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El vals de los monstruos, de Lola Ancira

30-Ene-2019

RESEÑA Por Ramón Cuéllar Márquez

FOTOS: Internet

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

La Paz, Baja California Sur (BCS).  Leer resulta una transformación en cada libro; al terminar nos quedamos con una sensación, una reflexión o simplemente pasamos a lo que sigue. No obstante, hay libros que van más allá y nos sacuden, nos impresionan no sólo por la calidad con que fueron escritos, sino por los temas que abordan y que algunos lo hacen de un modo especialmente perturbador. Ese es el caso de El vals de los monstruos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018), de Lola Ancira (Querétaro, 1987), una danza de aberraciones, en efecto, que muestran el lado más oscuro de la naturaleza humana y que no salimos indemnes al concluir. Es un magnífico libro de cuentos producto de una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), a través de Jóvenes Creadores, en 2014-2015.

Distintos elementos entran en juego para converger en puntos torales que nos definen a los personajes, tan poco dueños de sí mismos y más esclavos de sus instintos, de sus emociones más grotescas. Es una forma de esclavitud que se ejerce en la oscuridad del anonimato, como una experiencia para nada redentora, si no que al contrario rompe con sus paradigmas morales y los asume como una cuestión normalizada dentro de su esfera particular. Estas criaturas de Lola Ancira no son de un universo alterno, ni producto de una fantasía literaria, que aunque son de ficción, provienen de la fuente inagotable de la realidad.

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Vemos cómo el ajedrez, por ejemplo, entra en un espectro de competencia extraña y cómo un androide ilusorio hace de la narración una exhaustiva manera de contarnos cosas que tal vez no nos gusten, pero que ahí están detrás del telón de la vida diaria; sostiene la historia de principio a fin, mostrándonos una falsa realidad, como es, de hecho, en todos los demás relatos. El miedo es otro elemento que Ancira aborda con aristas más complejas, donde se entrelazan el amor, la muerte, la enfermedad, el sueño como una manifestación contra la cotidianeidad y su pérdida irreparable y que deriva en la vejez como una cárcel atemporal.

También entran en juego la estructura de las relaciones humanas, tan complicadas para todos, centro motor de todas nuestras desavenencias y desamores. Pero este vals que nos propone Lola Ancira está muy lejos de un salón aristocrático en fiesta opulenta, es el baile de animales humanos cargados por sus instintos deformes, con la atenuante del pensamiento distorsionado que los vuelve evasivos, incapaces de comprender la dimensión de sus comportamientos atípicos, pero que desarrollan sin recato desde la locura, el dolor y la violencia.

Lola Ancira nos expone a sus criaturas desde la barrera, como una manera de hablarnos de esa otra circunstancia que nunca se hace pública hasta que los vemos en la nota roja o se hace un escándalo mediático que funciona muchas veces como cortina de humo. Y lo hace una manera maravillosa, con un don de poesía, una sensibilidad que sin miedo nos pone frente a nuestros ojos un microcosmos bizarro, doloroso y repulsivo.

Interactúan la reflexión interior, las relaciones fracasadas, la sensualidad, el erotismo distorsionado, el incesto y paradójicamente la familia como punto de apoyo para no perdernos en las penumbras de personajes tan incómodos, desolados y descarnados por sus propias desgracias y apetitos sexuales; tal como sucede en el relato de un proxeneta que abusa de niñas, descritos con la maestría de quien es capaz de vencer los más miserables modos de poner frente a nosotros la conducta humana.

Aquí hay que decir que la mujer juega un papel muy importante en cada historia, donde la vemos vulnerable y también esclava de sus propias manías y afrentas. En este libro no hay buenos y malos, hay hombres y mujeres guiados por rieles inconmovibles, de los que no quieren bajarse por ser parte de sus vidas. El vals de los monstruos es una danza que como lector resultará difícil aprender sus pasos, y aun de bailarlos con alguna pareja, pero que en definitiva sabremos descubrir otra visión, ponernos otros ojos para mirar, no sin resquemores, a monstruos que acechan en la oscuridad pero también a plena luz del día.

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