandes movimientos políticos y sociales que ocurrieron en África como producto de la Segunda Guerra Mundial, lograron cerrar estas heridas, sino que las acrecentaron y exaltaron hasta niveles peligrosos para la integridad de sus habitantes.

A partir de 1961 se declaró la independencia del país y se conformó la República de Ruanda, por lo que los ciudadanos empezaron a buscar la forma de establecer un nuevo gobierno, pero ambos grupos se peleaban la dirigencia y poseían el deseo de acaparar el control de éste. Los tutsi, grupo que había sido privilegiado por muchos años con el poder, llevaron a cabo acciones de desacreditación sobre sus adversarios. Por su parte, los hutus, cansados de más de medio siglo de segregación y vejaciones, vieron la oportunidad de empoderarse y dirigir el destino de su nación, un país que estaba conformado casi en su totalidad por dicha etnia. Ambos grupos se integraron en partidos políticos, los cuales exhibían constantes manifiestos radicales que proclamaban el aniquilamiento de los contrincantes como una forma de conseguir la paz y consolidar el estado que anhelaban.

Durante 1961, dentro de Ruanda surgieron desórdenes que culminaron con la muerte de cerca de 20,000 habitantes; la mayoría de las víctimas pertenecían a la etnia de los hutus. Con la consolidación del nuevo gobierno, bajo las órdenes de Grégoire Kayibanda, comenzó una era de desarrollo, sin embargo, la minoría tutsi al verse desplazada del poder prefirió emigrar hacia los países aledaños y desde estos sitios realizaban incursiones de hostigamiento y asesinato de ciudadanos hutus. Durante la década de los 60´s, este tipo de acciones violentas fueron incrementándose hasta que en 1972 se produjeron en Burundi terribles matanzas de hutus a manos de los tutsis; según cálculos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cantidad de muertos ascendió a 350,000. Al conocerse estas lamentables noticias, los ciudadanos hutus dentro de Ruanda derrocaron al presidente y nombran a un general hutu de nombre Habyarimana con la intención de redefinir su política interior y forzar la implementación de mejores y mayores oportunidades para esta etnia.

Durante la década de los 70’s y 80’s, hubo una paz al interior de Ruanda y una estabilidad política y económica que les permitió al país progresar en cuanto a los servicios públicos. Esta nación africana se convirtió en una potencia en la producción de café, el cual se consolidó en su principal fuente de divisas; no obstante, esos años fueron de gran volatilidad en el mercado cafetalero y el precio del mismo disminuyó hasta en un 50%, por lo que dicha situación creó severos problemas de pobreza entre los ciudadanos de Ruanda, y resurgió el odio entre tutsis y hutus culpándose unos a otros del estado en que se encontraba el país en esos momentos.

La chispa que detonó el “barril de pólvora” en que se había convertido esta región, fue el asesinato del presidente Juvénal Habyarimana, el 6 de abril de 1994, supuestamente a manos de integrantes de los tutsis. Su avión fue derribado con un misil cuando se disponía a aterrizar en la capital del país; este asesinato fue considerado por los hutus como el deseo manifiesto de los tutsis por volver a llevarlos a una situación de esclavismo y sumisión, tal como estuvieron hasta hace pocos años, cosa que los hutus no estaban dispuestos a aceptar. Durante los siguientes cuatro meses se desataron matanzas por toda Ruanda, la mayoría de las víctimas se ejecutaron con armas blancas entre las que el machete era la preferida. Se calcula que aproximadamente 800 mil personas perdieron la vida, miles de mujeres violadas y más de 5 mil niños, producto de esas violaciones, fueron también asesinados.

El odio guardado por decenas de años entre estas etnias explotó de una forma brutal y aterradora. La mayor parte de los muertos pertenecían a la etnia de los tutsi, quienes fueron aniquilados casi en su totalidad. Era tanta la rabia contra este grupo que las milicias de asesinos hutus extendían sus masacres hacia aquellos integrantes de su propia etnia que sostenían posturas moderadas, o que simplemente ayudaban a personas tutsis que deseaban huir de la barbarie. Existen películas que se basan en testimonios de personas que vivieron en carne propia estos episodios, y que relatan con toda crudeza las visiones apocalípticas que pudieron apreciar de primera mano en esa época en aquel país. Algunos de estas cintas son: Hotel Rwanda, Disparando a perros, Sometimes in April, 100 Days, Flores de Ruanda, Shake Hands with the Devil: The Journey of Roméo Dallaire, El día que Dios se fue de viaje (Le jour où Dieu est parti en voyage), Los 100 días que no conmovieron al mundo y Los pájaros cantan en Kigali.

Algo que llamó la atención del mundo fue la pasividad e indolencia con la que se comportaron los países que siempre se han erigido como los policías del orbe y que imponen sus decisiones por encima de la autodeterminación de las naciones, me refiero a los Estados Unidos de América y Rusia, así como sus países satélites. Tal vez la razón de ello fue que Ruanda no era un país con grandes yacimientos de petróleo o con minas repletas de diamantes o uranio de la cual pudieran obtener pingües ganancias. Las organizaciones como la ONU y agrupaciones religiosas como la iglesia católica y musualmana, las más extendidas en todo el mundo, también demostraron su ineficacia y desinterés ante el genocidio que se perpetraba en este país; sus posturas mojigatas y tibias sólo manifestaron una vez más el servilismo hacia los intereses de los países que les dan cobijo y las patrocinan.

Esta fúnebre fecha debe ser recordada por toda la humanidad, meditada y tratada como algo que jamás debe de repetirse. Es un llamado a los países del mundo a hermanarse y buscar soluciones pacíficas para aquellas regiones donde existen graves desigualdades, o como en Ruanda, donde había inmensos abismos de incomprensión y odio entre los habitantes. Jamás el dinero o la codicia debe quedar por encima de la vida humana, y es por ello que la tragedia del 6 de abril de 1994 nos llama a una profunda reflexión de las instituciones religiosas y políticas.

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