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Disparar contra uno mismo. Autocrítica de un ex servidor público de Los Cabos

02-Mar-2019

OPINIÓN Por Luis Ángel Ortiz Catalán

El Arco de Los Cabos (al fondo). FOTO: Modesto Peralta Delgado

Colaboración Especial

Por Luis Ángel Ortiz Catalán

 

La Paz, Baja California Sur (BCS).  La crítica es un búmeran. Por lo menos debe serlo la crítica responsable, si es que no quiere confundirse con la porquería de la que están llenas las redes sociales en estos días, eso que adecuadamente el filósofo Byung-Chul Han ha nombrado shitstorm.

El arte de no estar de acuerdo ha sido expresado por apenas unos pocos espíritus libres, y conforme su arte se perfecciona, poco a poco se van apartando a la soledad del árido terreno del no. En parte, este retiro se debe precisamente a que esos espíritus han comprendido que son cómplices de las causas que ha provocado eso con lo que están inconforme.

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Herman Hesse, dibujó a letras la esencia de un artista del disentimiento, presentándolo bajo el nombre de Harry Haller, en su novela El lobo estepario, del que nos dice a través de la voz del primer narrador: La base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí propio, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus flechas, era el mismo el primero a quien odiaba y negaba.

Aspiro a perfeccionar el arte de no estar de acuerdo. Y, congruente con mis pensamientos, como Harry Haller, el primero contra el que debo dirigir algunas de mis flechas es contra mí mismo. Haré algunos disparos en las líneas que siguen. Para quien no lo sabe, le cuento: fui servidor público de la recién concluida Administración en el Municipio de Los Cabos; la decimosegunda. Como todos los que ocupan cargos de confianza tuve que hacer campaña política para algunos impresentables: Arturo de la Rosa, Francisco García y, usando el mote de moda, para el gobernador más fifí que haya tenido Baja California Sur, Carlos Mendoza.

Así se gana un puesto en la función pública, no por lo que sabes, no por el currículum, sino por andar fingiendo que tu candidato es el mejor candidato. No importa que, en lo particular, en lo privado, sepas y digas que no lo es. Es más, ni a ellos les importa, mientras frente a los votantes los presentes como los «Pepes Mujica mexicanos».

Hoy por hoy, ¡que ironía!, me quejo de las designaciones que se hacen en el nuevo Gobierno Federal y local; parece que ya olvidé que llegué por una madrina y no por mi capacidad en el área, en mi absurda defensa diré que aprendí rápido, mas, sin duda, otros pudieron hacer mejor trabajo que yo. Además, eso de aprender rápido no fue el caso de todos, algunos concluyeron su periodo sin nunca aprender a hacer las cosas decentemente.

Vaya, que rápido se me ha olvidado las veces que me quejé porque durante esa Administración, la de Arturo de la Rosa, los “mejores” puestos y el mejor salario se obtenían por el nivel de zalamería y no, como antes dije, por la capacidad. Eso explica, entre otras cosas, porque como Administración hicimos tan poco. Desde mi experiencia puedo empatizar con quienes se desviven en defender cada insensatez de sus jefes políticos; muchos deben pensar como yo pensaba en su momento: que era necesario aguantar todo por una quincena, para que mi familia estuviera estable, que «el hueso» lo valía. Se vale. Pero hoy, en retrospectiva puedo decir: ¡vaya idiotez!

Aunque tiene su mérito, mira que sacrificar ideales por unos pesos, o por muchos, requiere de estómago, de comerse cuanta porquería le arrojen a uno; por fortuna he perdido esa habilidad, hoy siento nauseas sólo de recordarlo. Más de una vez he querido analizar a profundidad que me detuvo, sin embargo, esos ascos me impiden hacerlo, responder por qué me presté a semejante bascosidad. Por el momento me conformo con una conclusión algo burda: Zenón de Cito predicó el estoicismo el día que perdió una elección.

Júzguenme como quieran, en este caso el que lo haga siempre tendrá razón; es válido si se me cuestiona por qué no me quejé de esto antes o por qué no renuncié. En mí muro de Facebook está una publicación en la que doy gracias a Arturo de la Rosa por la oportunidad, y afirmo que él es un líder que trabaja por el bien de la comunidad, lo que no es del todo cierto. No niego que Arturo ha ayuda a muchas personas, sin embargo, no lo hizo por un espíritu humanitario, lo hizo porque es un político clientelar de primera clase. Sería fácil borrar esa publicación, no lo hago ya que es una manera de negar que tengo una tendencia a la lamesuelería.

En fin, para concretizar, voy repetir lo que tanto se ha dicho, no le viene nada bien al ejercicio público el amiguismo, el apadrinamiento, el compadrazgo; tampoco eso que vivimos en estos días, a saber, tanto sí acrítico, tanta zalamería, la política de la posverdad. Todo ello que hace parecer que hoy estamos mejor que ayer, cuando es un perogrullo decirlo: no, no estamos ni un poco mejor.

No le sigo, porque soy de piel delgada y ya me hice mucho daño. ¡Ajá!

Excursos aforísticos

¡Que se acabe los tecnócratas! Gritan los opinadores, esos que hablan de economía estando en buro de crédito por no saber manejar una tarjeta.

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Si se ignora el alcance de las acusaciones morales con respecto a las legales, conviene consultar lo que opinan las brujas.

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Confundir la derecha y la izquierda no es un síntoma de dislexia, sino de afinidades partidistas.

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Cuando se detecta que el interlocutor es un idiota, conviene hacer lo que Dios para mantener contento a los suyos. Él, jamás responde a una plegaria.

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