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Rugidos después de la batalla, de Mehdi Mesmoudi

10-Abr-2019

RESEÑA Por Ramón Cuéllar Márquez

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El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Una vez más, Mehdi Mesmoudi (Tánger, Marruecos, 1987; ensayista y poeta) nos sorprende con su poesía. Muy cercano a esta tierras del semidesierto, pero también veterano de imágenes del mundo, como un jaguar, en efecto, a la caza de palabras que logren definir el poema como cuerpo, resultado del acecho combativo con la realidad. Rugidos después de la batalla es una larga voz en alto que busca sacudirnos y enfrentarnos al poema sin restricciones, frente a frente con la bestia viva para que no haya escapatoria, donde surgirá una revelación de la batalla con el jaguar, tal como lo hiciera en su primer libro, Testimonios sísmicos.

Más dueño de su poesía, Mehdi nos habla de su lucha con el felino-símbolo del que tanto han hablado otros poetas, como Efraín Bartolomé. ¿Y cómo no hacer poesía con un animal como el jaguar, perfecto en su dimensión orgánica, y fantástico en su metáfora selvática y alucinante? El poeta Mehdi ha entendido que es dueño de una voz capaz de sintetizar los universos del poema y de los estragos de su causa, donde lanza a su jaguar para darle forma a su poética, para decirnos del miedo, del mundo, de los moribundos, de los catadores y de Estambul.

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Con un lenguaje trepidante de luz y sombras, que nos abre los ojos ante una poesía cargada de certidumbre, consciente de los avatares que significa entender la materia de las cosas que se nos presentan como simples anécdotas de la realidad. Cuando la poesía nos coloca en ese punto, no hay marcha atrás, debemos entregarnos por completo a la batalla de crear puentes y de salir bien librados para poder contar lo más aproximadamente posible los sucesos, pues la poesía siempre será un riesgo, un desnudarse, un acto de valentía. No obstante, el jaguar-poeta se vuelve una especie de profeta que de la oscuridad trae luz a nuestros ojos dormidos, o más aun, de la misma luz traer una antorcha prometeica y entregarla a lectores ávidos de devorar la noche con astros, o de seres nocturnos que se pasan al día para dirigirse al sol como la fuente de donde abrevarán sus certezas.

Estoy más que seguro que la poesía es el enigma a resolver en un mundo de incógnitas, de prejuicios o de datos científicos que desean atestiguar que su visión geocéntrica es la única. Mehdi no es iluso cuando nos pone en el centro de la selva —aun desde las sombras— a debatirnos entre lo que somos y lo que deberemos destruir para alcanzar el poema, adoloridos por la incertidumbre de no sabernos, a la intemperie y desnudos, sin la protección de signos culturales que sólo sirven de construcción social. Por eso nos propone “despojarnos de nuestros ojos” en un sentido profundo, que quiere decir que dejemos de tenernos miedo unos a otros y vivir en paz. Y para eso sirve el poema. Para eso sirve el jaguar. Seamos jaguares en la selva de la poesía, para que “el poema palpite descorazonadamente y ruja en tus entrañas, en plena ceguera, como un incendio por adiestrar”.

La ciudad como elemento sustancial al jaguar de asfalto, que es capaz de mutarse y proyectar la caza como herramienta de comprensión de la realidad que lo persigue desde la selva, su estado más orgánico. La presencia de las playas en la ciudad nos hace ver que el mar que lo circunda es la tierra que lo abriga. Ahí se topa con “jaguares decrépitos”, que es el símbolo de la decadencia y la necesidad de saber que los jaguares son seres vitales, el ying y el yang, nacimiento y muerte, que se mueven en el poema como organismos necesarios, donde experimentamos la belleza y el ahíto de las palabras que se acomodan incluso en el caos. No es fácil ser poeta pero tampoco jaguar —en este caso nos guía Mesmoudi—, pues corremos el riesgo de arrancarnos los ojos, de descobijarnos, quitarnos la venda y aparezcan los objetos como son.

Así, debemos elegir un jaguar. O tal vez ya somos uno y sólo hay que descubrirlo, aceptarlo como parte de nosotros mismos. La condición de decrepitud da la posibilidad de renovación, de hacer que el jaguar renazca o que salga de su jaula simbólica y dé su combate definitivo, o sólo como parte del instante, que por su eternidad caerá y volverá a levantarse. Después de todo el instante es hijo de la eternidad, el jaguar siempre alcanza su punto más alto y vuelve al fondo como jaguar y resurge como jaguar. El jaguar nunca deja de ser jaguar, así como el poeta no deja de serlo en cada poema, los dilemas que debe afrontar en la selva de la poesía, su hambre de sentido. Cuando un jaguar va a la caza, es el poeta pertrechado con garras y estrategias que le permiten establecer sus paradigmas, sus modos resueltos de ofrecer respuestas sin palabras ni condiciones ni consignas. Un poema no es una consigna, así como tampoco un jaguar es una bestia puramente bella en sí misma: es un río vivo.

El poeta Mehdi ha logrado un pedazo de belleza en unos versos felinos, tomando al jaguar como metáfora, tal como lo hace Vicente Huidobro en Altazor, su alterego, que sin ser su influencia significativa, sí lo es en su descripción de la batalla, pues mientras Altazor cae en un paracaídas y va descubriendo sin vendas la realidad, en Rugidos… el jaguar-poeta se mueve en las sombras —le gustan— pero de cualquier manera se topa con la luz una y otra vez, descubriendo la sustancia de las cosas. Toda criatura en la caída y en las sombras encuentra la luz. Así que en lugar de caer en paracaídas, Mesmoudi va al mundo con el poderoso y bello cuerpo de un animal que tiene el poder de seducirnos y renombrarnos la realidad como lo hace el instante. En ese marco, escribir poesía se vuelve fundamental, única manera en que podemos desnudarnos frente a la cotidianeidad, de la que tratamos siempre de huir creando cosmos alternos.

Mehdi Mesmoudi nos dice: “El poema es un agujero donde se oculta el jaguar”, y ahí —pienso— nos sintetiza el alma de todo el poema, pues custodia en sí mismo la significación de la poesía, donde el poeta se resguarda en las sombras para luego salir con su rugido tembloroso o templado, y anunciar lo que hay escondido en sus entrañas y en su sangre caliente. El jaguar en la selva anda en su elemento y organiza su universo; pero el poeta en las ciudades y pueblos no anda en su elemento, se aprehende de ellos para darle sentido a su poesía. Mehdi Mesmoudi es sin lugar a dudas un jaguar que escribe sus memorias vivas o poemas que atestiguan su batalla diaria.

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